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martes, 24 de enero de 2012

“La nieve es un poema. Un poema de resplandeciente blancura”


 

Yuko Akita tenía dos pasiones.

El haiku y la nieve.

El haiku es un género literario japonés. Es un breve poema compuesto por tres versos y diecisiete sílabas. Ni una más.

La nieve es un poema. Un poema que cae de las nubes en copos blancos y livianos. Ese poema viene de la boca del cielo, de la mano de Dios. Tiene un nombre. Un nombre de resplandeciente blancura. Nieve. 

La nieve posee cinco características principales.

Es blanca.

Hiela la naturaleza y la protege.

Se transforma continuamente.

Es una superficie resbaladiza.

Se convierte en agua.

Cuando se lo comentó a su padre, éste no vio en ello más que aspectos negativos, como si la extraña pasión de su hijo por la nieve hiciese a sus ojos más aterradora aún la estación invernal.

Es blanca. Por lo tanto es invisible y no merece existir.

Hiela la naturaleza y la protege. ¿Quién es esa orgullosa para pretender convertir el mundo en estatua?

Se transforma continuamente. Luego no es de fiar.

Es una superficie resbaladiza. Así que ¿quién puede disfrutar resbalando en la nieve?

Se convierte en agua. Lo hace para inundarnos más en la época de deshielo.

Yuko, en cambio, veía en su compañera cinco cualidades distintas, que eran un puro deleite para su talento artístico.

Es blanca. Luego es una poesía. Una poesía de gran pureza.

Hiela la naturaleza y la protege. Luego es una pintura. La pintura más delicada del invierno.

Se transforma continuamente. Luego es una caligrafía. Existen diez mil modos distintos de escribir la palabra nieve.

Es una superficie resbaladiza. Luego es una danza. En la nieve, todo hombre puede creerse funámbulo.

Se convierte en agua. Luego es una música. En primavera, troca los ríos y torrentes en sinfonías de notas blancas.

- ¿Todo eso es para ti la nieve? – preguntó el sacerdote.

- Representa mucho más aún.

Aquella noche el padre de Yuko Akita comprendió que el haiku no bastaría para colmar los ojos de su hijo con la belleza de la nieve. 

Capítulos 1 y 7.


Anoche, por primera vez en mi vida vi nevar. Ayer, por primera vez en mi vida entendí que no soy capaz de escribir un haiku. Hoy, con el sol perdiendo la batalla contra el hielo, sentí que los haiku y la nieve son sinónimos.
Me siento atrapado por el encanto.

sábado, 21 de enero de 2012

El hombre que está en armonía con el vacío

Hola a todos:

Nevó en Tokio. O sea, no es que se paró el tráfico porque había un metro de nieve, pero para este llamingo que solo alcanzó a sentir la filudez de la papacara en el páramo, es todo una novedad: el agua de seda que se arremolina entre las nubes y acaricia las mejillas heladas de los transeúntes.
Pero bien, el tema es otro y voy a actuar como el interlocutor de terceros. Fui un participante tangencial de la presentación de las cartas credenciales del Embajador de Ecuador, Leonardo Carrión, y los miembros de la misión ante el Emperador Akihito.
Como ya se ha dicho antes en este espacio, el Emperador del Japón es considerado un descendiente directo de Amaterasu, la diosa del sol y la mayor deidad de la mitología japonesa. Durante siglos fue así hasta que ganaron la guerra los gringos y le exigieron al emperador que firme una declaración en la que afirmaba que no era una deidad. Al pueblo japonés le importa un bledo lo que se le obligó a firmar y el Emperador sigue siendo lo mismo.
Amparo, la esposa del embajador, nos hizo caer en cuenta de los siguiente: es el último emperador que queda en el mundo.
No es este un espacio de análisis político de manera que les dejo el tema para que conversen con un buen café: ¿qué significa para un pueblo tener un emperador y qué trascendencia tiene en la vida de una nación? Porbablemente en algún momento me atreva a emitir una opinión.
Akihito es el descendiente de la dinastía imperial continuada más larga del mundo. Desde Jimmu (11 de febrero del año 660 a.C.) se han sucedido 125 emperadores. En los documentos oficiales se usa escribir el año de acuerdo al calendario gregoriano y el número de años de ejercicio del emperador en funciones. Este año sería 2012 en el calendario gregoriano y el 24 de la actual era. De hecho, el 23 de diciembre, día del cumpleaños del emperador, es fiesta nacional.
La Constitución del Japón en vigor (elaborada en buena parte por los marines gringos) afirma que el Emperador es el "símbolo del Estado y de la unidad del pueblo"; no tiene poderes políticos pero es un Jefe de Estado ceremonial que representa la monarquía constitucional. A su investidura se la conoce como el Trono del Crisantemo. Esta flor, de 17 pétalos, es el símbolo del poder imperial y el escudo de armas.
La delegación ecuatoriana debía presentarse ante Akihito y tenía que aprender con exactitud el ceremonial de un protocolo que es milimétrico.
Unos días antes de la ceremonia, un funcionario de protocolo de la Casa Imperial fue a la embajada para explicar las reglas, los movimientos, los detalles. Cuando al miembro de la misión del Ecuador le sea indicado debe entrar al salón, detenerse, hacer una venia leve. Luego caminar hasta una distancia de un metro del Emperador. Luego, hacer una venia profunda, dar un paso hacia adelante, estrechar la mano de Akihito, dar un paso hacia atrás, hacer una venia profunda, luego tres pasos hacia atrás, girar sobre sus pies y dirigirse hasta la puerta, donde debe girar de nuevo, hacer la última venia leve y salir.
No, no se le ocurra decir nada, solamente el embajador puede hablar con el Emperador. No, ni se le ocurra usar terno, para la ceremonia se debe vestir chaqué con corbata gris y si se atreve mismo a agregarle color no puede ser otro que el azul. Eso se puede, el resto está prohibido, pero prohibido de verdad. Ni se le ocurra aprenderse unas frases de cortesía para decirla porque romperá el protocolo y generará una inquietud que lo pondrá en mal predicamento frente al Estado japonés.
A las instrucciones siguieron las prácticas y la determinación de una agenda cuyo cumplimiento es exacto. Con exacto me refiero a que el programa estipulaba que el vehículo oficial saldría con el Embajador a las 13:30 y a esa hora en punto salió. No antes, no después.
Luego, los miembros de la misión fueron llevados a un edificio cercano del inexpugnable palacio imperial en donde esperaron hasta que el reloj diera la orden de partir. Mientras tanto, fuera del edificio se cortó el tránsito y se acercó la caravana. Unos siete jinetes presidían la procesión, tras ellos iba la carreta principal y luego una carreta adicional. Patrullas de la policía, miembos de la seguridad, autoridades de tránsito: un operativo perfecto porque, además, cerrar el tránsito de esa avenida provoca hartos problemas.
Voy a dar mi opinión: esta caravana y quienes la operan tiene un estilo absolutamente europeo. Me hubiera gustado mucho que los jinetes se visitieran a la usanza samurai y el resto con los trajes típicos de quienes atienden la casa imperial. La apertura de Japón puede provocar estas distorsiones de la identidad que me suenan como artificiales, impostadas; tristes.
Los llamingos diplomáticos, entonces, bajan del edificio de protocolo y tomaron sus puestos en los vehículos tirados por equinos. Y la caravana se perdió tras las puertas de palacio. Adentro todo sucedió de acuerdo a lo planificado, en la hora programada y con los detalles precisos. Entraron a una sala de espera donde fue servido té verde.  Y después, al salón principal.
Lo que sigue es el relato de Mi Señora, testigo presencial: esperaron en un pasillo, cerca de la puerta, mientras el Embajador hacía lo suyo. Un movimiento sutil de cabeza del jefe de protocolo fue la señal para que entrarán, uno por uno. Cuando llegó su turno y entró, le sorprendió la limpieza del salón. Uno grande, de techo alto, sin más adorno que varios tipos de madera que formaban la construcción. Todo lo opuesto a los salones señoriales abarrotados de pompa y boato de occidente. Extrañamente, al salón se le sentía luminoso, brillante, de una claridad que no era producto de juegos mañosos de luces artificiales.
Akihito es un hombre delgado y de baja estatura pero ninguno de los participantes pudo sostener su mirada. La sensación fue que ese hombre, el hijo de la diosa creadora de esta Nación, tiene una presencia capaz de llenar un salón vacío. Sin ninguna muestra de soberbia, Akihito se presentó como el administrador excepcional de una complejidad tan extrema que ha logrado dominar la simpleza.
Muy pocos seres humanos pueden darle la mano al Emperador del Japón, al último emperador del mundo, de hecho los japoneses no le pueden topar; ese minuto, ese rápido contacto es una cima en la vida de cualquier persona que tiene la capacidad de valorar la médula de un pueblo milenario.
No hay razón para esconder el contento. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces en la vida se le da a uno poder estar así de cerca del hijo de una diosa?

Unas simples referencias fotográficas están en: http://www.flickr.com/photos/ascomunicas/sets/72157627704312787/

Entonces, nos vemos pronto, suerte en todo.

miércoles, 18 de enero de 2012

¿Cuánto vale la muerte?

Hola todos, qué gusto:

Esta es la entrada de asunto, cómo se podrá decir, un tema grave, por sus implicaciones, básicamente porque quiebra principios sobre los que normalmente no hay discución. Vamos: hace poco, el diario local Japan Times publicó una noticia en la que advertían que el número de suicidios había disminuido. En 2011 se registraron 30.513 suicidios, una cifra que denota una tendecia decreciente, pues para 2013 la tasa bajó a 27.283.
Sí, me pasó lo mismo, me salió del fondo del alma un "¡¿cuántos?!" estentóreo. Pues sí, ese es un asunto que se trata más bien en voz baja, se evita en las conversaciones y siento que por dos razones: la una, porque cualquier conversación sobre suicidios puede generar disputas y los japoneses evitan el enfrentamiento sobre todas las cosas; la segunda, porque el valor de la muerte –o el valor de la vida, como se le quiera poner- es diferente.
Vamos a ver: a mí me formaron con la idea de que suicidarse es un pecado mortal, mi madre habrá dicho "Si Dios te dio la vida solo él puede quitártela", aunque en la práctica vemos a diario que quién nos quita la vida puede ser la Coca Cola (una alimentación desastroza basada en comida chatarra), puede ser la Chevrolet (un accidente de tránsito en el cual el conductor del vehículo suicida no era Dios), puede ser el puro y llano estilo de vida occidental que somete a sus feligreses a contagios virales masivos de estrés.
Vuelvo al camino, luego de perderme un rato en las callejuelas de mi propia formación cultural. No estoy completamente seguro, pero ni para los budistas ni para los sintoístas el suicidio es un pecado. Desde un punto quizás más romántico, es un camino, que sirve para mucho, un sistema de purificación.
Para los samurai, el seppuku (que no harakiri, que se conisdera un término vulgar) era la manera como se limpiaba el honor. Es decir, el honor tiene mucho más valor que la vida, tanto que quitarse la vida es un paso para recuperar el honor. Y esa manera de pensar no es, pues, el producto de unos espadachines que alucinan, es un concepto muy arraigado en Japón. En el seppuku el autor de esa ceremonia se corta el vientre e inmediatamente una persona de mucha confianza le corta la cabeza, de manera que el cuerpo yace sin vida en la misma posición en la que se hace las venias profundas para reverenciar a sus divinidades.
Por otro lado, según su forma de ver la vida, las cosas y los hombres somos transitorios, llegamos a este espacio, en este tiempo, y saldremos para ir a otro tiempo y a otro espacio. No encuentran una razón para encariñarse con las personas y los objetos con los cuáles convivirán por un tiempo limitado. De ahí se derivan dos expresiones.
La primera, de alguna manera el minimalismo es una forma de expresar desprecio por lo material. Nótese que aquí el minimalismo es la forma de vida cotidiana y tradicional, no es una tendencia de diseño de interiores. Para qué llenarse de cosas que servirán por un tiempo en esta vida, es mejor evitarlas. Los objetos tiene poco valor.
Luego, la segunda, para qué enamorarse, para qué amar desenfrenadamente a otra persona si finalmente la relación que les una también será transitoria. En el japonés, no existe una palabra que signifique "te amo" ni otra para traducir el "te quiero", con la fuerza literal de la mayoría de idiomas del mundo, porque tampoco conviene apegarse mucho a las personas, quienes dejarán de ser parte de nuestras vidas tarde o temprano.
Pero, el suicidio es una opción personal, una camino individual que es más fácil de asumir porque no existe un castigo implícito por hacerlo.
Hay más: entre los principios religiosos está el del yin y el yan, el concepto de los complementos (no de los opuestos). En ese sentido, la vida y la muerte son realidades que se complementan, la una no existe sin la otra, morir es tan importante como vivir.
Desde su concepto religioso un alma vivirá, morirá y volverá a vivir, repetirá este ciclo hasta que haya alcanzando la iluminación, hasta que pueda habitar el Nirvana.
En el "Libro tibetano de la vida y la muerte", el maestro Sogyal Rimpoché cita una frase del más importante pensador del renacimiento francés, Michel Eyquem de Montaigne, quien afirmó que "Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo". Este es un resumen susicnto, epidérmico pero bastante claro de cómo los japoneses se aferran a la vida solamente lo necesario.
Es má más llamativo lo que sucede en sociedades cristianas, como las europeas, miren los índices de suicidios, según una estadística que publicó nippon.com.



La media nacional es un suicidio cada 20 minutos y el lugar preferido está en Yamanashi, donde se ubica el paraje de Aokigahara, también conocido como el "bosque de los suicidas"
La mayoría de suicidados son hombres y en general se produce más entre mayores de edad. ¿Las causas? La primera es problemas de salud: si la dolencia aparece de difícil tratamiento (y muy costoso) la cortan de raíz, se quitan la vida. Sucede mucho que deben acogerse obligatoriamente a la jubilación y la sensación de sentirse inútiles les lleva a la enfermedad, que parece ser un mal del alma y no tanto del cuerpo. Los japoneses son perfeccionistas, la jubilación es una medida que les coarta la posibilidad de seguir perfeccionándose y dejan de encontrarle sentido a la vida.
Luego, las estadísticas dicen que la segunda causa son los problemas económicos: si el padre no puede pagar la boda de su hija se suicida para que la familia pueda cobrar el seguro y costear una buena celebración. Insisto, no están locos, le dan un valor diferente a la vida. En el tema laboral también aporta, es exigente y competitivo. Está en su naturaleza. Los japoneses pueden no haber inventado el lápiz pero hay que tener la seguridad de que harán los mejores lápices del mundo. No lograr ese altísimo nivel es una forma de fracasar.
En esa misma línea viene la tercera causa, la de los jóvenes que optan por suicidarse si fracasaron y no lograron aprobar el examen para ingresar a la universidad. Es tan difícil que les comienzan a preparar desde la escuela y se explica en la medida que necesitan profesionales que hagan el mejor trabajo del mundo.
Las políticas públicas para este tema son variadas. Por ejemplo, en algunas estaciones de metro han puesto vallas y puertas para que la gente no se lance a las líneas al paso de la bestia de metal. Se oye unos sonidos de pájaros y se usan colores desestresantes para que la gente encuentre quietud.
Yukio Mishima, quizás el mejor escritor moderno del Japón, terminó de escribir la última novela de su famosa tetralogía el mismo día que se suicidó en público. De hecho, las cuatro novelas que forman esta zaga son una defensa apasionada del suicidio.
Pero en el fondo, este asunto se matendrá así, tratado con tibieza, mientras en la cultura japonesa el suicidio siga siendo el camino más honorable para hacerse responsable por el fracaso, para purificarse y estar listo a enfrentar el siguiente reto, del que habrá que purificarse con la muerte si se fracasa de nuevo.

No se mueran del susto y vengan a conversar cuando quieran.

martes, 10 de enero de 2012

Año del dragón, tiempos de cambio


Buenas con todos.


El año del dragón es una muestra de la extraña vecindad entre Japón y China. Digamos mejor que una vecindad típica, llena de amores y de odios, de influencias y de modificaciones.
Históricamente, China, Japón y Corea, sobre todo, se han influido mutuamente, pero cada uno se ha cuidado de darle matices para proteger y fortalecer su identidad nacional.
Evidentemente, el zodíaco chino vive en el Japón, con sus variaciones. Cuando a mediados del siglo 18 Japón asumió el calendario gregoriano determinó también que el primer día de enero rige el animal sagrado. Es decir, desde el uno de enero ya es el año del dragón (para los chinos comienza el 23 de enero).
Pero bueno, durante la historia nipona ha existido esfuerzos por hacer una adaptación “políticamente correcta” de las creencias importadas. El libro fundacional del Japón (“Kojiki, crónica de antiguos hechos de Japón”) hace dos referencias fundamentales al dragón: una negativa y otra positiva.
La negativa es una alegoría para justificar el origen divino de la familia imperial y de los shogunatos (comparables con los príncipes feudales), es decir, del sistema de gobierno.
En este pasaje, un dios delegado por la diosa mayor, la diosa del sol, Amaterasu, para pacificar el país, tiene que enfrentarse a un dragón de ocho cabezas y ocho colas. Cuando lo vence, en la punta de la cuarta cola encuentra la espada de cuatro palmos que es el símbolo del poder que otorganlos habitantes del “Altiplano del Cielo” (el cielo mismo o el olimpo occidental) a quienes viven en la tierra, es decir en Japón, que entonces se llamaba pomposamente “El País de las Espigas Frescas de los mil otoños y de los largos quinientos años que hay en la fértil planicie de los juncos”.
Luego, el siguiente dragón aparece como la encarnación mitológica de una deidad que provee sabiduría.
Ahora bien, el dragón es el único animal imaginario de los doce que conforman el horóscopo y su significado va ligado con fuerza a su nombre. Tatsu, así se los llama, palabra que tiene otros dos significados: levantarse y ascender.
Según los escritos tradicionales orientales, el año del Dragón de Agua es un año de nuevas experiencias y oportunidades, así como cambios y desastres naturales que requieren sabiduría y capacidad de adaptación.
Ello surge de la combinación entre el dragón y el agua: se temen tifones, inundaciones, marejadas. Pero como existe una permanente dualidad de conceptos, también se le asocia a lluvias benéficas para buenas cosechas.
Asociar los fenómenos de la naturaleza que provocan desastres con las creencias relacionadas con la fortuna y las artes adivinatorias parece ser más una aplicación occidental, en vista que en Europa sobre todo el dragón está asociado a la destrucción.
Lo que sí, en los templos los japoneses han pedido que se multipliquen los beneficios de pasar los siguientes doce meses al amparo del buen dragón.
En Oriente es venerado como símbolo de las fuerzas de la naturaleza y del universo. A menudo se los asocia con la sabiduría y la longevidad; en las leyendas coreanas, chinas y japonesas se les confiere poderes mágicos y energía sobrenatural positiva.
Se caracteriza por la inteligencia visionaria y el equilibrio entre la creatividad y la lógica, es decir, un balance entre las funciones de ambos hemisferios del cerebro.
En algunas culturas se les atribuye el don de la palabra y cualidades humanas. Son animales sumamente populares en juegos de mesa, literatura y videos, especialmente en juegos de roles. Entre las mangas y el ánime, dos expresiones culturales profundamente japonesas, el dragón está, siempre está; nunca deja de estar.
Los chinos le otorgan al dragón 5 bendiciones: armonía, virtud, riqueza, realización y longevidad, mientras que en Japón representa sobre todo la sabiduría y es utilizado con frecuencia como emblema de emperadores o héroes.
Se dice que los nacidos bajo el amparo del dragón son personas con mucho talento y sobresalen en las relaciones públicas.
Su aspecto físico también es algo distinto del de los dragones chinos. Por ejemplo, tienen tres garras en las patas, en vez de cuatro, y cabeza de cocodrilo, no de perro; muy pocos son alados.

Y eso, básicamente. Nos vemos pronto.

lunes, 2 de enero de 2012

Bienvenido el año 24

Hola habitantes del la Tierra de 2012.

La fiesta principal para los japoneses es el cambio de año. No es un abrazo cuando el reloj marca las cero horas del primero de enero, hay mucho antes y bastante más después.
La tradición manda que hay que visitar a los padres. Una de las complicaciones usuales en el Ecuador es resolver la ecuación si la hora cero se la pasa en la casa de los padres del marido o de la mujer.
En el momento que contrae matrimonio, la mujer japonesa cambia de padres. Tampoco es que desconoce a sus progenitores pero para fines de las fiestas oficiales y las tradiciones, sus padres son desde ese momento los del marido.
Resuelto lo anterior, se movilizan a donde estén los padres y por eso el feriado de fin de año es más largo (eso involucra que hay una demanda impresionante por pasajes de tren o de avión, se llenan los hoteles y es virtualmente imposible para un turista aprovechar estos días para ir por alguna novedad).
La señora de la casa debe prepararse para atender a los huéspedes. Hay una selección específica de platos que se comen desde el 31 de diciembre hasta el 2 de enero. Todo se debe cocinar hasta antes que termine el año pues tiene su dosis de superstición eso de prender la cocina y asar alimentos en el amanecer del año nuevo (por suerte existen las entregas a domicilio, en caso que los comensales superen las previsiones de la cocinera).
La víspera se conocer como oomisoka, pero a nadie se le ocurre desear feliz año nuevo a menos de que haya llegado ya. Es decir, cuando se despiden de los compañeros de oficina no desearán felicidades por el año que está por venir sino que desean ventura en lo que queda del año que transcurre, con un sonoro yoi otoshi o.
Antes hay que trabajar en el hogar con el oosouji, limpieza profunda. Templos, santuarios, empresas, oficinas, almacenes y, obviamente las casas, se someten a un trabajo festivo de limpieza, como diríamos en tierras llamingas, sacarle los demonios.
Es, al mismo tiempo, un rito de purificación, para recibir a Toshigami, el dios del año que viene, quien visita cada uno de los cuartos con el año nuevo. 
En la puerta de entrada se decora con un adorno que es una de las tradiciones más antiguas: un arreglo de flores, ikebana. Este uso se acostumbra desde el siglo 6 como una ofrenda religiosa para los templos budistas. Poco a poco se fue popularizando entre la aristocracia y la clase samurai. Principalmente los samurai apreciaban mucho estos arreglos desde un punto de vista espiritual. Ahora esas decoraciones están en todas partes.
El arreglo se llama "puerta de pino". Se elabora con tres varas de bambú, ramas de pino y de ume (ciruelo). El bambú representa la longevidad, el pino la prosperidad y el ciruelo la estabilidad. De las tres varas de bambú, la una significa el cielo, la otra la humanidad y la última la tierra.
Hay otro adorno, que se reserva más para los hogares, el shimekazari (ornamento de la espiga del arroz sagrado). Colocado en la puerta de la casa, significa que el hogar es sagrado o es un espacio purificado recientemente y sirve para evitar la entrada de espíritus malignos. 
Bueno, hay llegado la noche final del año que termina. Las familias van presurosas a los templos, que enseguida se abarrotan de gente hasta extremos increíbles. Los templos son una fiesta, carcajadas, abrazos, rezos, una mezcla difícil de entender para quienes estamos acostumbrados a entrar con temor en los templos católicos.
Uno de los hechos más llamativos es escuchar sonar a las descomunales campanas de los templos, a las que se golpea 108 veces. Los primeras 107 golpes, que retumban con una vibración estremecedora, deben darse el 31 de diciembre, tiempo en el cual los seres humanos piden 107 deseos mundanos que, dice la religiosidad, confunden las mentes. Pero las almas se purificarán con el replique 108, que sucederá ya en el primero de enero.
El pueblo japonés acostumbraba a celebrar el año nuevo lunar, el que lo practican los vecinos de China, hasta 1872. En la conocida Restauración Meiji, Japón adoptó el calendario gregoriano y convirtió a esta fecha en una de las dos festividades mayores.
Sin embargo, comparten la tradición de china en cuanto al zodíaco; el que comenzó es el año del dragón y en los templos se venden decenas de amuletos con la forma de este animal mitológico.
La otra fiesta mayor es el cumpleaños del Emperador que, verdad de Perogrullo, es variable. Con el actual emperador Akihito se celebra el 23 de diciembre.
La presencia de este ser humano y divino es tan importante que en muchos documentos especial hay un casillero donde obligatoriamente se debe escribir el año japonés, que es el tiempo de gobierno. 
Por eso esta entrega tiene ese título, ha comenzado el año 24 del emperador Akihito que, además, coincide con 2012.


Nos vemos pronto.