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martes, 30 de octubre de 2012

Transeúntes y andantes

Hola a todos:

Debo disculparme por mi silencio de estos días. Pero, bien, hay temas nuevos e historias que les van a interesar.
Me he enfrentado los últimos días a la maldita hoja en blanco con la esperanza de que me dicte algo. Pero su silencio ha sido más recio que el sonido del rencor. De cualquier manera las palabras siempre manan.
Roppongi, como se ha dicho antes, es un barrio de Tokio en el que se concentra todos los servicios que los japoneses brindan a los extranjeros. Allí se habla muchos idiomas, hay diversión especializada con tinte internacional, se encuentra la comida "japonesa" que se idolatra en todo el mundo (menos aquí), los japoneses que quieren admirar los usos de los afuereños por allí pasean y los jóvenes de ambos géneros que buscan emparejarse con la piel de occidente también.
Encontramos, primero, a los dos dueños de dos perros recién salidos de la peluquería. Se notaba a la distancia que habrán pagado más de lo que cualquier persona está dispuesta a gastar en la hechura de los cabellos y que les habrán lavado con algún jabón de raras especies del alto Jordania, habrán sido lavados sus dientes y cortadas las uñas, vacunados contra las bacterias de este mundo y de otros.
Logré que la señora me dejara tomar una foto de su perra, pero su marido salió rápido diciendo que su perro no era muy cortés y que era preferible no importunarlo, me imagino que las cámaras le producirán altos niveles de estrés. El perro lucía una cabellera más descomunal que la del finado Andy Gibb.
Más allá, se desarrollaba el 25 Tokyo International Film Festival (TIFF). Vimos la película ganadora, dirigida por una  francesa, rodada en la frontera israelí-palestina, que contaba una historia con argumentos bien trabajados. En la película se hablaba inglés, francés, ebreo y árabe. También había subtítulos en inglés y japonés. De pronto el planeta se hizo pequeño, una inmensa cantidad de expresiones culturales metidas en una cinta de cine. Mientras más pequeño es más difícil de entender el mundo.
Los japoneses van al cine como los ecuatorianos a misa: con absoluta unción. Las salas tienen un dispositivo que anula los teléfonos celulares y cualquier otro dispositivo mientras se proyecta la película. El silencio y la devoción se mantienen intactos hasta que las últimas letras blancas dejan de rodar sobre la pantalla negra. Solo entonces vuelve la conciencia de que la sala está llena de seres animados.
Este festival está catalogado como uno de los cuatro más importantes del mundo, junto a Cannes, Berlín y Toronto. Calculo que se habrán proyectado más de 100 películas y generalmente las entradas se agotan dos semanas antes. Ahora ya no se imprime las entradas, todo es digital. La siguiente foto es, en realidad, una entrada al cine. Se debe acercar la pantalla del teléfono a un lector, que confirma que todo está en regla.
De las películas que vimos en el TIFF me sorprendió la cinta del género documental Japan in a Day: se pidió a los japoneses que filmen su vida cotidiana el 11 de marzo de 2012, un año después del gran terremoto del nor-este. Se recibieron 8.000 grabaciones y el resumen sobre esas 24 horas está muy bien, se descubre el Japón en esencia.
La gran ventaja es que hay muy poca basura "hollywoodense", al contrario de lo que pasa a veces en los premios Oscar. En estos festivales se reconoce el arte, en el otro en muchos casos el verdadero valor está en la taquilla.
Pero, a unos metros de las salas de cine, en la noche del 27 de de octubre, los jóvenes se lanzaron a gozar de la fiesta del Halloween en la discotecas de Roppongi. Hollywood y Halloween retumbaron como palabras hermanas. Me dio la sensación que más que la macabra noche que recuerda a brujas y muertos se vive en este barrio como una gran fiestas de disfraces. Hay vampiros y demonios de la noche, pero no creo que Pocahontas, la Sirenita y Koji Kabuto tengan ninguna relación con mujeres malas y buenos difuntos. Halloween japanese style.







Hasta pronto.

sábado, 6 de octubre de 2012

Quién me ha robado el otoño

Hola todos:

No les voy a mentir, la sensación que cargo estos días es harto nueva para mí. Con esta entrega de llamingosan se cumplen 60 artículos publicados en esta vitácora y un año de haber iniciado la aventura de compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el mundo visto con ojos nipones.
No tengo los ojos como los japoneses pero la decisión de tratar de colarme en el alma de la isla, creo yo, se ha logrado. Parcialmente. Me faltará vida para entender al Japón y, definitivamente, no podré ser nada diferente a un llamingo de los páramos andinos ecuatorianos. Eso ha quedado claro.
No es que trate de lanzarme a la peligrosa aventura de las evaluaciones. En el camino entre la vida y la muerte hay hechos que sucedieron en circunstancias determinadas y ninguno de ellos es bueno o es malo. A lo mejor la evaluación solo puede determinar que se enfrentó tal hecho mejor o peor, pero en ningún caso bien o mal.
Pero, vamos, esa no es la idea de este artículo. Ahora se trata de buscar a los culpables del delito de haberse robado el otoño.
Ya está suficientemente entrado octubre como para que la temperatura siga marcando más arriba de 20 grados de día y de noche. El tiempo del calendario ha madurado pero el clima no ha dejado que las hojas de los árboles enrojezcan y caigan, Tokio sigue estándo verde, intensamente verde.
Los primeras memorias del arribo a Japón son de árboles que comenzaban a volverse terrosos, sus hojas se habían amarillado como el tiempo carcome la vivacidad de los colores de las fotografías. Ni siquiera porque el sol se guarda más temprano de las seis el panorama ha cambiado.
Es que el otoño tiene un no sé qué. Creo que es mi estación preferida. El año pasado vimos como Nikko se teñía de una barbaridad de tonos, que las hojas amarillas caían sobre los tejados ennegrecidos de antiquísimos templos que se llenaban de manchas de sol. Que unas hojas fágiles y a punto de morir tenían el poder de volver iridiscentes los caminos de barro.
El otoño es como el enlace entre dos extremos, el momento de respirar hondo un aire menos caliente y menos húmedo, antes de dejar ir brisas de helado aliento. Al contrario de la primavera que tiene toda la vida contenida en sus aguaceros, el otroño tiene una vida más madura, sabia, pero también todo huele un poco a muerte, a la deliciosa paz del frío silencioso.
Y todo eso en Japón. He pensado mucho en cómo definir este archipiélago. Hablar de mi Ecuador natal se me hace más bien fácil: es una explosión caótica de diversidad. Pero, ¿y que digo de este país que me ha acogido bien?
Prefiero, por ahora, citar una frase escrita por Mi Señora: "Finalmente lo encontré: el mayor encanto de vivir en esta isla es que en cualquier momento puede ser borrada del mapa, y nunca nadie podrá imitarla porque realmente muy pocos habrán entendido lo que fue".
Hay tres elementos: entenderla. Yukio Mishima, un escritor extraordinario, ha dicho de sus conciudadanos los japoneses que son unas bombas de hidrógeno con conciencia. Me da la sensación que es un país que despierta muchos apetitos pero que preferirá inmolarse a ceder en una gran cantidad de prinicpios, que les pertenecen únicamente a ellos, que es su identidad.
Luego, imitarla. La única manera de imitar lo japonés es siendo nipón. La mayoría de las cosas y de los actos humanos que suceden aquí pasan porque sus protagonistas son japoneses. Esos actos y esas cosas puestas en otro contexto serán diferentes.
Por último, entenderlo. Para mí Jorge Luis Borges es una de las mentes más claras que ha tenido el mundo. Él ha dicho que es un país demasiado complejo para su entendimiento. Para el mío es una misión de titanes y no soy titan ni de lejos, tampoco estoy para aceptar una misión imposible.
De manera que, por ahora, llevo Japón en la piel, que se eriza a cada rato.
Japón, Tokio se me parecen al otoño. Y yo sigo esperando que quién se lo robó me lo devuelva para comprobar que lo que ha pasado durante un año ha sido lo que realmente siento.


Hasta pronto. Nos vemos enseguida.

lunes, 1 de octubre de 2012

Shibuya adrenalina

Cómo han estado. 

Quienes nos dedicamos a la escritura como unos escribanos y transitamos con esfuerzo hacia el sueño de ser escritores nos tenemos a nosotros mismos como nuestros enemigos más feroces. Esto lo digo porque en los últimos días no les he contado nada porque he usado todas mis fuerzas en pelear contra mis pensamientos. Mejor dicho, en tratar de ordenar pensamientos para darles una estructura. Y es más, tratar de matizar los procesos mentales con las sensaciones que están guardadas en la bóveda de la piel. No quiero con esto ni justificar ni buscar su comprensión, pero es así.
Bien. Shibuya es un distrito de Tokio que tiene una intersección de avenidas grandes. Este es uno de los sitios donde más gente cruza la calle en el mundo. Ciertamente que cruzar la calle no tiene nada de relevante en la vida de un ser humano, pero pararse en la primera línea de viandantes y esperar que la luz del semáforo involucione de maduro a verde es un acto de mucha tensión nerviosa. Luego, cruzar la calle tiene mucho de adrenalina, hay miles de personas que caminan con decisión desde al menos 6 direcciones diferentes. Hay unos segundos de pánico. A pesar de todo, es más bien extraordinario que en esta atropellada estampida de apurados tokiotas (y unas decenas de extranjeros completamente sorprendidos) no se llegue a un contacto personal, las carteras pueden chocar pero las personas se esquivan con no poca habilidad a centímetros de rozar sus pieles.
Este cruce lo hacía todos los días, porque estaba en la ruta hacia la escuela donde estudio japonés. Ya he adquirido cierta destreza para hacer lo mío todos los días, para que la punta de un paraguas rozara mi pupila, a milímetros del contacto, y que eso no provocara que distienda mi concentración, la de mis sentidos, que estarán ya pensando en la manera de esquivar el siguiente obstáculo, que bien puede ser un oficinista japonés o un obeso turista gringo que no ha entendido que aquí se camina rápido, porque quitarle la adrenalina a Shibuya es tan absurdo como querer evitar que los ríos fluyan.
El edificio de la estación de Shibuya es una maraña de amplios corredores donde se encuentran líneas de subterráneo, de tren y de buses, hay miles de personas que pasan por ahí cada minuto. Por eso, si no se está atento a las instrucciones un elevado viajero podría terminar en la lejana Kyoto o dar vueltas una manzana tras otra y terminar en la misma esquina.
Pero cuando se logra salir de ese ambiente silencioso y absurdamente amplio de la estación se encuentra un oasis: un par de árboles antiguos dan sombra al monumento de Hachiko y al área de fumadores (para quien no sepa la historia del perro Hachiko, active este vínculo). Hay una plazoleta desde donde se mira los edificios que amurallan el cruce. En tres de ellos hay pantallas de televisión con anuncios comerciales. No sé cómo lo logran pero, en general, el sonido de uno no interfiere con el otro; tienen diferentes dimensiones y su programación consta de publicidad abundante, muy diferente, pero por alguna rareza de la tecnología es posible concentrarse en una sola sin esfuerzo.
Los edificios circundantes no tienen parentesco, no hay ninguna armonía, ni el más mínimo atisbo de que se haya pensado que en ese punto exacto de esta enorme ciudad es un excepcional encuentro de los de a pie. Sucede con lo que no fue planificado, las cosas se acomodan por sí solas, buscan su espacio y cuando se sienten cómodas ahí se quedan, hasta el que el tiempo se encargue de ellas.
Si se ha tenido éxito en la aventura de llegar con vida al otro lado del cruce, las calles se abren como los neurotransmisores hacia una comunidad de nervios que reaccionan a diferentes estímulos.
Hay oficinas públicas, escuelas de enseñanza del japonés, bancos, tiendas, restaurantes, bares, galerías, cines. Tiene todo, todo de verdad, desde un almacén de productos Disney hasta piso y pisos en una tienda de departamentos de ropa para metaleros. La melosería de Mickey a metros de la rebeldía de los de negro.
La moda de los jóvenes japoneses se marca en Shibuya. Existen un centro comercial entero donde venden la ropa y los accesorios para que las adolescentes se vistan de muñecas de tul. Una moda muy de aquí, pelucas rubias, largas pestañas postizas, enormes uñas postizas con apliques de diamantes, estrellas o campanas; maquillaje tirando a pálido, ropa de colores pastel, minifaldas a unas alturas donde ya falta el oxígeno, zapatos de plataformas superelevadas, bisutería. Se convierte en una tiernas muñecas vivas.
A parte de las marcas populares en el mundo (como Zara) están las grandes cadenas locales, como 109, nombre que pronunciado en japonés seduce mis oídos con frecuencia: Ichimarukiyu.
Debo saltar a la acera porque una caravana de tres camiones anuncian que pasarán a velocidad de entierro. Son enormes, toda el área de carga está recubierta por lonas en las que se ha pintado la publicidad del nuevo disco de un grupo cuyo nombre no alcancé a leer. Son cinco chicos "kireo". Ese es el nombre que toman quienes adoptaron como base la cultura metrosexual y la llevaron a niveles de paroxismo, buscan la perfección de sus cuerpos y para ello no dudan en explotar su lado femenino pero sin querer parecer mujeres. Pestañas depiladas exactas, afeitadas minuciosas de lo escasa barba, labios pintados con colores naturales con celo cirujano, cortes de cabello en los que la ecuación de geometría y gravedad tienen respuesta, vestimenta cuyos ojales, costuras y cortes se salen de las normas. Las voces no importan, hay que verlos y ya.
Hay restaurantes con comida de todas partes del mundo y bares abiertos todos los días del año porque siempre habrá comensales dispuestos a gastarse sus yenes en bebidas y comidas. Una sopa muy picante de mongolia y una sopa pho han destacado.
A cualquier hora, este es territorio de los jóvenes, cualquiera de más de 30 se sentirá un extranjero, al menos hasta que los de menor edad deban cumplir con sus límites de horario.
Mientras ello sucede, en Shibuya los jóvenes son quienes se divierten como lo hacen los que perdieron la vergüenza de ser ellos mismos.
Siempre y de todas maneras hay que llegar al gran cruce de calles y tentar una y otra vez a la adrenalina de cruzar entre otros miles sin tocar a nadie. Una y otra vez. Todas las veces y siempre será diferente.
Cerca de este eje sincrético hay, muy vistosos, los love hotel. Digamos que a los moteles oscuros y clandestinos se les dio un toque temático y se logró abrir negocios que brindan hospedaje por horas en habitaciones que pueden parecer el vagón de un tren subterráneo, la oficina de una empresa o la habitación de una adolescente adoradora de Hello Kitty. Haga usted el ejercicio de imaginar en qué lugar sueña con hacer el amor.
Pero si uno comete el error de pensar en Shibuya como un lugar turístico, se perderá la posibilidad de entender como se conectan los neurotransmisores de este Japón específico. Es necesario hacer el ejercicio de detenerse y conseguir que el alma se silencie. Se verá, entonces, como late Shibuya, se sabrá que esa adrenalina sirve para la creación y no solo para la supervivencia.

Pronto estoy con ustedes.