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lunes, 17 de octubre de 2011

Avenidas hipercinéticas, callejuelas abúlicas

Hola con todos.


Al principio pensé que era una cuestión de estado físico, que yo estaba en mi punto y que era capaz de comerme dos kilómetros en 13 minutos, que me estaba desbordando un estado muscular óptimo. 
Después noté que todos quienes caminaban a mi lado tienen un estado óptimo de su capacidad muscular, venerables representantes de la tercera edad seguían el ritmo de mis pasos, largos de por sí. Poco a poco se desinfló la sensación de que, por arte del cambio de continente, era ya un iron man, un absoluto Mazinger Z con leves toques de tunnig llamingo, en posesión de la secretísima fórmula del superhombre.
Caminaba rapidísimo, como si siguiera una terapia de rehabilitación o como si fuera atrasado al baño, iba tirando piernas sin piedad. Intenté detenerme. Lo logré a penas: apenas pude pararme en el resquicio de dos edificios que acumulan alguna basura y que ninguna otra persona se atrevería usarlo de tambo. Pero, era imprescindible ver con mirada quieta una vida que pasaba desbocada.
Tampoco se logra una visión objetiva en los semáforos: 30, 45, 57 segundos detenidos todos frente a la luz roja poseídos del nervio de los potros en la partida del Epsom Derby, con los músculos al borde de la explosión y el aliento retenido en la tráquea, hasta que la luz verde provoque  una exhalación comunitaria y reinicie el hipercinético movimiento de la modernidad.
En la avenida Gaien nishi dori y en cualquiera de varios carriles y en todos los espacios donde Tokyo es la capital de la tercera economía más grande del mundo el movimiento es superrevolucionado. En esos escasos momentos en los que los semáforos están en rojo y la mayoría de gente voló tras la primera entrada a una estación de metro, caigo en cuenta que llevo un ritmo aceleradísimo. Trato de bajarlo, de caminar el mundo sin pausa pero sin prisa, y pasa por mi lado un Maserati, cuyo motor suena como los ronquidos del mismo Godzila y cuando termino de fascinarme por semejante pendejada noto que nuevamente aumenté el ritmo y que he vuelto a caminar en tercera forzado.
Entonces, cuando encuentro una esquina en la que desemboca una callejuela donde alcanza al milímetro un vehículo, allá entro. Sé que luego de caminar 20 metros encontraré edificios de dos plantas adornados con macetas, probablemente un jardín, a lo mejor un pequeño templo, sé que habré entrado a todos los espacios donde Tokyo es una ciudad profundamente tradicional y silenciosa. Y quieta. Todavía con las piernas recalentadas y el cerebro humeante, se logra distinguir a una anciana que empuja su carro de compras, con la espalda encorvada y la dignidad de un guerrero; una mujer conduce su bicicleta que tiene los asientos para los niños ocupados adelante y atrás; un hombre de cuyo hombro cuelga una cartera de la que saca la cabeza un pequeño perro, un mirón obsesivo de las rutas de su amo; un pequeño furgón que ha abierto las puertas y vende verduras y muy cerca una caminoneta que tiene instalado en el balde un horno de leña en donde se asan papas; un monje que pide dinero para la manutención de la comunidad; una konbini (micromercado) donde el propietario hace una venia de un respeto ilimitado al cliente; la vida, de pronto, se pone en neutro, abúlica, hasta rural.
Ay, Tokyo, ¿qué hago ahora contigo?

Información: finalmente sí sirve

Muy buenas:

Miren esto: 東京都港区南麻布4-5-39. Es la dirección de donde me hospedo en Tokyo. Sí, incomprensible. Pero tiene su variante en caracteres occidentales: 4-5-39 Minami Azabu, Minato-ku, Tokyo 106-0047. Sigue siendo incomprensible. Poder llegar a una dirección en esta ciudad desbordada por sí misma es difícil, harto. Para los conductores de vehículos existen los maravillosos mapas interactivos con GPS que, bien programados, parecerían poder dar la ruta de la felicidad. La más corta, además.
Los de a pie estamos muy bien servidos. Hoy regresé solo de un centro de exposiciones ubicado en otra prefectura, fuera de Tokio. ¡Pánico! Miedo absoluto, porque de inmediato la mente comienza a armar la historia de un ecuatoriano que toma el tren que va a la dirección contraria a la de su destino y es arrastrado por una cadena de sucesos absurdos a un pueblo rural donde nadie le entiende y es esclavizado por un monje que le obliga a barrer el templo con la lengua, hasta que aparece un amable juez que, en su día de vacaciones decide salvar al extraviado de las garras del monje zen y someterle a las suyas propias y le condena a la peor de todas las penas: ser el tinterillo de su juzgado. Controlado como fue el pánico y repelidos como fueron esos personajes fogosos y dislocados me regresó el pánico llano,  obvio que sí, pero esto sucede cuando no estamos acostumbrados a aprovechar la información que se nos brinda y aquí existe por toneladas. Está claro que no es difícil perderse, pero tampoco es fácil ubicarse.
En Tokyo toda la información del transporte público está en japonés y en inglés; aunque es necesario desarrollar ciertas destrezas para entender cómo leer un mapa pero. A lo mejor lo realmente difícil es descubrir cuál es la utilidad del mapa, para qué sirve, qué me quiere decir; creo que no hay que ser un genio para establecer una comunicación fluida con un mapa, pero hay que estar atentos.
Sucedió un poco más tarde. Buscaba con atención la entrada a la estación de la Oedo Line, una línea privada de metro. Decidí ser el guía absoluto y probar mi poder de dominio sobre el transporte subterráneo de Tokyo. Miraba información e información e información, con poco éxito. La Pauli me tomó suavemente de la quijada y la empujó hacia arriba. Y encontré que a cuatro centímetros más arriba de la frente estaba la dirección para entrar a la tal estación.
Como en este país se pude considerar autobiográfica esa tonada salsera de "no hay cama pa'todo el mundo", pues las ciudades y sus atavíos crecen para arriba. Mucha de la información está, de hecho, arriba y si uno mira por sobre las cabezas halla lindas sorpresas.
A ratos es mucho, un bombardeo brutal de información para que la vida del ciudadano siga la ruta del orden, para que nadie se pierda. Las estaciones de policía que están en los barrios son más una oficina de información de direcciones que unidades de lucha contra el crimen organizado. Es que con miles de letreros es positivamente posible perderse.
Sí, claro que sirve la información. Siento decir esto pero también sirve para acumular basura visual en la vida. Existe una necesidad tan marcada de dar claridad a las instrucciones que buena parte del paisaje es un letrero descomunal formado por la suma de muchos letreros ubicados en diferentes dimensiones; todo esto es útil, pero es feo.
Lo último de este relato, a ratos uno quiere ejercer el derecho humano de perderse en una urbe desconocida y ese derecho es violado con descaro.
Pero bueno, digamos que en el fondo la saturación de mensajes informativos es útil. Quienes tenemos una parte del cerebro apegada al terrorismo del anti-utilitarismo podemos sentirnos cercados. Bueno, en el fondo siempre existe la posibilidad de anular el lado del cerebro que interpreta la información y perderse pura e inocentemente en una callecita que tiene unas casas de sueño, bajo las cuales están parqueados unos autos de locura y que el fondo está la tori, la puerta a un pequeño templo que se resiste a ser tragado por los edificios de sus fronteras.

domingo, 9 de octubre de 2011

En el envés del mundo

Buenas, buenas.

En el fondo, es una soquetada intelectual decir que estoy en el otro lado del mundo. Esta pelota azul verdoza, por su redondez, no tiene lados. Es como el cerebro, tiene hemisferios integrados. Es como el alma, fluye como una pompa de jabón que no distingue ni direcciones y que no se permite esquinas, todo es igual y diferente.
De manera que prefiero decirlo así, estoy en el envés, me siento de pie sobre una montaña mirando al horizonte desde una perspectiva que no conocía pero que es igualmente valiosa a la que veía entre los pliegues de los Andes. Evidentemente, toda ópitica nueva muestra la vida de otra manera, pero es la misma vida, la misma realidad, una energía igual. Invertida. Vuelvo, entonces, sobre la teoría del espejo, la misma imagen pero invertida (y me acuerdo de una novela del esmeraldeño Adalberto Ortiz, "El Espejo y la Ventana" que, creo, debía tener más suerte entre los lectores). Muchos se han ocupado tiempo en responder la pregunta de cuál es la imagen real y cuál el reflejo. En el mundo las dos son reales y las dos son reflejos, la repetición exacta de cada uno de los detalles me lleva a pensar que a ninguna de las dos se le pude acusar de ser un reflejo de la otra y, de hecho, en el espejo -tanto como en la ventana- hay un mundo completo, conciso, coherente con nuestro saber, entender y sentir.
Pero existe una sutileza, extremadamente ligera pero de una fuerza increíble, un objeto capaz de levantar una polvareda terrible debido al aleteo su esencia: el espejo.
A mi entender, el espejo es la forma; para citar a Juan Valdano, son los nimios rituales cotidianos los que abren un abismo entre quienes están en la realidad del refeljo o en el reflejo de la realidad, son los protocolos, las normas y los usos los que abren un abismo que nos parece insalvable. Por los modos terminamos por solazarnos con nuestros conocidos con la manida frase de "estoy en el otro lado del mundo". Y no nos alcanza la humildad para aceptar que estamos en el mundo, en el mismo: más allá o más acá.
Mientras caminábamos por las afueras del Palacio Impaerial esta mañana (para visitar una parte muy pequeña abierta al público hay que llenar un formulario en Inernet), caímos también en cuenta que hay una sensación de inseguridad que provoca algún nivel de pánico. Mientras estoy en Quito, sé para dónde debo mirar para cruzar la Juan León Mera, sé cómo debo hablarle a la señora de la tienda, sé a qué hora oscurece y sé cómo va a estar el clima mañana; sé quien va a ganar las elecciones y cómo va a estar la economía este año; sé de memoria quienes son unos estúpidos y a quién admiro. Muy adentro de mí, y creo que en el fondo de todos, todo lo que sé lo he aprendido para dominar el medio en el que vivo. Pero, en el momento que nos permitimos la blasfemia de salir de nuestra esquina de confort nos sentimos miserables. Es que perdimos el dominio del medio, es que el miedo nos domina, a pesar de que al frente tenemos seres humanos iguales, calles, ritos en los templos, puestos de venta de comida, impuestos, noches y cuervos cuyo graznido puede opacar el sonido ronco del motor de un Lamborghini rodando desquiciado por Gaiennishi dori.
Vivir en el envés del mundo, que es lo mismo que habitar el revés del espejo, es mirar una puesta de sol que en realidad es un amanecer.

viernes, 7 de octubre de 2011

Del ojigi a los problemas de la cervical

Un gusto saludarles:

A Deborah Lee, quien nos está ayudando a encontrar un departamente, le propuse que nos despidamos como lo hacemos en las faldas del Pichincha, donde tu grandeza buscó un pedestal. Claro está que exageré, no me atreví a darle un beso en la mejilla, como se usa, sino que hicimos una serie de choques de manos, como lo hacen los más jóvenes.
Ella es australiano-koreana y le pareció muy divertido.
Solamente me animé a jugar con ella a los saludos porque ya nos habíamos visto tres veces y habíamos ido de apartamento en apartamento tratando de cazar el espacio exacto para nuestras necesidades (de la Paulina y mías, para decirlo con exactitud. Deborah no está buscando departamento).
Los japoneses saludan en dos tiempos. Nosotros también lo hacemos. Primero las palabras y luego los gestos. Para nosotros es "hola, cómo estás, buenos días" y luego estrechamos las manos o nos besamos las mejillas. Primero la palabra, luego el gesto. Dos lenguajes simultáneos. Primero unas palabras positivas, de preocupación, de solidaridad, y luego el gesto. Darse la mano derecha, como manda el protocolo occidental, tiene un origen pasado: se estrecha las manos en las que normalmente se porta las armas, en señal de respeto y de paz. Los guerreros demostraban que el arma ya no estaba en la diestra y ese era el signo de que, al menos en ese momento, las cosas no se resolverían a espadazos.
Siempre me ha llamado la atención el simbolismo de los saludos de los estadounidenses. Primero, aquello de chocar primero las manos abiertas y luego chocar los puños. A mí me suena como "estoy dispuesto a establecer una relación contigo y por eso te doy mi mano abierta" pero, inemdiatamente, "...pero no te sobrepases porque te voy a golpear" y se chocan los puños. La intolerancia y los intereses de la Casa Blanca se marcan a través de esas sutilezas. La otra manera es estrechar las manos y abrazarse, pero sin soltar las manos que se unieron previamente. Igual que lo anterior, parece que se dijera "te reconozco como un ser humano igual a mí pero estos puños ponen el límite entre tú y yo", un obstáculo que impide un contacto integral; el puño, otra vez, es una amenaza.
En el primer encuentro con Deborah, intercambiamos palabras e intercambiamos venias. Palabras y gestos.
La frase que se dice es la misma, konnichiha, se le agrega unas partículos al final para darle más o menos formalidad. Y luego la venia. Es una señal de humildad. Existe un blog que se llama "Una japonesa en el japón". En él Nora dice que "No es solo un acto de cortesía, es algo más profundo, y a pesar de inclinarse al saludar, no significa humillación ni sumisión. Inclinar la cabeza delante de una persona, significa literalmente “entregar la cabeza” (頭を差し出す – atama wo sashidasu). Es decir, ofrecer la parte más débil del cuerpo humano, significa confiar en esa persona, es un acto de respeto y confianza".
Los japoneses son muy protocolarios y la venia no se hace caminando, hay que detenerse. En el caso de los hombres, poner las manos en los muslos, en la famosa línea del pantalón. Las mujeres tratan de juntar las manos para hacer la venia.
La inclinación es diferente para cada caso: un poco para saludar a alquien conocido, otro poco para saludar a alguien desconocido, algo más cuando se hace una presentación pública y un poco más todavía en actos oficiales y religiosos. Yo imagino que si a uno le toca saludar al Emperador deberá tocar la cabeza contra el piso.
De manera que para un Llamingo, el ejercicio de la cervical es permanente y resulta saludable inclinar la cabeza para saludar a alguien y no solamente para responder mensajes en el teléfono celular. Ahí es cuando se producen las lesiones de la cervical, cuando se tiene la cabeza abajo en un acto de sumisión a la tecnología y no en una señal de respeto por otro ser humano.

jueves, 6 de octubre de 2011

A la izquierda

Hola a todos.

No creo que Japón sea considerado un país de izquierda. De hecho, el libre mercado corre desnudo y orondo por las calles de Ropongi Hills mostrándose desvergonzado, sin ningún pudor. Pero, por otro lado, las cifras de pobreza son bajas; y, los índices de acceso a la educación, a la salud, a la seguridad y al bienestar son altos, un resultado que muchos gobiernos de izquierda quieren lograr pero en base a tener al libre mercado debidamente vestido y caminando apropiadamente y sin llamar la atención por las veredas del mundo (al quien diga que apoyo al libre mercado le juro que le mandaré a Arjona para que le dé una serenata).
Pero la izquierda de este artículo es otra. Es la base de la organización urbana. Los peatones caminan por el lado izquierdo de la calzada, en las escaleras eléctricas se debe estar a la izquierda para que los apurados vuelen por la derecha, los autos andan en eterna contravía porque el volante de la mayoría está a la derecha, que es como estar a la izquierda de la vida, en el otro lado quiero decir.
Esta izquierdización funciona. De la misma manera que funciona la derechización de la movilidad diaria en occidente. Pero como hemos partido de la teoría que Japón es una imagen reflejada de mi Ecuador en un espejo, pues todo es invertido.
Así se ha organizado esta sociedad y así funciona. Para que los 13'000.000 de habitantes de Tokyo vivan en orden se necesita de muchas reglas claras pero, sobre todo, de ciudadanos dispuestos a cumplirlas. Muchos tipos en buena onda. El Ecuador es el país con más densidad de población de Sudamérica, con 56,5 habitantes por kilómetro cuadrado. Japón tiene 336 personas en cada kilómetro cuadrado y Tokyo... Me da miedo dar esta cifra, pero no queda otra: 6.016 habitantes por cada uno de sus más de dos mil kilómetros cuadrados.
¿Que cómo se organiza a tanta gente? Facilito, caminando por la izquierda.

Una mordida

Solo quería saludarles. Es que acabo de llegar y todaví no me animo a contarles nada muy preciso hasta no haber hallado las precisiones necesarias. Un recién llegado es, necesariamente, un tipo que anda con la boca abierta por las calles y la baba a punto de desarramarse, que se choca contra los postes y los transeúntes, que se asusta más que las palomas callejeras, que se entusiasma con cada ladrillo que tiene un color apenas diferente de los conocidos, que pierde por completo la compostura cuando le hablan en el idioma que está a punto de aprender.
Digamos que para el futuro obviaremos, ustedes y yo, referencias a la ridiculez del recién llegado, cuyo entusiamo por aparecer permeable a la nueva cultura termina por mostrarle como un fantoche.
De manera que permítanme terminar de llegar y ya estoy con ustedes con alguna historia decente.

Saludos y hasta pronto.