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viernes, 28 de septiembre de 2012

10 impresiones 10

 Buenos días o tardes o noches, en lo que estés:

Hace pocos días, Yumeki, revista especializada en entretenimiento publicó los resultados de una encuesta chusca. Se preguntó a turistas qué es lo que más le impresiona de Japón y obtuvo una lista de 9 aspectos destacados (el artículo en español está aquí).
Me pareció una buena idea y ahora voy a intentar hacer la lista de lo que más me ha impresionado en Japón.
Es bueno tener en cuenta los siguientes antecedentes. La japonesa es la tercera economía del mundo, es un país de alrededor de 140 millones de personas, su capital es una ciudad que parece saca de una película de ciencia ficción, es una isla, es la nación que mejor fama tiene de estar a la vanguardia de la tecnología y es el único país en el mundo donde existe un emperador.
En el otro lado estoy yo, que provengo de un país cuya economía está en algún lugar del ranking mundial, con una décima parte de la población del Japón, es un territorio dentro de un gran continente, con una identidad que se desplazada jabonosa por el "gringuismo" todos los días, donde la mayor innovación es la rueda (sí, es una exageración, sabrán disculpar). Todo esto como antecedentes, no como fundamentos para una comparación.
Esta es la lista de 10 aspectos que me llaman la atención, sin que tengan orden de preeminencia:
1.- El orden: todo funciona bien porque los japoneses son ordenados. Esta es una derivación de la tradición budista. Los principios de obediencia y lealtad fácilmente se convirtieron en el concepto del orden, de la responsabilidad con la sociedad, sobre todo cuando el país dejó de pensar en las guerras como una opción para su desarrollo.
2.- La amabilidad: hay la tendencia de mal acostumbrarse a la amabilidad. Es permanente y general. Ha habido casos de japoneses que practican lo contrario, pero lo común es que sean amables hasta el extremo. Cuando fuimos a comprar la televisión la vendedora no sabía inglés ni sabían otras tres personas a las que recurrió para tratar de entender nuestros gustos. Pues fueron a un almacén ubicado dos cuadras más allá para llevar al vendedor de otro almacén que ellos sabían que hablaba inglés. La venta se cerró con complacencia general y con una serie interminable de venias.
3.- La falta de cariño físico: en un país de tanta amabilidad, el contacto físico es inexistente. Las demostraciones de cariño son escasas y difíciles de encontrar. Su forma de ser, su naturaleza, les permite demostrarse cariño sin contacto físico, algo que para un latino es inconcebible. Me contaban de un profesor que, a su vez, contaba que la última vez que se había dado un abrazo con su padre había sido cuando tenía 11 años. Tenía entonces 40. En el instituto donde estudiaba japonés se hizo una clase en la que los estudiantes mostrábamos cómo nos saludábamos en nuestros países. Once países estaban ahí y pedí un voluntario para mostrar como saludaría yo a un amigo con el que me encuentro en la calle. La cara del voluntario japonés era de terror, no entendía como me había atrevido a violar así su espacio. Abrazar a un japonés es un deporte extremo.
4.- Un japonés se viste como le da la gana: y a nadie le importa cómo se vista una persona. Incluso a muchas personas no les importa cómo se visten ellas mismas. En general, los tokiotas se visten muy bien, en el sur es más relajado. Pero es todo un espectáculo sentarse en un café a ver pasar gente en un desfile de modas de una diversidad pavorosa. Los "japanese salary men" vestidos de traje negro y camisa blanca, las niñas con pantalones cortos de tela jean y colores pastel; los que usan pantalones de lunares, camisa de líneas, sombrero de cuadrados, corbata de avioncitos y medias de diferentes colores. Me ha impresionado lo poco que les importa lo que piensen los demás con respecto a lo que usan. Lección importante.
Mando de un retrete tecnológico
5.- La tecnología: Vamos por un ejemplo. Uno entra al baño, cierra la puerta y la tapa del inodoro se levanta automáticamente. La rueda donde debe asentar las posaderas esta tibia y solo con pulsar un botón se puede escoger una música relajante o el sonido del agua, que a muchos les ayuda a activar el sistema digestivo. Realizada la deposición de rigor, a través de un botón se activa el sistema que procederá a limpiar el área que se ensució con agua calentada a una temperatura según el gusto del usuario. Chorros de aire tibio secarán la parte en cuestión y el orificio terminará reluciente luego del acto de expulsión de desechos. Cualquier cosa que el habitante de un país subdesarrollado sueñe en materia tecnológica ya está inventado en el Japón y mucho de esos desarrollos sirven para mejorar la calidad de vida de las personas.
6.- La lucha por el centímetro: tienen dos habilidades muy interesantes: la capacidad de adecuar espacios muy pequeños para la vivienda y la capacidad de habitar felizmente en esos espacios. La presión de los habitantes por el espacio es muy grande, Japón es un país insular y es difícil expandir su territorio, por lo que los espacios son cada vez más chicos. De los famosos hoteles "cápsula" (ver este blog), pasando por los nuevos conceptos de vivienda, la lucha por el espacio se gana todos los días. Y se libra en la vivienda, en las oficinas, en espacios de tres metros de frente en los que se construyen edificios.
Fotografía tomada de http://www.designboom.com
 7.- La capacidad de comer y de no engordar: hay que ver a un japonés llegar restaurantes que no tienen mesas, sino una barra que rodea a la cocina, pedir un rámen y sampárselo sin pudor en cinco minutos. Es una experiencia fascinante. Comen mucho y a toda velocidad, pero no hay gordos. Es decir, hay pocos gordos (y los gordos de verdad son los luchadores de sumo), la enorme mayoría son delgados, vitales, de mejillas rosadas, saludables. Parece ser que es la suma de dos factores: el tipo de alimentación y la cantidad de ejercicio. La mayoría de la comida es cocinada con casi nada de aceite y muy poca sal; además, el té verde, que se toma en grandes cantidades, ayuda a digerir rápidamente las grasas. Por otro lado, se camina mucho. Es decir, a parte del deporte que pueda practicar cada uno, es una costumbre caminar de aquí para allá (y ahorrar unos yenes), con celeridad.
8.- Las venias: ha pasado el tiempo y sigo impresionado por las venias, la muestra de protocolo más común de la vida diaria de los japoneses. Hablé ya sobre el origen y los usos de las venias (en este vínculo) pero las sigo encontrando y me siguen sorprendiendo. Dos ejemplo: cuando se debe ir al cajero automático para retirar dinero y se ha terminado la transacción aparecen una animación con dos personajes que hacen su venia. Y la segunda, hace poco me fijé en un caballero que hablaba a través de su teléfono móvil, se notaba que estaba terminando la conversación y que agradecía profundamente la atención de su interlocutor que estaría a kilómetros de ahí; y hacía venias, mientras aplastaba el botón para terminar la llama hacía venias, muchas venias. Me impresionan. Y me gustan, poco a poco me voy convirtiendo en un tipo que hace venias, las hace con frecuencia y perfecciona el grado de inclinación adecuado para el uso justo.
Devotos frente a un altar
9.- La manera de ser religiosos:el rito diario que se hace frente a los templos es simple: se hace una venia frente al altar, se aplaude dos veces, se ora con las manos juntas, se aplaude dos veces, se hace una venia y fin. Me impresiona porque fui formado en una religión de ritos larguísimos y lacrimógenos, que se sustenta en reconocer culpas, así no las haya, en la sensación urgente de pagar por la culpa de existir. Entre el budismo de origen chino y el sintoísmo local, la religiosidad es cotidiana, alegre, con poco formalismo y con bastante libertad. Me impresiona mucho constantar cómo otra religión tiene ritos tan diferentes a aquellos con los que viví. Buena parte de las fiestas religiosas son milenarias, pero la manera de hacerlas es la misma. Un gran túnel del tiempo.
10.- El idioma: en una isla el mar es la frontera. O también es la muralla. Tiene es extraño doble efecto, de parecer que no tiene límite, a pesar de tener la sensación de estar encerrado. Encerrado por la falta de límites. Qué contradicción. Pero es así.
El japonés se inventó en el Japón y solo se habla en el Japón. Es una lengua compleja y sorprendente. Me impresiona las dificultades de aprenderlo porque se necesita, literalmente, colocarse el cerebro al revés.
Les dejo con estas inquietudes. Seguramente a cada quien el Japón le sorprende de diferente manera y está bien, así debe ser.

Hasta luego.





jueves, 20 de septiembre de 2012

Osaka azul

Saludos a todos:

Había dos eventos en la planta baja ese día: se estrenaba una casa de sustos y había una cola de unas 200 personas para entrar; y, lo otro daba la impresión de ser el Oktoverfest alemán, pero estábamos en la primera semana de septiembre. Las cervezas y las salchichas circulaban con una arrogancia octubrina, mientras los gritos de las adolescentes en las cercanías ponían un fondo musical extraño.
Umeda Sky Building. Foto de Micaela Samaniego
Me refiero a estos dos eventos porque me distrajeron de aquello en que me iba a meter en unos minutos. En todas las guías turísticas de Osaka recomiendan una visita al Umeda Sky Building, por la maravillosa arquitectura y la incomparable vista. Los esparcimientos descritos en el primer párrafo sucedían en los patios adyacentes a esta construcción.
Sin mayor apremio nos metimos en el ascensor y cuando habíamos ascendido los primeros cinco pisos las paredes de la caja del ascensor se convirtieron en vidrios. La docena de encerrados viajantes emitieron un suspiro de emoción, el mío fue el rumor del terror.
No me gustan las alturas y no me gusta la sensación de ascender a toda velocidad sin paredes "tangibles". De manera que me concentré en una pantalla que indicaba el número de metros que íbamos ganando. Cuando marcó los 160 metros y las paredes habían vuelto a cubrirnos se detuvo esa caja de terror.
Este edificio fue construido por el reconocido Hiroshi Hara, son dos torres que están conectadas, en la parte más alta, por escaleras eléctricas, a través de las cuales se llega al "Observatorio del Jardín Flotante". Este edificio fue construido en 1988. Como todos los edificios japoneses, se levantan hasta el límite prudente en consideración de los movimientos sismos (en 1995 se probó con éxito con el llamado terremoto de Kobe, a pocos kilómetros de distancia, de 7,2 grados de intensidad, algo más de 6.000 muertos y pérdidas equivalentes al 2,5% del PIB de Japón).
Vista de la Bahía de Osaka
Mientras pagábamos la entrada para subir al observatorio la realidad sísmica del archipiélago apareció por unos segundos en mi mente. Y desapareció enseguida porque nos montamos en las escaleras eléctricas que unen las dos torres y que literalmente se suspenden en el aire.
El Observatorio del Jardín Flotante es un enorme anillo que se posa sobre las dos torres, como el aura. Las paredes son otros ventanales, de manera que da la sensación de que esa pendejada está sostenida de nada a ninguna parte. Pero la vista de Osaka y de la Bahía de Osaka es apabullante. Para mi Nikon D80, cansada de tomar tantas fotos con la visión de mi ojo parchado, las cosas en esa última luz de la tarde fueron azules. Osaka la azul.

Pero mi terror seguía siendo negro y de a poco se fue rematizando a café. En el subsuelo de ese mismo edificio se reprodujo las calles y casas de la ciudad de principios del siglo XX. Para comer el maravilloso okonimiyaki de Osaka había una fila larga, así es que esa noche nos contentamos con tapas y un litro de buena cerveza local.
Pero desquitamos al día siguiente, cuando Sugimoto sensei nos llevo a una de esas huecas de antología. Esta mujer de cerca de 40 años -y que como buena japonesa aparenta 22- nos llevó a uno que queda dentro de un shotengai. Se trata de calles donde hay mucho comercio y de cualquier producto imaginable. El movimiento es tanto que los municipios las vuelven peatonales y las cubren. Muchos negocios funcionan las 24 horas, sobre todo los de comidas.
 





















En los shotengai y en las estaciones de metro o tren se nota mucho presión de la población. Osaka tiene el doble de densidad de Tokio y eso es decir bastante: 12.000 habitantes por kilómetro cuadrado (cuatro veces más que la de mi natal Quito).
A pesar de que fue capital del Japón pocos años, siempre ha tenido una importancia radical en materia económica. Las históricas capitales estuvieron a los lados: Kioto y Nara. Son las tres ciudades básicas de Kyushu, que se considera el sur del archipiélago y tiene importancia radical.
Cuando se fundó el país (entre dioses, shogunes, monjes y pueblo llano) esta región se conoció como Yamato. Esta palabra es fundamental porque al mencionarla significa hablar del Japón más tradicional, más cerradamente único, el de las islas cerradas a cal y canto que desarrollaron una civilización que no se puede comparar con ninguna otra.

Sigo más tarde con otros cuentos como este. Gracias por haber venido.

martes, 18 de septiembre de 2012

Borges, un bárbaro en Japón

(Artículo publicado por Revista Mundo Diners. El autor de la ilustración es M. Maggiorini).

No se ha podido establecer en qué parte está el templo en donde habita un monje que escribió un poema en el que, sin decirlo, reflexiona sobre la visita de Jorge Luis Borges a Japón.
Demasiado disciplinado en sus oraciones y canciones, no puso atención en la identidad del forastero que había llegado, amparado por la pompa que habían preparado para él.
El monje escribió:
Esta mañana nos visitó un viejo poeta peruano. Era ciego.
Desde el atrio compartimos el aire del jardín y el olor de la
tierra húmeda y el canto de aves o de dioses.
A través de un intérprete quise explicarle nuestra fe.
No sé si me entendió.
los rostros de los occidentales son máscaras que no se dejan
descifrar.
Me dijo que de vuelta al Perú recordaría nuestro diálogo en
un poema.
Ignoro si lo hará.
Ignoro si nos volveremos a ver.

Ilustración de M. M. Maggiorini
Ignoro si habrá evidencias de que algo de lo que escribió Borges luego de visitar Japón fuera la muestra de que honraba la palabra empeñada al monje. A lo mejor todo lo que escribió después es el simple cumplimiento de un compromiso que era vital para el genio argentino.

Borges escribió:
“Desde montañas que prefieren, como Verlaine, el matiz al color, desde una escritura que ejerce la insinuación y que ignora la hipérbole, desde jardines donde el agua y la piedra no importan menos que la hierba, desde tigres pintados por quienes nunca vieron un tigre y nos dan casi el arquetipo, desde el camino del honor, el bushido, desde una nostalgia de espadas, desde puentes, mañanas y santuarios, desde una música que es casi el silencio, desde tus muchedumbres en voz baja, he divisado tu superficie, oh Japón. En ese delicado laberinto…”
Dos precisiones. Cuando habla de Verlaine se refiere al poeta francés Paul Verlaine y su teoría de que los poetas simbolistas tienen una preferencia vital por el matiz, como contraposición al color; sus cantos alaban los tonos indefinidos y los conceptos vagos del matiz, pero no la precisión del color plano. Lo segundo, el Bushido es la recuperación de una serie de normas transmitidas oralmente y que funcionaron como el código de conducta de los samurai.
No hay la intención de verificar si históricamente el monje se refería a Borges ni si Borges cumplió su oferta con este escrito. Los dos comentarios son universales, los protagonistas son irrelevantes.
A Jorge Luis Borges (Buenos Aires 1899 – Ginebra 1986) Japón le comenzó a interesar a partir de sus lecturas de la poesía nipona y de los 54 capítulos de Genji Monogatari, de Murasaki Shikibu, probablemente primera novela del mundo en el sentido moderno.
Además, había escrito con Alicia Jurado el ensayo Qué es el budismo, materia que estuvo siempre presente en la relación entre el escritor y un país que le hizo guiños seductores inolvidables de vez en cuando.

De las religiones y sus secuaces

A partir de haber explorado una de las dos religiones con las que los japoneses reconfortan su alma, el escritor argentino se creía preparado para lo que encontraría en sus dos viajes, 1979 y 1983.
Sabía sobre el budismo y se encontró con el sintoísmo.
Borges escribió:
Hablo con libertad: el Shinto es el más leve de los cultos
El más leve y el más antiguo.
Guarda escrituras tan arcaicas que ya están casi en blanco.

Borges dijo:
“Siempre me interesó el budismo, que es una religión que no exige de nosotros ninguna mitología; las otras religiones exigen mitología. Por ejemplo, el cristianismo nos exige la creencia en una divinidad que se hace hombre, tenemos que creer en premios y castigos. Pero el budismo no nos exige ninguna mitología y la permite también. Una prueba de tolerancia, que es una de las virtudes del Japón, es el hecho de que hay dos religiones oficiales. Una es el shinto, una suerte de panteísmo; creo que hay ocho millones de dioses, lo cual para nosotros es casi infinito y el infinito se parece bastante a cero. Creo que el Emperador profesa la fe del Buda y el shinto. Si además de eso un japonés quiere convertirse a cualquiera de la sectas cristianas, puede, ya que se considera que todas son facetas de la misma verdad”.
No hay que ser un iluminado para imaginarse a Borges caminando por un santuario shinto o por un templo budista, lento, apoyado sobre el bastón cuyo golpe le saca sonidos marrones a la piedra. Preguntador más que afirmador, el escritor argentino pretendería dibujar las imágenes gracias a las palabras de los otros; pero sobre todo a los olores, la temperatura, las texturas y los sonidos como el marrón de su bastón cuando choca contra la piedra.
Borges dijo:
“Yo pude conversar con un monje de un monasterio budista. Este muchacho, de unos treinta años, había estado dos veces en Nirvana; me dijo que él no podía explicármelo, y yo le entendí. Toda palabra presupone una experiencia compartida. Si yo digo ‘amarillo’, se entiende que el interlocutor ha visto el color amarillo. Si no lo ha visto, la palabra es inútil. Bien, él no podía explicarme nada porque yo no había alcanzado el Nirvana. Me dijo que después de esa experiencia, le acontecían las mismas cosas que al resto de los hombres, sin excluir el dolor físico, el placer físico, la soledad, la incertidumbre y por qué no, el dolor, la traición; todo eso le es dado con no menos generosidad que a los otros hombres. Pero como él había estado en Nirvana sentía todo eso de un modo distinto, de un modo que no podía explicarme. El podía hablar de eso con otro monje en un monasterio lejano; cuando se encontraban podían hablar de esa experiencia, pero yo estaba excluido”.
Probablemente la sensación de exclusión se origina en la dificultad de Borges por entender al Japón, aunque no deja entrever en sus líneas que haya tenido ningún interés en integrarse en cuerpo y alma. Había otros aspectos que le fascinaban.

Del Japón y sus cómplices

A pesar de sus exploraciones y de la búsqueda de los artificios que le ayuden a explicar a una Nación (o a una cultura o a las dos) da la impresión que Borges siente más gusto por no lograr entenderla, pero al mismo tiempo no ceja en buscarla. “Yo no podré resolver ningún enigma, ya que el Japón es un enigma para mí. Pero un enigma que puede ser encantador”.
En sus escritos se da por rescatar trazos de la cotidianeidad que le atraen, que le llevan a diseñar un intento de ecuación de lo abstracto, de lo inasible. La cortesía le llama la atención, aquella que puede tomar forma de silencio: cientos de asistentes a un teatro donde se representa el no y ningún ruido.
Borges escribió:
“Luego otro rasgo curioso es que el interlocutor siempre tiene razón. Yo recuerdo que visitamos el santuario del Buda en Nara (…) Vimos aquello y alguien al salir preguntó si la imagen del Buda era de madera. Un sacerdote que dominaba el inglés contestó: ‘Sí, es de madera’. Dejó pasar el tiempo y otro preguntó al mismo sacerdote: ‘¿De qué está hecha la imagen del Buda?’ El sacerdote, sin contradecirlo, sin ofenderlo, pudo decir: ‘De bronce, señor’. Todo eso corresponde a un modo muy complejo. A un mundo de buenos modales, a un mundo de gente educada, culta, y eso para mí, que era un bárbaro en Asia, me sorprendió”.
Y agrega que “El hecho de compartir de algún modo una cultura que me parece harto más compleja que la nuestra, me alegró”. Tanto como mirar la historia reciente con los ojos de un ciego descomunal.
Borges escribió:
“Japón sufrió una derrota terrible, la aceptaron. No hubo ninguna hipocresía y sin modificar sus estructuras, sin perder su reverencia al emperador, el país resolvió cambiar, aceptar ese mecanismo occidental que los había destruido, y ahora se da este hecho increíble para nosotros. El hecho increíble es que Japón ahora posee dos culturas: su cultura oriental y la cultura occidental. A ésta, la ejercen mejor que los occidentales, a juzgar por las máquinas que se fabrican en Japón que son más evolucionadas, más refinadas y más elegantes también, porque el sentido estético del Japón perdura. Yo pienso que la inducción de los kanji, del budismo, tiene que haber sido para ellos una revolución no menos grande que la revolución actual de la cultura occidental que ellos han aceptado. Son ciento veinte millones de hombres que están ejerciendo dos culturas. Lo hacen sin lamentos, sin una elegía. Ellos han adquirido algo más, ellos han visto en esa derrota una secreta victoria”.

De la literatura y sus autores

A la complejidad, que tanto le llama la atención, que le seduce, la encuentra en lo cotidiano, con una facilidad pasmosa.
Borges dijo:
“Pero en japonés creo que hay nueve modos de contar las cosas, y las palabras varían también según los números. Por ejemplo hay un sistema que sirve para contar cosas largas y cilíndricas; este bastón o un lápiz o un taco de billar. Hay otro para contar animales chicos o grandes. Todo eso me ayuda a comprender la brevedad de la poesía japonesa. Me dicen que no es algo que atañe a unos pocos. No, todo el mundo versifica. Creo que por año se escriben un millón de haiku; los escribe un campesino, un obrero, el Emperador, y si buscan ese límite es porque sin duda tienen un idioma más complejo que el nuestro. (…) Una prueba de ello es que buscan formas breves porque saben que el idioma les permite hacer poemas admirables de diecisiete sílabas. Ellos se han impuesto esto porque sin duda saben que pueden hacerlo”.
Haiku es una poesía tradicional japonesa que exige una combinación exacta de 17 sílabas, agrupadas en tres versos: 5-7-5. Es la manera preferida de escribirlo todo, lo vanal y los religioso.
Haiku de Borges:
Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

Borges escribió:
“El fin de los poemas es apreciar un instante precioso. Un haiku bien hecho tiene que cumplir una mención de una de las estaciones del año. Creo que hay libros en los cuales hay por ejemplo cincuenta maneras de indicar el otoño, cincuenta maneras de indicar el estío, o lo que fuere. Uno puede repetir una de esas fórmulas y no importa, porque no hay la idea de plagio. El autor tiene que tratar de hacer algo bello. Si eso bello no es enteramente original no importa. ‘Sobre / la gran campana de bronce / se ha posado una mariposa’. En ambos haiku no hay metáfora, no se compara una cosa con otra. Es como si los japoneses sintieran que cada cosa es única. La metáfora es una pequeña operación mágica. Hablamos por ejemplo del tiempo y lo comparamos con un río, hablamos de las estrellas y las comparamos con ojos, la muerte con el sueño. En la poesía japonesa se busca el contraste. Vemos el contraste entre la perdurable campana y la mariposa efímera”.
Haiku de Borges:
La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

Borges escribió:
He empezado a estudiar ese idioma que no sabré nunca, pero es algo así como si supiera que algo es inmoral, que de algún modo seguiré estudiando japonés después de mi muerte corporal. ¿Por qué no creer en la transmigración, que es algo que en los países orientales no se trata de explicar?”.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Buda, un narizón, un taxi y un suicidio: Kurama

Mis estimados todos:

El restaurante era de lo más simple. Una construcción adaptada para servir alimentos, una casa de una veintena que completan el censo de pueblos como este, que se construyeron al amparo de los grandes complejos religiosos japoneses. Más todavía cuando son villas de montaña.
La una mesa, la grande, estaba ocupada por nosotros: Mi Señora, Micaela, Isabela y su servidor. En la otra se sentó un japonés que enseguida armó conversa, muy poco en inglés y mucho en japonés.
Dependimos en absoluto de Mi Señora, su poder de concentración y el conocimiento de japonés para saber que era conductor de taxi, que era budista, que no tenía ningún problema en decirnos cómo vivir muchos años y con mucha vitalidad, que su hija se había suicidado y tampoco tardó en tomarnos unas fotos.
La parte de su larga conversación, expuesta mientras sorbíamos completamente indecentes unos fideos magníficos, y que además no entendimos mucho, fue la de un personaje que da la bienvenida a quienes se bajan del tren: cara colorada y un narizón de antología.
Kurama-dera
Pero vale, Kurama además es famosa por ese personaje. Pero también por otros datos que hallados en la información local: con harta humildad cuenta los primeros datos de la historia local signados... hace más de seis millones de años.
En ese entonces, Maoo-son, un dios considerado como el poderoso conquistador del mal y del espíritu de la tierra, viajó desde Venus hasta el monte Kurama para salvar a la humanidad. De hecho, el desarrollo de la humanidad y de todos los seres vivientes ha emanado desde el monte Kurama, y el espíritu que allí dejó Maoo-son fue transferido al monje Gantei.
El religioso fundó, en 770 d.C. el Kurama-dera, complejo religioso con todas las de ley, que además cumplía funciones de estrategia geolpólitica, pues era el templo protector de Kioto, por entonces capital del Japón. Por esas montañas llenas de espíritus apareció O Tengu.
El O Tengu, o "gran Tengu" es el gran jefe, el comandante de unos demonios creados por Susanowo-no-mikoto, el dios de la tormenta y hermano de Amaterasu, la diosa del sol, regente del shitoísmo.
Le literatura local no dice por qué son malos estos demonios, ponderan la enorme nariz y el rostro que tiene un bochorno eterno, pero no apunta qué tipo de daño acostumbran a causar. Más bien, son conocidos por haber fundado las escuelas de esgrima, inventar el jujitsu y reivindicar el origen divino de las artes marciales.
Antiguamente había unos monjes guerreros ascetas ermitaños que habitaban la montaña Kurama. Se les atribuía poderes como la magia, eran curanderos, desarrollaban técnicas de meditación, conjuros, hechicería e, inclusive, actuaban como mediums con los seres de este mundo.
O Tengu, gran jefe demonio
Por estos montes tan completamente vestidos de árboles pasaron Senju-kannon, dios de mil brazos, la deidad de la compasión; Bishamon-ten, dios de los guerreros; y el ya mentado Maoo-son. Los tres forman el símbolo del poder, la luz y el amor, "el supremo espíritu del universo", llamado sonten (parece ser un equivalente del Nirvana).
Templos entre montañas: se oye el aleteo de los espíritus
Entonces sí, luego de haber leído esta información entendimos lo que trataba de decirnos el taxista: se puede vivir mucho tiempo y con mucha felicidad en base del poder, la luz y el amor. La clase de budismo había terminado al mismo tiempo que el taxista se terminó su segundo cigarrillo y nosotros dimos por acabado el plato de fideos.
Antes de comer habíamos visitado el complejo religioso de Kurama. La pendiente es muy fuerte, en una parte es posible ascender en un cable car y luego seguir a pie por senderos muy bien mantenidos, debimos hacernos el quite de rayos de sol que se colaban entre los árboles como espadas de guerreros míticos.
Luego de visitar algunos altares y de tomar fotos a una mantis religiosa, nos escondimos del calor del verano debajo de los árboles que están en el jardín del Honden, el templo principal del complejo. Hay un sonido muy pronunciado a espíritus que aletean por todas partes.
Es una tradición que los japoneses se paren en el medio del patio central, se tomen los dedos índice y medio con la mano izquierda y oren para captar el poder que guarda y reparten el templo y la montaña a manos llenas.
En 1922 Micao Usui estuvo 21 días en la parte más alta de Kurama. Cuando bajó de este lapso de meditación y ayuno fundó el Reiki. Es una práctica considerada como medicina complementaria que busca la sanación a través de la imposición de las manos para canalizar la energía vital universal.
Patio central del templo de Honden
Con tanta vida alrededor, el taxista se dio el lujo de cerrar su perorata contando la historia de su hija. La linda joven, al menos así se veía en las fotos, se casó con el hombre equivocado, según la versión de su padre.
Este hombre le llenó de demonios la cabeza y fue internada en un hospital para tratar de sanarla, pero saltó desde el último piso y perdió la vida. El compañero de comidas contó su tragedia personal para insistir en que el budismo permite tener una vida equilibrada, que es lo que se necesita. La historia no nos generó una pena excesiva porque el padre de la víctima la contó con una especie de fortaleza didáctica.
El viejo tren rueda entre árboles y espíritus
Más tarde fuimos a un onsen cercano, a dar alivio al cuerpo y a reforzar la recarga energética que recibimos en el templo.
Tomamos el tren y una hora más tarde estuvimos en la estación central de Kioto. ¡Ay, este país de alegorías sorprendentes!
(En alguna parte de esta huida al sur hablábamos de las maravillas que uno descubre por un lado y por el otro y nos costaba creer que en Ecuador tengamos tan poca curiosidad por nuestra identidad).

 Ya les cuento más sobre el sur. Denme un rato para organizar las ideas.