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sábado, 29 de diciembre de 2012

Año 25, es la hora de la serpiente

Feliz de estar de nuevo con ustedes, en este momento de celebraciones.

Diciembre es así: confuso. Por aquella humana debilidad de buscar finales del camino para hacer evaluaciones y tomar fuerzas para volver a comenzar, diciembre es aquello, sumado a otros tanto aditivos de por aquí y por allá. En realidad, es casi imposible concentrarse en aquello del principio y el final cuando tantas cosas y tan rápidamente pasan rozando el brazo.
El Emperador y la Emperatriz
Hay mucho en qué pensar. Cuando comience 2013 también se iniciará el año 25 en el Japón, es decir, 25 años desde que Akihito es el Emperador de esta nación. Esto sucederá 8 días después de que cumpliera los 79 años y de que el país siga dando muestras de un profundo respeto. No olvidarse que Japón es el único país del mundo en donde existe la figura del emperador y, según se ve en la calle, seguirá siendo así por tiempo.
Los ideogramas de serpiente (se lee "jebi")
Luego de terminado el año del dragón (que lo reseñamos hace algo menos de un año -aquí-), es la hora de entrar en la órbita de la serpiente. Si bien los chinos, inventores del calendario, darán el inicio a esta nueva fase el 10 de febrero, para los japoneses sucede el mismo primero de enero.
Quedó consignado hace un año la manera cómo los japoneses celebran las dos fechas más importantes de su calendario: el onomástico del Emperador y el año nuevo (aquí).
Por ahora es buena idea darse una vuelta alrededor de la serpiente: es considerado un animal sagrado, hace cosas buenas y trae buena suerte; está relacionado con la sabiduría.
La serpiente en un manga japonés
Según la percepción japonesa, la serpiente (los ideogramas de pueden leer como "jebi") tiene una muy llamativa facilidad para aprovechar el poder de la mente (los místicos dirían que existe un aprovechamiento de las facultades paranormales y psíquicas).
Sobre todo durante su año estará más claro que nunca el sexto sentido, la capacidad de asimilar los flujos de energía y comprender sus tendencias. Confían en sí mismas hasta niveles que, para nosotros los normales, puede llegar a ser osadía.
La serpiente emplumada maya
Si la serpiente por naturaleza tiene bien desarrollados los sentidos, en su año existe cierta amplificación. Se cree que esa especial sensibilidad es proclive para creadores en general, pero no hay persona que no sea un creador en potencia, así que es mejor estar alertas a los sonidos que se escucha, los del peligro, los del futuro, los del viento, los sonidos del silencio. Todas son señales de que el universo se mueve.
La serpiente es importante en todo el mundo, pero con diferente percepción y hay una muestras de que oriente y occidente ve el mundo con los ojos cambiados. El dragón es una fiera mutación de la naturaleza que hay que destruir según la creencia de occidente, mientras que en oriente de busca con desesperación su compañía.
En China la serpiente es una entidad protectora y en India es simbolizada por el dios Shiva. En Mesoamérica también eran veneradas por gran parte de las culturas indígenas que allí florecieron. 
¡Caramba! Tenemos material para otros meses de petulancia mística colectiva: los mayas adoraban a la serpiente emplumada y comienza ya mismo el año de la serpiente. ¿Será una coincidencia? Ahí les dejo la idea para un negocio millonario que aprovechará la "inocencia" de los seres humanos.
Pero vale, entre los aztecas la serpiente emplumada lleva el nombre de Quetzalcoatl, mientras que en el mundo maya se le conoce como Kukulcan. Pero, en América los cristianos relacionan a la serpiente con el demonio, la autora del pecado original y la fuente de todos los males.
En la cultura nipona, la creencia es diferente. Las serpientes están fuertemente relacionadas con las aguas, el mar y los ríos, pero sobre todo con las mujeres y con el concepto dual del bien y el mal. Es decir, existen serpientes benéficas y maléficas. Pero una de las características que diferencian el pensamiento local es de la mujer que se convierte en serpiente.
Lo dicho, hay mucho de qué preocuparse en este fin de año. Pero para bajar sus niveles de ansiedad, ahí les dejo con un abrazo lento y unos saludos largos, para que disfruten de la quietud que nos ofrece el futuro.

Les veo el año que viene. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

Los ejercicio democráticos del Japón

Un saludo grande para todos:

Sí, este 16 de diciembre hubo elecciones en Japón. No, no es un evento extraordinario. Aclaración: es un evento muy importante pero raramente trastoca los procesos fundamentales de este país.
Entender lo afirmado antes es posible solamente tras una explicación, un diagrama de la estructura política nacional del Japón, que tiene su nivel de complejidad y cuyo origen se puede descubrir en dos fuentes: la reforma estructural del país durante la Era Meiji y la presión militar de Estados Unidos para la aprobación de una constitución que les guste.
El gobierno del Japón está compuesto por un sistema de justicia, un parlamento y un poder ejecutivo, que lo ejerce el Gabinete del Primer Ministro. Esta trilogía está dominada, arriba y en el centro, por el Emperador; la Constitución dice que tiene una dimensión simbólica pero en la práctica sigue ejerciendo más influencia sobre la población que lo que se le autoriza en las leyes. El pueblo deposita su poder donde le da la gana.
Campaña electoral en Tokio
La democracia funciona de manera expedita y pura en el poder parlamentario, que se conoce como la Dieta y que está formado por dos cámaras: la de Consejeros (Cámara Alta) y la de Representantes (Cámara Baja).
Los japoneses votan si quieren hacerlo, se calcula que en la última elección algo menos de la mitad de los electores acudieron a sufragar por su voluntad: debían escoger 480 escaños de entre más de 1.500 candidatos para la Cámara de Represententes.
Fotografía tomada de BBC (http://www.bbc.co.uk/news/world-asia-19725705)
Los ciudadanos, entonces, con su voto definen la conformación de la Dieta. Por tradición, el líder del partido político que tiene mayoría en la Dieta es designado primer ministro. De manera que, terminada la elección de este domingo, todos hablan de que Shinzo Abe es el virtual primer ministro, pero deberá esperar por la decisión de la Dieta. Por eso es una monarquía parlamentaria.
Primer Ministro se nombra desde 1885, en plena era Meiji, un sistema que fue ratificado por la Constitución, que contiene 99 artículos y fue aprobada al terminar la II Guerra Mundial.
El Japón ha tenido 95 primeros ministros. Se ha convocado a elecciones de la Dieta que, al final, desemboca en nombrar a un primer ministro cada 1,3 años en promedio.
Creo que el verdadero tema es otro. Me parece que usted pensará lo mismo. Los demócratas del mundo se rompen la cabeza preguntándose por qué tanta "inestabilidad" política no ha afectado a una nación cuyo crecimiento como Nación ha sido asombroso.
De lo que se ha podido constatar, la verdadera estabilidad reside en los mandos medios, en el sistema de ejercer la administración del gobierno. En los ministerios, debajo del ministro trabajan viceministros: unos políticos y otros técnicos. Los viceministros políticos, así como el ministro, se mueven con la marea de las negociaciones y los intereses, van y vienen y aportan para crear política pública. Los viceministros técnicos son funcionarios de carrera, ocupan su cargo por años y bajo su mando está toda la operación de los ministerios.
Las decisiones que adopta cada ministerio sobre cada tema dependen de un ejercicio democrático interno. Para poner un ejemplo: se debe resolver un tema de alimentos, en el cual participan siete funcionarios, de tres ministerios. La decisión se toma por unanimidad entre todas las partes, los siete deben votar a favor de tal medida para que se ejecute.
Es una práctica común que ningún funcionario político, por más alto que sea su rango, se meta en la decisión técnica. De hecho, el ministro y los viceministros solo pueden aceptar una decisión que previamente haya sido acordada por sus mandos medios. Este sistema asegura que los grandes temas nacionales nunca se detengan, ni siquiera cuando parezca que el sistema político colapsa.
Ahora, la rotación continua se origina cuando el partido dominante en la Dieta pierde el apoyo de los ciudadanos. Entonces, se disuelve la Cámara de Representantes y, por ende, el primer ministro, líder de la mayoría parlamentaria, pierde su cargo. El recambio es rapidísimo; no existe una ceremonia de "cambio de mando", como estamos acostumbrados en latinoamérica, pero la frecuencia del recambio es tal que supongo que será tan fácil como organizar la elección de Reina de Quito. El primer ministro será santificado cuando presente sus credenciales de tal frente al Emperador.
Candidatos, propaganda en Tokio.
Ahora, ¿por qué Yoshihiko Noda perdió la confianza del pueblo y debió llamar a elecciones?, pero, sobre todo, ¿por qué la oposición le pegó semejante paliza? La NHK, sistema de medios de comunicación estatal de Japón, presentó el análisis de Kaori Nagao.
La experta afirma que existieron propuestas que terminaron por convencer a unos electores desencantados por el incumplimiento de los ofrecimientos de Noda. Abe dijo que frenará la deflación y depreciará el yen; y, adoptar posturas de línea dura en política exterior, especialmente en lo que respecta a la disputa territorial con China.
El triunfo del Partido Liberal Democrático, evidentemente, no gustó para nada a China ni a las dos Corea, pero sí a Taiwan: a pesar de que entre vecinos se alzan la voz, no quieren que el barrio se alborote demasiado.
El de ahora es un gobierno considerado nacionalista y tradicionalista. Muchos japoneses prefieren suspirar y mirar a otro lado porque esas dos posiciones juntas llevaron al Japón a volverse un imperio en expansión con consecuencias devastadoras. Pero, de eso hace ya bastantes décadas.
Así es la democracia japonesa. No me parece ni mejor ni peor que otras que conozco. Los sistemas dependen de la voluntad que tengan sus ciudadanos para volverlo más o menos eficiente.

Elecciones en Ecuador en febrero, veamos qué sucede ahí.
Regreso pronto.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Crónica de un terremoto en salsa de paciencia japonesa

Hola a todos:

"Pueden ser casualidades u otras rarezas que pasan, pero donde quiera que ando todo me conduce a ti". Es cierto, desde mi punto de vista esta es una canción de amor de Silvio Rodríguez; pero ni con Silvio Rodríguez ni con su genio se puede tener seguridad (desde todos los puntos de vista posible). "Tú fantasma", como titula la canción, sí se aplica para esta otra realidad intimidante, que bastante lejana está de una declaración de pasión desenfrenada. O a lo mejor no. Veremos.
Luego de haber estado a punto de perder la calma el pasado viernes cada sensación de temblor es una recurrencia latente, "...cuando desde tus rincones, te abalanzas sobre mí". Me había demorado para escribir esta crónica para tratar de conseguir la perspectiva que el tiempo da, pero la verdad es que todo me tiembla y la perspectiva se ha ido a la mierda, de manera que a por esta crónica de un terremoto adobado con la inefable paciencia japonesa.
Viernes 7 de diciembre de 2012, 17:18, terremoto de 7,3 grados de magnitud y una duración de... No lo sé, la página web de la Japan Meteorological Angency no juega con el factor duración, una variable importantísima para un ser humano que porta el número 0002 del Carné para Cobardes. Saber la duración de un evento telúrico marca la diferencia entre lo soportable y la horripilación. A saber, una cosa es bailar por 20 segundos el Himno Nacional con el obipso, que danzar los más de tres minutos de la versión no oficial con el prelado vestido de traje largo, negro y púrpura. En el pasado ya lejano de mi adolescencia, una cosa era encontrarse por tres minutos con la Monserrat mientras se tonteaba en el CCI y otra muy diferente irse con ella al cine y que te tomara la mano. Un hombre valiente habría aguantado en brazos del obispo y en manos de Monserrat, pero a quien porta un carné como el descrito : siempre queda la posibilidad de, rememorando los términos taurinos, salir por piernas y dejar al obispo y a Monserrat en paz -y lejos- con sus horripilancias. Y no, esa medida desesperada y superefectiva no sirve para evadir los 7,3 grados de intensidad porque no se puede correr a ningún sitio donde no se esté moviendo la tierra. Además, no se debe huir, hay que estar quietesito debajo de la mesa y esperar con paciencia japonesa.
Sin embargo, en el terremoto del 7 de diciembre, en el que "..especialmente la casa me resulta insoportable cuando desde sus rincones te avanzas sobre mí", hacer lo que manda la prudencia, es decir meterme debajo de la mesa, era poco aconsejable porque el bien mueble tiene por mesón vidrio y se me habrían incrustado algunas armas mortales en la espalda si el desenlace hubiera sido el peor. Mi otero, a la sombra del marco de la puerta, pareció bastante eficiente.



Las señales de que la tierra temblaba eran al principio dudosas, se podría haber discutido si era tal o si se trataba de un camión de 24 ruedas que pasó raudo por la avenida cercana haciendo puré lo que estuviera debajo. Las islas del archipiélago nipón se mueven y todo lo que está encima también. Uno de los secretos de la prevención de desastres naturales es la flexibilidad, la antípoda de la rigidez, hasta las más imponentes bestias de concreto le siguen el ritmo a las placas tectónicas que andan de bolero en el subsuelo. Macarena, en los matrimonios cuando el ponedor de canciones tiene la genialidad de dejar sonar Macarena, hasta la abuelita de la cuñada del novio sale presurosa a demostrar que sí sabe contonear las caderas con la sensualidad limitada que permite la calcificación. Si las estructuras de las obras civiles fueran como la cadera de la venerable anciana la mitad de la ciudad hubiera colapsado el 7 de diciembre.
Esas digresiones sucedieron mientras las evidencias se hacían visibles, momento en el cual se inicia un teatro aparte. Las evidencias de que se estaba produciendo efectivamente un evento sísmico. Hay quienes no se quedan quietos y comienzan a andar de aquí para allá con alguna ocupación intrascendente en las manos para no parar, para no sentir que donde los pies están pisando se ha vuelto gelatina.
Cada persona tiene su manera de actuar frente a un terremoto. Mi padre, el licenciado Samaniego, salía corriendo. A él le tocó vivir todas las réplicas del terremoto de Pelileo de 1949 y no soportaba estar dentro. Volaba y cuando el evento se daba por superado iba por nosotros, que nos protegíamos bien entre todos; una madre y seis hijos formamos una masa que ya merece algún respeto.
Su servidor hace dos cosas, se consume internamente con el fuego terror y suelta la lengua, en general, con una sobredosis de incoherencias, "En días graves le he pedido / masajes para mi espalda, / los peores ni te cuento / porque no vas a creer", canta el mismo señor Silvio.
Y comienza un parloteo incesante. Yo supongo que en los aproximadamente 60 segundos que duró el terremoto del 7 de diciembre habré contado dos anécdotas, emitido tres argumentos de la actualidad política, probablemente un chiste corto, un resumen ejecutivo de los datos relevantes de la sismología moderna, predicado el miserere, recordado el párrafo del Himno de las Juventudes Mundiales "Destruyamos las fuerzas / que encadenan la felicidad, / derrotemos la muerte / e impongamos eterna la paz" y coreado el "¡Dale A...!" con frenesí. 28.000 palabras, a buen recuerdo del que las portaba.
Imaginarán ustedes que, en condiciones normales, la perorata puede durar una hora bien administrada y ustedes alzarán las cejas para arrugar la frente y pensar -sin decirlo- que lo dicho por su servidor mientras la tierra tiembla debe ser como el balbuceo de un extraterrestre estreñido. Eso sucede de bocas para afuera, porque el único hecho real es que uno termina por esperar, con paciencia japonesa.
Mientras, alrededor suceden cosas. Desde la mente de quien ha entrado en pánico y ha soltado una verborrea consistente son fotos, cromos de un álbum que, a no ser porque tiene un inicio y un final, serviría para engordar la carpeta del psicoanlista y menguar más las arcas propias.
Alguien que se puso el abrigo al vuelo y se lió con los guantes, trataba de evitar que se despeinara su cabellera a-reglada e intentaba no perder la compostura para decir alguna blasfemia como "Creo que sería bueno que saliéramos" cuando todas las técnicas recomiendan mantenerse en el puesto. Otro de los asistentes al circo cruza el campo de batalla, porta un papel en la mano, llega a la copiadora y, en una acto de despreocupación pasmoso, cumple con el proceso de colocar el papel sobre el vidrio, cerrar la tapa, pulsar el botón y obtener efectivamente una copia, lo cual es profundamente irresponsable con quienes hemos caído en el tifón del pánico y la verborrea. Una persona más, ella sí japonesa, con la experiencia que pende de su espalda, dispara a quemarropa la munición perfecta guardada para estos momentos: "Este edificio si aguanta", que en el fondo significa "idiota, hemos pasado cosas bastante más fuertes aquí, qué te crees para hacer semejante escándalo público por una sacudida de confianza". Más allá está quien relata el evento como un partido de fútbol. "Ahora se mueve más, ahora se mueve menos, parece que el retumbón es oscilatorio; corrijo, es trepidatorio. Parece que ya está pasando. No, volvió, volvió, ¿y ahora, qué hacemos? Tenemos que estar calmados, no se muevan de aquí, este es un lugar seguro, ya se mueve menos, cuando salgan por favor usar las gradas, los ascensores pueden colapsar con las réplicas que se vendrán ya mismo. Esperen que no ha terminado, este sí está fuerte, ahora sí se puso fuerte de verdad, qué será, dónde será". En esos instantes, en esos oscuros momentos de hiperinformación cantada por los pregoneros afanosos creí encontrar utilidad para los libros del tal Cohelo: usar de corcho para que la mal defendida libertad de expresión deje de atormentarme.
Insisto, son imágenes aisladas sucedidas en un mismo lapso y en un mismo lugar que, de no ser así, de haber inventado o atado artificialmente esas escenas, tendría yo que tomar precauciones farmacológicas. El azar quiso que antes que se me rompiera la cordura por completo paró de moverse la tierra, pero la calma añade un elemento más al pánico y a la verborrea: la necesidad de información.
En la computadora de bolsillo que también llama por teléfono comienzan a aparecer los datos: Alerta de tsunami en el noreste, Shindo 4 para Tokio ("Strong. Strong shaking of houses and buildings, overturning of unstable objects...", que en lenguaje llamingo significa "Esta pendejada tembló harto, casito las construccioes se desmadran..."). El pánico verborréico se transmuta en un chuchaqui silencioso, medio agradecido porque esta vez haya sido solamente un susto, medio aprehensivo en espera de lo que vendrá. Pero este nuevo estado hay que enfrentarlo con paciencia japonesa.
"Hoy no es día inteligente y no sé ir más allá", sigue cantando don Silvio y le tomamos al pie de la letra el consejo: como no es día inteligente para racionalizar las verdades ocultas de la sísmica nos vamos a beber hasta las ni sé que horas, mientras las réplicas siguen atormentando a quienes decidieron sostener la conciencia. Nosotros preferimos la poética frase de Heirich Boll, creo que fue el Nobel alemán quien comparó a la borrachera con la hermana buena de la muerte. Ya les cuento cuando pase otro.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Sensación de 0 °C

Es cálida la sensación del reencuentro:

Sucedió con una artera alevosía, muy parecida a un acto violatorio. Cuando al fin descubrí quién me robó el otoño y comencé a disfrutar del botín recuperado, se fue ajando sin que pudiera hacer nada para impedirlo y me vi caminando apurado para sentirlo todo lo que fuera posible, me apresuré con el vértigo concentrado en el estómago, una sensación parecida a la de un campesino que debe recoger todos los frutos que pueda antes de que un tifón asole la cosecha completa.
Definitivamente este año no fue igual al anterior; Mi Señora organizó el viaje a Nikko y allí cumplí las cuatro décadas con las ocho unidades. Ahora, por andar en estas carreras para meter todo el otoño que sea posible en los bolsillos, el destino nos mandó a Hakone en donde me fue presentado oficialmente el Fuji-san y a su amparo el calendario marcó las cuatro décadas y las nueve unidades anuales.
Pero por más rápido que nos movimos, por más esfuerzos que hicimos, a la vuelta de la esquina he caído en una emboscada, en un campo minado que no tenía ni alertas ni dibujos de calaveras; solamente la leyenda  "Temperatura: 5 °C. Sensación térmica: 0 °C". Al buen entendedor le queda claro que el otoño de 2012 no existe más, que pisó mal en una pendiente de suelo resbaloso y se precipitó hasta desnucarse en la quebrada del pasado.
A mí me quedan buenos recuerdos, pero los bolsillos están llenos solo hasta la mitad, se salvó una parte de la cosecha antes que lleguen los vientos, el resto quedó para las cuentas.
Debe ser por su posición geográfica, pero el viento que se mete por la bahía a Tokio, el que arrastra toda la humedad del océano Pacífico, enfila a como manotazos por la Roppongi Dori, una de las más populares avenidas de la ciudad, y se te mete como una colonia de arenillas que han logrado penetrar tu pantalón mientras disfrutabas de un baño en un río tropical.
En días como hoy, cuando cincuenta capas de nubes se interponen entre el astro de las chispas doradas y mis todavía frescos recuerdos de la hojarasca cobriza de la que estaba hecha el collar al Fuji-san, me vence la insoportable levedad de odiar el paisaje plomizo, el de los edificios, las calles, las autopistas elevadas, las entradas de las estaciones de metro, las rejas de las casas y la ternura de los tokiotas. Tokio me suena demasiado alto, se mueve tan aprisa que no puedo seguirla, el tiempo se lanza atado a un parapente y yo no tengo ningún intención de curarme del vértigo, no esta vez.
Generalmente, cuando me preguntan qué tal es vivir en Tokio yo respondo que es una ciudad que te acoge bien y rápido. Mi Señora no decía mucho en el pasado reciente, pero ahora creo que cree lo mismo que yo, y le aumenta una frase: "El Japón siempre se encargará de recordarte que eres un extranjero". Sensación térmica: 0 °C.

Les veo ya mismo con algún reporte invernal.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Kamakura: la mirada serena de Buda

Muchos saludos a todos:

A la tercera vez, y gracias a la buena sugerencia de Mady desde Quito, fuimos sin paradas a encontrarnos con Okamura y Sota, quienes nos esperaban en el Kamakura Guesthouse.

Allí llegamos en tropel, no se suele ver a un grupo tan grande haciendo turismo en Japón, a menos que a la cabeza vaya una señorita que porta un estandarte oficial de guía y responsable de todos.
Nuestra tropa estaba formada por Diego Lituma y David Vallejo; del programa Día a Día, Natsuko y Mamiko, dos voluntarias que se ofrecieron a ayudar con la logística pero sobre todo con el idioma en este día de grabaciones para el programa de televisión; además, Mi Señora y este servidor.
Llegamos sin perder la ruta porque en los dos viajes anteriores conocimos lo que es indispensable saber de este pequeño pueblo que se repleta de turistas. Hicimos nuestro propio mapa de aquello que nos interesa. Es relativo determinar cuáles son las verdaderas atracciones de un destino, es una decisión subjetiva, depende de valoraciones individuales. Hay quienes confían en las guías impresas, hay los que prefieren seguir a una guía abanderada, hay los que son partidarios de Lonely Planet, los de Wikitravel, Japan Guide, o los adeptos de blogueros que suelen tener buena información, como Kirai o Irukina en Japón.
Kamakura fue erigida como la capital del Japón en el año 1192 y se mantuvo así hasta el siglo XIV; se la conoce como el Kyoto del Este y ahora es un pueblo más bien modesto en la Bahía de Sagami, al sur de Tokio, que se abarrota de gentes y lenguas, parece que durante el día tuviera el don de expandirse para acunar tantos y tantos devotos, curiosos, visitantes llanos, ansiosos, deseosos, aburridos y consuetudinarios 
Nosotros siempre hemos preferido ir a los destinos que nos llaman. Hay tanto por conocer y tan poco tiempo que inconscientemente esperamos una señal casi mística y acometemos el destino con bastante libertad, es decir con un plan básico flexible y mucho tiempo para meter narices en lo desconocido; evitamos los destinos que aparecen en las revistas y en los catálogos o los recorremos en la piel. A esos lugares hay que ir cuando todo el mundo regresa y, como se dijo ya, se puede disfrutar de la quietud, hasta es posible tantear el equilibrio.
La primera vez fuimos con Carlos y Javier, nos bajamos del tren en la estación de Kita-Kamakura y cruzamos la montaña con dirección del daibutsu. Por ahí encontramos un templo en el que la gente va a lavar el dinero, en un sentido literal.
La segunda, con Cristina y Sandra, asistimos a un minuto de recogimiento frente al daibutsu para recordar el aniversario de la triple tragedia nipona: terremoto, tsunami y crisis nuclear. Un minutos que se quedó prendido del corazón que latía con dificultad.
En esos dos viajes previos, el primer templo al que entramos fue Engakuji, un lugar santo para el budismo zen que fue fundada en 1282 y se le encargó la tarea de orar por los caídos durante la segunda invasión de los mongoles, en el siglo XIII. Lo recuerdo bien porque fue la primera vez que pude fotografiar a un monje de carne y hueso. Pero también porque los sitios religiosos de montaña me provocan un vahído extraño. Siento en mi corazón que el misticismo es más fuerte en lugares que no son planos porque no creo que el contacto con lo divino pueda ser llano, horizontal; es quebrado, desnivelado, como los terrenos donde pierdes el aliento por el esfuerzo del ascenso y vuelves a perderlo en el vértigo del descenso. No sé, es raro. Ojalá algún día lo pueda explicar mejor.
Luego, sin dudas, el más importantes santuarios del shintoísmo, Tsurugaoka Hachimangu, fue erigido en honor del dios Hachiman, protector del sogún que gobernó por esos tiempos el país y, en realidad, el dios regente de los samurai.
Las dos enormes tori (puedes leer más aquí) que marcan la entrada se abren a una travesía de árboles que desembocan en gradas apretadas para subir al templo mayor. Se dice que la escalera es empinada para que los peregrinos bajen la cabeza y tomen conciencia de su verdadera dimensión mientras ascienden, es un ejercicio de humildad.
Luego, Hasedera, el único lugar en el que pude tomar fotografías de un monje mientras escribe en el libro de templos. Hay la costumbre de comprar un libro en blanco cuyas páginas se llenan con los nombres, los sellos y las insignias de cada templo o santuario que se visita. El nuestro puede tener unos 30 y nos recuerda que cada uno es diferente del otro, que todos tienen alma, que cada lugar sagrado de la Tierra merece respeto.
Con Okamura y Sota nos fuimos luego a visitar al daibutsu. Con este sustantivo se nombra a las grandes estatuas de Buda y esta es la segunda mayor de las fabricadas en bronce. La primera está en Nara (recuérdalo aquí).
Este Buda no tiene una construcción que le proteja porque suscesivos tifones y tsunamis destruyeron todo lo que se construyó como habitación del gran señor. Entonces, se decidió dejarlo tapado con una sábana de estrellas.
Así como es difícil explicar por qué un templo resulta más atractivo que otro, el Buda de Kamakura me genera una ternura familiar que no me provocan otros. Me siento en casa bajo sus enormes pies y esas manos cuyos dedos que forman un ocho echado. Este Buda gigante me ha enseñado que mi casa está donde pongo mi empeño. Donde están las ganas con las que nos dejamos llevar por la vida con Mi Señora.
Okamura nos dijo que va con frecuencia a visitar al daibutsu y nos aclaró que la mayoría de japoneses no acuden ante su dios a pedir, sino a agradecer. Él suele dar las gracias por el bienestar de su familia, de sus amigos, de su país y agradece la paz mundial que llegará algún día. Dice que le cuesta explicar qué hace, en qué piensa o qué siente cuando ora frente al Buda, junta sus manos y por segundos baja la cabeza. Las conexiones místicas tienen transmisores inimaginables.
 Pero de esta visita me queda marcada la calidez del Kamakura Guesthouse. Se les conoce como minshuku, son casas de familia que se adaptaron para recibir turistas y hacerles sentir que están en la suya propia. Tiene dos grandes habitaciones, para que hombres y mujeres duerman independientemente; la cocina, el baño, el comedor y el bar son áreas para todos. Okamura prendió el irori, un fogón sobre el que estaba suspendida una tetera, al fuego vivo se calentó el agua que sirvió para preparar té. El verbo "compartir" conjugado en presente infinito.

Vayan cuando puedan. 

lunes, 19 de noviembre de 2012

La madera de Nara

Saludos cariñosos para todos:

Formamos lo que se llamó en ese momento "Los cuatro mochileros", equipo integrado por Mi Señora, mi hija Micaela, su amiga Isabela (rebautizada como "la Alta") y su servidor. Llegamos al sur de Honshu, la isla grande, para encontrar lo que todos los que viajan al sur buscan: siglos de historia de un país que no se cansa de renovarse a sí mismo.
Kyoto y Nara son dos destinos que están en todas las guías; esa presencia abundante no es la que nos seduce, preferimos ir donde nadie va, donde los secretos tienen un velo ligero porque no tienen riesgos, están seguros; el exceso de ojos y de luces de las cámaras de fotos suelen ser demasiado fuertes, tumban el velo.
Sin embargo, no se puede dejar de ir al encuentro brutal con la madera. Es muy llamativo el hecho de que el viaje en tren es como entrar a un canal flanqueado por casas, como esa escena de Guerra de las Galaxias cuando Luke Skywalker pilotea su nave para torpedear la fuente de poder de la Estrella de la Muerte. Las casas son los ladrillos de una gran fortificación -así las he sentido- que, en el viaje a Nara, termina cuando comienza un túnel, al final del cual está la luz. La luz de la madera de Nara, la luminosidad de este nadaraka o lugar llano; en esta palabra se origina el nombre de la ciudad.
Es un sitio que tuvo un desarrollo impresionante entre los años 710 y 784 cuando fue la capital del Japón. De esa época datan la construcción de la mayoría de los templos y otras edificaciones civiles que han sobrevivido.
Un día en Nara es insuficiente, sobre todo si la intención es hacer algo más que tomar fotos. A eso invita el santuario de Kasuga Taisha, perfectamente shintoísta y el templo tutelar de la familia Fujiwara, cuyo shogunato tuvo el poder total sobre el Japón en los años mencionados. Es intensamente rojo, rabiosamente colorado y la devoción que se profesa se demuestra en las linternas de piedra donadas por los fieles seguidores y que sitian, literalmente, al templo. Toro o ishi-doro son los nombres japoneses para estos objetos decorativo que son muy comunes aunque siempre coquetean y obligan a un guiño de ojo (mire aquí información de los toro).
Cuando dejábamos Kasuga Taisha, su rojo intenso y los musgos verdes que abrigan los toro nos encontramos con una boda, unos novios que salían en una calesa oriental (se llaman jinrikisha, "vehículo movido por tracción humana") felices y honrados de ser fotografiados por unos extranjeros que parecían paparazzis. Esos éramos nosotros, nos habíamos olvidado del calor a la sombra de los altos árboles de Kasuga Taisha para ser quienes regristrábamos este evento.
Bajamos del principal templo shintoísta de Nara para encontrarnos con otro que ostenta, orondo y orgulloso, el título de la más grande construcción de madera del mundo, Tōdai-ji. Es más escalofriante cuando nos enteramos que el de ahora tiene las dos terceras partes del original; es decir, recortado y todo sigue siendo el mayor de todos.
Nos llama la atención una especie de cuernos dorados en la parte alta de la cubierta de este templo budista y nos enloquece estudiar el tramado de vigas, tablas, palos y tucos que sostiene semejante construcción, edificada para proteger a un enorme Buda de bronce.
Y bueno, los números siguen siendo magníficos: durante 1.267 años nadie logró construir una estructura de madera de este tamaño. La leyenda dice que participaron alrededor de 2'600.000 personas, como aportantes o trabajadores (dato puesto en duda pues equivalían, entonces, a la mitad de la población total del Japón).
Ahora, con respecto al Buda, para su construcción se fundió casi todo el bronce de Japón, para formar esta figura de casi catorce metros de alto y que pesa más de 500 kilos, que equivale al peso de dos Boeing A380 juntos.
Todo es descomunal. Sigan leyendo y entenderán esta afirmación, los seres humanos no somos más que mocos frente a la imponencia del templo. Tras la gran estatua de bronce existe una enorme viga que tiene un hueco en la mitad, de un tamaño similar al de una fosa nasal del Buda. Los devotos que visitan el templo tratan de pasar por el orificio, porque la creencia dice que cruzar el hoyo ayudará en el camino de la iluminación. Es un asunto de fe y de dimensiones físicas, la mayoría de japoneses son esbeltos y lo atraviesan, a veces con un poco de esfuerzo.
Mi Señora lo logró, la "Alta" también lo hizo, pero la perfecta redondez de mi vientre y mis a veces patéticas fobias me convencieron de no intentar hacer lo que terminaría siendo un ridículo místico. Pero bueno, para quienes vivimos secuestrados para la ficción no es difícil pensar en una persona como un moco que sale del Buda y a todos los fieles como un gran catarro celestial.
Pero... Gran pero, lo dicho al principio, Nara no se deja en un día. He de volver, pero mientras tanto me queda una sensación extraña, la de una ciudad repleta de templos y de patrimonios que me guiña el ojo y me pregunta "¿Cuándo vuelves? Tenemos que conocernos. Tengo mucho que contarte". Soy todo oídos, encontraré el tiempo. Algo me dice que Nara solo se siente con quietud.

Ya les cuento más cosas.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Obama festeja a Obama


Saludos cordiales a todos:

No, no se conocen personalmente, pero ambos saben que el uno y el otro existen. Han dicho que se encontrarán pronto y los de Obama quieren que ese ofrecimiento de Obama sea cierto y sea pronto, porque, en caso contrario, el festejo habría sido un acto de pirotécnica, de demagogia.
Fotografía tomada de la página web oficial de la ciudad de Obama
Obama (prefectura de Fukui, Japón), es un pueblo de 33.000 personas ubicado en la costa oriental del Japón, localización que la convierte en un puerto estratégico en la relación de Japón con Corea y China.

Podría ahí cerrar el artículo, porque queda demostrado que el pueblo de Obama se ubica en un país que tiene una importancia estratégica fundamental para Estados Unidos en el Asia Oriental.
Y, por gravedad, es fácil aterrizar en la relación estadounidense-japonesa y los intereses del gobierno de Barak Obama por mantener la "amistad" con la administración del archipiélago nipón. Pero vamos a intentar un análisis un poco más profundo, sobre todo información sobre las relaciones de vencidad en este barrio que puede ponerse muy tenso.

Kamikaze, escrito en el alfabeto kanji
Muchos países tuvieron apetitos para hacerse del archipiélago nipón. Los mongoles intentaron invadirlo pero su flota fue recibida por tifón que destruyó casi por completo a los conquistadores. Desde entonces comenzó a tomar fama la palabra kamikaze, que significa "viento divino" y que, desde una visión religiosa, ha sido el que ha protegido a Japón. Una flota rusa sufrió una suerte parecida. Para occidente, cobró fama luego del ataque japonés a Pearl Harbor.

Desde la visión estadounidentes, terminada la II Guerra Mundial, Japón se convirtió en un sirviente del que entonces era el mayor imperio militar, político y económico del mundo. Desde Japón es posible dominar al que en ese instante era un gigante que roncaba panza arriba mientras la modernidad se le colaba por entre las piernas.
El vencido, Japón, sin embargo, tuvo su propio proceso, vertiginoso y fundamental, de reformas y pronto se convirtió en una economía que tenía la capacidad de robarle espacios importantes de mercado en el mismo territorio de EE.UU. a los mismos productores locales.
Con el tiempo y las aguas, Japón se convirtió en un competidor en lo económico, pero siempre mantuvo una actitud alineada con la política exterior de Washington. De ninguna manera soy un experto en geopolítica, pero mi opinión es que con el tiempo Estados Unidos comenzó mimar a Japón para que se mantenga a su lado, porque el gigante de China había despertado con hambre y el vecino Corea pronto se hizo adolescente. Había que tener un aliado cerca de los enemigos, un vecino que pueda contar los chismes.
Ahora, China es el principal contendiente de Estados Unidos en el control del mundo, además de la Unión Europea. Pero, también, en términos económicos el Asia oriental ocupa cada vez más espacios que le ganaron aprovechando los errores de política internacional de Washington.
La re-elección de Barak Obama coincide con instalación del XVIII Congreso del Partido Comunista de China, que nombrará al presidente del partido en pocos días, que ejerce al mismo tiempo la presidencia del gobierno. En la instalación del Congreso se insistió en la necesidad de profundizar la transformación económica y eso significa que el país más poblado del mundo podría disputarle a EE.UU. el lugar de la primera economía del planeta en poco tiempo.
En el clima electoral de China se destapó una antigua disputa por unas pequeñas islas que da cuenta de la relación amor-odio que ha dominado la realidad de la vecindad entre chinos y japoneses.
Estas ocho pequeñas islas y peñascos están, dependiendo del punto de vista, en el Mar del Japón o en el Mar de la China. Se llaman Senkaku para los japoneses y Diaoyutai para los chinos. Taiwan también reclama para sí la soberanía de las islas.

Al final de la II Guerra Mundial se acordó que las islas son japonesas y, de hecho, eran propiedad de una familia japonesa. Son tan pequeñas y escabrosas que casi no sirven para nada y habían vivido solas y olvidadas.

Los japoneses descubrieron recursos naturales en el lecho marino en la década de los 70. Entonces China y Taiwan se acordaron de que esas islas... Se acordaron que esas islas habían sido suyas y que dejaron de serlo.
From foreground, Minami-Kojima, Kita-Kojima and Uotsurishima in the Senkaku Islands (Asahi Shimbun file photo)
Islas de Senkaku, Fotografía de Asahi Shinbun
En el último trimestre al menos, ciudadanos chinos protagonizaron ataques contra personas y empresas japonesas, luego de que el Gobierno de la Prefectura de Tokio "compró" esas islas a su propietario para garantizar que estuvieran deshabitadas.
En estos son días son permantes las denuncias del gobierno de Japón de la incursión de navíos chinos en las que considera sus aguas territoriales y también en estos días Japón y Estados Unidos realizaron maniobras navales de entrenamiento unos cientos de kilómetros al sur de las Senkaku.
Por lo pronto, parece que China tiene interés en asegurar su supremacía en el Asia oriental desenterrando viejos rencores con Japón, también parece que Estados Unidos no está dispuesto a dejar solo a su aliado al que obligó, al final de la II Guerra Mundial, a no tener un ejército y del que depende buena parte del control de esta parte del mundo (EE.UU. mantiene 60.000 soldados en bases ubicadas en territorio japonés).
Como siempre en política internacional, poco es lo que se ve y mucho lo que se cuece. Se sabrá, en algún momento, cual es el verdadero interés de los actores de este culebrón. Probablemente algo se aclare cuando Obama cumpla su promesa de visitar Obama, para festejar juntos que Obama fue re-electo y que Obama sigue siendo un pequeño puerto en las narices de otros competidores por la supremacía mundial.


 Les veo pronto con otros temas.

lunes, 5 de noviembre de 2012

¡Ay!, el huevo negro

Buenas a todos, un gusto estar con ustedes.

Cuando estábamos embarcados rumbo a Odawara recién caí en cuenta que las cosas estaban sucediendo de una manera extraña. Digamos, lo normal fue correr de aquí para allá para alcanzar los trenes que debíamos a los minutos exactos. El Japón no concesionada nada en cuanto a puntualidad y a orden, se cumple o se paga el incumplimiento. Y la "multa" suele ser que pierdes tiempo. Y en Japón no se pierde el tiempo ni se lo regala ni tampoco se permite que sea robado.
El gesto del destino, aunque parezca raro decirlo, fue haber conseguido una habitación donde pasar la noche con 24 horas de anticipación. En Japón pasar una noche en un hotel se planifica con tiempo, con semanas y meses.
La habitación, el hotel, estaba en Hakone, destino del que leímos solo cuando supimos que la reservación estaba hecha. En Odawara cambiamos de tren. En la siguiente parada, Hakone-Yumoto, nos subimos al más viejo tren que anda por el Japón y por allí llegó otro guiño del destino. El Hakone Tozan Train sube a veinte kilómetros por hora las montañas, por una ruta compuesta por abismos, túneles y puentes. Hacía la misma operación que la única línea de tren en Ecuador cuando se bate a blasfemisas contra la Nariz del Diablo. La diferencia es la cantidad de árboles que amurralan la línea nipona contra la casi ninguna vegetación de la proesa ecuatoriana.
El tren resopla hasta Gora, un pueblo que sirve como enlace para muchos de los destinos turísticos de Hakone, que giran alrededor del lago Ashi y de una vista abúlica del Fuji (Fuji-san, en realidad, la gente le conoce como "el señor Fuji").
En Gora paramos por un café en un sitio que tenía todos los detalles de decoración perfectos y muchas miniaturas usadas con fines estéticos y prácticos. El café de la casa, preparado por una esepecilista, estaba compuesto por granos de varios tipos procedentes de tres países de América Central. El café y la consiguiente torta de chocolate fueron el postre de un plato que no pudimos evitar comer, por razones idiomáticas más que por algún antojo específico: Pollo con Jitomate. Así, escrito en español, aunque el sabor fuera auténticamente japan style a veces se supervive a la sensación de desarraigo con esas imposturas.
Luego, en bus bajamos hasta el lago. Ahí estaba el hotel, una construcción muy antigua administrada por tres septuagenarias que nos saludaron con venias abundantes y por una mujer más joven que hablaba perfecto español. Era un hotel tradicional japonés (ryokan), nuestra habitación olía a tatami y tenía una vista amplia y generosa del lago Ashi.
Como atraídos por alguna gravedad nueva, nos sentamos a contemplar el lago, mientras una de las ancianas, de rodillas, nos preparó té verde. De rodillas hizo una venia apoyando los tres dedos de cada mano, uno de los gestos de respeto y sumisión más profundos de la tradición japonesa. Ese fue una muestra absoluta de que el destino se había sentado junto a nosotros.
Hablamos por algún tiempo con Mi Señora sobre el color que tiene el agua de la laguna. Entonces no tuvimos un acuerdo, pero ahora pienso que las aguas del Ashi al atardecer son blanco-hueso, pero solo por un rato porque la noche se tiende perezosa con su negrura de parpadeo en parpadeo.
Cuando me desperté al día siguiente, muy temprano por la mañana, el cielo pasaba con cierto apuro de púrpura a azul, decidí hacer unas fotos en el malecón. Cuando disparé la primera foto el cielo estaba limpio, el paisaje estrenaba colores.

Dejé rápido las fotos porque debíamos comprobar si era cierto lo de los huevos negros. Para llegar salimos del muelle de Moto-Hakone, donde estaba nuestro hotel, navegamos por el lago hasta Togendai y montarnos en el teleférico para ir montaña arriba.
No me van bien en las alturas, ya lo he dicho (recuérdalo aquí). Esta vez me tocó hacer un nudo en el estómago para aguantar la remontada silenciosa e indolente de una cabina de diez personas, todo por culpa de los benditos huevos negros.
Desembarcamos... Quiero decir, mi cuerpo se bajó de la cabina del teleférico y mi alma llegó unos minutos después a completarme, se había quedado escondida debajo de un asiento, las manos se le habían agarrotado en el tubo del que se sostenía. El destino fue un paradero muy cerca de las fumarolas del monte Hakone.
Ni qué falta hace decirles que la geología del archipiélago nipón es una rumba permanente, todo se mueve todo el tiempo, sube y baja, revienta o se escabulle, pero no se está quieta, de manera que estar parados sobre el cráter de un volcán activo no tiene mayor mérito.
Me imagino que alguna vez, un expedicionario llegó a esta alturas inusuales para el país (algo más de mil metros sobre el nivel del mar) y tuvo hambre. Habiendo tontamente olvidado el infiernillo puso a cocer los huevos que cargaba en el morral en el agua sulfurosa que hierve y después se los comió. El expedicionario no contó con que una reacción química tornaba la cáscara del huevo de un blanco celestiral a un negro infernal.
Seguramente el origen es menos retórico y más práctico, pero la realidad es que miles de curiosos suben para mirar las furmarolas, sentir el agua hirviente, curiosear cómo se cuecen ahí los huevos, comprarse muchos y comérselos inmediatamente mientras matienen el calor magmático.
Hicimos eso, nos dimos cuenta que negra se hacía solamente la cáscara; el interior, la clara, seguía siendo celestial y la yema tan luminosa como el sol; era indiscutible que el huevo se había puesto una capa negra para desafiar las amenazas del-que-no-se-debe-nombrar y que gobierna el averno que es caliente, está debajo de los pies y allí se llega entrando por un volcán, según la mitología católica.
Le pusimos un poquito de sal y nos comimos. Un huevo negro cada uno. El sabor es el de un huevo duro, ni más ni menos. Pero el olor es menos gustoso, huele a huevo prodrido que es el mismo olor del azufre. Y viceversa. Justamente por el olor a azufre, que es el mismo olor del huevo podrido, decidimos bajar rápido del cráter (otra vez en teleférico y con pavor verdadero), a pesar de que el paisaje estaba jalonando la lengua poética de viajantes, fotógrafos, mercaderes, jubilados y desocupados de las artes de las letras.
Es una paradoja compartir con miles de personas la experiencia de comer huevos con cáscaras negras en el único lugar de la tierra donde el olor natural es a huevo podrido. Somos hijos dignos de nuestras contradicciones.

Hasta después de un rato.

martes, 30 de octubre de 2012

Transeúntes y andantes

Hola a todos:

Debo disculparme por mi silencio de estos días. Pero, bien, hay temas nuevos e historias que les van a interesar.
Me he enfrentado los últimos días a la maldita hoja en blanco con la esperanza de que me dicte algo. Pero su silencio ha sido más recio que el sonido del rencor. De cualquier manera las palabras siempre manan.
Roppongi, como se ha dicho antes, es un barrio de Tokio en el que se concentra todos los servicios que los japoneses brindan a los extranjeros. Allí se habla muchos idiomas, hay diversión especializada con tinte internacional, se encuentra la comida "japonesa" que se idolatra en todo el mundo (menos aquí), los japoneses que quieren admirar los usos de los afuereños por allí pasean y los jóvenes de ambos géneros que buscan emparejarse con la piel de occidente también.
Encontramos, primero, a los dos dueños de dos perros recién salidos de la peluquería. Se notaba a la distancia que habrán pagado más de lo que cualquier persona está dispuesta a gastar en la hechura de los cabellos y que les habrán lavado con algún jabón de raras especies del alto Jordania, habrán sido lavados sus dientes y cortadas las uñas, vacunados contra las bacterias de este mundo y de otros.
Logré que la señora me dejara tomar una foto de su perra, pero su marido salió rápido diciendo que su perro no era muy cortés y que era preferible no importunarlo, me imagino que las cámaras le producirán altos niveles de estrés. El perro lucía una cabellera más descomunal que la del finado Andy Gibb.
Más allá, se desarrollaba el 25 Tokyo International Film Festival (TIFF). Vimos la película ganadora, dirigida por una  francesa, rodada en la frontera israelí-palestina, que contaba una historia con argumentos bien trabajados. En la película se hablaba inglés, francés, ebreo y árabe. También había subtítulos en inglés y japonés. De pronto el planeta se hizo pequeño, una inmensa cantidad de expresiones culturales metidas en una cinta de cine. Mientras más pequeño es más difícil de entender el mundo.
Los japoneses van al cine como los ecuatorianos a misa: con absoluta unción. Las salas tienen un dispositivo que anula los teléfonos celulares y cualquier otro dispositivo mientras se proyecta la película. El silencio y la devoción se mantienen intactos hasta que las últimas letras blancas dejan de rodar sobre la pantalla negra. Solo entonces vuelve la conciencia de que la sala está llena de seres animados.
Este festival está catalogado como uno de los cuatro más importantes del mundo, junto a Cannes, Berlín y Toronto. Calculo que se habrán proyectado más de 100 películas y generalmente las entradas se agotan dos semanas antes. Ahora ya no se imprime las entradas, todo es digital. La siguiente foto es, en realidad, una entrada al cine. Se debe acercar la pantalla del teléfono a un lector, que confirma que todo está en regla.
De las películas que vimos en el TIFF me sorprendió la cinta del género documental Japan in a Day: se pidió a los japoneses que filmen su vida cotidiana el 11 de marzo de 2012, un año después del gran terremoto del nor-este. Se recibieron 8.000 grabaciones y el resumen sobre esas 24 horas está muy bien, se descubre el Japón en esencia.
La gran ventaja es que hay muy poca basura "hollywoodense", al contrario de lo que pasa a veces en los premios Oscar. En estos festivales se reconoce el arte, en el otro en muchos casos el verdadero valor está en la taquilla.
Pero, a unos metros de las salas de cine, en la noche del 27 de de octubre, los jóvenes se lanzaron a gozar de la fiesta del Halloween en la discotecas de Roppongi. Hollywood y Halloween retumbaron como palabras hermanas. Me dio la sensación que más que la macabra noche que recuerda a brujas y muertos se vive en este barrio como una gran fiestas de disfraces. Hay vampiros y demonios de la noche, pero no creo que Pocahontas, la Sirenita y Koji Kabuto tengan ninguna relación con mujeres malas y buenos difuntos. Halloween japanese style.







Hasta pronto.

sábado, 6 de octubre de 2012

Quién me ha robado el otoño

Hola todos:

No les voy a mentir, la sensación que cargo estos días es harto nueva para mí. Con esta entrega de llamingosan se cumplen 60 artículos publicados en esta vitácora y un año de haber iniciado la aventura de compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el mundo visto con ojos nipones.
No tengo los ojos como los japoneses pero la decisión de tratar de colarme en el alma de la isla, creo yo, se ha logrado. Parcialmente. Me faltará vida para entender al Japón y, definitivamente, no podré ser nada diferente a un llamingo de los páramos andinos ecuatorianos. Eso ha quedado claro.
No es que trate de lanzarme a la peligrosa aventura de las evaluaciones. En el camino entre la vida y la muerte hay hechos que sucedieron en circunstancias determinadas y ninguno de ellos es bueno o es malo. A lo mejor la evaluación solo puede determinar que se enfrentó tal hecho mejor o peor, pero en ningún caso bien o mal.
Pero, vamos, esa no es la idea de este artículo. Ahora se trata de buscar a los culpables del delito de haberse robado el otoño.
Ya está suficientemente entrado octubre como para que la temperatura siga marcando más arriba de 20 grados de día y de noche. El tiempo del calendario ha madurado pero el clima no ha dejado que las hojas de los árboles enrojezcan y caigan, Tokio sigue estándo verde, intensamente verde.
Los primeras memorias del arribo a Japón son de árboles que comenzaban a volverse terrosos, sus hojas se habían amarillado como el tiempo carcome la vivacidad de los colores de las fotografías. Ni siquiera porque el sol se guarda más temprano de las seis el panorama ha cambiado.
Es que el otoño tiene un no sé qué. Creo que es mi estación preferida. El año pasado vimos como Nikko se teñía de una barbaridad de tonos, que las hojas amarillas caían sobre los tejados ennegrecidos de antiquísimos templos que se llenaban de manchas de sol. Que unas hojas fágiles y a punto de morir tenían el poder de volver iridiscentes los caminos de barro.
El otoño es como el enlace entre dos extremos, el momento de respirar hondo un aire menos caliente y menos húmedo, antes de dejar ir brisas de helado aliento. Al contrario de la primavera que tiene toda la vida contenida en sus aguaceros, el otroño tiene una vida más madura, sabia, pero también todo huele un poco a muerte, a la deliciosa paz del frío silencioso.
Y todo eso en Japón. He pensado mucho en cómo definir este archipiélago. Hablar de mi Ecuador natal se me hace más bien fácil: es una explosión caótica de diversidad. Pero, ¿y que digo de este país que me ha acogido bien?
Prefiero, por ahora, citar una frase escrita por Mi Señora: "Finalmente lo encontré: el mayor encanto de vivir en esta isla es que en cualquier momento puede ser borrada del mapa, y nunca nadie podrá imitarla porque realmente muy pocos habrán entendido lo que fue".
Hay tres elementos: entenderla. Yukio Mishima, un escritor extraordinario, ha dicho de sus conciudadanos los japoneses que son unas bombas de hidrógeno con conciencia. Me da la sensación que es un país que despierta muchos apetitos pero que preferirá inmolarse a ceder en una gran cantidad de prinicpios, que les pertenecen únicamente a ellos, que es su identidad.
Luego, imitarla. La única manera de imitar lo japonés es siendo nipón. La mayoría de las cosas y de los actos humanos que suceden aquí pasan porque sus protagonistas son japoneses. Esos actos y esas cosas puestas en otro contexto serán diferentes.
Por último, entenderlo. Para mí Jorge Luis Borges es una de las mentes más claras que ha tenido el mundo. Él ha dicho que es un país demasiado complejo para su entendimiento. Para el mío es una misión de titanes y no soy titan ni de lejos, tampoco estoy para aceptar una misión imposible.
De manera que, por ahora, llevo Japón en la piel, que se eriza a cada rato.
Japón, Tokio se me parecen al otoño. Y yo sigo esperando que quién se lo robó me lo devuelva para comprobar que lo que ha pasado durante un año ha sido lo que realmente siento.


Hasta pronto. Nos vemos enseguida.

lunes, 1 de octubre de 2012

Shibuya adrenalina

Cómo han estado. 

Quienes nos dedicamos a la escritura como unos escribanos y transitamos con esfuerzo hacia el sueño de ser escritores nos tenemos a nosotros mismos como nuestros enemigos más feroces. Esto lo digo porque en los últimos días no les he contado nada porque he usado todas mis fuerzas en pelear contra mis pensamientos. Mejor dicho, en tratar de ordenar pensamientos para darles una estructura. Y es más, tratar de matizar los procesos mentales con las sensaciones que están guardadas en la bóveda de la piel. No quiero con esto ni justificar ni buscar su comprensión, pero es así.
Bien. Shibuya es un distrito de Tokio que tiene una intersección de avenidas grandes. Este es uno de los sitios donde más gente cruza la calle en el mundo. Ciertamente que cruzar la calle no tiene nada de relevante en la vida de un ser humano, pero pararse en la primera línea de viandantes y esperar que la luz del semáforo involucione de maduro a verde es un acto de mucha tensión nerviosa. Luego, cruzar la calle tiene mucho de adrenalina, hay miles de personas que caminan con decisión desde al menos 6 direcciones diferentes. Hay unos segundos de pánico. A pesar de todo, es más bien extraordinario que en esta atropellada estampida de apurados tokiotas (y unas decenas de extranjeros completamente sorprendidos) no se llegue a un contacto personal, las carteras pueden chocar pero las personas se esquivan con no poca habilidad a centímetros de rozar sus pieles.
Este cruce lo hacía todos los días, porque estaba en la ruta hacia la escuela donde estudio japonés. Ya he adquirido cierta destreza para hacer lo mío todos los días, para que la punta de un paraguas rozara mi pupila, a milímetros del contacto, y que eso no provocara que distienda mi concentración, la de mis sentidos, que estarán ya pensando en la manera de esquivar el siguiente obstáculo, que bien puede ser un oficinista japonés o un obeso turista gringo que no ha entendido que aquí se camina rápido, porque quitarle la adrenalina a Shibuya es tan absurdo como querer evitar que los ríos fluyan.
El edificio de la estación de Shibuya es una maraña de amplios corredores donde se encuentran líneas de subterráneo, de tren y de buses, hay miles de personas que pasan por ahí cada minuto. Por eso, si no se está atento a las instrucciones un elevado viajero podría terminar en la lejana Kyoto o dar vueltas una manzana tras otra y terminar en la misma esquina.
Pero cuando se logra salir de ese ambiente silencioso y absurdamente amplio de la estación se encuentra un oasis: un par de árboles antiguos dan sombra al monumento de Hachiko y al área de fumadores (para quien no sepa la historia del perro Hachiko, active este vínculo). Hay una plazoleta desde donde se mira los edificios que amurallan el cruce. En tres de ellos hay pantallas de televisión con anuncios comerciales. No sé cómo lo logran pero, en general, el sonido de uno no interfiere con el otro; tienen diferentes dimensiones y su programación consta de publicidad abundante, muy diferente, pero por alguna rareza de la tecnología es posible concentrarse en una sola sin esfuerzo.
Los edificios circundantes no tienen parentesco, no hay ninguna armonía, ni el más mínimo atisbo de que se haya pensado que en ese punto exacto de esta enorme ciudad es un excepcional encuentro de los de a pie. Sucede con lo que no fue planificado, las cosas se acomodan por sí solas, buscan su espacio y cuando se sienten cómodas ahí se quedan, hasta el que el tiempo se encargue de ellas.
Si se ha tenido éxito en la aventura de llegar con vida al otro lado del cruce, las calles se abren como los neurotransmisores hacia una comunidad de nervios que reaccionan a diferentes estímulos.
Hay oficinas públicas, escuelas de enseñanza del japonés, bancos, tiendas, restaurantes, bares, galerías, cines. Tiene todo, todo de verdad, desde un almacén de productos Disney hasta piso y pisos en una tienda de departamentos de ropa para metaleros. La melosería de Mickey a metros de la rebeldía de los de negro.
La moda de los jóvenes japoneses se marca en Shibuya. Existen un centro comercial entero donde venden la ropa y los accesorios para que las adolescentes se vistan de muñecas de tul. Una moda muy de aquí, pelucas rubias, largas pestañas postizas, enormes uñas postizas con apliques de diamantes, estrellas o campanas; maquillaje tirando a pálido, ropa de colores pastel, minifaldas a unas alturas donde ya falta el oxígeno, zapatos de plataformas superelevadas, bisutería. Se convierte en una tiernas muñecas vivas.
A parte de las marcas populares en el mundo (como Zara) están las grandes cadenas locales, como 109, nombre que pronunciado en japonés seduce mis oídos con frecuencia: Ichimarukiyu.
Debo saltar a la acera porque una caravana de tres camiones anuncian que pasarán a velocidad de entierro. Son enormes, toda el área de carga está recubierta por lonas en las que se ha pintado la publicidad del nuevo disco de un grupo cuyo nombre no alcancé a leer. Son cinco chicos "kireo". Ese es el nombre que toman quienes adoptaron como base la cultura metrosexual y la llevaron a niveles de paroxismo, buscan la perfección de sus cuerpos y para ello no dudan en explotar su lado femenino pero sin querer parecer mujeres. Pestañas depiladas exactas, afeitadas minuciosas de lo escasa barba, labios pintados con colores naturales con celo cirujano, cortes de cabello en los que la ecuación de geometría y gravedad tienen respuesta, vestimenta cuyos ojales, costuras y cortes se salen de las normas. Las voces no importan, hay que verlos y ya.
Hay restaurantes con comida de todas partes del mundo y bares abiertos todos los días del año porque siempre habrá comensales dispuestos a gastarse sus yenes en bebidas y comidas. Una sopa muy picante de mongolia y una sopa pho han destacado.
A cualquier hora, este es territorio de los jóvenes, cualquiera de más de 30 se sentirá un extranjero, al menos hasta que los de menor edad deban cumplir con sus límites de horario.
Mientras ello sucede, en Shibuya los jóvenes son quienes se divierten como lo hacen los que perdieron la vergüenza de ser ellos mismos.
Siempre y de todas maneras hay que llegar al gran cruce de calles y tentar una y otra vez a la adrenalina de cruzar entre otros miles sin tocar a nadie. Una y otra vez. Todas las veces y siempre será diferente.
Cerca de este eje sincrético hay, muy vistosos, los love hotel. Digamos que a los moteles oscuros y clandestinos se les dio un toque temático y se logró abrir negocios que brindan hospedaje por horas en habitaciones que pueden parecer el vagón de un tren subterráneo, la oficina de una empresa o la habitación de una adolescente adoradora de Hello Kitty. Haga usted el ejercicio de imaginar en qué lugar sueña con hacer el amor.
Pero si uno comete el error de pensar en Shibuya como un lugar turístico, se perderá la posibilidad de entender como se conectan los neurotransmisores de este Japón específico. Es necesario hacer el ejercicio de detenerse y conseguir que el alma se silencie. Se verá, entonces, como late Shibuya, se sabrá que esa adrenalina sirve para la creación y no solo para la supervivencia.

Pronto estoy con ustedes.