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viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Sushi? No, gracias.

Hola a todos.


Preguntar recurrente: ¿ya comiste sushi? Respuesta recurrente: no, gracias, no lo he comido y no está en mis prioridades. Yo no sé mucho sobre cómo esta comida japonesa llegó a Estados Unidos y por exportación directa y sin tamices racionales se volvió tan in en el Ecuador. Me da pereza averguarlo. Pero sí puedo decir con seguridad que en Japón no es "el" plato, ni mucho menos.
El sushi es uno de los ejemplos de la "apriorización" de los conceptos sobre lo extranjero,  una realidad de toma y daca, nadie de salva. Para un ecuatoriano promedio, "chino" se aplica a cualquier asiático; para un japonés transeúnte de lo cotidiano gaijin es cualquier occidental. Todo en el mismo costal, chochos, cuyes y curiquingues.
Eso se perdonaba en el pasado, el antiguo testamento de la comunicación, cuando la información viajaba por mar, las ideas iban caminando y los sucesos eran un ejercicio de paciencia. Pero ahora... Decir que todos los asiáticos son chinos es una fórmula cómoda y preguntar insistentemente por el sushi es otra, atribuible a la pereza de informarse para hablar con sustento. Y a la facilidad de dejarse llevar por la moda.
Es que en Quito, en el Ecuador, se ha puesto de moda el sushi. ¿Y si en Japón se pone de moda el brócoli? Me imagino la conversación: "Ah, ¿estás en Ecuador, ya comiste brócoli?" Un ecuatoriano no pide un oyakodon ni un japonés un menestra con carne asada. El primero insistirá en los rollos California y el segundo en hamburguesa. Vuelvo y repito, el concepto de lo extranjero se basa en ideas preconcebidas.
Pero vamos más allá, caminemos, caminemos. Dejemos en paz al sushi y a quienes creen que cada vez que lo comen se están alimentando del alma nipona.
Digamos que para abrir la puerta de la verdadera gastronomía local el sushi sirve, vale como el plato típico servido en el aeropuerto. Como toda primera experiencia, esa primera impresión puede ser de diferente naturaleza, como es la el primer contacto posparto luego de bajarse del avión para buscar un sello en la oficina de migración desde donde se ilumina el mundo con miradas destellantes, intimidatorias y perversas.
Hace poco anduvimos por Chichibu, al nor-oeste de Tokyo, y encontramos un lugar para comer okonomiyaki. En muchos restaurantes fuera de las grandes ciudades hay mesas al estilo occidental (mesas altas con sillas) y también las orientales: mesas bajas, un pequeño cojín para que no duela el amor propio, lo justo para cruzar las piernas y rogar al cielo no ganarse un calambre de estilo occidental. En el centro de la mesa, una plancha de metal o, siendo llamingo, un sartensote cuadrado. Luego, en un recipiente llegan los ingredientes: col picada, brotes de soya, trozos de pollo cocido, cebolla blanca, un huevo y algo más. El comensal debe mezclar los ingredientes debidamente y poner a freir. Se forma un alimento que tiene la forma de una pizza. Cuando se ha freído lo suficiente el un lado se da la vuelta a esa tortilla de magnitud y se coloca una salsa marrón y luego se forma una cuadrícula con una salsa de color blanco (esos ingredientes ya no me sé). Y listo, el comensal tiene una espátula con la cual recoge el pedazo que va a degustar y lo lleva a su plato, desde donde emprenderá viaje a la boca con la ayuda de los siempre amigos palitos.
Quizás el plato más popular es el ramen. Vino de la China en algún momento de esta irregular vecindad. Se prepara en base de un caldo cocido con no sé cuántos ingredientes, fideo y una guarnición que está ahí mismo que, generalmente, es cerdo y algunas verduras. Es bien parecido a los agachaditos, aunque igual se sirve en restaurantes elegantes y caros.
Son dos ejemplos. Creo que con la gastronomía sucede que se debe explorar mucho para poder decir que sí, se ha entrado en el alma del país, y para lograrlo es necesario salirse del estigma farandulero del sushi y mirar que la comida tiene una condición casi mística.
Gohan es una palabra con dos definiciones: arroz y comida. El arroz es tan importante que su manera de nombrarla es la misma que para todos los alimentos. Soba y udon son dos tipos de fideos de los muchos que existen y también forma parte de la dieta tradicional.
Los alimentos se cuecen lo justo para evitar que pierdan su potencial nutritivo, al contrario se de lo que se cree no es muy común tener a mano comida cruda y, como isla que es (más grande que el Ecuador pero isla al fin) los frutos del mar mandan. De hecho, solo hace 100 años que se come carnes rojas y aves.
En Iberoamérica se usa el "buen provecho" antes de las comidas, una expresión a través de la cual se desea que los alimentos sean bien aprovechados por el cuerpo para beneficio de la salud. En Japón se dicen itadakimasita, una oración que, traducida con una aproximación literal, se usa para agradecer a todos quienes participaron en la elaboración de la comida que una persona se sirve, desde la tierra, la semilla, el agricultor, y para quien la transportó, la preparó y la sirvió.
¿Pero por qué no engordan si comen tanto arroz, fideos y carne de cerdo? Porque los japoneses utilizan muy poco aceite y sal. Y hartos ingredientes naturales. Es difícil ver en las calles a personas gordas, un fenómeno que se debe a que la comida es sana y se camina mucho, todo el tiempo. Además, luego de una buena comida se bebe té verde que facilita la digestión de las grasas.
Uno de los mayores placeres, que el sushi no permite, es sorber los fideos. Todos lo hacen. El concierto de sonidos del aire y el líquido que ingresan a la boca es parte del medioambiente local y también hay que aprender a hacerlo. Se puede sorber en silencio, pero ahí pierde la razón de ser. Los alimentos se sirven muy calientes y sorber los fideos sirve para enfriarlos mientras entran a la boca, al tiempo que se los recoge.
Un espectáculo increíble es mirar a un japonés con el tazón en la una mano y los palitos en la otra despachando un gran plato de ramen en minutos, los fideos que son absorvidos por la fuerza brutal de las fauces del experto, mucho ruido y... Hasta ahora no lo logro, no salpican nada. Hagan la prueba de sorber fideos sin salpicar. Cuestión de práctica.
Y, con esto termino, en los restaurantes tradicionales no ponen servilletas. Un llamingo con un ramen termina por volver una cochinada alrededor y cochinarse uno mismo y hay que tener ingenio para salir de esa (o tener a la diestra una mujer hermosa con buena dotación de kleenex, como me pasó a mi).


Quedamos en eso, nos vemos pronto.

lunes, 21 de noviembre de 2011

¿Rococó divino?

Saludos cordiales.


Estaba tratando de enterarme sobre las religiones locales y me encontré con esta... Bueno, de manera diplomática mencionaré que me encontré con este extenso nombre (iba a decir que es un rosario de nombres que son como los anillos de una serpiente, la verdad): Ame-Nigishikuni-Nigishiamatsuhiko-Hikono-no-Ninigi-no-Mikoto. Es el nombre de un dios, a quien sus amigos, seguidores y devotos le decían –y le dicen- simplemente Ninigi.
Ninigi es el bisnieto de uno de los creadores de la religión Shinto y de todo el mundo. Por cierto, en español se la llama "sintoísmo" pero en el japonés no existe la sílaba "si", existe "shi" y de ahí la variación.
Nigini, a su vez, es tatarabuelo de quien se reconoce como el primer Emperador y fundador del Japón como Nación: Jinmu. A Jinmu le han precedido 125 emperadores reconocidos por la casa imperial, hasta el actual, Akihito.
Esa línea de descendientes desde los creadores del mundo hasta el actual Emperador fue rota cuando los rambos de Estados Unidos obligaron a escribir una Constitución en la que los japoneses tenían que decir literalmente que el emperador no es descendiente de los dioses. Típica estupidez de marines rebosantes de músculos a quienes las neuronas les estorban (ya se hablará de ese tema).
A este puerto he llegado luego de visitar el complejo religioso de Nikko. Cerca de este pequeño pueblo del noroeste de Tokyo hay una vasta exposición de religiosidad japonesa, representada en construcciones y en prácticas religiosas permanentes. Nikko es patrimonio cultural de la humanidad.
Existen más de 100 templos y mausoleos abigarrados entre las quebradizas montañas, repletas de árboles y alimentadas por coquetos riachuelos. Hay dos elementos que llaman la atención: conviven uno al lado de otro templos shinto y budistas; y, la decoración es espléndida, variada, caótica, no deja un milímetro suelto.
Sobre lo primero, vale decir que si bien el Japón vive la religión shinto por origen, también se mantiene superactiva la budista, por vecindad. Los budistas llegaron de la China en el siglo VI y enseguida se produjo una interrelación muy interesante. El ejemplo que se cuenta por aquí siempre es que tan tolerantes son la una con la otra que algunos dioses Shinto son encarnaciones de deidades budistas.
Hoy, un japonés promedio no tiene recelo ni pereza ni conflictos morales de adorar a dioses shinto o budistas, al contrario de, por ejemplo, la religión católica cuya base es sobreponerse a cualquier otra religión (la menciono porque es en la que me formé).
El segundo aspecto es el arquitectónico, visto como una expresión material de la cultura. Pero el origen de las formas arquitectónicas y de los elementos ornamentales también tiene que ver con lo anterior.
La panteón Shinto tiene unos ocho millones de dioses. En los templos se siente las dificultades que habrán tenido los decoradores para poner a todas las divinidades que debían en cada templo pero el resultado siempre es de una belleza mística.
Es difícil referirse a esta joya, cuesta harto ponerle palabras a la maravilla. A lo mejor las fotos sirven para ese fin: http://www.flickr.com/photos/ascomunicas


Hasta mientras.

jueves, 17 de noviembre de 2011

El atemorizante limbo

Buenas, buenas.


Vaya momento este. Digamos que las primeras semanas se vive despreocupadamente con una sensación de ser un turista con el privilegio de pasar mucho tiempo en un lugar, sin la presión de conocer la mayor cantidad de sugerencias de los operadores turísticos en el menor tiempo posible, sin la tiranía de un guía. La posibilidad de perderse por ahí sin más responsabilidad que tener en cuenta los puntos de referencia para no perderse o tener en el bolsillo el dinero suficiente y la dirección anotada en idioma local en caso de emergencia. 
Pero lo de ahora es un punto de transición, dejar de ser turista y comenzar a ser residente; "...amargura sin nombre de dejar de ser niño y empezar a ser hombre" según palabras de Medardo Ángel Silva. ¿Es amargo? De alguna manera sí, la presencia temporal, la turística, es bien adolescente, libertina: todo está permitido, total en un rato más hay que salir de aquí.
Esa es la rutina del hombre perplejo, del alma asustadiza, de la pasión irrefrenable. Es la del hombre que hace concesiones nimias mientras está de vuelta a su metro cuadrado de seguridad y de confort donde no concesiona nada. El explorador audaz, el extranjero que salva sus nalgas de una cornada en Pamplona, una esponja que absorbe sin filtro las fachadas y las miradas condescendientes y remilgosas de los locales, la actitud de un mozalbete despreocupado, la reflexión epidérmica sobre la otredad de un ser humano que se deja seducir de baratijas. Con una facilidad pasmosa la mujer se enamora perdidamente por tres días del botones del hotel y el hombre desata fuegos pasionales por la mesera del restaurante. La actitud del turista siempre es la de un amateur que baila yaraví sobre una cuerda floja. ¿Hasta dónde transgredo para aprehenderlo todo en tiempo récord?
Se acabó ese tiempo. El nuevo es aprehender todo lo necesario para no transgredir. Ser acogido por una ciudad, entre otras cosas, significa, como canon mínimo, respetarla; la actitud debe ser permeable en un juego tramposo para volverse un ciudadano de aquí, sin perder la identidad de allá. Una tómbola de derechos y deberes que se construyeron en base a una cultura diferente.
Ese es el limbo. No tiene ninguna aplicación la imagen cristiana de una sala de espera difusa en la cual se aguarda el veredicto, es como un momento detenido en un lugar inexistente en el cual se fragua la nueva realidad. Provoca amargura y felicidad, complacencia y ansiedad, las expectativas son alentadoras y catastróficas, quizás sea la más macabra acción de alternar contrarios. ¡Maldita ley de los contrarios!
Yukio Mishima, uno de los más destacados escritores japoneses, en El Templo del Alba tiene unas referencias soberbias sobre el atardecer, el no momento, el instante donde se desatan las fuerzas que no se ven o no nos atrevemos a mirar, los minutos en los cuales la transición del día y a la noche, la escapada del sol y el arribo de la luna, el suspiro que media entre la vida y la muerte se vuelven tangibles.
Ese es el limbo en el que estoy, pero no pienso sentarme a esperar el veredicto, voy a intentar aprender a nadar mientras me ahogo. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De la Patria y sus atributos

Hola, saludos a todos.


Cuando me propuse escribir este blog la primera regla fue no hacer comparaciones entre Japón y Ecuador. No me parece ético hablar bien o mal de la Patria que me vio nacer o del país que ahora me acoge. Pero hay más, decir algo bueno de una ciudad en desmedro de la otra no tiene sentido, este no es un concurso de belleza en el que se corona a la más bonita y más tonta, o a ambas. Desde la óptica de un viajero cada paisaje tiene su médula, sus nervios, sus músculos, que pueden parecerse a otros pero no son los mismos. De otro lado, conozco al Ecuador bastante bien y de Japón solo he podido mirar su fachada, no es un ejercicio positivo perder la objetividad, sé muchas cosas malas de mi país y he visto cosas muy bonitas de Japón, pero eso no define, ni de lejos, la naturaleza de cada uno.
Bien, el de ahora es el ejercicio de encontrar las 10 cosas que más extraño de Ecuador. Cosas en un sentido más amplio, no me refiero solo a objetos sino a la acción, pasión y estado de ser un llamingo:
Esta, por ahora, es la lista de las 10 memorias que más me hacen falta de la Patria y sus atributos (Advertencia, no están en orden de preeminencia)



  1. Cruzar la calle fuera del paso cebra mientras toreo con un forzado de pecho a los autos que pasan embalados.
  2. Preguntarle al vecino de la tienda por el marcador del partido del Aucas.
  3. Escuchar a la de contabilidad de la oficina la siguiente conversación por teléfono: "Señor guardita, dé diciendo al eco que no se vaya sin firmar unos chequesitos, tenga la bondad".
  4. Sonarle con un codazo furibundo en el plexo solar al vivo que se pega demasiado en la Ecovía.
  5. Pan fresco y en cantidades suficientes para rematar el desayuno con un buen chapo (para los neófitos, dícese de la mezcla de pan con la ultima cuarta parte del café con leche; al procedimiento posterior de beberse el exceso de líquido; a la añadidura siguiente de al menos una cucharita y media de azúcar; a acto de mezclar que le precede; y, al goce final de yantar dicho manjar).
  6. La aparatosa imprecisión del científico que hace la adivinanza del clima.
  7. Saludar a los conocidos con un buen choque de manos, a los amigos con un abrazo sonoro, recibir la bendición de la madre y estrechar a mis hijas con abrazos y besos de una abundancia incontenible.
  8. Despertar con el tono parroquial y los bodrios cómico-ridículos de Diego Oquendo, aterrado por las emergencias domésticas.
  9. Sentirse seguro al amparo del Pichincha y agradecerle en férvido grito.
  10. Tomar jugo de maracuyá

A Delfín Quishpe no le extraño ni un poquito.

Esta lista irá cambiando con el tiempo, en la medida que se vaya macerando esta mezcla de Cotopaxi y Fuji que se está formando nuevos elementos aparecerán para nutrir a la lista de "Los 10 más extrañados" (sobra decir que cualquier colaboración será bienvenida y, sobre todo, agradecida).

Hasta mientras.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tres sorpresas tres

Buenas con todos los aquí presentes:


Puede parecer que los que siguen a continuación son temas dispersos, pegados con un mal engrudo y que, juntos, no forman un cuadro de nada. Collage barato. Pero paciencia, algo saldrá. Espero.
Mi Señora se compró un par de zapatos y en la etiqueta constan las instrucciones para lavarlos, a mano o en máquina. Seré un interiorano desconectado de los avances tecnológicos del mundo o seré un alienígena con el entiendo lento o seré un recién nacido, cualquiera de las anteriores o todas juntas (alienígena interiorano recién nacido), porque no logro entender a quién se le puede ocurrir lavar los zapatos. Hay dos tipos de zapatos, los que se lustran y los que se lavan. Los lavables sola y exclusivamente son los zapatos elaborados con materiales resistentes al agua y son aquellos que se usan para actividades deportivas. Se los llama zapatos de caucho (por la suela), de lona (por la cubierta), de deportes (por la actividad), chuzos (por la pinta) y efectivamente deben ser lavados a mano, con detergente de ropa, la mugre se retira con un cepillo y este acto de asepsia se realiza en la piedra de lavar. Así mandan la tradición, las buenas costumbres y la lógica. Y hay de los otros que se lustran, sea gracias a la habilidad de un betunero o por mano propia con la utilización de: a) un cepillo para eliminar los restos del polvo; b) un trapo renegrido con el que se unta el betún; c) un cepillo para "abrillantar" los domingueros; y, d) otro trapo renegrido para pulir el lustre. Luego, meter los zapatos dentro de una lavadora de ropa, poner un detergente azul como todos y hacer girar esa rueda moscovita es un exceso indecente de la tecnología.
Caso dos: caminábamos cerca de Tokyo Midtown cuando un caballero nos entregó un folleto, de los 152 que uno recibe en la calle que, a primera vista, era de venta de ropa para jóvenes. Bien visto el documento, la información llamaba la atención: no había ningún detalle de los vestidos que llevaban las señoritas y sí había de las señoritas: estatura, busto, caderas, tipo de sangre (para los japoneses es muy importante saberlo y averiguaremos por qué). De manera que era el catálogo de las chicas que se ofrecían en diversos sitios de diversión noctura. Para hablar claro, de puteríos. Folletos distribuidos en la calle. Caramba que es un país tolerante.
Lo tercero: ¡vamos de paseo a Odaiba! Son seis islas artificiales construidas originalmente como una defensa militar de los posibles ataques por mar. De hecho, "daiba" es la palabra japonesa para la batería de cañones colocados en una fortaleza. Luego se intentó convertir en un centro de desarrollo habitacional, que no prosperó y, finalmente, en un centro de comercio, que es lo que se destaca hoy.
Para llegar se usa la línea Yurikamome. Para ser muy ecuatoriano hay que decir las cosas así: "fucccta, qué tecnología". Kirai es el nombre del blog de un español que vive hace algunos años y que tiene un gran trabajo de recopilación de información. Dice lo siguiente: "En realidad no es un tren, ni tampoco un monoriel... funciona con una especie de ruedas que se acoplan a los lados de una estructura de hormigón y está elevada a varias decenas de metros del suelo. No necesita conductor..." Ya. No necesita conductor. Y sí, Mi Señora me llevó al primer vagón y no había quien conduzca. De regreso en el último vagón y tampoco. Es un tren elevado que pasa a toda velocidad por el "Puente del Arcoiris", que cruza de Tokyo a las islas, y que es conducido por computadoras y por otros seres humanos que están en algún cuarto lleno de equipos a quien sabe cuántos kilómetros de distancia. Qué bestia la tecnología.
Ahora, a unir las piezas. No, es poco probable que se logre. Tokyo es una de las tres metrópolis más importantes del mundo, aquí pasa de todo. El avance desquiciado de la tecnología junto a muestras rutilantes de tolerancia... y de practicidad cotidiana.
En un país donde puede pasar todo esto al mismo tiempo, puede suceder todo lo que uno se imagine. Y lo que no también.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Analfabeto o ignorante. O ambas

En estos días se reveló con una belleza deslumbrante el complejo religioso de Nikko, al norte de Tokio. Vaya tamaña exageración: como si no fuera suficiente con el obsesivo despliegue de colores de los ornamentos de los templos budistas y shintoístas, se sumó esa –para mí extraña– confabulación  del otoño rural, cuando las hojas deciden vestirse del color que les da la gana. Otra vez, asomaba la nariz con una descomunal cara de bobo, aparecía yo en el paisaje como el caminante nacido en tierras donde el otoño y la primavera son entelequias. O mejor dicho, donde las estaciones son unas realidades ajenas de países lejanos.
Pero no estamos para hablar del clima.
Al regreso de la laguna de Chuzenji, un poco más arriba de este lugar sagrado y patrimonial, se debe tomar una carretera que localmente se le conoce como “el silabario”.
El japonés se compone de tres alfabetos y uno de ellos es el hiragana. Este alfabeto se compone de las cinco vocales (a, i, u, e y o, en ese orden), y de 48 sílabas.
La carretera, por la que se descienden 1.000 metros en menos de 20 minutos, tiene también 48 curvas perfectamente cerradas, curvas en “u” que les decimos nosotros, bastante parecido a la Nariz del Diablo.
Cada curva es un desafío a la lógica de la gravedad, de pronto no se entiende como se puede lograr que un autobús descienda lento pero seguro por esa vía tan poco apta. No entendí, pero tampoco me esforcé mucho, había otras cosas en qué pensar.
En el momento que entienda la lógica del idioma japonés quizás podré explicar mejor las razones de mucho de lo que veo en estos días, seguro hablaré de ello, por ahora basta decir que es un idioma complejo, como las 48 curvas del silabario de Chuzenji.
De hecho, cuando este llamingo llegó a Japón fue declarado, al mismo tiempo que ciudadano con documentos en regla, analfabeto: incapacidad total de leer, escribir y comprender el idioma.
Días después aún cuesta esfuerzo identificar unas pocas sílabas o unos pocos kanji. El kanji son ideogramas que se originaron en China y que por aquí han recibido las variaciones locales de rigor.
Sin embargo, lo que facilita un poco las cosas es la manera como el idioma se acopla a las necesidades de comunicación de la gente; en este y en todos. Ahora hay muchas palabras que tienen un origen occidental y que se han modificado para no contrastar demasiado con el habla local.
Un ejemplo: baño; se adoptó el término francés toilette y se convirtió en toire. Representan lo mismo, un baño de estilo occidental. El baño oriental, en cambio, es otearai.
Y van muchos más: caado para una card; setto para set, que se aplica al “combo” de nuestro español local; pasocon para personal computer, palabra que es muy interesante, pues se origina en un asunto fonético, que escrito en español sonaría parsonal compiuter, que fue abreviada por los japoneses y derivada a lo que queda dicho. No es posible que una palabra termine en consonante y le aumentan, en general, la o al final: bedo, que corresponde al inglés bed.
Es necesario meterse en la cabeza que la estructura de las oraciones es igual a la utilizada por George Lucas en su famoso personaje Yoda, de Guerra de las Galaxias: el verbo siempre está al final. Yo diría “la noche es muy oscura”, Yoda y los japoneses “la noche muy oscura es”. Cualquier de nosotros se expresaría “quiero almorzar” y cualquier japonés watashi ha hirugohan o tabetai desu que, traducido literalmente, suena a “yo almuerzo comer quiero”.
Listo, me declaro ignorante, soy un ser de un analfabetismo puro, neto, real, hasta valioso por su transparencia. Me tomará mucho tiempo adaptar el cerebro a una estructura gramatical así, a un alfabeto de cinco vocales y 48 sílabas, a una lengua que usa tres alfabetos, a un vocabulario completamente nuevo.
Si bien los japoneses consideran a los ignorantes como yo algo parecido a unos seres a los que hay que tener cierta solidaria compasión, al final del día se puede sobrevivir. No, es absurdo solo sobrevivir.
El analfabetismo y la ignorancia, ambos, son ahora términos relativos, agradezco poseerlos porque me muestran que el camino que tengo al frente es largo y desconocido.
Si en algún momento la sed de entender esta cultura se vuelve insoportable –como comienza a suceder- entonces el único camino será aprender el idioma, que es, al final del día, el sustento de la cultura. Ese conjunto lógico de símbolos llevados a niveles de simpleza increíbles, que sirven para que las personas se comuniquen y utilicen la inteligencia para algo.
La mía está ahora subutilizada pero rabiosamente desesperada por aprender lo que pueda y para entender lo que deba.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Atrapado

Hola a todos.

Ha sido un silencio involuntario.
Le he extrañado estos días al Dr. Jaime Cevallos y sus explicaciones de los radicales libres. Según creo haber entendido, por asunto relacionados con el estilo de vida actual (inclúyase a ese puto pendenciero llamado Estrés) aparecen los radicales libres. En el cuerpo existen ciertas partes (pueden ser las moléculas, pero no estoy seguro) que tienen una positiva y otra negativa, que forman parejas. Pero el estilo de vida provoca que aparezcan impares (una negativa o una positiva) solita, que busca pareja y se pelea con las que sí tienen pareja para emparejarse y ser felices en la pareja debidamente bendecida por el señor.
Radicales libres. Mi amigo Curro Toral me perdonará por robarme su chiste, pero me pareció bueno: no son lo mismo los radicales libres que los curuchupas cautivos.
Pensaba un poco en estas enseñanzas médicas y estos decires de la filosofía cotidiana cuando caí en cuenta que en la sociedad también hay radicales libres, y los he clasificado en dos: voluntarios e involuntarios.
Entre los voluntarios -no hay que buscar mucho- hay ejemplos abundantes de radicales libres: los antitabaco, los antitoros, los proanimales, provegetales, prominerales, protempore, etc. Todo aquel grupo humano que decida no dejar en paz a sus conciudadanos hace una asociación y se convierte en radicales libres: ¡desesperados en busca de con quién emparejarse!
Pero también hay los involuntarios y creo haber descubierto a un muy digno representante. Intentamos desde hace quince días contratar Internet para el departamento, en Tokio. Lo primero fue tratar de buscar un operador que provea de televisión por cable, Internet y teléfono fijo, que los hay. En todas partes.
Ahí comenzó el viacrucis. O esta cárcel de incomunicación en la que vivo. Había, primero, que saber qué tipo de instalación tiene el edificio. Luego había que hablar con la operadora de Internet, la que instala la fibra óptica, la que entrega el hardware para todo esto, la del teléfono que da el servicio, la que entrega el aparato de rigor (porque este telefonía IP). Entre estas y las otras, todavía faltan al menos 10 días para salir de este "trancón" tecnológico.
Entonces, Llamingosan volverá y con fuerza. Hay mucho de que hablar, mucho qué decir, muchas palabras que pujan por ver la luz y unos dolores de parto literario mayores a los de cualquier primeriza.