Portada

lunes, 26 de diciembre de 2011

¿De verdad hay tanto?

Ya estamos de vuelta.


Metropolis es una muy buena publicación para aquellos a quienes nos resulta difícil leer las columnas de texto japonés y enterarnos de una abundante oferta cultural. Gracias a ese canal nació el título de esta entrega. ¿De verdad hay tanto de presentación cultural?
Hay más de lo que uno podría cubrir, a menos que tenga el don de la ubicuidad y una mente prodigiosa para asimilar todo y no morir en el intento de catalizar cada evento que está disponible.
La Metropolis de No. 925 trae algunos anuncios que son dignos de relevar, como muestras nada más y circunscrito a lo planificado en los siguientes 20 días, desde hoy.
Lo primero, la marathón de Beethoven. En el Tokyo Bunka Kaikan, un teatro estatal, se presenta The Complete Beethoven Symphonies Concert on New Year's Eve 2011. Desde las 12:00 del 31 de diciembre, por 10 horas seguidas y por unos USD 400, los espectadores pueden ver las sinfonías del alemán desde la 1 hasta las 9, de corrido. La interpretación está a cargo de la Hiroyuki Iwaki Orchestra.
El 8 de enero -sea permitida esta licencia, aunque diré a mi favor que esta es una expresión cultural absolutamente identitaria del Japón- se lleva a cabo el esperado Gran Torneo de Sumo, esos atletas grandes, fornidos, flexibles y expertos en artes marciales que se enfrentan en este deporte cuyos primeros rasgos aparecieron antes de nuestra era.
Los bomberos tienen lo suyo. El Departamento de Bomberos de Tokio organiza un evento para a orar por un año seguro, sobre todo en este país que por siglos usó la madera para las construcción. La atracción principal es la escena de la escalera. Hombres vestidos de bomberos del periodo Edo (siglos 17 a 19realizan acrobacias circense en la parte superior de un bambú de seis metros de alto. El bambú es sostenido por una parte de los bomberos para que otro suba a la punta y realice las acrobacias.
Cada discoteca prepara su propio "exitómetro", como este: Ooooze, Tri-Bute y los Guerreros de Fin de Semana se juntan en la discoteca Legato, para calentar a los parroquianos antes que llegue DJ Laurent, quien fue "uno de los productores del épico reventón del año pasado", con una fiesta rave que sonó en todo Tokio.
Bajo el slogan de "Luego de un año difícil, hay razones para celebrar la vida", se puede asistir a una exposición de fotografías del reconocido Kyoichi Tsuzukien, quien presenta "Anya Komichi Ueno Asakusa, crucero subterráneo". El artista se fue por el lado más gastado de Tokio, en busca de las culturas subterráneas: travestis, los fanáticos del death metal, las barras de bares gay, las excavaciones baratas a donde fueron los jóvenes creativos desplazados por el glamour de los barrios centrales.
Lo más importante para un japonés siempre será ir el primero de enero al templo, es probablemente el único acto religioso nacional, miles acuden a hacer ofrendas para asegurar un año próspero. Es el mejor de todos los actos culturales, el que engloba a todos los anteriores.


Hasta prontito, ya mismo me voy yo también a un templo a ver cómo es esa vaina.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Adolescentes en la cumbre

Muy buenas:


Ya que estamos aquí, veamos esto. ¿Quién es el cantante o el grupo ecuatoriano que tiene las mejores ventas? ¿Pamela Cortés, Juan Fernando Velasco o Delfín Quishpe?
No lo sé, no tengo la más remota idea, no sé si haya esa estadística, pero el fenómeno japonés de la música masiva tiene, básicamente, un nombre: AKB48.
No sé si referirme como a un grupo de cantantes o a una empresa. Ustedes decidan cómo llamarlo, yo les cruzo los datos.
AKB48 son 48 chicas que forman tres grupos de 16 jovencitas cada uno, de manera que la empresa puede atender presentaciones simultáneas. Es decir, solo en muy contadas ocasiones se reúnen todas a cantar. Tienen un teatro donde hacen presentaciones permanentes en la zona de Akihabara y de ahí se derivan las iniciales de AKB.
Un dato alhaja es que cada vez que se va a grabar un disco se debe seleccionar a las 16 que participarán en el proceso. ¿Saben cómo se hace la selección? Pues todas tienen que jugar "piedara, papel o tijera", el tradicional juego jan-ken-po.
Este es principal grupo idol japonés. Es diferente de los ídolos de, por ejemplo, American Idol. Lo dice la inefable Wikipedia: "El término usualmente se refiere a celebridades femeninas japonesas que van desde adolescentes hasta jóvenes con poco más de veinte años que son consideradas kawaii (lindas, adorables) y han conseguido fama gracias a la publicidad en los medios de comunicación".
La página oficial informa que fue creado en diciembre de 2005 con el concepto de que los ídolos se pueden conocer todos los días. Y se puede ser como ellas, vestir como las guambras, ser como ellas. Su estilo musical es el conocido J-pop, pop de origen y para el público japonés, aunque ha trascendido a países como Perú y Brasil, por le intercambio cultura que provocan las olas migratorias del pasado.
En 2011 solamente por la venta de discos la empresa facturó algo más de 200 millones de dólares, sin contar los ingresos por la comercialización de productos, del programa de televisión semanal que tienen y del programa de radio. 

El creador de esta industria del entretenimiento es Yasushi Akimoto, quien comenzó su carrera escribiendo guiones para radiodifusión, elaboró guiones para obras de teatro y musicales, dirigió una película. Todo este desarrollo le valió el nombramiento como Decano de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad de Kyoto y luego Rector de la universidad.
Si bien podría parecer que Akimoto san es un buen ejemplo de la industria del entretenimiento, hay mucho más en la experiencia AKB48.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención, y que les puede suceder si activan el vínculo que aparece al final, es ese juego permanente en la inocencia de adorables adolescentes y unos deslices hacia una provocación sexual.
Las minifaldas mínimas y los pantalones cortos que usan en sus presentaciones pueden parecer prendas cuyo objetivo es despertar ilusiones y activar la imaginación para construir sueños vedados. Pero en las calles de las ciudades de Japón se usa esa misma ropa. Ahora mismo, cuando el termómetro se quedó empecinadamente en siete grados centígrados, se veía a señoritas con minifaldas abstinentes, botas que llegaban hasta un poco más arriba de la rodilla y nada más (a veces son insultantes esos desafíos al frío ajeno). De manera que las cantantes no son diferentes de las transeúntes.
Tienen exactamente lo que las colegiales buscan: un estilo, un sueño, un objeto que les diferencie, un amor, todo está en sus presentaciones. Pero hay deslices. En algún video vi que repetían una escena bastante trillada de las jóvenes lavando un auto y jugando con el agua, escena que, de alguna manera, tiene el estigma de ser más propio del entretenimiento de los adultos. Por último, en un video musical que se transmitió por la televisión local, las jóvenes se besaban en la boca, con harta picardía.
De otro lado, las AKB48 son una derivación de la cultura otaku, la del arte electrónico, quizás leve y desviada, pero no deja de establecerse un nexo con esa que es como una marca de identidad de buena parte de los jóvenes japoneses. Los personajes de ánime (películas de dibujos animados) se visten de una manera parecida, pero difícilmente muestran una actitud tan desenfadadamente comercial como las AKB48.
Hay quienes afirman que hay una línea de comportamiento común entre ciertas adolescentes quienes sienten placer por ser vistas por hombres mayores. Los varones, por su parte, crearán sus historias personales de un desliz con una adolescente, si por eso convertirse en infractores de las leyes y la moral. A dichas señoritas les encanta que dichos hombres originen las mencionadas ficciones.
No me atrevo a dar una opinión sobre esto, no hasta que entienda un poco mejor expresiones culturales y reacciones sociales cuya comprensión depende un poco del tiempo y otro poco de lo abierto que esté el entendimiento, afiladito incluso para aquello que nunca entenderé por completo.
Hasta mientras, ahí les va el vínculo y nos encontramos aquí mismo para los comentarios de rigor: http://www.youtube.com/watch?v=vEVq_Bx7_KY.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cena por "X-mas" a la japonesa

Hola, saludos.


No sé bien cómo llegamos al apartamento, ubicado en el piso 14, de la familia Takeda. Sí se bien que desde allí se veía el monte Fuji preciosamente triangular, vestido de un blanco aparatoso, envuelto en una capa de azul cielo. Con semejante traje de semejante caballero no quedó más opción que suspirar. Pero esa respiración abismal se cortó porque Takeda san llamó la atención con copas de champán repletas de un espumante local. Era una cena de navidad ("X-mas", ese término se usa con frecuencia por aquí para nombrar a esta fiesta).
Afuera del departamento de los Takeda, es decir en las zonas más comerciales de Tokio, la ciudad se viste con la tradición navideña occidental: luces, bombillos, regalos, descuentos, promociones, cenas, árboles de navidades y noeles completamente cocacolizados.
En los jardines posteriores del complejo urbanístico Tokyo Midtown se presenta un espectáculo de luces brutal: 250.000 focos LED, sincronizados por computadora, ¡asombroso!
Navidad, para un japonés tiene el significado de una fiesta occidental en la cual se intercambia regalos y nada más. Sus dioses, los del shintoísmo y los del budismo, no tienen cédula de identidad, de manera que no se puede saber el día de su cumpleaños (además que son muchos... unos ocho millones de dioses).
Para ellos hay dos fiestas anuales fundamentales: el día del cumpleaños del Emperador (23 de diciembre en el caso actual, Akihito) y el año nuevo, pero no necesariamente el que manda el calendario chino. Y tienen una serie de tradiciones alrededor que se contarán en el futuro, cuando eso pase.
Los Takeda se tomaron el reto occidental, decoraron su casa y nos sentaron en una mesa con mantel rojo. La mesa estaba llena de bandejas con comida, especialmente verduras y uno que otro cárnico, pero muy escaso. Y vino, las botellas iban y venían con una naturalidad asombrosa, así como fluye la cordialidad de los japoneses, que es abundante. Noche de abundancias.
Los otros cinco comensales se baten bien con el japonés, pero para este llamingo el ejercicio fue intenso y apareció una conclusión importante: se puede entender el sentido de las conversaciones sin entender las palabras. Será exageración, pero la comunicación humana es capaz de entrar por la piel. Es que hay un idioma al que le prestamos poca atención: el de los gestos, las miradas, la posición de las manos, el tono de la voz. Una conversación de la que no se entiende nada (salvo algunos nombres) puede parecerse a la composición musical que tiene el suficiente poder de generarnos las sensaciones exactas.
Lo cierto es que me reí cuando había que hacerlo y tome un gesto adusto en el momento indicado.
Pero hay un segundo elemento que aporta en circunstancias de ignorancia llaminga frente a lo desconocido: la actitud. La más fácil era volverse autista, como dice el Nicolás Cornejo, "no audio, no video", encerrarse en uno mismo y comerse mierda porque el resto de comensales no hablan en el idioma que uno entiende. La otra es tratar de ser permeable: que esa carga de información sutil encuentre un camino abierto y que se apliquen los tamices sensoriales para buscar un punto de armonía.
Al final de la jornada creo que no quedé muy mal. Unos días atrás, mientras caminábamos por el impresionante barrio de Omotesando, se nos acercó un equipo de televisión de la cadena estatal NHK. Estaban haciendo un reportaje sobre las palabras en japonés que más les llama la atención a los extranjeros; y, nos entrevistaron.
Yo respondí que la que más usaba era chotto matte, que quiere decir algo así como "espere un momento", pero que vuelto al lenguaje criollo vendría a ser "chuta aguanta". Obviamente, mi explicación a la NHK fue en mi chapucero inglés y ahí sí que no hay traducción posible.
Ya en el postre en la casa de Takeda san se produjo ese el vínculo que nos permitió tener una noche de carcajadas desenfadadas. Escuchar a un japonés decir "chuta aguanta" no tiene precio.
"X-mas" con una vida nueva por descubrir, es como un nacimiento hermoso.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La maldición de la página en blanco

Hola todos, bello verles.


Probablemente el que viene a continuación es uno de los temas más manoseados, tanto como hablar del clima, pero vamos ahí, una reflexión más no le hará daño al ecosistema intelectual del mundo (a lo mejor sí, pero me arriesgo).
La página en blanco suele ser el efecto perverso de no tener qué decir o de constatar que en el cerebro está poblado de un enjambre caótico de ideas. El primer estado no es una debilidad, pero no muchos aceptan que esa sensación de vacío existe, es perfectamente humana y tiene una acción paralela valiosísima: el silencio. 
La segunda es la que trae problemas y riesgos. Es difícil priorizar las ideas, todas pesan lo mismo pero se pintan de colores distintos de acuerdo a la necesidad humana. La idea de una flor es perfecta, al menos, para el amor, la elegancia y la muerte. En los tres casos tiene una consistencia diferente, pero ninguna opción individual es esencialmente más valiosa que cualquier de las otras dos. Quiero decir, un clavel rojo en la solapa del traje de un caballero que va a un velorio es una zoquetada, nadie regala una corona de flores a la amada.
Tras estos ejemplos básicos está el barullo que se forma el momento de poner orden a las ideas.
Y los procesos de decantación son harto complicados porque dependen de una mecánica singular. Tenía pensado escribir sobre los maid café en los cuales unas jovencitas no menores a 18 años ni mayores a 22 se visten con un estilo flemático/britácnico/manga/ánime y expresan al cliente su respeto y reverencia de formas casi humillantes para ellas pero mimosas para ellos. Pero no, no ha sido posible todavía abordar esa realidad, porque enseguida se me cruza por la mente la cultura otaku, que se sustentan en el ánime, las manga, las computadoras y los videojuegos: una suerte de arte electrónico.
Pero ni el un tema ni el otro aparece las narices por la neblina del pensamiento y más bien le ponen una música de ascensor nada entusiasta a las ganas de escribir sobre este mundo y el otro.
Y sigo con la página em blanco.

A lo mejor debo hacer silencio y esperar que el día aclare.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Kojiki o la obra fundacional

Ya volví.


Pero claro, uno extraña su país como puede. Ventajosamente inclusive en el lenguaje, que parece la más imponente, larga y tortuosa barrera, se puede encontrar esos nexos sutiles, exquisitos e inasibles que de pronto se convierten en transmisores de la sensación de que el mundo es la cabeza de una cerilla. Ittekimasu, esta palabra es muy usada en Japón y significa, literal y conceptualmente, "me voy a volver". Me dio esa sensación de estar en la Patria pero al mismo tiempo sufrí una pena importante debido a la comprobación de que no es solo nuestra esa manera absurda de usar el lenguaje; yo pensé que esa frase era parte de la lista del patrimonio intangible del Ecuador. Pero no, ha habido otros como nosotros.
Bueno, nos quedamos en que volví y me fui a visitar el Instituto Cervantes de Tokyo: "El Instituto Cervantes es la institución creada por España en 1991 para promover, enseñar español y difundir la cultura de España y de los países hispanohablantes". Había visitado la página web y se veía bien, actividades culturales, biblioteca, exposiciones, cine. Se extraña el idioma, por un lado, y no es conveniente perder los vínculos que el idioma que tanta pasión me genera.
Encontré esta maravilla porque, mientras leía la mitología japonesa, supe que en la biblioteca del instituto existe una versión en español y me lancé a la aventura, a por el Kojiki. Rápidamente me hice miembro de la Biblioteca Federico García Lorca y pedí prestado el libro, que ahora está a mi lado siempre.
El estudio de introducción, al que quiero referirme ahora, es muy interesante tanto sobre la naturaleza del libro, los aspectos históricos que provocaron su escritura y asuntos antropológicos del Japón en su época de guagua nación.
Dice: "El misterio de Japón empieza en el Kojiki (Crónicas de antiguos hechos). Saludado como "la Biblia del Japón" (...) es la obra conservada más antigua de Japón. Narra las tradiciones nacionales desde la edad mítica de los dioses hasta el reinado de la emperatriz Suiko (593-628)".
Pero además es de las más importantes obras por varias razones. En la introducción, escrita por los traductores -Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla- se dice claramente que es necesario dudar de los datos históricos, hay que gozar de las referencias mitológicas, hay que aprender de las citas antropológicas y hay que acariciar las virtudes literarias.
"Además, el valor literario del Kojiki se acentúa por ser 'obra puente' entre una literatura oral perdida, anterior a la introducción de la escritura importada de China, y otra escrita de la cual es pionera. En ese sentido, sus páginas nos colocan al borde de un abismo por cuyo fondo corren las aguas oscuras y ricas de una cultura que, aunque ágrafa, tenía como actor a un pueblo que desde el siglo II ya desempeñaba un papel destacado en el concierto de naciones del Asia oriental".
(Ágrafa: "que es incapaz de escribirlo o no sabe hacerlo", RAE)
Probablemente muchas de las preguntas que uno puede hacerse sobre el alma japonesa se respondan leyendo este libro y su hermano gemelo, el Nihongi, que será el próximo en la mesa de noche (esto último es poesía de trole, disculparán no más).
Pero, qué sentido puede tener abordar estas obras de la historia nipona. Para ir un poco más atrás, cuántos libros sobre el espíritu de los habitantes del Ecuador hemos leído, cuánto sabemos de la cosmovisión andina, qué datos tenemos de la mitología previa a la llegada del señor Jebús (para citar a Mi Señora quien cita a Homero Simpson). La verdad es que sabemos muy poco de la serpiente emplumada y del mundo de los muertos, en general nos parecen dignos del folklore nacional, al que vemos de lejos y con cámara de fotos.
Rayos, entonces parecería que este llamingo se interesó por el alma de otro pueblo en vez de sentir en las venas el alma propia. Sí y no. La "Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heróico. Con frecuencia interpreta el origina del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad", es decir el mito, no es un tema de las aulas ni de las conversaciones y sí, acaso, sí de simposios a los que acuden cuatro viejas feas.
Ese desinterés, que tampoco es patrimonio ecuatoriano ni especie endémica rara de mi país, viene determinado porque a nosotros, los ciudadanos llanos, nos cuentan la historia que el poder decide. El poder puede tener la buena intención de fortalecer la identidad nacional y contarnos toda la historia no científica que tanto nutre nuestra sensación de cultura propia. El poder puede querer perpetuarse en base de la modificación de la historia, de los hechos, de las creencias. La iglesia católica predica el dogma de la fe, es decir que sus fieles deben creer lo que se les dice sin cuestionar y en base a eso ha intervenido en la política mundial desde hace siglos. En Estados Unidos el capitalismo puro ha logrado, entre otras cosas, aquietar a los ciudadanos, hacerlos sujetos pasivos de la construcción de la historia, el dogma de que el vivir en un estado estático es la mejor manera de alcanzar el sueño americano. En el Ecuador quisieron tapar todo lo andino para poder imponer la forma española de ver el mundo y saquear a placer los ornamentos dorados del imperio, al punto que hicieron creer al mundo que los indígenas no eran humanos, no tenían alma, y había que negociarlos con las azadas y las acémilas. Todos lo han hecho, eso no quiere decir que esté bien. Lo malo es que nos los creamos.
El Kojiki, aunque todavía está bastante puro del uso de la historia y la mitología para fundamentar el poder, trata de alargar en todo lo que sea posible los pocos datos que se rescató de la cultura oral para generar la sensación de que es una república tan antigua como la China, su vecino de abrazos y tormentos.
Pronto terminaré de leer el Kojiki e iré directo al Nihongi, con lo cual acabará, al menos por ahora, esta aventura por los intrincados caminos del tuétano de esta nación.
Seguro que sí, les contaré para dónde van los tiros.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Cima y sima del pudor de un llamingo

Entonces, como les iba contando...


Todo fue muy rápido. Después de almorzar nos dijeron que todo estaba listo, debíamos viajar 20 minutos desde Nagatoro, donde navegamos en un río de aguas transparentes como una gota de lluvia, ascendimos montañas bajas pero igual obesas.
Entramos por una carretera flaca, entre otras tantos cerros gordos, nos metimos tanto por las quebradas que se perdió la señal de celular; eso en uno de los países con mayor conectividad del mundo fue un llamado de atención. Montaña adentro, a lo profundo.
Onsen. Había oído hablar de aquello pero de pronto lo tuve en frente. Onsen. 温泉. Dícese de los baños termales públicos. Públicos porque no son clubes privados sino abiertos a quien pueda pagarlos. Para quien tuviera ¥ 1.200 en el bolsillo. Una billetera con 15 dólares para tres horas de uso y dos toallas incluidas.
Y bien, mi guía fue Javier, quien ha vivido como siete años en el Japón.
Onsen es el sitio donde los japoneses van a relajarse y a cumplir el ritual de la limpieza, es además el lugar en el cual desaparecen casi por completo los rangos, la posición económica, los laureles intelectuales o las medallas de la farándula. Todos son hueso y pellejo. Los autos bonitos se quedan afuera, los PhD se evaporan como el agua que brota de las entrañas de la ardorosa madre tierra.
Y bueno, los chicos a la izquierda y las chicas a la derecha. ¿Problemas de género?, me pregunté. No. Javier no me respondió, me dirigió a lo vestidores, en segundos se quitó la ropa y se puso al nivel del resto. Unos 30 tipos desnudos, lluchos, piluchos, calatos, desvestidos, adanes, en pelotas. Por eso se separan los niños de las niñas, porque pasada la puerta del destino la ropa es una categoría retórica. Y ya. A caminar con timidez con el maíz jugando al péndulo sin Foucault.
¡Mierda!, ¿y ahora qué hago con el pudor inculcado por mamita, el padre Acosta del colegio San Gabriel, monseñor Arregui desde el PSC y la tía Gracielita? ¿Qué hago ahora con las enseñanzas de que hay que guardar el cuerpo de las tentaciones del innombrable que predicaban la vecina de la tienda, el sabio conductor del taxi, el elegante presentador de televisión, qué dirán Oprah Winfrey, Jose María Aznar, Bernardo Abad, Arjona y los Chiriboga Uribe? Ahí estaba este llamingo, rodeado de japoneses, llucho pero, sobre todo, con la moral en pelotas.
A donde fueres haz lo que vieres. Entré a la zona donde estaba la primera piscina de aguas termales que se originan en las chimeneas volcánicas producto del rozamiento incesante y morboso de las placas tectónicas y continental del Cinturón de Fuego del Pacífico y pensé por un momento en el Hugo Yépez; solo un momento, malpensados. Como buen llamingo me lancé de una para sancocharme igual que el resto. Se hizo el silencio, el agua detuvo su retozo, los asistentes me miraron con ganas de meterme un tortazo en la torre, ni una gota se animaba a salpicar hasta que el llamingo saliera y se bañara. Y es lógico, pensé luego de que Javier me reprendió; a quién se le ocurre meterse a una piscina comunal con toda la mugre que andamos a cargar en el cuerpo y que sacamos de paseo  sin ninguna vergüenza.
Esa primera ducha se realiza en unos lugares especiales, porque los japoneses no practican la ducha vertical sino la ducha de traslación: regaderas con mangueras para trasladar la fuerza del agua por todas las esquinas del cuerpo, proceso que se lleva a cabo cómodamente yacentes sobre las asentaderas lluchas en vulgares bancos pika. Y ya, mi entrada al agua fue finalmente aceptada por la comunidad de japoneses desnudos y casi puedo decir que me convertí en uno de ellos. Había dejado la pestilencia del mundo se fue gracias a la ducha de traslación y yo estaba diáfano para el rito del onsen.
La siguiente lección tiene relación con la toalla. Uno entra a la piscina con una toalla y este llamigno hizo lo que ustedes harían, meterla en el agua, exprimirla y limpiarse el rostro, volver por el proceso una y mil veces porque, además, es bien alhaja exprimir un trapo. ¿Pero cómo se le puede ocurrir a una persona limpiarse el rostro, del que saltan como canguil las impurezas y después remojarle en la piscina diáfana donde la comunidad practica el rito de la limpieza del alma? A un llamingo, claro está. "Inmundicia asqueroza", como dirían Les Luthiers.
Pero entonces ahora sí tenía lógica que los cobañantes se pusieran las toallas en la cabeza que a mí, de entrada, me pareció un detalle estético digno de relevar, simpáticos estos "japonésidos", para citar a Mafalda. Es que la cabeza es lo único que se mantiene fuera del agua y la toalla que limpia las impurezas del rostro está fuera del contacto de la piscina de uso comunal. No, tampoco se puede meter la cabeza por completo al agua, las mujeres se recogen el cabello para evitar que roce con el agua que sigue ahí límpida, transparente, circulando todo el tiempo, humeante.
Ya con mi toalla en la cabeza, quietito y calladito como guagua después de travesura, después de la segunda regañada de Javier, pude ver el entorno. ¡Qué maravilla! Piscina de piedra, bambú alrededor y en el techo y el paisaje de una quebrada con los árboles vistiéndose presumidos de los colores de otoño, en un arranque dichoso de amarillos y rojos, más una cascada y su sonido. A no, me dije, estoy en el paraíso. ¡Además vestido de Adán! Hasta se me pasó por la cabeza cubrirme las partes pudibundas con una hoja, al puro estilo del cuadro La Expulsión de Adán del Paraíso, de un tal Masaccio, pero evite la travesura porque podía ser expulsado del onsen y sin redención posible.
A seguir desnudando ideas. Cuando los asistentes se sancochan demasiado se sientan en unas gradas fuera del agua y dejan solo las piernas al remojo. Ese fue de los momentos cruciales. ¿Y ahora? ¿Así no más? ¿Y con la toalla en la cabeza? ¿Y si me ven? ¿Y si les veo? ¿Y si me ven y les veo y creen que estoy viendo lo que no debo y piensan que soy un gaijin fisgón y me quieren expulsar de nuevo del paraíso? Fue horrible, ¿qué hago con mis ojos? ¡Dios, quiero ser protagonista del Ensayo sobre la Ceguera! Ver o no ver, he ahí el dilema. Ver a los ojos me parecía impropio, casi una indecorosa que terminaría en carga montón. ¿A dónde ver? ¿Más abajo de los ojos? Pues ese más abajo de los ojos tiene un límite que yo no estaba dispuesto a trasponer. La salida fue pensar en otra cosa.
Queda dicho que había que desnudar el pensamiento de manera que la siguiente constatación por la vía de la observación fue que los japoneses son lampiños. Salvo el oasis selvático del área que está un poco al sur del pupo equinoccial. Y yo que trataba por todos los medios pasar desapercibido encontré otra razón para sentirme observado. En ese momento la solución fue simplemente no ver y concentrarse en detalles 
Para terminar la experiencia en el onsen, había que bañarse. De vuelta al banco pika pero, luego del tiempo que tuve para la observancia cáustica y pormenorizada, supe que el servicio incluye shampoo, jabón, la regadera para el baño de traslación y un balde adicional. Ese sí es lavada a fondo. Léase literal, no hay cavidad, cráter, hendidura, pozo o profundidad que no sea lavada a conciencia.
Otra novedad, que me contó Mi Señora a quien le tocó ir a la zona de chicas con Náoko, el rostro no se les pone rojo. Cuando el llamingo se mete a esos calores la cara se vuelve del tono de una pelota de básquet, pero sobre todo las japonesas mantienen el inmaculado color blanco de su piel y ni siquiera una puerca gota de sudor se atreve salir corriendo por la frente marmólea de los rostros marmóleos. ¡Qué pieles! Son tan perfectas que no sudan. Al menos por la cara.
Y llegó el momento de vestirse. Justo cuando me estaba acostumbrando a que mi desnudez era igual a la del resto, en el momento en que sentía que el pudor se había ido por el caño.

viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Sushi? No, gracias.

Hola a todos.


Preguntar recurrente: ¿ya comiste sushi? Respuesta recurrente: no, gracias, no lo he comido y no está en mis prioridades. Yo no sé mucho sobre cómo esta comida japonesa llegó a Estados Unidos y por exportación directa y sin tamices racionales se volvió tan in en el Ecuador. Me da pereza averguarlo. Pero sí puedo decir con seguridad que en Japón no es "el" plato, ni mucho menos.
El sushi es uno de los ejemplos de la "apriorización" de los conceptos sobre lo extranjero,  una realidad de toma y daca, nadie de salva. Para un ecuatoriano promedio, "chino" se aplica a cualquier asiático; para un japonés transeúnte de lo cotidiano gaijin es cualquier occidental. Todo en el mismo costal, chochos, cuyes y curiquingues.
Eso se perdonaba en el pasado, el antiguo testamento de la comunicación, cuando la información viajaba por mar, las ideas iban caminando y los sucesos eran un ejercicio de paciencia. Pero ahora... Decir que todos los asiáticos son chinos es una fórmula cómoda y preguntar insistentemente por el sushi es otra, atribuible a la pereza de informarse para hablar con sustento. Y a la facilidad de dejarse llevar por la moda.
Es que en Quito, en el Ecuador, se ha puesto de moda el sushi. ¿Y si en Japón se pone de moda el brócoli? Me imagino la conversación: "Ah, ¿estás en Ecuador, ya comiste brócoli?" Un ecuatoriano no pide un oyakodon ni un japonés un menestra con carne asada. El primero insistirá en los rollos California y el segundo en hamburguesa. Vuelvo y repito, el concepto de lo extranjero se basa en ideas preconcebidas.
Pero vamos más allá, caminemos, caminemos. Dejemos en paz al sushi y a quienes creen que cada vez que lo comen se están alimentando del alma nipona.
Digamos que para abrir la puerta de la verdadera gastronomía local el sushi sirve, vale como el plato típico servido en el aeropuerto. Como toda primera experiencia, esa primera impresión puede ser de diferente naturaleza, como es la el primer contacto posparto luego de bajarse del avión para buscar un sello en la oficina de migración desde donde se ilumina el mundo con miradas destellantes, intimidatorias y perversas.
Hace poco anduvimos por Chichibu, al nor-oeste de Tokyo, y encontramos un lugar para comer okonomiyaki. En muchos restaurantes fuera de las grandes ciudades hay mesas al estilo occidental (mesas altas con sillas) y también las orientales: mesas bajas, un pequeño cojín para que no duela el amor propio, lo justo para cruzar las piernas y rogar al cielo no ganarse un calambre de estilo occidental. En el centro de la mesa, una plancha de metal o, siendo llamingo, un sartensote cuadrado. Luego, en un recipiente llegan los ingredientes: col picada, brotes de soya, trozos de pollo cocido, cebolla blanca, un huevo y algo más. El comensal debe mezclar los ingredientes debidamente y poner a freir. Se forma un alimento que tiene la forma de una pizza. Cuando se ha freído lo suficiente el un lado se da la vuelta a esa tortilla de magnitud y se coloca una salsa marrón y luego se forma una cuadrícula con una salsa de color blanco (esos ingredientes ya no me sé). Y listo, el comensal tiene una espátula con la cual recoge el pedazo que va a degustar y lo lleva a su plato, desde donde emprenderá viaje a la boca con la ayuda de los siempre amigos palitos.
Quizás el plato más popular es el ramen. Vino de la China en algún momento de esta irregular vecindad. Se prepara en base de un caldo cocido con no sé cuántos ingredientes, fideo y una guarnición que está ahí mismo que, generalmente, es cerdo y algunas verduras. Es bien parecido a los agachaditos, aunque igual se sirve en restaurantes elegantes y caros.
Son dos ejemplos. Creo que con la gastronomía sucede que se debe explorar mucho para poder decir que sí, se ha entrado en el alma del país, y para lograrlo es necesario salirse del estigma farandulero del sushi y mirar que la comida tiene una condición casi mística.
Gohan es una palabra con dos definiciones: arroz y comida. El arroz es tan importante que su manera de nombrarla es la misma que para todos los alimentos. Soba y udon son dos tipos de fideos de los muchos que existen y también forma parte de la dieta tradicional.
Los alimentos se cuecen lo justo para evitar que pierdan su potencial nutritivo, al contrario se de lo que se cree no es muy común tener a mano comida cruda y, como isla que es (más grande que el Ecuador pero isla al fin) los frutos del mar mandan. De hecho, solo hace 100 años que se come carnes rojas y aves.
En Iberoamérica se usa el "buen provecho" antes de las comidas, una expresión a través de la cual se desea que los alimentos sean bien aprovechados por el cuerpo para beneficio de la salud. En Japón se dicen itadakimasita, una oración que, traducida con una aproximación literal, se usa para agradecer a todos quienes participaron en la elaboración de la comida que una persona se sirve, desde la tierra, la semilla, el agricultor, y para quien la transportó, la preparó y la sirvió.
¿Pero por qué no engordan si comen tanto arroz, fideos y carne de cerdo? Porque los japoneses utilizan muy poco aceite y sal. Y hartos ingredientes naturales. Es difícil ver en las calles a personas gordas, un fenómeno que se debe a que la comida es sana y se camina mucho, todo el tiempo. Además, luego de una buena comida se bebe té verde que facilita la digestión de las grasas.
Uno de los mayores placeres, que el sushi no permite, es sorber los fideos. Todos lo hacen. El concierto de sonidos del aire y el líquido que ingresan a la boca es parte del medioambiente local y también hay que aprender a hacerlo. Se puede sorber en silencio, pero ahí pierde la razón de ser. Los alimentos se sirven muy calientes y sorber los fideos sirve para enfriarlos mientras entran a la boca, al tiempo que se los recoge.
Un espectáculo increíble es mirar a un japonés con el tazón en la una mano y los palitos en la otra despachando un gran plato de ramen en minutos, los fideos que son absorvidos por la fuerza brutal de las fauces del experto, mucho ruido y... Hasta ahora no lo logro, no salpican nada. Hagan la prueba de sorber fideos sin salpicar. Cuestión de práctica.
Y, con esto termino, en los restaurantes tradicionales no ponen servilletas. Un llamingo con un ramen termina por volver una cochinada alrededor y cochinarse uno mismo y hay que tener ingenio para salir de esa (o tener a la diestra una mujer hermosa con buena dotación de kleenex, como me pasó a mi).


Quedamos en eso, nos vemos pronto.

lunes, 21 de noviembre de 2011

¿Rococó divino?

Saludos cordiales.


Estaba tratando de enterarme sobre las religiones locales y me encontré con esta... Bueno, de manera diplomática mencionaré que me encontré con este extenso nombre (iba a decir que es un rosario de nombres que son como los anillos de una serpiente, la verdad): Ame-Nigishikuni-Nigishiamatsuhiko-Hikono-no-Ninigi-no-Mikoto. Es el nombre de un dios, a quien sus amigos, seguidores y devotos le decían –y le dicen- simplemente Ninigi.
Ninigi es el bisnieto de uno de los creadores de la religión Shinto y de todo el mundo. Por cierto, en español se la llama "sintoísmo" pero en el japonés no existe la sílaba "si", existe "shi" y de ahí la variación.
Nigini, a su vez, es tatarabuelo de quien se reconoce como el primer Emperador y fundador del Japón como Nación: Jinmu. A Jinmu le han precedido 125 emperadores reconocidos por la casa imperial, hasta el actual, Akihito.
Esa línea de descendientes desde los creadores del mundo hasta el actual Emperador fue rota cuando los rambos de Estados Unidos obligaron a escribir una Constitución en la que los japoneses tenían que decir literalmente que el emperador no es descendiente de los dioses. Típica estupidez de marines rebosantes de músculos a quienes las neuronas les estorban (ya se hablará de ese tema).
A este puerto he llegado luego de visitar el complejo religioso de Nikko. Cerca de este pequeño pueblo del noroeste de Tokyo hay una vasta exposición de religiosidad japonesa, representada en construcciones y en prácticas religiosas permanentes. Nikko es patrimonio cultural de la humanidad.
Existen más de 100 templos y mausoleos abigarrados entre las quebradizas montañas, repletas de árboles y alimentadas por coquetos riachuelos. Hay dos elementos que llaman la atención: conviven uno al lado de otro templos shinto y budistas; y, la decoración es espléndida, variada, caótica, no deja un milímetro suelto.
Sobre lo primero, vale decir que si bien el Japón vive la religión shinto por origen, también se mantiene superactiva la budista, por vecindad. Los budistas llegaron de la China en el siglo VI y enseguida se produjo una interrelación muy interesante. El ejemplo que se cuenta por aquí siempre es que tan tolerantes son la una con la otra que algunos dioses Shinto son encarnaciones de deidades budistas.
Hoy, un japonés promedio no tiene recelo ni pereza ni conflictos morales de adorar a dioses shinto o budistas, al contrario de, por ejemplo, la religión católica cuya base es sobreponerse a cualquier otra religión (la menciono porque es en la que me formé).
El segundo aspecto es el arquitectónico, visto como una expresión material de la cultura. Pero el origen de las formas arquitectónicas y de los elementos ornamentales también tiene que ver con lo anterior.
La panteón Shinto tiene unos ocho millones de dioses. En los templos se siente las dificultades que habrán tenido los decoradores para poner a todas las divinidades que debían en cada templo pero el resultado siempre es de una belleza mística.
Es difícil referirse a esta joya, cuesta harto ponerle palabras a la maravilla. A lo mejor las fotos sirven para ese fin: http://www.flickr.com/photos/ascomunicas


Hasta mientras.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El atemorizante limbo

Buenas, buenas.


Vaya momento este. Digamos que las primeras semanas se vive despreocupadamente con una sensación de ser un turista con el privilegio de pasar mucho tiempo en un lugar, sin la presión de conocer la mayor cantidad de sugerencias de los operadores turísticos en el menor tiempo posible, sin la tiranía de un guía. La posibilidad de perderse por ahí sin más responsabilidad que tener en cuenta los puntos de referencia para no perderse o tener en el bolsillo el dinero suficiente y la dirección anotada en idioma local en caso de emergencia. 
Pero lo de ahora es un punto de transición, dejar de ser turista y comenzar a ser residente; "...amargura sin nombre de dejar de ser niño y empezar a ser hombre" según palabras de Medardo Ángel Silva. ¿Es amargo? De alguna manera sí, la presencia temporal, la turística, es bien adolescente, libertina: todo está permitido, total en un rato más hay que salir de aquí.
Esa es la rutina del hombre perplejo, del alma asustadiza, de la pasión irrefrenable. Es la del hombre que hace concesiones nimias mientras está de vuelta a su metro cuadrado de seguridad y de confort donde no concesiona nada. El explorador audaz, el extranjero que salva sus nalgas de una cornada en Pamplona, una esponja que absorbe sin filtro las fachadas y las miradas condescendientes y remilgosas de los locales, la actitud de un mozalbete despreocupado, la reflexión epidérmica sobre la otredad de un ser humano que se deja seducir de baratijas. Con una facilidad pasmosa la mujer se enamora perdidamente por tres días del botones del hotel y el hombre desata fuegos pasionales por la mesera del restaurante. La actitud del turista siempre es la de un amateur que baila yaraví sobre una cuerda floja. ¿Hasta dónde transgredo para aprehenderlo todo en tiempo récord?
Se acabó ese tiempo. El nuevo es aprehender todo lo necesario para no transgredir. Ser acogido por una ciudad, entre otras cosas, significa, como canon mínimo, respetarla; la actitud debe ser permeable en un juego tramposo para volverse un ciudadano de aquí, sin perder la identidad de allá. Una tómbola de derechos y deberes que se construyeron en base a una cultura diferente.
Ese es el limbo. No tiene ninguna aplicación la imagen cristiana de una sala de espera difusa en la cual se aguarda el veredicto, es como un momento detenido en un lugar inexistente en el cual se fragua la nueva realidad. Provoca amargura y felicidad, complacencia y ansiedad, las expectativas son alentadoras y catastróficas, quizás sea la más macabra acción de alternar contrarios. ¡Maldita ley de los contrarios!
Yukio Mishima, uno de los más destacados escritores japoneses, en El Templo del Alba tiene unas referencias soberbias sobre el atardecer, el no momento, el instante donde se desatan las fuerzas que no se ven o no nos atrevemos a mirar, los minutos en los cuales la transición del día y a la noche, la escapada del sol y el arribo de la luna, el suspiro que media entre la vida y la muerte se vuelven tangibles.
Ese es el limbo en el que estoy, pero no pienso sentarme a esperar el veredicto, voy a intentar aprender a nadar mientras me ahogo. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De la Patria y sus atributos

Hola, saludos a todos.


Cuando me propuse escribir este blog la primera regla fue no hacer comparaciones entre Japón y Ecuador. No me parece ético hablar bien o mal de la Patria que me vio nacer o del país que ahora me acoge. Pero hay más, decir algo bueno de una ciudad en desmedro de la otra no tiene sentido, este no es un concurso de belleza en el que se corona a la más bonita y más tonta, o a ambas. Desde la óptica de un viajero cada paisaje tiene su médula, sus nervios, sus músculos, que pueden parecerse a otros pero no son los mismos. De otro lado, conozco al Ecuador bastante bien y de Japón solo he podido mirar su fachada, no es un ejercicio positivo perder la objetividad, sé muchas cosas malas de mi país y he visto cosas muy bonitas de Japón, pero eso no define, ni de lejos, la naturaleza de cada uno.
Bien, el de ahora es el ejercicio de encontrar las 10 cosas que más extraño de Ecuador. Cosas en un sentido más amplio, no me refiero solo a objetos sino a la acción, pasión y estado de ser un llamingo:
Esta, por ahora, es la lista de las 10 memorias que más me hacen falta de la Patria y sus atributos (Advertencia, no están en orden de preeminencia)



  1. Cruzar la calle fuera del paso cebra mientras toreo con un forzado de pecho a los autos que pasan embalados.
  2. Preguntarle al vecino de la tienda por el marcador del partido del Aucas.
  3. Escuchar a la de contabilidad de la oficina la siguiente conversación por teléfono: "Señor guardita, dé diciendo al eco que no se vaya sin firmar unos chequesitos, tenga la bondad".
  4. Sonarle con un codazo furibundo en el plexo solar al vivo que se pega demasiado en la Ecovía.
  5. Pan fresco y en cantidades suficientes para rematar el desayuno con un buen chapo (para los neófitos, dícese de la mezcla de pan con la ultima cuarta parte del café con leche; al procedimiento posterior de beberse el exceso de líquido; a la añadidura siguiente de al menos una cucharita y media de azúcar; a acto de mezclar que le precede; y, al goce final de yantar dicho manjar).
  6. La aparatosa imprecisión del científico que hace la adivinanza del clima.
  7. Saludar a los conocidos con un buen choque de manos, a los amigos con un abrazo sonoro, recibir la bendición de la madre y estrechar a mis hijas con abrazos y besos de una abundancia incontenible.
  8. Despertar con el tono parroquial y los bodrios cómico-ridículos de Diego Oquendo, aterrado por las emergencias domésticas.
  9. Sentirse seguro al amparo del Pichincha y agradecerle en férvido grito.
  10. Tomar jugo de maracuyá

A Delfín Quishpe no le extraño ni un poquito.

Esta lista irá cambiando con el tiempo, en la medida que se vaya macerando esta mezcla de Cotopaxi y Fuji que se está formando nuevos elementos aparecerán para nutrir a la lista de "Los 10 más extrañados" (sobra decir que cualquier colaboración será bienvenida y, sobre todo, agradecida).

Hasta mientras.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tres sorpresas tres

Buenas con todos los aquí presentes:


Puede parecer que los que siguen a continuación son temas dispersos, pegados con un mal engrudo y que, juntos, no forman un cuadro de nada. Collage barato. Pero paciencia, algo saldrá. Espero.
Mi Señora se compró un par de zapatos y en la etiqueta constan las instrucciones para lavarlos, a mano o en máquina. Seré un interiorano desconectado de los avances tecnológicos del mundo o seré un alienígena con el entiendo lento o seré un recién nacido, cualquiera de las anteriores o todas juntas (alienígena interiorano recién nacido), porque no logro entender a quién se le puede ocurrir lavar los zapatos. Hay dos tipos de zapatos, los que se lustran y los que se lavan. Los lavables sola y exclusivamente son los zapatos elaborados con materiales resistentes al agua y son aquellos que se usan para actividades deportivas. Se los llama zapatos de caucho (por la suela), de lona (por la cubierta), de deportes (por la actividad), chuzos (por la pinta) y efectivamente deben ser lavados a mano, con detergente de ropa, la mugre se retira con un cepillo y este acto de asepsia se realiza en la piedra de lavar. Así mandan la tradición, las buenas costumbres y la lógica. Y hay de los otros que se lustran, sea gracias a la habilidad de un betunero o por mano propia con la utilización de: a) un cepillo para eliminar los restos del polvo; b) un trapo renegrido con el que se unta el betún; c) un cepillo para "abrillantar" los domingueros; y, d) otro trapo renegrido para pulir el lustre. Luego, meter los zapatos dentro de una lavadora de ropa, poner un detergente azul como todos y hacer girar esa rueda moscovita es un exceso indecente de la tecnología.
Caso dos: caminábamos cerca de Tokyo Midtown cuando un caballero nos entregó un folleto, de los 152 que uno recibe en la calle que, a primera vista, era de venta de ropa para jóvenes. Bien visto el documento, la información llamaba la atención: no había ningún detalle de los vestidos que llevaban las señoritas y sí había de las señoritas: estatura, busto, caderas, tipo de sangre (para los japoneses es muy importante saberlo y averiguaremos por qué). De manera que era el catálogo de las chicas que se ofrecían en diversos sitios de diversión noctura. Para hablar claro, de puteríos. Folletos distribuidos en la calle. Caramba que es un país tolerante.
Lo tercero: ¡vamos de paseo a Odaiba! Son seis islas artificiales construidas originalmente como una defensa militar de los posibles ataques por mar. De hecho, "daiba" es la palabra japonesa para la batería de cañones colocados en una fortaleza. Luego se intentó convertir en un centro de desarrollo habitacional, que no prosperó y, finalmente, en un centro de comercio, que es lo que se destaca hoy.
Para llegar se usa la línea Yurikamome. Para ser muy ecuatoriano hay que decir las cosas así: "fucccta, qué tecnología". Kirai es el nombre del blog de un español que vive hace algunos años y que tiene un gran trabajo de recopilación de información. Dice lo siguiente: "En realidad no es un tren, ni tampoco un monoriel... funciona con una especie de ruedas que se acoplan a los lados de una estructura de hormigón y está elevada a varias decenas de metros del suelo. No necesita conductor..." Ya. No necesita conductor. Y sí, Mi Señora me llevó al primer vagón y no había quien conduzca. De regreso en el último vagón y tampoco. Es un tren elevado que pasa a toda velocidad por el "Puente del Arcoiris", que cruza de Tokyo a las islas, y que es conducido por computadoras y por otros seres humanos que están en algún cuarto lleno de equipos a quien sabe cuántos kilómetros de distancia. Qué bestia la tecnología.
Ahora, a unir las piezas. No, es poco probable que se logre. Tokyo es una de las tres metrópolis más importantes del mundo, aquí pasa de todo. El avance desquiciado de la tecnología junto a muestras rutilantes de tolerancia... y de practicidad cotidiana.
En un país donde puede pasar todo esto al mismo tiempo, puede suceder todo lo que uno se imagine. Y lo que no también.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Analfabeto o ignorante. O ambas

En estos días se reveló con una belleza deslumbrante el complejo religioso de Nikko, al norte de Tokio. Vaya tamaña exageración: como si no fuera suficiente con el obsesivo despliegue de colores de los ornamentos de los templos budistas y shintoístas, se sumó esa –para mí extraña– confabulación  del otoño rural, cuando las hojas deciden vestirse del color que les da la gana. Otra vez, asomaba la nariz con una descomunal cara de bobo, aparecía yo en el paisaje como el caminante nacido en tierras donde el otoño y la primavera son entelequias. O mejor dicho, donde las estaciones son unas realidades ajenas de países lejanos.
Pero no estamos para hablar del clima.
Al regreso de la laguna de Chuzenji, un poco más arriba de este lugar sagrado y patrimonial, se debe tomar una carretera que localmente se le conoce como “el silabario”.
El japonés se compone de tres alfabetos y uno de ellos es el hiragana. Este alfabeto se compone de las cinco vocales (a, i, u, e y o, en ese orden), y de 48 sílabas.
La carretera, por la que se descienden 1.000 metros en menos de 20 minutos, tiene también 48 curvas perfectamente cerradas, curvas en “u” que les decimos nosotros, bastante parecido a la Nariz del Diablo.
Cada curva es un desafío a la lógica de la gravedad, de pronto no se entiende como se puede lograr que un autobús descienda lento pero seguro por esa vía tan poco apta. No entendí, pero tampoco me esforcé mucho, había otras cosas en qué pensar.
En el momento que entienda la lógica del idioma japonés quizás podré explicar mejor las razones de mucho de lo que veo en estos días, seguro hablaré de ello, por ahora basta decir que es un idioma complejo, como las 48 curvas del silabario de Chuzenji.
De hecho, cuando este llamingo llegó a Japón fue declarado, al mismo tiempo que ciudadano con documentos en regla, analfabeto: incapacidad total de leer, escribir y comprender el idioma.
Días después aún cuesta esfuerzo identificar unas pocas sílabas o unos pocos kanji. El kanji son ideogramas que se originaron en China y que por aquí han recibido las variaciones locales de rigor.
Sin embargo, lo que facilita un poco las cosas es la manera como el idioma se acopla a las necesidades de comunicación de la gente; en este y en todos. Ahora hay muchas palabras que tienen un origen occidental y que se han modificado para no contrastar demasiado con el habla local.
Un ejemplo: baño; se adoptó el término francés toilette y se convirtió en toire. Representan lo mismo, un baño de estilo occidental. El baño oriental, en cambio, es otearai.
Y van muchos más: caado para una card; setto para set, que se aplica al “combo” de nuestro español local; pasocon para personal computer, palabra que es muy interesante, pues se origina en un asunto fonético, que escrito en español sonaría parsonal compiuter, que fue abreviada por los japoneses y derivada a lo que queda dicho. No es posible que una palabra termine en consonante y le aumentan, en general, la o al final: bedo, que corresponde al inglés bed.
Es necesario meterse en la cabeza que la estructura de las oraciones es igual a la utilizada por George Lucas en su famoso personaje Yoda, de Guerra de las Galaxias: el verbo siempre está al final. Yo diría “la noche es muy oscura”, Yoda y los japoneses “la noche muy oscura es”. Cualquier de nosotros se expresaría “quiero almorzar” y cualquier japonés watashi ha hirugohan o tabetai desu que, traducido literalmente, suena a “yo almuerzo comer quiero”.
Listo, me declaro ignorante, soy un ser de un analfabetismo puro, neto, real, hasta valioso por su transparencia. Me tomará mucho tiempo adaptar el cerebro a una estructura gramatical así, a un alfabeto de cinco vocales y 48 sílabas, a una lengua que usa tres alfabetos, a un vocabulario completamente nuevo.
Si bien los japoneses consideran a los ignorantes como yo algo parecido a unos seres a los que hay que tener cierta solidaria compasión, al final del día se puede sobrevivir. No, es absurdo solo sobrevivir.
El analfabetismo y la ignorancia, ambos, son ahora términos relativos, agradezco poseerlos porque me muestran que el camino que tengo al frente es largo y desconocido.
Si en algún momento la sed de entender esta cultura se vuelve insoportable –como comienza a suceder- entonces el único camino será aprender el idioma, que es, al final del día, el sustento de la cultura. Ese conjunto lógico de símbolos llevados a niveles de simpleza increíbles, que sirven para que las personas se comuniquen y utilicen la inteligencia para algo.
La mía está ahora subutilizada pero rabiosamente desesperada por aprender lo que pueda y para entender lo que deba.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Atrapado

Hola a todos.

Ha sido un silencio involuntario.
Le he extrañado estos días al Dr. Jaime Cevallos y sus explicaciones de los radicales libres. Según creo haber entendido, por asunto relacionados con el estilo de vida actual (inclúyase a ese puto pendenciero llamado Estrés) aparecen los radicales libres. En el cuerpo existen ciertas partes (pueden ser las moléculas, pero no estoy seguro) que tienen una positiva y otra negativa, que forman parejas. Pero el estilo de vida provoca que aparezcan impares (una negativa o una positiva) solita, que busca pareja y se pelea con las que sí tienen pareja para emparejarse y ser felices en la pareja debidamente bendecida por el señor.
Radicales libres. Mi amigo Curro Toral me perdonará por robarme su chiste, pero me pareció bueno: no son lo mismo los radicales libres que los curuchupas cautivos.
Pensaba un poco en estas enseñanzas médicas y estos decires de la filosofía cotidiana cuando caí en cuenta que en la sociedad también hay radicales libres, y los he clasificado en dos: voluntarios e involuntarios.
Entre los voluntarios -no hay que buscar mucho- hay ejemplos abundantes de radicales libres: los antitabaco, los antitoros, los proanimales, provegetales, prominerales, protempore, etc. Todo aquel grupo humano que decida no dejar en paz a sus conciudadanos hace una asociación y se convierte en radicales libres: ¡desesperados en busca de con quién emparejarse!
Pero también hay los involuntarios y creo haber descubierto a un muy digno representante. Intentamos desde hace quince días contratar Internet para el departamento, en Tokio. Lo primero fue tratar de buscar un operador que provea de televisión por cable, Internet y teléfono fijo, que los hay. En todas partes.
Ahí comenzó el viacrucis. O esta cárcel de incomunicación en la que vivo. Había, primero, que saber qué tipo de instalación tiene el edificio. Luego había que hablar con la operadora de Internet, la que instala la fibra óptica, la que entrega el hardware para todo esto, la del teléfono que da el servicio, la que entrega el aparato de rigor (porque este telefonía IP). Entre estas y las otras, todavía faltan al menos 10 días para salir de este "trancón" tecnológico.
Entonces, Llamingosan volverá y con fuerza. Hay mucho de que hablar, mucho qué decir, muchas palabras que pujan por ver la luz y unos dolores de parto literario mayores a los de cualquier primeriza.

lunes, 17 de octubre de 2011

Avenidas hipercinéticas, callejuelas abúlicas

Hola con todos.


Al principio pensé que era una cuestión de estado físico, que yo estaba en mi punto y que era capaz de comerme dos kilómetros en 13 minutos, que me estaba desbordando un estado muscular óptimo. 
Después noté que todos quienes caminaban a mi lado tienen un estado óptimo de su capacidad muscular, venerables representantes de la tercera edad seguían el ritmo de mis pasos, largos de por sí. Poco a poco se desinfló la sensación de que, por arte del cambio de continente, era ya un iron man, un absoluto Mazinger Z con leves toques de tunnig llamingo, en posesión de la secretísima fórmula del superhombre.
Caminaba rapidísimo, como si siguiera una terapia de rehabilitación o como si fuera atrasado al baño, iba tirando piernas sin piedad. Intenté detenerme. Lo logré a penas: apenas pude pararme en el resquicio de dos edificios que acumulan alguna basura y que ninguna otra persona se atrevería usarlo de tambo. Pero, era imprescindible ver con mirada quieta una vida que pasaba desbocada.
Tampoco se logra una visión objetiva en los semáforos: 30, 45, 57 segundos detenidos todos frente a la luz roja poseídos del nervio de los potros en la partida del Epsom Derby, con los músculos al borde de la explosión y el aliento retenido en la tráquea, hasta que la luz verde provoque  una exhalación comunitaria y reinicie el hipercinético movimiento de la modernidad.
En la avenida Gaien nishi dori y en cualquiera de varios carriles y en todos los espacios donde Tokyo es la capital de la tercera economía más grande del mundo el movimiento es superrevolucionado. En esos escasos momentos en los que los semáforos están en rojo y la mayoría de gente voló tras la primera entrada a una estación de metro, caigo en cuenta que llevo un ritmo aceleradísimo. Trato de bajarlo, de caminar el mundo sin pausa pero sin prisa, y pasa por mi lado un Maserati, cuyo motor suena como los ronquidos del mismo Godzila y cuando termino de fascinarme por semejante pendejada noto que nuevamente aumenté el ritmo y que he vuelto a caminar en tercera forzado.
Entonces, cuando encuentro una esquina en la que desemboca una callejuela donde alcanza al milímetro un vehículo, allá entro. Sé que luego de caminar 20 metros encontraré edificios de dos plantas adornados con macetas, probablemente un jardín, a lo mejor un pequeño templo, sé que habré entrado a todos los espacios donde Tokyo es una ciudad profundamente tradicional y silenciosa. Y quieta. Todavía con las piernas recalentadas y el cerebro humeante, se logra distinguir a una anciana que empuja su carro de compras, con la espalda encorvada y la dignidad de un guerrero; una mujer conduce su bicicleta que tiene los asientos para los niños ocupados adelante y atrás; un hombre de cuyo hombro cuelga una cartera de la que saca la cabeza un pequeño perro, un mirón obsesivo de las rutas de su amo; un pequeño furgón que ha abierto las puertas y vende verduras y muy cerca una caminoneta que tiene instalado en el balde un horno de leña en donde se asan papas; un monje que pide dinero para la manutención de la comunidad; una konbini (micromercado) donde el propietario hace una venia de un respeto ilimitado al cliente; la vida, de pronto, se pone en neutro, abúlica, hasta rural.
Ay, Tokyo, ¿qué hago ahora contigo?

Información: finalmente sí sirve

Muy buenas:

Miren esto: 東京都港区南麻布4-5-39. Es la dirección de donde me hospedo en Tokyo. Sí, incomprensible. Pero tiene su variante en caracteres occidentales: 4-5-39 Minami Azabu, Minato-ku, Tokyo 106-0047. Sigue siendo incomprensible. Poder llegar a una dirección en esta ciudad desbordada por sí misma es difícil, harto. Para los conductores de vehículos existen los maravillosos mapas interactivos con GPS que, bien programados, parecerían poder dar la ruta de la felicidad. La más corta, además.
Los de a pie estamos muy bien servidos. Hoy regresé solo de un centro de exposiciones ubicado en otra prefectura, fuera de Tokio. ¡Pánico! Miedo absoluto, porque de inmediato la mente comienza a armar la historia de un ecuatoriano que toma el tren que va a la dirección contraria a la de su destino y es arrastrado por una cadena de sucesos absurdos a un pueblo rural donde nadie le entiende y es esclavizado por un monje que le obliga a barrer el templo con la lengua, hasta que aparece un amable juez que, en su día de vacaciones decide salvar al extraviado de las garras del monje zen y someterle a las suyas propias y le condena a la peor de todas las penas: ser el tinterillo de su juzgado. Controlado como fue el pánico y repelidos como fueron esos personajes fogosos y dislocados me regresó el pánico llano,  obvio que sí, pero esto sucede cuando no estamos acostumbrados a aprovechar la información que se nos brinda y aquí existe por toneladas. Está claro que no es difícil perderse, pero tampoco es fácil ubicarse.
En Tokyo toda la información del transporte público está en japonés y en inglés; aunque es necesario desarrollar ciertas destrezas para entender cómo leer un mapa pero. A lo mejor lo realmente difícil es descubrir cuál es la utilidad del mapa, para qué sirve, qué me quiere decir; creo que no hay que ser un genio para establecer una comunicación fluida con un mapa, pero hay que estar atentos.
Sucedió un poco más tarde. Buscaba con atención la entrada a la estación de la Oedo Line, una línea privada de metro. Decidí ser el guía absoluto y probar mi poder de dominio sobre el transporte subterráneo de Tokyo. Miraba información e información e información, con poco éxito. La Pauli me tomó suavemente de la quijada y la empujó hacia arriba. Y encontré que a cuatro centímetros más arriba de la frente estaba la dirección para entrar a la tal estación.
Como en este país se pude considerar autobiográfica esa tonada salsera de "no hay cama pa'todo el mundo", pues las ciudades y sus atavíos crecen para arriba. Mucha de la información está, de hecho, arriba y si uno mira por sobre las cabezas halla lindas sorpresas.
A ratos es mucho, un bombardeo brutal de información para que la vida del ciudadano siga la ruta del orden, para que nadie se pierda. Las estaciones de policía que están en los barrios son más una oficina de información de direcciones que unidades de lucha contra el crimen organizado. Es que con miles de letreros es positivamente posible perderse.
Sí, claro que sirve la información. Siento decir esto pero también sirve para acumular basura visual en la vida. Existe una necesidad tan marcada de dar claridad a las instrucciones que buena parte del paisaje es un letrero descomunal formado por la suma de muchos letreros ubicados en diferentes dimensiones; todo esto es útil, pero es feo.
Lo último de este relato, a ratos uno quiere ejercer el derecho humano de perderse en una urbe desconocida y ese derecho es violado con descaro.
Pero bueno, digamos que en el fondo la saturación de mensajes informativos es útil. Quienes tenemos una parte del cerebro apegada al terrorismo del anti-utilitarismo podemos sentirnos cercados. Bueno, en el fondo siempre existe la posibilidad de anular el lado del cerebro que interpreta la información y perderse pura e inocentemente en una callecita que tiene unas casas de sueño, bajo las cuales están parqueados unos autos de locura y que el fondo está la tori, la puerta a un pequeño templo que se resiste a ser tragado por los edificios de sus fronteras.

domingo, 9 de octubre de 2011

En el envés del mundo

Buenas, buenas.

En el fondo, es una soquetada intelectual decir que estoy en el otro lado del mundo. Esta pelota azul verdoza, por su redondez, no tiene lados. Es como el cerebro, tiene hemisferios integrados. Es como el alma, fluye como una pompa de jabón que no distingue ni direcciones y que no se permite esquinas, todo es igual y diferente.
De manera que prefiero decirlo así, estoy en el envés, me siento de pie sobre una montaña mirando al horizonte desde una perspectiva que no conocía pero que es igualmente valiosa a la que veía entre los pliegues de los Andes. Evidentemente, toda ópitica nueva muestra la vida de otra manera, pero es la misma vida, la misma realidad, una energía igual. Invertida. Vuelvo, entonces, sobre la teoría del espejo, la misma imagen pero invertida (y me acuerdo de una novela del esmeraldeño Adalberto Ortiz, "El Espejo y la Ventana" que, creo, debía tener más suerte entre los lectores). Muchos se han ocupado tiempo en responder la pregunta de cuál es la imagen real y cuál el reflejo. En el mundo las dos son reales y las dos son reflejos, la repetición exacta de cada uno de los detalles me lleva a pensar que a ninguna de las dos se le pude acusar de ser un reflejo de la otra y, de hecho, en el espejo -tanto como en la ventana- hay un mundo completo, conciso, coherente con nuestro saber, entender y sentir.
Pero existe una sutileza, extremadamente ligera pero de una fuerza increíble, un objeto capaz de levantar una polvareda terrible debido al aleteo su esencia: el espejo.
A mi entender, el espejo es la forma; para citar a Juan Valdano, son los nimios rituales cotidianos los que abren un abismo entre quienes están en la realidad del refeljo o en el reflejo de la realidad, son los protocolos, las normas y los usos los que abren un abismo que nos parece insalvable. Por los modos terminamos por solazarnos con nuestros conocidos con la manida frase de "estoy en el otro lado del mundo". Y no nos alcanza la humildad para aceptar que estamos en el mundo, en el mismo: más allá o más acá.
Mientras caminábamos por las afueras del Palacio Impaerial esta mañana (para visitar una parte muy pequeña abierta al público hay que llenar un formulario en Inernet), caímos también en cuenta que hay una sensación de inseguridad que provoca algún nivel de pánico. Mientras estoy en Quito, sé para dónde debo mirar para cruzar la Juan León Mera, sé cómo debo hablarle a la señora de la tienda, sé a qué hora oscurece y sé cómo va a estar el clima mañana; sé quien va a ganar las elecciones y cómo va a estar la economía este año; sé de memoria quienes son unos estúpidos y a quién admiro. Muy adentro de mí, y creo que en el fondo de todos, todo lo que sé lo he aprendido para dominar el medio en el que vivo. Pero, en el momento que nos permitimos la blasfemia de salir de nuestra esquina de confort nos sentimos miserables. Es que perdimos el dominio del medio, es que el miedo nos domina, a pesar de que al frente tenemos seres humanos iguales, calles, ritos en los templos, puestos de venta de comida, impuestos, noches y cuervos cuyo graznido puede opacar el sonido ronco del motor de un Lamborghini rodando desquiciado por Gaiennishi dori.
Vivir en el envés del mundo, que es lo mismo que habitar el revés del espejo, es mirar una puesta de sol que en realidad es un amanecer.

viernes, 7 de octubre de 2011

Del ojigi a los problemas de la cervical

Un gusto saludarles:

A Deborah Lee, quien nos está ayudando a encontrar un departamente, le propuse que nos despidamos como lo hacemos en las faldas del Pichincha, donde tu grandeza buscó un pedestal. Claro está que exageré, no me atreví a darle un beso en la mejilla, como se usa, sino que hicimos una serie de choques de manos, como lo hacen los más jóvenes.
Ella es australiano-koreana y le pareció muy divertido.
Solamente me animé a jugar con ella a los saludos porque ya nos habíamos visto tres veces y habíamos ido de apartamento en apartamento tratando de cazar el espacio exacto para nuestras necesidades (de la Paulina y mías, para decirlo con exactitud. Deborah no está buscando departamento).
Los japoneses saludan en dos tiempos. Nosotros también lo hacemos. Primero las palabras y luego los gestos. Para nosotros es "hola, cómo estás, buenos días" y luego estrechamos las manos o nos besamos las mejillas. Primero la palabra, luego el gesto. Dos lenguajes simultáneos. Primero unas palabras positivas, de preocupación, de solidaridad, y luego el gesto. Darse la mano derecha, como manda el protocolo occidental, tiene un origen pasado: se estrecha las manos en las que normalmente se porta las armas, en señal de respeto y de paz. Los guerreros demostraban que el arma ya no estaba en la diestra y ese era el signo de que, al menos en ese momento, las cosas no se resolverían a espadazos.
Siempre me ha llamado la atención el simbolismo de los saludos de los estadounidenses. Primero, aquello de chocar primero las manos abiertas y luego chocar los puños. A mí me suena como "estoy dispuesto a establecer una relación contigo y por eso te doy mi mano abierta" pero, inemdiatamente, "...pero no te sobrepases porque te voy a golpear" y se chocan los puños. La intolerancia y los intereses de la Casa Blanca se marcan a través de esas sutilezas. La otra manera es estrechar las manos y abrazarse, pero sin soltar las manos que se unieron previamente. Igual que lo anterior, parece que se dijera "te reconozco como un ser humano igual a mí pero estos puños ponen el límite entre tú y yo", un obstáculo que impide un contacto integral; el puño, otra vez, es una amenaza.
En el primer encuentro con Deborah, intercambiamos palabras e intercambiamos venias. Palabras y gestos.
La frase que se dice es la misma, konnichiha, se le agrega unas partículos al final para darle más o menos formalidad. Y luego la venia. Es una señal de humildad. Existe un blog que se llama "Una japonesa en el japón". En él Nora dice que "No es solo un acto de cortesía, es algo más profundo, y a pesar de inclinarse al saludar, no significa humillación ni sumisión. Inclinar la cabeza delante de una persona, significa literalmente “entregar la cabeza” (頭を差し出す – atama wo sashidasu). Es decir, ofrecer la parte más débil del cuerpo humano, significa confiar en esa persona, es un acto de respeto y confianza".
Los japoneses son muy protocolarios y la venia no se hace caminando, hay que detenerse. En el caso de los hombres, poner las manos en los muslos, en la famosa línea del pantalón. Las mujeres tratan de juntar las manos para hacer la venia.
La inclinación es diferente para cada caso: un poco para saludar a alquien conocido, otro poco para saludar a alguien desconocido, algo más cuando se hace una presentación pública y un poco más todavía en actos oficiales y religiosos. Yo imagino que si a uno le toca saludar al Emperador deberá tocar la cabeza contra el piso.
De manera que para un Llamingo, el ejercicio de la cervical es permanente y resulta saludable inclinar la cabeza para saludar a alguien y no solamente para responder mensajes en el teléfono celular. Ahí es cuando se producen las lesiones de la cervical, cuando se tiene la cabeza abajo en un acto de sumisión a la tecnología y no en una señal de respeto por otro ser humano.