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lunes, 16 de octubre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte III

Esta es la parte final de este artículo que trata de mirar el Japón desde el espacio, para descubrir aquellos elementos que conforman la esencia del país del sol naciente. Veamos ahora algo sobre su vecindadrio o, mejor dicho, acerca de una vecindad tensa. ¡Bienvenidos!

Durante la Restauración Meiji, tras fuertes amenazas externas, los gobernantes del Japón decidieron dejar una historia de siglos de aislamiento voluntario e ir a ver el mundo que estaba fuera de sus muros de agua.
Fue un archipiélago cerrado a cal y canto. Nadie entraba como tampoco salía, salvo excepciones. Es conmovedora la historia de Hervè Joncour (el protagonista de la novela “Seda”, de Alessandro Baricco) y sus viajes subrepticios para comprar gusanos de seda en Japón. De ese claustro, del encierro, de ese caracolillo les liberó el emperador Meiji, quien lideró una era de reparación de desarreglos y sobresaltos.

Jinete que participa en el rito de Yabusame
La Restauración Meiji provocó una transformación muy profunda. Se cambiaron los kimonos por los frac, las afiladas katana de Masamune por las ruidosas pistolas Smith & Wesson, y el pescado crudo por la carne a la parrilla.
Fue la que época cuando sucumbió el sistema de gobierno de los sogunes, que había caducado décadas atrás y que se sostenía como un sistema de privilegios inadmisible. Vino la democracia.
Mucho de bueno y tanto más de malo. En ese momento se inició el proceso que ubicó a este país como la segunda economía más grande del mundo. Sin embargo, se comenzó a asimilar lo extranjero (sobre todo occidental) sin ningún tamiz.
Pero lo peor de este proceso fue que se miró con ojos golosos a los vecinos, con quienes había habido una historia de tensa vecindad: poco amor y mucha necesidad; enemigos íntimos.
Las tropas imperiales anduvieron fundando cabezas de playa en Corea (que era una sola), China y hasta Mongolia, se metieron muy dentro del Asia del este. Sus enemigos todavía no les perdonan que hayan actuado como un invasor implacable y brutal.
Jirō Horikoshi diseñó el modelo del mítico avión Zero, con el que Japón atacó la base militar estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, lo que provocó la inverosímil respuesta de dos bombas atómicas lanzadas contra la población civil de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
Cobraron fama en occidente, en el evento de Pearl Harbor, los pilotos que convertían sus aviones en municiones y se estrellaban contra los barcos de la flota estadounidense. Se les conocía como kamikaze (pilotos suicidas), pero poco se sabe inclusive hoy del significado de esta palabra (kami=dios, kase=viento).
Japonés en el santuario de Yasukuni
El viento divino había salvado al Japón de al menos dos invasiones de mongoles. Cuando las enormes flotas trataron de cruzar el Mar Oriental de la China o Mar del Japón potentes tifones asolaron las fuerzas navales y se creyó que los dioses defendían el archipiélago, el viento divino al servicio del Japón. Los pilotos en mención trataban de emular el viento divino que protege su país y, para ello, dieron su vida.
Pero ni las historias épicas ni los sufrimientos horrendos pudieron cambiar la realidad de una vecindad que está siempre abrigada por desacuerdos.
A mediados de octubre se festeja en Japón el O-bón, una fiesta semirreligiosa en la que se allana el camino para que los muertos encuentren las casas de los vivos y puedan pasar unos días juntos (de alguna manera se parece al católico Día de Difuntos).
Una parte de las autoridades del gobierno japonés y miles de ciudadanos visitan ese día el santuario de Yasukuni, en el cual están enterrados quienes para los nipones son sus héroes de guerra.
A día siguiente –todos los años, disciplinadamente- los gobiernos de China y Corea del Sur emiten protestas oficiales porque para ellos el gobierno del Japón ha rendido honores a quienes consideran que no son héroes, sino criminales de guerra.
Ese día, todos los años, los ritos del pueblo japonés y las protestas de los del continente funcionan como una ceremonia para recordar que hubo malos momentos en el pasado pero también la ratificación de la necesidad de convivir lo mejor posible.
Japón tiene disputas de límites con Rusia, China, Taiwan, Korea y Singapur. En el Asia existen muchos conflictos de fronteras sobre todo por la disputa de tierras insulares. El punto más crítico de la actual coyuntura en la relación con China son las islas Senkaku, un conjunto de pocas islas pequeñas inhabitadas que son reclamadas por los dos países.
El enfrentamiento se calentó en 2011 cuando la Gobernación de Tokio compró las islas a una familia que las había registrado como su propiedad privada dentro del territorio japonés. La idea del Gobernador Shentaro Ishihara fue garantizar que las islas estuvieran deshabitadas, pero eso fue tomado por el gobierno de Pekín como una amenaza y se han mirado a los ojos muy cerca varias veces.

Esas islas estuvieron ahí siempre, en la década de los cuarenta se fijó como parte del territorio soberano del Japón y estuvieron solas y desatendidas hasta que los nipones encontraron yacimientos minerales importante en el lecho marino. Se dispararon las alarmas y se inició el conflicto.
Y, en 2017 se han vuelto más cercanas las amenazas de Corea del Norte. Según se susurra casi en voz alta, los norcoreados tienen jurada la venganza contra Estados Unidos y el enclave más cercano es la isla, Guam, que es territorio estadounidense de ultramar. El trayecto de los misiles de la Corea del Norte deben pasar por encima del cielo soberano de Japón y hay muchas apuestas sobre si tales cohetes tendrán el vigor para volar por sobre el archipiélago o se quedarán sin aliento en la mitad de la ruta.
Seguramente estos serán de esos eventos que se registra en los pies de página de la historia, porque Japón es un referente mundial indispensable, no es posible prescindir de lo que le pasa a este país.
Por cierto, ha llegado a ser lo que es gracias a lo que en occidente se dio por llamar el “milagro” nipón. Pero mientras se camina por la calle es evidente que esta no es una tierra donde abundan los milagros sino el trabajo. Y la organización. La dedicación y la responsabilidad social. La solidaridad.
Todo ha sucedido sin mayor ruido, sin pirotecnia ni neón, los japoneses son más bien silenciosos. Les gusta la quietud. Les encanta. Karlfried Graf Dürckheim fue Embajador de Alemania en Japón y, sobre todo, un fanático de este país. Lo estudió, todo lo que pudo (es virtualmente imposible para un occidental llegar a la médula de lo japonés). Llegó a ser maestro zen y luego de su viaje intelectual y espiritual escribió el libro ”Japón y la cultura de la quietud”.
Karlfried escribió: "Un japonés lleno de edad y sabiduría me dijo en cierta ocasión: 'Para que una cosa adquiera relevancia religiosa, solo necesita ser sencilla y repetible'. ¡Sencilla y repetible! Toda nuestra vida cotidiana está llena de cosas sencillas y repetibles. Consideramos nuestras acciones tan sencillas y tantas veces repetidas de cada día como una condición y requisito de nuestras consecuencias propiamente dichas. 'También' lo son para el japonés. Pero para él se convierten además en oportunidades de experimentar lo 'auténtico y verdadero'. Adquiere de nuevo conciencia de sus automatismos inconscientes, y los convierte en objeto del 'ejercicio para la experimentación de la armonía' y también del ejercicio de un estado del propio yo en el que esta experiencia de la armonía y su custodia pasan a ser el 'leitmotiv' de toda su vida".

Y continúa: “Detrás de todo ello está la sumisión humilde y natural a la muerte como la otra cara de la vida. El sentido central de todo ejercicio está en considerar a la muerte como la otra cara de esta vida y al morir como la puerta para la otra vida superior. La educación japonesa, a base de ejercicio, es siempre una educación para la muerte; supone siempre aprender a dejar morir una y otra vez al diminuto yo. Un japonés me dijo: «Vuestra educación está relacionada casi en exclusiva con esta vida. Nuestra educación para la vida pasa siempre por la educación para la muerte»”.
Con silencio, actos repetitivos y quietud el Japón avanza hacia un futuro forjado. Todos los días ve cómo el sol nace desde el fondo del océano Pacífico, todos los días ven como la diosa mayor, Amaterasu, se hace cargo de que no les falte luz.


Les veo pronto, otras investigaciones están en marcha.

viernes, 6 de octubre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte II


Vengan, esta es la segunda parte de una serie de tres artículo. Hoy, vamos a hablar en razgos generales del últimpo imperio del mundo.

Akihito es el descendiente de la dinastía imperial continuada más larga del mundo. Desde Jimmu (11 de febrero del año 660 a.C.) se han sucedido 125 emperadores. Aún ahora, en los documentos oficiales se debe escribir el año de acuerdo al calendario gregoriano y el número de años de ejercicio del emperador en funciones. Por ejemplo, 2012 en el
calendario gregoriano equivale al año 24 del actual emperador. Y es fiesta nacional el día de su cumpleaños, sea cual fuera la fecha. En un contrato de arrendamiento, por ejemplo, consta la denominación local del tiempo y también en las papeletas de depósito de los bancos.La Constitución del Japón en vigor (elaborada por las fuerzas de ocupación estadounidenses) afirma que el Emperador es el "símbolo del Estado y de la unidad del pueblo"; no tiene poderes políticos pero es un Jefe de Estado ceremonial que representa la monarquía constitucional.
Vista de Tokio desde el Palacio Imperial
Luego del ataque atómico y la rendición de Japón, las fuerzas de ocupación estadounidenses trataron de lograr que, por decreto, se eliminará el carácter divino del emperador, pero los japoneses advirtieron que podían negociar todo, menos eso, que se jugaban la vida por defender a su emperador.
A la investidura del Emperador se le conoce como el Trono del Crisantemo. Esta flor, de 17 pétalos, es el símbolo del poder imperial y el escudo de armas del país, si es que puede considerarse tal.
 
Aki-Hito Tsugu-no-miya, casado con la Emperatriz Michiko,es un hombre delgado y de baja estatura pero quienes han estado frente a él no han podido sostenerle la mirada. Han dicho que estar en presencia de Akihito provoca la sensación de que ese hombre, el hijo de la diosa creadora de esta Nación, tiene una presencia capaz de llenar un salón vacío. Sin ninguna muestra de soberbia, Akihito se presenta como el administrador excepcional de una complejidad tan extrema que ha logrado dominar la simpleza.

Asumió la regencia de la Casa del Crisantemo el 22 de septiembre de 1988 tras la enfermedad y muerte de su padre, Hiroito. Como es la tradición, dio nombre a su reinado como la Era Heisei, que significa "la paz conseguida". De hecho, con este segundo nombre se le conocerá en la posteridad.
Emblema de la Casa Imperial a la entrada del santuario de Engaku-ji
Es, por otro lado, la cabeza visible la religión sintoísta, que no ha concebido una estructura jerárquica. El emperador es el protector de la iglesia sintoísta y, de hecho, está a cargo de la protección y funcionamiento de algunos santuarios que tienen un bagage histórico extraordinario.
Muy pocos seres humanos pueden darle la mano al Emperador del Japón, al último emperador del mundo, de hecho los japoneses no le pueden topar y si así pudieran no se atreverían a hacerlo.

Villa Imperial de Katsura, en Kyoto
Aquellos que pueden compartir instantes con él, a veces sin saberlo, viven una cima en sus vidas nada más con compartir el espacio vacío de un enorme salón con el descendiente de la diosa del sol, cuyos rayos dibujan susurros amarillentos contra los mínimos ornamentos de un salón palaciego.
El respeto del que goza Akihito se lo ha ganado con esfuerzo tras las turbulencias provocadas por su padre, Hirohito, a quien le tocó, en cronología inversa, rendirse ante Estados Unidos, soportar el primer y único ataque con bombas nucleares de la historia de la humanidad, entrar a la segunda guerra mundial del lado de la Alemania nazi.
De esa manera culminaba una aventura expansionista que se inició en el siglo XIX. 


Unos días más y estará aquí la última parte de esta historia. No dejen de venir.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte I

Me encanta recibirles. Ya saben, este es un espacio para compartir, para hablar de cosas. Esta vez, les voy a contar algo de la escencia del Japón en tres partes. De manera que tienen que venir tres veces para oir completa la historial, que comienza así:

Japón. Ellos pronuncian el nombre de su país “nijón” y el gentilicio, en español, es doble: japonés o nipón.
La palabra Japón se compone de dos kanji (los kanji son idiogramas de origen chino pero ya han sido “japonisados”): 日本. Una de las delicias de los ideogramas es que no tienen un solo significado, pues no están atados a un sonido, sino que ocupan una zona de significados y lo que quieren decir depende de las costumbres y las combinaciones.
El primer kanji del nombre del Japón tiene el sonido de “ni” y significa día o sol. El segundo tiene el sonido de, “jon” quiere decir libro, pero también origen, inicio. Luego, el “país del sol naciente” se puede entender desde la genética de las palabras, a través de la escritura, con un vistazo simple a la etimología, que son las evidencias históricas que no mienten.
Lo que pasará enseguida en esta crónica será mirar como este conjunto de trazos toman un camino completamente diferente para llegar al mismo destino.
El siguiente protagonista es el sol; bueno, en japonés no es masculino porque el idioma no diferencia géneros ni tampoco número, idioma inclusivo este. A pesar de que el nombre no tiene género, en la mitología y la religión locales el sol es un personaje femenino, la sol. Además es la más importante. La diosa Amaterasu, que es la diosa del sol y que también es la fundadora del Japón.
La mejor aproximación para aprender o para percibir el origen de este país debe leerse, sin lugar a dudas, en el Kojiki, uno de los más antiguos libros del mundo que recoge la tradición oral de siglos con respecto a los hechos mitológicos que confluyeron para la fundación del Japón en el archipiélago que hoy ocupa, unos 600 años antes de la era cristiana.
En una edición en español, Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla escribieron una introducción sobre la naturaleza de este libro y logran aclarar lo que pasaba en el Altiplano del Cielo y en la tierra mientras dioses transeúntes le daban sentido a su creación y los hombre buscaban la redención entre las abruptas sinuosidades de este archipiélago.
Los autores de la introducción dicen: "El misterio de Japón empieza en el Kojiki (Crónicas de antiguos hechos). Saludado como "la Biblia del Japón" (...) es la obra conservada más antigua de Japón. Narra las tradiciones nacionales desde la edad mítica de los dioses hasta el reinado de la emperatriz Suiko (593-628)". Un libro escrito en el siglo VI: puede ser que no haya nada más antiguo en materia literaria.


Sin embargo, Rubio y Tani dicen que es necesario dudar de los datos históricos y hay que gozar de las referencias mitológicas, hay que aprender de las citas antropológicas y acariciar las virtudes literarias; la discusión en el Japón sobre la autenticidad de los hechos que relata el Kojiki es todavía la inspiración de investigaciones históricas rigurosas.
El libro comienza con la génesis del planeta, la tensión en la relación de los dioses y semidioses por ganar espacios de poder durante la construcción del país.
En la misma introducción se afirma que "Además, el valor literario del Kojiki se acentúa por ser 'obra puente' entre una literatura oral perdida, anterior a la introducción de la escritura importada de China, y otra escrita de la cual es pionera. En ese sentido, sus páginas nos colocan al borde de un abismo por cuyo fondo corren las aguas oscuras y ricas de una cultura que, aunque ágrafa, tenía como actor a un pueblo que desde el siglo II ya desempeñaba un papel destacado en el concierto de naciones del Asia oriental".
Probablemente muchas de las preguntas que uno puede hacerse sobre el alma japonesa encuentren referencias cercanas a una explicación razonable leyendo este libro y su hermano gemelo, el Shoku Nihongi, una obra posterior que tiene más rigor histórico y que cuenta noventa años de historia del país desde el año 697.
Pero las verdaderas respuestas las tienen los ocho mil dioses que habitan el Altiplano del Cielo. Hay que detenerse un momento y hacer una aclaración: el kanji que se usa para nombrar el número ocho mil es el mismo que se usa para expresar la eternidad. Decir “ocho mil dioses” equivale a “todos los dioses”. “Te esperaré ocho mil minutos” significa que será una espera eterna, para usar un ejemplo.
Hay estudiosos que afirman que Kojiki y Nihongi fueron escritos para, a través de justificar el carácter divino del emperador, legitimar los espacios de poder de los sogunes (shōgun), una estructura política que pervivió por ochocientos años.
Desde el siglo XII, los emperadores entregaron paulatinamente el gobierno de las decisiones políticas, económicas, militares y diplomáticas a grupos familiares, que ejercían el poder real y dominaban la vida cotidiana. En los ocho siglos se sucedieron tres shogunatos: Kamakura, Ashikaga y Tokugawa.
En esta época se desarrolló, entre otras expresiones de la organización social, la figura de los samurai, guerreros a órdenes de los sogunes, quienes escribieron páginas épicas en la historia nacional y que aún hoy son admirados en el mundo.
El sistema de sogunes terminó cuando el emperador Meiji decidió retomar para la casa imperial el control de la vida del Japón e inició uno de los períodos más importantes de su historia reciente, en el año 1866.
Ahora, Japón es el único país del mundo que tiene un emperador y para los japoneses el Emperador Akihito es descendiente de los dioses, es un puente vivo y dinámico que une el Altiplano del Cielo con el archipiélago.


Vendrá la segunda parte en unos días. La continuación comienza así: "Akihito es el descendiente de la dinastía imperial continuada más larga del mundo...". No se queden sin el resto de historia.

miércoles, 5 de julio de 2017

Atrapado en el ciclo del refugio

Todo final es al mismo tiempo un comienzo, esa dualidad sucede también en Llamingosan, toda despedida es una bienvenida. ¿Recuerdan lo que pasó en los dos capítulos anteriores?

Al inicio, se pintó el telón de fondo de los albergues tradicionales japoneses: minshuku y ryokan. Y luego de unos días sucedió la revelación que dentro de estos albergues operan una serie de códigos a través de los cuales es posible capturar la quietud.
Y sucede que a pesar de lo dicho antes no se ha agotado esta rápida descripción de los ryokan. Aún queda saber una cuantas precisiones adicionales. Como la perplejidad que se
experimenta gracias al ambiente creado.Se ha dicho ya que es un escenario en el que no hay abundancia de elementos. Son pocos pero tienen la capacidad de provocar una especie de exclamación dicha hacia adentro. Es notoria la manera como se transmite la certeza de que entrar en contacto con las tradiciones, la cultura, el clima y las costumbres un país es en sí una experiencia preciosa.
Lo es también la amabilidad japonesa, que ya es un mito. Eventualmente un occidental podría sentir que las atenciones son de tan sutil encanto que dejó de ser amabilidad y se convirtió en conmiseración; y esto sucederá por un encontronazo de estilos de vida: la rudeza salvaje del mundo del oeste no está moldeado para ser permeable a actos reales de amabilidad. Eso sucede, para mencionar algo, cuando la persona encargada del hotel abre la puerta de la habitación de rodillas. Y entra luego con la bandeja de la comida. Antes de salir como si se disolviera con el aire, da una explicación de esa paleta de sabores.
Lo que se tiene frente a sí es una serie de platos, todos diferentes, que contienen alimentos bien preparados y primorosamente adornados. La siega de las especies marinas, la pesca de vegetales; el daikon (rábano blanco), la nori (alga marina), miso (soya y sal marina fermentadas); sashimi (pescado crudo), unagi (anguila), kani (cangrejo); tori (pollo), niku (carne), butaniku (cerdo). Y, con una nominación especial, gohan (arroz), que es tanto más que uno de los principales elementos de la identidad japonesa.
Si a la vista es como una explosión incontrolada y sucesiva de la naturaleza comprimida en presentaciones de gran arte, la sensación de los sabores es como un leve aleteo del viento, el agua que golpea contra una piedra, una hoja que cae, una ola pequeña y violenta. El ejercicio de decirlo es cruel cuando la experiencia de saborearlo es divina.
Pero la calidad del alimento, la misma que ha tenido desde hace siglos atrás, es proverbial; está encargada a los mejores. Estos maestros de la cocina son aprendices durante años, luego de lo cual deben enfrentar una prueba oficial para obtener la licencia de cocineros especializados en gastronomía japonesa, La “galería” en la que exponen su arte son los ryokan.
Ahora, vale decir que a la cena se llega luego de haberse abandonado en los baños de aguas termales, que son, en realidad, las caricias de los dioses.
Esto sucede en piscinas; el protocolo manda que antes de entrar al agua hay que bañarse. En principio, las piscinas de aguas termales son comunales y no se puede ensuciar el agua que usan o utilizarán otras personas; es decir, a la piscina hay que entrar pulcro.
Poco a poco se va completando la idea que son unos baños que, como todos los otros elementos descritos, no están hechos solamente para asearse. Es decir, si solo quiere tirar los músculos molidos sobre un lecho mullido mejor que vaya a un business hotel, no desperdicie su tiempo y el de los demás. No sea necio, no insulte a una tradición centenaria siendo un bárbaro en japón. Si solamente quiere ingerir los nutrientes necesarios para seguir el camino, tampoco gaste su dinero en un ryokan. Y si desea sacarse la suciedad del encima evite asistir a la caldas de los ryokan.
Hay un sentido muy acentuado de mimar al cuerpo, de darle el cariño que le hace falta, ese es un paso muy importante para recuperar la armonía, el equilibrio. Por eso, sumergirse en una piscina con agua que generalmente viene del corazón de la tierra, a cuarenta grados centígrados hacen que los músculos se suelten; el cuerpo relajado es una puerta abierta para que se vayan los pensamientos, dejarse estar en esa especie de limbo terreno, el perfecto estado de estar sin ser.
Los elementos ya mostrados son, en realidad, varias páginas de un libro que describe la identidad japonesa y, al tiempo, la cultura de ese país. Existe un respeto por la tradición porque tienen por hecho que la historia es un ente dinámico. El ryokan más antiguo tiene 1.300 años de vida; el tiempo es una herramienta versátil para perfeccionar, pero siempre teniendo en cuenta que el secreto no está en buscar el corazón de lo más complejo. La manera cómo se sirve el té es perfecta, de la misma manera como se abre la puerta, como se recoge la habitación, como se cobra, cada movimiento tiene años de experiencia que no persigue necesariamente la eficiencia, sino que es una búsqueda de la esencia.

Es importante tener en cuenta, de principio, esas dos acciones básicas con las que se opta por un ryokan: hay que saber llegar y también hay que saber detenerse. Esto vale para quienes entienden que la vida no es una carrera cuyo trofeo es la muerte, sino un poema que lleva escondido la quietud. Es la única garantía de la permanencia del ciclo.

Les veo pronto, saludos.

sábado, 1 de julio de 2017

¿Hospedajes o refugios? Hora de entrar


Muchos saludos. Temo que en el último artículo quedaron puertas apenas entreabiertas y la consigna de ahora es abrirlas por completo e invitarles a entrar a los hospedajes tradicionales japoneses.

Hay dos términos que se utilizan con frecuencia: minshuku y ryokan. La diferencia es que el primero es más sencillo que el segundo, en la decoración, el protocolo, los costos. Pero los dos conservan la misma tradición.

Entrada a un minshuki, en Magome
Hay un principio del budismo zen que dice “El camino es la meta”. En el caso que nos atañe, los protocolos que se siguen para hospedarse en un ryokan son clave, no se las debe tomar como una secuencia de acciones o como instrucciones de funcionamiento, sino que hacerlo permite proyectar la sensación del refugio, la idea de un amparo espiritual.
Sea aclarado que se habla aquí del hospedaje que usan los japoneses en sus viajes normales y que disfrutan algunos extranjeros. Esto es lo común.
Dejada atrás la carretera hay como un lugar de amortiguamiento para separar con cierta sutileza la vida del exterior de la experiencia del refugio. En muchos casos es solamente un descanso, en otros un recibidor interior, pero en los más es un jardín, el jardín exterior, que ha de guardar los principios del diseño japonés de los jardines.

Las zapatillas están listas para los húspedes
El ruido de afuera se va aplacando y el sonido que marcará la entrada al albergue será el de una puerta corrediza, las ruedas rozando las rieles al abrirse y al cerrarse, y al final un suave chasquido de maderas que se encuentran sin hacerse daño.
El recibidor es una zona de transición: es necesario quitarse los zapatos y dejarlos ahí, acción que significa dejar el polvo, el cansancio, las preocupaciones, la rudeza, lo mundano y lo terrestre. Y calzarse zapatillas; limpias, silenciosas, cómodas.
Los minshuku son más una casa de huéspedes y los ryokan ya son establecimientos. En los dos casos es posible que no se encuentre, a la entrada, una recepción. En los alojamientos tradicionales, la matrona se acercará y le saludará con una venia de tres dedos, que significa ponerse de rodillas, apoyar tres dedos de cada mano y tocar la frente contra el piso. No, de ninguna manera tiene el significado occidental de humillarse, ese es un saludo con extrema cordialidad que se expresa a una persona que merece la mayor consideración por parte de quien le ofrece el albergue. Se informa de los horarios generales y se le pregunta la hora a la que prefiere cenar.
En establecimientos más antiguos se asigna un empleado que conduce al huésped a sus habitaciones. Antes de entrar dejará las zapatillas fuera del aposento. En el cuarto se está con los pies desnudos o con medias. Luego, la persona del servicio hablará con parsimonia y precisión para dar una rápida explicación con respecto a las instalaciones y preparará té verde. Dicho esto desaparecerá… como si se disolviera. De pronto se hará un silencio que se sentirá dentro, será posible escuchar cómo el vapor de la taza con té se eleva por el ambiente.
La habitación es un cuarto de buen tamaño que tiene tatami, piso de estera tejidas con paja. Tiene, normalmente, una puerta corrediza de papel de arroz que divide la habitación de una sala de estar con vista al jardín interior del ryokan.
Mientras no sea hora de dormir, esta habitación tendrá como muebles una mesa baja y almohadones en los que sentarse o estar de rodillas (esta se conoce como la posición seiza, que se puede traducir como “correcto sentar”). Sobre la mesa habrá lo que se necesita para preparar té.

Suele haber dos armarios. En el uno se encontrará ropa cómoda con la que se puede estar en la habitación o en cualquier otra instalación del establecimiento. Son las yukata, batas largas que son una versión mucho más sencilla que un kimono.
Habitación de un albergue tradicional
En otro armario está guardada lo que los occidentales pueden considerar la cama. En la noche, la persona del servicio asignada entrará en la habitación para mover la mesa y los almohadones a una lado de la habitación. Extenderá el futón, que es una especie de colchoneta; pondrá encima un cobertor y colocará una almohada.
Si bien los cultores de los albergues tradicionales han debido resignarse a la modernidad y colocar televisores, una habitación tendrá como adornos solamente lo que se encuentra en el conjunto conocido como tokonoma: una pintura o un pergamino con algo escrito, algún adorno y un arreglo de ikebana o un bonsai. Este es el rincón en el que el wabi sabi explota con todo su poder.
Todo lo que ha sucedido hasta este momento es una especie de prólogo extendido, una intento por bajar la intensidad de los músculos, los decibelios, la velocidad del pensamiento; se ha creado un ambiente austero con la intención de que las “virtudes” humanas se desinflen y se fundan con la nada.

Al fin y al cabo, y sin decirlo, el refugio cumple el papel de proteger a las personas, sobre todo de sus nimiedades.

Muy pronto habrá más sobre los refugios japoneses. Vuelvo enseguida.