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lunes, 21 de mayo de 2012

Propina, palmadas en la espalda

Buenas tardes por aquí:

Este artículo nació de dos hechos: otro artículo publicado en un blog; y, por otro lado, la constatación de la realidad. Lo primero viene por el bolg de Juan Fernando Carpio, que se llama La República. En una anotación reciente manifiesta lo siguiente:
"Las propinas son un indicador de qué tanto una cultura valora el trato y la calidad en el servicio en las llamadas industrias de servicios. La restaurantería (sic) y el turismo principalmente, aunque casi todas implican algún nivel de servicio personal en lo que se conoce como el 'delivery' del bien adquirido.
"En los E.E.U.U. (sic) se acostumbra a dar una propina (tip) de 15% del total de la cuenta. Este 15% suplementa considerablemente el salario mínimo de un mesero o bell-boy. Pero aún más importante es que al ser voluntario, mantiene atento (exigente) al cliente y atento (esmerado/a) al empleado. Alguien que obtiene buenas propias puede estar seguro de que ha encontrado una actividad en que su esfuerzo es apreciado por la sociedad". (http://www.larepublica.ec/blog/opinion/2012/05/12/socialismo-de-las-propinas-o-por-que-abolir-el-10-de-servicio/)
Lo segundo: la constatación de la realidad. Le sucedió a Javier en la zona de Asakusa, Tokio, donde este fin de semana hubo una fiesta religiosa increíble (ya vendrá un Llamingo san con las respectivas fotos). En el barrio de Asakusa había mucha gente, todos los restaurantes estaban abarrotados y mientras Javier esperaba salió una pareja de japoneses de un comedor. Segundos después, tras ellos, salió la propietaria del local y se armó en la calle una escena de consideraciones. El motivo de la disputa: el comensal había dejado el vuelto como reconocimiento al buen servicio, como una propina, y la propietaria no estaba dispuesta a aceptarlo. De hecho, estaba consternada.
Creo que Juan Fernando Carpio debería precisar que el efecto que manifiesta sucede en occidente. O al menos fuera del Japón. El suceso vivido por Javier en Tokio le quita el piso a la afirmación de que "La propina es un indicador de qué tanto una cultura valora el trato y la calidad del servicio".
Una de las cosas que me sorprendió al llegar a Japón fue la advertencia de que aquí no se da propia, nunca. Que hacerlo puede provocar dos emociones: sorpresa o indignación. O las dos.
Por otro lado, vale afirmar que el consumidor japonés es uno de los más exigentes del mundo. Solamente les doy un dato, la Mercedez Benz tuvo que construir una planta para hacer una última inspección de calidad a los vehículos enviados para el mercado japonés, luego de que un comprador exigiera que se le devuelva el dinero, con escándalo y todo, porque descubrió que había un cabello debajo de la pintura de la parte interna del guardachoque delantero.
Lo que sucede aquí es que se da por descontado que el cliente va a recibir la máxima calidad. A parte de ello, quien brinda un servicio está bien pagado, cobra cada mes por realizar su tarea apegada a los más altos niveles de calidad. Entonces, sí, la propina, más que un indicador de la cultura de la calidad termina por ser una afrenta, que explica por qué tres personas discutieron en la calle por unos pocos yenes.
Al ver la vida de cerca, se ve que existe una diferente actitud frente al trabajo. Los japoneses no lo hacen por la propina sino por el sueldo. Se podría ser un poco más romántico y afirmar que es por la simple responsabilidad. Eso no tiene tampoco mucho de fantasía: cuando fueron derrotados y humillados por los Estados Unidos en la II Guerra Mundial descubrieron que la mejor manera de recuperar el orgullo nacional era convertirse en los mejores en todo, menos en lo militar. Es como un efecto de tener conciencia de que son isleños, que de alguna manera están sitiados por el mar. De tiempo en tiempo salen al mundo, miran lo que está haciendo el mundo, aprende a hacerlo todo, lo hacen mejor que quienes lo inventaron, inundan al mundo con sus productos y luego se meten de nuevo en su isla, a pensar el siguiente paso.
Luego, y el siguiente es un tema que está muy lejos de los anteriores, los japoneses tienen muy poca vida social y casi ninguna vida familiar, son muy poco cariñosos, se meten en sí mismo hasta profundidades insondables.
Desde que están en la escuela comienzan a prepararse para el examen de ingreso a la universidad. Mientras estudian su carrera principal se dan tiempo para estudiar temas relacionados, es especializan casi que con mística. Terminan por ser unos profesionales extraordinarios.
Eso sucede con el ingeniero espacial y el mesero del restaurante, todos tratan de que el servicio sea lo mejor por una decisión individual de dar su trabajo como si fuera una ofrenda religiosa. Regalarles una propina, es decir, ponerse en la posición del cliente que está sobre el empleado y que quiere premiar a su servidor por haberlo tratado bien es un insulto.
La propina, vista desde esta perspectiva, es un premio y quien tiene un salario digno no necesita ser premiado con unas monedas. Pero, de otro lado, nadie piensa que se debe premiar a una persona que cumple con su deber. Reconocer el cumplimiento de la ley, de las normas, de los estándares es llegar bien bajo en el autoestima.
Supongo yo que si los meseros en Estados Unidos recibieran un salario decente no serían tan descarados en medir las propinas que les entregan sus clientes ni tan agresivos para exigirlas. La pregunta clave debería ser por qué esos meseros son tan mal remunerados por sus jefes y dónde está la protección a los trabajadores.
En fin, como siempre los comentarios que se han vertido no son un estudio sistemático y profundo, parten de la observación y de la preguntadera. Pero, si son útiles para esta discusión creo que habrá valido la pena.

Nos vemos con temas nuevos.

viernes, 18 de mayo de 2012

En blanco y en negro. Es decir, en gris

¿Cómo están?

Trato de cubrir mis sentidos con tonos bicromos, intento esta otra mirada, la del blanco y negro, es decir, de todos los tonos de gris. Entreno mis ojos para quitarle a la realidad los colores alucinantes que la sesgan, imponen un dulce-picante que no es propio de las esencias de esos paisajes. El neón como lápiz de labios, el pendón como rubor, el semáforo como pestaña postiza, los escalones como tacones descomunales, la ciudad como modelo, una mujer desnuda que imposta sus curvas para facilitar la obra del pintor que la retrata.
Tras esa ciudad voy. Evito la noche para hacerme un lado de la comodidad de ponerle una mortaja negra a un paisaje gris. Camino de día, cuando las nubes son veletas de vientos oceánicos y juegan a formar dragones de diverso grado de ternura. Camino de día con el sol al frente, las duras esquinas de los edificios apenas se desembarazan de las nubes que, lejanas, vuelan bajo el cielo azul sin miedo a engancharse en las esquinas.
Las flores están tan alegres con los pétalos casi completamente blancos y los tallos cerca del negro absoluto, algunas sombras despistadas cubren los lunares de los estambres, mueven las caderas a pesar de que el ruido de las llantas de los autos apaga la música del canal, los chasquidos de las barcas cuyas quillas pellizcan el agua que viene del mar.
Del negro pavimento al gris oscuro de la vereda al gris claro de la acera, al suplicio de las piedras sobre las que cabalgan los cascos de empleados públicos apurados, los clavos de los zapatos de mujeres con pantalones cortos como bufandas que horadan el piso que amaneció con tan pocas ganas de ser un fakir.
El semáforo: katana desenvainada sostenida por el brazo de un guerrero, su memoria es permanente, más que la presencia de la mayoría de líderes quienes se olvidaron que, de alguna manera, los samurai les dieron lo que son hoy.
El respeto como norma de convivencia tiene muy pocos matices. Las personas caminan por el lado izquierdo y cualquiera que trate de ponerle un color molestoso a la norma y andar suelto de huesos con sus llamativos tomates imposibles es, de seguro, un extranjero. Pero este día ni a los extranjeros coloreados con marcadores fosforescentes tienen espacio en el mundo donde los dueños son los grises; y, siguen siendo estorbos, descoloridos pero estorbos que no están dispuestos a jugarse por el blanco y negro del respeto por los demás, que prefieren los matices camaleónicos de su desordenado espíritu.
Debajo de una plataforma elevada –el hierro de las rielas se estremecen cada tanto-  un canal perdió por completo el contacto con el cielo. ¿Cuál es la palabra para denotar que una persona perdió su cielo, si aquella que perdió el suelo es desarraigada? El canal estaba desolado. Solamente el reflejo del agua, aquietada por las exclusas, le devuelve algo de la luz que le arranchó el engorde hacia arriba de la ciudad. Poco se mueven las barcas, rígidas las amarras y sin hombres dispuestos a navegar hacia la bahía como por un tubo.
Más allá, la brisa que llega dando saltos por las crestas de las olas humedece el rostro, las gotas son grises pero saben al blanco de la sal, unas cuantas zancas y al frente está la bahía de Tokio. De un golpe, la osamenta de un saurioposeidón, sobre la que corren las hormigas de metal en un orden que, por perfecto, termina por ser aburrido.
Y tras lo que fue el saurioposeidón tantos otros esqueletos que aguaitan por buques mayores, de aquellos que levantan olas demasiado grandes para que los botes del canal naveguen en paz. Por eso se guarecen en el canal.
El agua y el cielo tienen el mismo color. Hay los que tienen la desfachatez de contrastar semejante armonía, pero son pocos e inútiles. Apenas se ve la rueda moscovita del parque de diversiones de Odaiba, la córnea de un ciego con venas diminutas que poco le ayudan a imaginar siquiera un mundo de grises. Pasos para atrás, pasos de regreso, allí hay mucho cielo y mucho mar y ya hace hambre.
Lo que divide a los transeúntes de su almuerzo, a la hora meridiana cuando la luz de vuelve  una aplanadora, es una tela negra y trazos blancos del nombre del local en kanji. Dentro, la especialidad: soba: fideo grises de mediano grosor que se comen fríos. El local no tiene ventanas, pero es difícil asegurar que todos los ambientes oscuros son lóbregos cuando la bullanguera de los comensales mientras absorben las largas masas de alforfón son de un gris tan alegre.
Allá en el campo, donde se produce el trigo sarraceno otra es la historia, de una de las ciudades más locas a uno de los campos más bucólicos. Los chinos decían que Japón es la isla de las montañas; cuando se llega a alguna altura se divisa montañas que flanquean a otras. Las primeras son verde pimiento, las que les siguen el mismo verde, del mismo pimiento pero mustio tras un par de días de sol. Poco a poco, las hileras de montañas pierden el color y se funden con el gris del cielo que está al fondo, poco a poco la isla se eterniza, rompe las fronteras que pone el mar y más bien se hace nube y se va por allí, a buscar qué aprender en otros lares. Se va con su traje blanco y su camisa negra.

Vamos juntos.

Sin saber por dónde, el viento llega pegando rafagas que traen como premio gotas grises
El canal, las barcas, demasiado cerca del mar como para hacerse las desentendidas

El Rionbow Bridge, o la osamente de un sauroposeidón

El mar y su señorío



Los blancos profundos, los negros profundos... los grises profundos

martes, 15 de mayo de 2012

Las misteriosas vías de los bípedos apolíticos

Mucho gusto de saludarles:

La víspera de escribir este texto participamos de una reunión en Café y Libros para hablar sobre el inconmensurable Yasuní y la propuesta que ha sacudido el cerebro del mundo. Café y Libros es un local donde se habla de Latinoamérica generalmente entre japoneses. Está en la mitad de Tokio.
Ayer conocimos a Nobuyo san, una japonesa elegante, cuarentona, que ha vivido entre Cuba, México y Japón. Presentó su nuevo disco, en el cual hace una interpretación especialmente lacrimógena de Llorona. Con ella hablamos rápidamente de un tema que no es objeto de discusión en Japón: política.
¿Por qué no hablan de política? Nosotros, los latinoamericanos, somos especialistas en hablar de política, discutimos, argumentamos, nos indisponemos con personas a quienes queremos. En nuestro caótico y multicolor continente, siempre habrá una disputa cuando se habla de política, de fútbol y de religión. En muchos países del mundo. En casi todos.
Se critica las decisiones del gobierno central, se propone salidas a los problemas pendientes de la ciudad, todos somos economistas expertos, políticos consumados, abogados diestros, ingenieros civiles, urbanistas y periodistas, según sea el tema de discusión.
Los latinoamericanos somos políticos activos, sin dudarlo. Cada ciudadano se siente con más capacidad para gobernar que su presidente, sabe exactamente qué medida económica tomar para corregir desequilibrios y es capaz de desafiar a un sistema nacional gracias a sus reflexiones sobre derecho constitucional comparado. Generalmente toda esta acción es retórica y la mayoría de las veces quien declara en voz alta sus soluciones salomónicas no está dispuesto a pelear por ellas en el campo político.
Eso, sumado al desarrollo de las redes sociales, ha creado un nuevo animal que habita este planeta: el homorete (homo como ser humano; rete, la etimología de red). El homorete es un ser humano que habita en la red y que tiene condiciones especiales, la más llamativa es que tiene la capacidad de decir por la red aquello que no tiene el valor de afirmar en persona. Es el político latinoamericano típico pero con el agravante que se escuda en la red. No solo que no es capaz de asumir un reto sino que se esconde tras una cuenta para decir lo que piensa y evitar la incómoda escena de defender argumentos mirando a los ojos del interlocutor, peor todavía frente al detractor.
A veces siento que es una manera de llevar el acto de hacer política al extremo. Al extremo de la virulencia insuflada, que es todo y es nada. Para el autor de las reflexiones en las redes, se construye la Patria insultando a "raimundo" y sus vecinos sin límite. Para el lector de las reflexiones es gas, esos berrinches que casi nunca pasan de ser pedos inocuos.
El homorete japonés, por principio, no publica en la red nada que tenga que ver con política, no insulta a su oponente ni lo felicita. La red es social, están pendientes de lo que sucede con sus conocidos con cariño y protocolo. Con mucha atención. Para mucha gente, las redes son la única manera de relacionarse con otros seres humanos.
Tampoco hablan de política en las oficinas, ni en las jornadas posteriores ablandadas por el sake, ni en el estadio mientras alientan a su equipo de béisbol, menos aún en el Pachinko porque ahí es imposible escuchar e imposible que alguien le escuche.
Nobuyo san, sin embargo, sí hace política. Lo hace activamente y se queja de la apatía de sus conciudadanos. Pero, ¿por qué ese desinterés por, para decirlo así, la construcción comunitaria del futuro?
Es difícil saberlo. ¿Qué pensaría yo si fuera japonés? Voy a intentarlo. Los señores que gobiernan tomaron un país devastado en la II Guerra Mundial, lo convirtieron en la tercera economía del mundo, no me quitaron mi identidad y mi nivel de vida es aceptable. Bien, no tengo necesidad de intervenir para cambiar la forma de gobierno. No tengo, en realidad, necesidad de intervenir. Las previsiones del futuro son buenas, no me faltará trabajo, tendré una jubilación muy decente, me respetarán hasta el día que muera. Me siento un ser humano casi privilegiado. Luego, ¿qué interés tengo en tratar de cambiar una situación que para mí es buena? Y es buena también para mis vecinos, mis amigos, mi mamá recibe una pensión que le permite vivir holgadamente, de hecho viaja mucho, le fascina el turismo interno.
La primera pregunta que se hizo el ser humano, la duda primigenia respecto a la actuación política debió haber sido "¿Qué puedo hacer para que mejore mi situación?" Si la situación está buena, pues nada. Deje que los que gobiernan este país lo sigan haciendo. Y si entre ellos surgen divergencias, envidias, deseos de conspiración, pues se las arreglarán, como ha sido en el pasado, como será en el futuro.
Luego, veamos un segundo elemento: hay un valor nacional que es evitar los conflictos. Es muy extraño que un japonés, ante una pregunta, responda llanamente "No". Se darás las vueltas, dirá "...es que sucede que..." Esa costumbre trata de alejarse de cualquier posible conflicto. De hecho, la tolerancia tiene, además, una fuerte dosis de esta predisposición a rehuir el enfrentamiento. Rechazar el conflicto antes de provocarlo, seguramente eso les quitará las ganas de ir a jugarse la vida en la arena política entre carroñas y carroñeros.
Es posible encontrarse con grupos políticos activos que disienten con una militancia feroz. Una vez lo vi. Eran treinta que provocaron un forcejeo con policías, los manifestantes recitaban consignas a través de un megáfono, el cual casi literalmente se tragaba el rostro de los pacientes policías. Sí, era un grupo muy agresivo y parece ser que se trata de nacionalistas que buscan un retorno al estilo de vida anterior, casi se podría decir que quieren que el país vuelva a ser el archipiélago inexpulgable que fue durante siglos.
De manera que todos aquellos homorete que piensan que su pensamiento puede cambiar el mundo estarían perdiendo el tiempo si viajan al este, hacia donde está el sol naciente. Pero, tampoco esta pretende ser una afirmación excluyente; digo, no es necesario tener ciudadanos que alienten la construcción colectiva del futuro para conseguir un país que avance. No, eso no se puede afirmar definitivamente, sin dudas ni remordimientos.

Hasta aquí llegamos ahora. Hasta pronto.

sábado, 5 de mayo de 2012

Peregrinación místico-ferial

Saludos respetuosos y afectivos.

Ir a por un tour místico y toparse con una feria bullanguera y colorida es una sorpresa. Y un descubrimiento. Muy cerca de uno de los sitios más importantes para la religión shintoísta hay ventas de papas fritas, creppes con bananas y crema de leche, procesiones que se refrescan con sake dentro del templo.
Ir de viaje sin planes, sin agenda, sin preparativos suele ser una bendición. Mientras estábamos en Kumamoto supimos de Takachiho, un pueblito unos 70 kilómetros al este que, decían las guías, pertenecía a la ruta mística.
La historia es esta: Amaterasu, la diosa del sol (la diosa mayor del shintoísmo) fue enviada a fundar su pueblo, en el archipiélago que ahora es Japón. Bajó con su hermano pero sucedieron eventos que le disgustaron y decidió esconderse en una cueva para el resto de su vida. Ello significó que el mundo se quedara sin sol. Bajaron los otros dioses del altiplano del cielo para tratar de convencerle que saliera de la cueva y devolviera la luz al mundo. Una diosa preparó una representación cultural y, curiosa por las carcajadas de los asistentes a ese evento, dejó la cueva, que fue sellada inmediatamente. El sol volvió a resplandecer.
Cerca de Takachiho esta el santuario shintoista Ama no Iwato, que está cerca de la cueva donde estuvo exiliada la diosa mayor. Pero no se revela el lugar exacto. Ni tampoco se pregunta mucho sobre eso. Basta saber que ese lugar puede compararse al Jerusalén de los cristianos.
Pero la religiosidad se vive diferente. No es la actitud intimista, no hay sufrimiento ni culpa ni castigo, no hay una ceremonia larga. No hay silencio. Y la naturaleza está que revienta. Los peregrinos atraviesan una senda flanqueada por árboles centenarios y ventas de chucherías, comida, golosinas, frituras y la siempre famosa carne de caballo preparada de diversas maneras.
Luego, llegan al templo, se paran frente al altar mayor, tiran unas monedas como ofrenda para el mantenimiento del santuarios, hacen dos venias, dan dos palmadas, haces dos venias más y se van. Al frente del sitio donde la diosa Amaterasu devolvió el sol al mundo.
Luego, hay que caminar unos metros para descender a un desfiladero, bordeando el río, para llegar a la gran cueva, aquella donde los otros dioses planificaban la manera de sacar a Amaterasu de su encierro voluntario.
Es una cueva muy grande, el sendero atraviesa una tori (puerta principal del santuario) y llega hasta un pequeño templo, oscuro, bajo la roca, un recuerdo de los momentos de penumbra que vivió el mundo. Pero, de entre los murmullos del río, aún se puede escuchar a la diosa que habla y a los dioses que ríen, a carcajadas, sin empacho. Luego de cumplir el rito sencillo, muchos colocan una piedra encima de otras que fueron dejadas antes, como un tributo de los viajeros, de los peregrinos. Por ahí se encuentran otros recuerdos como lentes, pulseras y algunas piedras sobre las que se escribió el nombre del peregrino.
Hay mucho de esto en Latinoamérica. Alrededor de las iglesias, cuando hay peregrinos, todo se repleta de ventas de frituras y de soquetadas inservibles, de amuletos y curas milagrosas. En mi tierra, quien domina la escena es un Cristo crucificado, por acá, cada altar es diferente y tiene sus propios símbolos, sus particulares artículos sagrados. En mi tierra hay un solo dios, en esta hay como ocho millones.
La verdad es que me esperaba algo diferente. Debe ser por mi formación cristiana que pensaba en un lugar en donde, tras algo de oración y mucho de recuerdo de las enseñanzas podría levitar y destilar olor a santidad. Pero el misticismo no es así en Japón, me atrevo a decir que en el Asia.

El shintoísmo es una religión del Japón y tiene seguidores en otros países. Se mezcla con el budismo con mucha facilidad y ninguna de las dos anda con ánimos para oponerse a la otra, de manera que las prácticas son más relajadas, pero no necesariamente menos profundas. La práctica religiosa es cotidiana, es posible afirmar que muchos hacen muchas cosas sin siquiera caer en cuenta que es parte de su manera de ser seres religiosos.
Espero algún momento tener más claro este aspecto de la vida japonesa y enseguida lo compartiré con ustedes. Mientras tanto, si pueden darse un salto por Takachiho háganlo, lo único que les puedo asegurar es que no habrán perdido el tiempo.

viernes, 4 de mayo de 2012

Vacío: el quinto elemento

Hola, ya estoy por aquí de nuevo:

Miyamoto Musashi es conocido, entre otras cosas, por su "Libro de los cinco anillos". Son una serie de enseñanzas sobre el perfeccionamiento de las artes marciales desde la perspectiva de un samurái y se enfoca mucho en la técnica del uso de las dos espadas, una larga y una corta. Él fue el mayor maestro en el uso de estas dos armas pero no fue una técnica que tuvo muchos adeptos. Pero Musashi pasó a la historia.
Lo hizo a pesar de ser ronin. Después de leer algunos textos –evidentemente el siguiente no es un comentario ni científico ni oficial- por ronin se conocía a un sumarai sin amo. Esto sucedía por tres factores fundamentales. El samurái perdía la protección de su amo; moría el gran señor de un clan o perdía sus privilegios políticos y el samurái se quedaba sin amo; por último, el jefe del clan pedía al samurái que sea ronin para perfeccionar sus conocimientos.
Fotos: Álvaro Samaniego
De cualquier manera, el personaje del ronin fue generalmente visto como un ser solitario, casi un renegado, porque en los dos primeros casos la práctica aceptada hubiera sido el seppuku (mal conocida en occidente como harakiri).
No eran bien vistos los ronin en general y de ninguna manera se les puedo comparar con los ninja quienes cumplían misiones que requerían que se dé la espalda al estricto código de los samurái
Los samurái seguían una serie de enseñanzas que se transmitían de manera oral, pero hubo quien compiló aquellas guías en un texto, llamado "Bushido, el camino del samurái". Ahí se cita: "He hallado la esencia del bushido, ¡morir! En otras palabras, cuando podáis optar entre la vida y la muerte, escoged siempre la muerte: esto es todo lo que debéis recordar".
Musashi tenía poco tiempo para servir a un señor porque dedicaba cada minuto de su vida a perfeccionar las artes marciales. Mató a muchos quienes le enfrentaron y había centenas que querían medirse a él y triunfar, ese sería un salto a la fama inmediato. Eran conocidas las enseñanzas sobre técnicas de combate que aludían a cinco anillos: aire, agua, fuego, tierra y el vacío
Pero no había manera de derrotar su técnica perfecta. El jefe del clan Hosokawua le invitó para que se estalbezca en Kumamoto y entrene a sus guerreros, una alternativa que le interesó mucho porque podría utilizar toda su energía para perfeccionar otra de las facetas  del espíritu samurái, distinto de los combates y las armas. Es conocido que estos soldados de la época feudal del Japón cultivaban la caligrafía, el teatro, pinutra, escultura y otras artes.
Musashi llegó a Kumamoto pocos años después de que el clan Hosokawa terminó de construir un castillo imponente, uno de los tres más hermosos del Japón. Cuatro siglos después, para los visitantes es una obra de arte, pero entonces cumplía, más bien, con objetivos militares estratégicos. Lo que sorprende es que una fortaleza invulnerable tuviera tanto de estético. Me vienen a la memoria los bunker, cajas de concreto construidas para que sus ocupantes sobrevivan a los ataques más perversos, deprimentes, grises, se parecen a ataúdes masivos y no a estandartes de defensa dentro de los cuales se pretende preservar la vida.
La murallas combadas pudieron detener a los temibles ninja, el sistema de defensa fue eficiente hasta que cambió la tecnología militar de los atacantes, pero mientras se usó lo que existía el complejo de Kumamoto fue inexpugnable, no hubo poder suficiente para violar las entradas. Ante un ataque se inundaban los canales que circunvalan al complejo, los dos accesos se sellaban y quien quería tomarse este recinto debía jugárselas en un laberinto de paredes altísimas y combanadas, a merced de los arqueros y de las saetas mortales lanzadas por las manos expertas. Desde el 1600, cuando se construyó el catillo, la gran derrota se produjo más de 250 años después, durante una de tantas guerras civiles que ha soportador el país: las balas de cañón pudieron más que la habilidad de los arqueros, de los espadachines y de los lanceros, las armas de fuego revolucionaron la guerra.
La destrucción que provocan dejaron a esta joya herida hasta después de la II Guerra Mundial cuando fue restaurada pero como un monumento de la identidad japonesa y de la historia del clan Hosokawa e, inseparablemente, de las enseñanzas de Musashi.
Lo que se mantiene intacto es el jardín Suizenji, también construido por el clan Hosokawa, en un sitio en el que el agua era especialmente apropiada para realizar un ceremonia del té en base de la mejor prática de todas las reglas de este rito.
En el parque están representadas, en miniatura, las 53 postas que existían entre Kyoto y Tokyo. Es muy llamativo el perfecto cono del Fuji a escala.
La casa de té fue traída del Palacio Imperial de Kyoto. El pequeño templo está precedido por una serie de tori (las puertas de entrada a los templos) rojas. Hay un teatro para representaciones del teatro del noh y la estatua de dos de los miembros del shogunato Hosokawa. Hasta aquí la descripción oficial.
¡Es una joya!, verdes de doce millones de tonos, agua, piedras, un perfecto orden que coquetea con un caos controlado, ninguna planta está fuera de lugar a pesar de que todo el jardín está más allá de este planeta. Salvo los feos edificios que con harta puntería se construyen alrededor de los sitios bonitos, es posible sentir que uno viste a la usanza, que una espada le acaricia la cadera, que unas sandalias de cáñamo y suela de madera le dan ritmo a los pasos pausados que arden en deseos de ganar la guerra a la modernidad y conquistar la gracia del vacío, el quinto anillo de Musashi.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Compartir el fuego

Siempre es un gusto saludarles:

Somos parecidos entre ecuatorianos y japoneses en que vivimos en una geología que esta viva. En algunos casos es hiperactiva, pero la sicología volcánica no ha desarrollado todavía métodos para calmar la enjundia de la tierra.
Si no me equivoco -y el prestigioso Instituto de Geofísica de la Escuela Politécnica sabrá corregirme- en el Ecuador hay 68 volcanes activos. En Japón, según Wikipedia, hay más de 100 (no creo que sea bueno levantar testimonios insultantes contra alguien que consulta Wikipdia y que además lo confiesa, el sistema tiene su utilidad).
Fuimos a visitar el monte Aso, un volcán activo que es uno de los atractivos más interesantes de Kumamoto (el sitio en el que aterricé después de ver las arrugas a la muerte: http://llamingosan-samaniego.blogspot.jp/2012/04/el-terror-de-una-licuadora-con-alas.html).
El monte Aso se presenta más bien modesto a los ojos de cualquier visitante distraído y con poco interés de preguntar algo más de lo que está escrito en los carteles turísticos.
Hay una clasificación, más o menos aceptada en el mundo, que es el Índice de Explosividad Volcánica (VEI por sus siglas en inglés).
El índice califica con 0 a erupciones fuleras y con 8 a las mega explosiones de los supervolcanes. En el tope de la lista, los que tienen VEI-8, están solo cuatro y la encabeza la erupción de la montaña Toba, en Sumatra, que provocó la Edad del Hielo.
Luego, en el punto más alto de las erupciones VEI-7 está el monte Aso. Es un supervolcán que tiene una caldera de unos 350 kilómetros cuadrados. Actualmente está formado por cinco picos (Taka, Naka, Eboshi, Kijima y Neko) y el cráter más activo se puede observar desde uno de los domos que se formaron en las erupciones recientes y que es el registro de la fotografía que acompaña esta nota.
La verdad es que luego de visitar el monte Aso la mente humana tiene poca capacidad para imaginar la dimensión real de semejante promontorio supuroso. Peor aún imaginarlo en plena acción. En cuatro erupciones sucesivas expulsó unos 600 kilómetros cúbicos de material y se ha descubierto esas evidencias cientos de kilómetros lejos del cráter.
Para los turistas es fácil llegar al teleférico de Aso. Desde Kumamoto en bus se demora algo más de una hora. Luego, las cabinas dejan a los pasajeros en no más de cinco minutos a pocos metros desde se puede mirar el cráter activo: vapor expulsado a borbotones desde el centro de la tierra y una laguna sulfurosa pintada de un verde intenso que contrasta con el paisaje yermo del cráter. 
La continuación del fuego del centro de la tierra estaba a una hora de viaje, en Kurokawa. La cabina de teléfonos construida de madera y a la que le crecieron en el techo plantas y flores es una bienvenida interesante. Es un pueblo de cuatro calles y se llama igual que el río. Lo pobladores trataron de mantener la construcción original en todo cuanto fue posible y, de hecho, las calles son estrechas, un auto de tamaño normal y un peatón de tamaño normal suelen completar el ancho de las vías que no tienen aceras.
Cada casa es un onsen (baños termales públicos). De hecho existe una coqueta construcción donde los turistas pueden descansar en un pequeño onsen solamente para pies.
Las casas se aprietan empujadas por un verdor que en esta época del año es profundamente cenote, las flores han vuelto tras su fuga para evitar las ráfagas de ventisca helada, en las tiendas se venden productos para disfrutar mejor el onsen y sake para gozar más las noches post-onsen. Y se venden croquetas de basashi, de carne de caballo cruda (sashimi). La prefectura de Kumamoto se precia de preparar el mejor basashi del país.
Y bueno, muchos tenemos el interés de encontrar el verdadero espíritu de un país, de hallarlo en las formas que tienen las personas, en la manera como se resuelven los techos de las casas, en el modo que tienen para orar a la divinidad o en las señales de la cotidianidad.
No es fácil llegar, no hay duda, y no es cuestión de llegar, ver y vencer. Con el turismo, a fin de cuestas, solo es posible mirar la fachada y solamente aquella fachada que nos permiten ver. Pero esta manea de viajar, desafiando a los horarios de las líneas de bus, de ir a un pueblo que tiene buen cartel pero ninguna referencia directa, de meterse sin la menor vergüenza debajo de la alfombra de un país, de una cultura, de una historia es tan difícil de entender como la magnitud del Aso.
Hace falta tiempo, paciencia y una actitud de respeto intelectual para entender lo que pasó entre el fuego del volcán, el fuego de las aguas termales y la flama de la búsqueda interna que tanto queman.

Estoy con ustedes pronto.