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domingo, 25 de noviembre de 2012

Kamakura: la mirada serena de Buda

Muchos saludos a todos:

A la tercera vez, y gracias a la buena sugerencia de Mady desde Quito, fuimos sin paradas a encontrarnos con Okamura y Sota, quienes nos esperaban en el Kamakura Guesthouse.

Allí llegamos en tropel, no se suele ver a un grupo tan grande haciendo turismo en Japón, a menos que a la cabeza vaya una señorita que porta un estandarte oficial de guía y responsable de todos.
Nuestra tropa estaba formada por Diego Lituma y David Vallejo; del programa Día a Día, Natsuko y Mamiko, dos voluntarias que se ofrecieron a ayudar con la logística pero sobre todo con el idioma en este día de grabaciones para el programa de televisión; además, Mi Señora y este servidor.
Llegamos sin perder la ruta porque en los dos viajes anteriores conocimos lo que es indispensable saber de este pequeño pueblo que se repleta de turistas. Hicimos nuestro propio mapa de aquello que nos interesa. Es relativo determinar cuáles son las verdaderas atracciones de un destino, es una decisión subjetiva, depende de valoraciones individuales. Hay quienes confían en las guías impresas, hay los que prefieren seguir a una guía abanderada, hay los que son partidarios de Lonely Planet, los de Wikitravel, Japan Guide, o los adeptos de blogueros que suelen tener buena información, como Kirai o Irukina en Japón.
Kamakura fue erigida como la capital del Japón en el año 1192 y se mantuvo así hasta el siglo XIV; se la conoce como el Kyoto del Este y ahora es un pueblo más bien modesto en la Bahía de Sagami, al sur de Tokio, que se abarrota de gentes y lenguas, parece que durante el día tuviera el don de expandirse para acunar tantos y tantos devotos, curiosos, visitantes llanos, ansiosos, deseosos, aburridos y consuetudinarios 
Nosotros siempre hemos preferido ir a los destinos que nos llaman. Hay tanto por conocer y tan poco tiempo que inconscientemente esperamos una señal casi mística y acometemos el destino con bastante libertad, es decir con un plan básico flexible y mucho tiempo para meter narices en lo desconocido; evitamos los destinos que aparecen en las revistas y en los catálogos o los recorremos en la piel. A esos lugares hay que ir cuando todo el mundo regresa y, como se dijo ya, se puede disfrutar de la quietud, hasta es posible tantear el equilibrio.
La primera vez fuimos con Carlos y Javier, nos bajamos del tren en la estación de Kita-Kamakura y cruzamos la montaña con dirección del daibutsu. Por ahí encontramos un templo en el que la gente va a lavar el dinero, en un sentido literal.
La segunda, con Cristina y Sandra, asistimos a un minuto de recogimiento frente al daibutsu para recordar el aniversario de la triple tragedia nipona: terremoto, tsunami y crisis nuclear. Un minutos que se quedó prendido del corazón que latía con dificultad.
En esos dos viajes previos, el primer templo al que entramos fue Engakuji, un lugar santo para el budismo zen que fue fundada en 1282 y se le encargó la tarea de orar por los caídos durante la segunda invasión de los mongoles, en el siglo XIII. Lo recuerdo bien porque fue la primera vez que pude fotografiar a un monje de carne y hueso. Pero también porque los sitios religiosos de montaña me provocan un vahído extraño. Siento en mi corazón que el misticismo es más fuerte en lugares que no son planos porque no creo que el contacto con lo divino pueda ser llano, horizontal; es quebrado, desnivelado, como los terrenos donde pierdes el aliento por el esfuerzo del ascenso y vuelves a perderlo en el vértigo del descenso. No sé, es raro. Ojalá algún día lo pueda explicar mejor.
Luego, sin dudas, el más importantes santuarios del shintoísmo, Tsurugaoka Hachimangu, fue erigido en honor del dios Hachiman, protector del sogún que gobernó por esos tiempos el país y, en realidad, el dios regente de los samurai.
Las dos enormes tori (puedes leer más aquí) que marcan la entrada se abren a una travesía de árboles que desembocan en gradas apretadas para subir al templo mayor. Se dice que la escalera es empinada para que los peregrinos bajen la cabeza y tomen conciencia de su verdadera dimensión mientras ascienden, es un ejercicio de humildad.
Luego, Hasedera, el único lugar en el que pude tomar fotografías de un monje mientras escribe en el libro de templos. Hay la costumbre de comprar un libro en blanco cuyas páginas se llenan con los nombres, los sellos y las insignias de cada templo o santuario que se visita. El nuestro puede tener unos 30 y nos recuerda que cada uno es diferente del otro, que todos tienen alma, que cada lugar sagrado de la Tierra merece respeto.
Con Okamura y Sota nos fuimos luego a visitar al daibutsu. Con este sustantivo se nombra a las grandes estatuas de Buda y esta es la segunda mayor de las fabricadas en bronce. La primera está en Nara (recuérdalo aquí).
Este Buda no tiene una construcción que le proteja porque suscesivos tifones y tsunamis destruyeron todo lo que se construyó como habitación del gran señor. Entonces, se decidió dejarlo tapado con una sábana de estrellas.
Así como es difícil explicar por qué un templo resulta más atractivo que otro, el Buda de Kamakura me genera una ternura familiar que no me provocan otros. Me siento en casa bajo sus enormes pies y esas manos cuyos dedos que forman un ocho echado. Este Buda gigante me ha enseñado que mi casa está donde pongo mi empeño. Donde están las ganas con las que nos dejamos llevar por la vida con Mi Señora.
Okamura nos dijo que va con frecuencia a visitar al daibutsu y nos aclaró que la mayoría de japoneses no acuden ante su dios a pedir, sino a agradecer. Él suele dar las gracias por el bienestar de su familia, de sus amigos, de su país y agradece la paz mundial que llegará algún día. Dice que le cuesta explicar qué hace, en qué piensa o qué siente cuando ora frente al Buda, junta sus manos y por segundos baja la cabeza. Las conexiones místicas tienen transmisores inimaginables.
 Pero de esta visita me queda marcada la calidez del Kamakura Guesthouse. Se les conoce como minshuku, son casas de familia que se adaptaron para recibir turistas y hacerles sentir que están en la suya propia. Tiene dos grandes habitaciones, para que hombres y mujeres duerman independientemente; la cocina, el baño, el comedor y el bar son áreas para todos. Okamura prendió el irori, un fogón sobre el que estaba suspendida una tetera, al fuego vivo se calentó el agua que sirvió para preparar té. El verbo "compartir" conjugado en presente infinito.

Vayan cuando puedan. 

lunes, 19 de noviembre de 2012

La madera de Nara

Saludos cariñosos para todos:

Formamos lo que se llamó en ese momento "Los cuatro mochileros", equipo integrado por Mi Señora, mi hija Micaela, su amiga Isabela (rebautizada como "la Alta") y su servidor. Llegamos al sur de Honshu, la isla grande, para encontrar lo que todos los que viajan al sur buscan: siglos de historia de un país que no se cansa de renovarse a sí mismo.
Kyoto y Nara son dos destinos que están en todas las guías; esa presencia abundante no es la que nos seduce, preferimos ir donde nadie va, donde los secretos tienen un velo ligero porque no tienen riesgos, están seguros; el exceso de ojos y de luces de las cámaras de fotos suelen ser demasiado fuertes, tumban el velo.
Sin embargo, no se puede dejar de ir al encuentro brutal con la madera. Es muy llamativo el hecho de que el viaje en tren es como entrar a un canal flanqueado por casas, como esa escena de Guerra de las Galaxias cuando Luke Skywalker pilotea su nave para torpedear la fuente de poder de la Estrella de la Muerte. Las casas son los ladrillos de una gran fortificación -así las he sentido- que, en el viaje a Nara, termina cuando comienza un túnel, al final del cual está la luz. La luz de la madera de Nara, la luminosidad de este nadaraka o lugar llano; en esta palabra se origina el nombre de la ciudad.
Es un sitio que tuvo un desarrollo impresionante entre los años 710 y 784 cuando fue la capital del Japón. De esa época datan la construcción de la mayoría de los templos y otras edificaciones civiles que han sobrevivido.
Un día en Nara es insuficiente, sobre todo si la intención es hacer algo más que tomar fotos. A eso invita el santuario de Kasuga Taisha, perfectamente shintoísta y el templo tutelar de la familia Fujiwara, cuyo shogunato tuvo el poder total sobre el Japón en los años mencionados. Es intensamente rojo, rabiosamente colorado y la devoción que se profesa se demuestra en las linternas de piedra donadas por los fieles seguidores y que sitian, literalmente, al templo. Toro o ishi-doro son los nombres japoneses para estos objetos decorativo que son muy comunes aunque siempre coquetean y obligan a un guiño de ojo (mire aquí información de los toro).
Cuando dejábamos Kasuga Taisha, su rojo intenso y los musgos verdes que abrigan los toro nos encontramos con una boda, unos novios que salían en una calesa oriental (se llaman jinrikisha, "vehículo movido por tracción humana") felices y honrados de ser fotografiados por unos extranjeros que parecían paparazzis. Esos éramos nosotros, nos habíamos olvidado del calor a la sombra de los altos árboles de Kasuga Taisha para ser quienes regristrábamos este evento.
Bajamos del principal templo shintoísta de Nara para encontrarnos con otro que ostenta, orondo y orgulloso, el título de la más grande construcción de madera del mundo, Tōdai-ji. Es más escalofriante cuando nos enteramos que el de ahora tiene las dos terceras partes del original; es decir, recortado y todo sigue siendo el mayor de todos.
Nos llama la atención una especie de cuernos dorados en la parte alta de la cubierta de este templo budista y nos enloquece estudiar el tramado de vigas, tablas, palos y tucos que sostiene semejante construcción, edificada para proteger a un enorme Buda de bronce.
Y bueno, los números siguen siendo magníficos: durante 1.267 años nadie logró construir una estructura de madera de este tamaño. La leyenda dice que participaron alrededor de 2'600.000 personas, como aportantes o trabajadores (dato puesto en duda pues equivalían, entonces, a la mitad de la población total del Japón).
Ahora, con respecto al Buda, para su construcción se fundió casi todo el bronce de Japón, para formar esta figura de casi catorce metros de alto y que pesa más de 500 kilos, que equivale al peso de dos Boeing A380 juntos.
Todo es descomunal. Sigan leyendo y entenderán esta afirmación, los seres humanos no somos más que mocos frente a la imponencia del templo. Tras la gran estatua de bronce existe una enorme viga que tiene un hueco en la mitad, de un tamaño similar al de una fosa nasal del Buda. Los devotos que visitan el templo tratan de pasar por el orificio, porque la creencia dice que cruzar el hoyo ayudará en el camino de la iluminación. Es un asunto de fe y de dimensiones físicas, la mayoría de japoneses son esbeltos y lo atraviesan, a veces con un poco de esfuerzo.
Mi Señora lo logró, la "Alta" también lo hizo, pero la perfecta redondez de mi vientre y mis a veces patéticas fobias me convencieron de no intentar hacer lo que terminaría siendo un ridículo místico. Pero bueno, para quienes vivimos secuestrados para la ficción no es difícil pensar en una persona como un moco que sale del Buda y a todos los fieles como un gran catarro celestial.
Pero... Gran pero, lo dicho al principio, Nara no se deja en un día. He de volver, pero mientras tanto me queda una sensación extraña, la de una ciudad repleta de templos y de patrimonios que me guiña el ojo y me pregunta "¿Cuándo vuelves? Tenemos que conocernos. Tengo mucho que contarte". Soy todo oídos, encontraré el tiempo. Algo me dice que Nara solo se siente con quietud.

Ya les cuento más cosas.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Obama festeja a Obama


Saludos cordiales a todos:

No, no se conocen personalmente, pero ambos saben que el uno y el otro existen. Han dicho que se encontrarán pronto y los de Obama quieren que ese ofrecimiento de Obama sea cierto y sea pronto, porque, en caso contrario, el festejo habría sido un acto de pirotécnica, de demagogia.
Fotografía tomada de la página web oficial de la ciudad de Obama
Obama (prefectura de Fukui, Japón), es un pueblo de 33.000 personas ubicado en la costa oriental del Japón, localización que la convierte en un puerto estratégico en la relación de Japón con Corea y China.

Podría ahí cerrar el artículo, porque queda demostrado que el pueblo de Obama se ubica en un país que tiene una importancia estratégica fundamental para Estados Unidos en el Asia Oriental.
Y, por gravedad, es fácil aterrizar en la relación estadounidense-japonesa y los intereses del gobierno de Barak Obama por mantener la "amistad" con la administración del archipiélago nipón. Pero vamos a intentar un análisis un poco más profundo, sobre todo información sobre las relaciones de vencidad en este barrio que puede ponerse muy tenso.

Kamikaze, escrito en el alfabeto kanji
Muchos países tuvieron apetitos para hacerse del archipiélago nipón. Los mongoles intentaron invadirlo pero su flota fue recibida por tifón que destruyó casi por completo a los conquistadores. Desde entonces comenzó a tomar fama la palabra kamikaze, que significa "viento divino" y que, desde una visión religiosa, ha sido el que ha protegido a Japón. Una flota rusa sufrió una suerte parecida. Para occidente, cobró fama luego del ataque japonés a Pearl Harbor.

Desde la visión estadounidentes, terminada la II Guerra Mundial, Japón se convirtió en un sirviente del que entonces era el mayor imperio militar, político y económico del mundo. Desde Japón es posible dominar al que en ese instante era un gigante que roncaba panza arriba mientras la modernidad se le colaba por entre las piernas.
El vencido, Japón, sin embargo, tuvo su propio proceso, vertiginoso y fundamental, de reformas y pronto se convirtió en una economía que tenía la capacidad de robarle espacios importantes de mercado en el mismo territorio de EE.UU. a los mismos productores locales.
Con el tiempo y las aguas, Japón se convirtió en un competidor en lo económico, pero siempre mantuvo una actitud alineada con la política exterior de Washington. De ninguna manera soy un experto en geopolítica, pero mi opinión es que con el tiempo Estados Unidos comenzó mimar a Japón para que se mantenga a su lado, porque el gigante de China había despertado con hambre y el vecino Corea pronto se hizo adolescente. Había que tener un aliado cerca de los enemigos, un vecino que pueda contar los chismes.
Ahora, China es el principal contendiente de Estados Unidos en el control del mundo, además de la Unión Europea. Pero, también, en términos económicos el Asia oriental ocupa cada vez más espacios que le ganaron aprovechando los errores de política internacional de Washington.
La re-elección de Barak Obama coincide con instalación del XVIII Congreso del Partido Comunista de China, que nombrará al presidente del partido en pocos días, que ejerce al mismo tiempo la presidencia del gobierno. En la instalación del Congreso se insistió en la necesidad de profundizar la transformación económica y eso significa que el país más poblado del mundo podría disputarle a EE.UU. el lugar de la primera economía del planeta en poco tiempo.
En el clima electoral de China se destapó una antigua disputa por unas pequeñas islas que da cuenta de la relación amor-odio que ha dominado la realidad de la vecindad entre chinos y japoneses.
Estas ocho pequeñas islas y peñascos están, dependiendo del punto de vista, en el Mar del Japón o en el Mar de la China. Se llaman Senkaku para los japoneses y Diaoyutai para los chinos. Taiwan también reclama para sí la soberanía de las islas.

Al final de la II Guerra Mundial se acordó que las islas son japonesas y, de hecho, eran propiedad de una familia japonesa. Son tan pequeñas y escabrosas que casi no sirven para nada y habían vivido solas y olvidadas.

Los japoneses descubrieron recursos naturales en el lecho marino en la década de los 70. Entonces China y Taiwan se acordaron de que esas islas... Se acordaron que esas islas habían sido suyas y que dejaron de serlo.
From foreground, Minami-Kojima, Kita-Kojima and Uotsurishima in the Senkaku Islands (Asahi Shimbun file photo)
Islas de Senkaku, Fotografía de Asahi Shinbun
En el último trimestre al menos, ciudadanos chinos protagonizaron ataques contra personas y empresas japonesas, luego de que el Gobierno de la Prefectura de Tokio "compró" esas islas a su propietario para garantizar que estuvieran deshabitadas.
En estos son días son permantes las denuncias del gobierno de Japón de la incursión de navíos chinos en las que considera sus aguas territoriales y también en estos días Japón y Estados Unidos realizaron maniobras navales de entrenamiento unos cientos de kilómetros al sur de las Senkaku.
Por lo pronto, parece que China tiene interés en asegurar su supremacía en el Asia oriental desenterrando viejos rencores con Japón, también parece que Estados Unidos no está dispuesto a dejar solo a su aliado al que obligó, al final de la II Guerra Mundial, a no tener un ejército y del que depende buena parte del control de esta parte del mundo (EE.UU. mantiene 60.000 soldados en bases ubicadas en territorio japonés).
Como siempre en política internacional, poco es lo que se ve y mucho lo que se cuece. Se sabrá, en algún momento, cual es el verdadero interés de los actores de este culebrón. Probablemente algo se aclare cuando Obama cumpla su promesa de visitar Obama, para festejar juntos que Obama fue re-electo y que Obama sigue siendo un pequeño puerto en las narices de otros competidores por la supremacía mundial.


 Les veo pronto con otros temas.

lunes, 5 de noviembre de 2012

¡Ay!, el huevo negro

Buenas a todos, un gusto estar con ustedes.

Cuando estábamos embarcados rumbo a Odawara recién caí en cuenta que las cosas estaban sucediendo de una manera extraña. Digamos, lo normal fue correr de aquí para allá para alcanzar los trenes que debíamos a los minutos exactos. El Japón no concesionada nada en cuanto a puntualidad y a orden, se cumple o se paga el incumplimiento. Y la "multa" suele ser que pierdes tiempo. Y en Japón no se pierde el tiempo ni se lo regala ni tampoco se permite que sea robado.
El gesto del destino, aunque parezca raro decirlo, fue haber conseguido una habitación donde pasar la noche con 24 horas de anticipación. En Japón pasar una noche en un hotel se planifica con tiempo, con semanas y meses.
La habitación, el hotel, estaba en Hakone, destino del que leímos solo cuando supimos que la reservación estaba hecha. En Odawara cambiamos de tren. En la siguiente parada, Hakone-Yumoto, nos subimos al más viejo tren que anda por el Japón y por allí llegó otro guiño del destino. El Hakone Tozan Train sube a veinte kilómetros por hora las montañas, por una ruta compuesta por abismos, túneles y puentes. Hacía la misma operación que la única línea de tren en Ecuador cuando se bate a blasfemisas contra la Nariz del Diablo. La diferencia es la cantidad de árboles que amurralan la línea nipona contra la casi ninguna vegetación de la proesa ecuatoriana.
El tren resopla hasta Gora, un pueblo que sirve como enlace para muchos de los destinos turísticos de Hakone, que giran alrededor del lago Ashi y de una vista abúlica del Fuji (Fuji-san, en realidad, la gente le conoce como "el señor Fuji").
En Gora paramos por un café en un sitio que tenía todos los detalles de decoración perfectos y muchas miniaturas usadas con fines estéticos y prácticos. El café de la casa, preparado por una esepecilista, estaba compuesto por granos de varios tipos procedentes de tres países de América Central. El café y la consiguiente torta de chocolate fueron el postre de un plato que no pudimos evitar comer, por razones idiomáticas más que por algún antojo específico: Pollo con Jitomate. Así, escrito en español, aunque el sabor fuera auténticamente japan style a veces se supervive a la sensación de desarraigo con esas imposturas.
Luego, en bus bajamos hasta el lago. Ahí estaba el hotel, una construcción muy antigua administrada por tres septuagenarias que nos saludaron con venias abundantes y por una mujer más joven que hablaba perfecto español. Era un hotel tradicional japonés (ryokan), nuestra habitación olía a tatami y tenía una vista amplia y generosa del lago Ashi.
Como atraídos por alguna gravedad nueva, nos sentamos a contemplar el lago, mientras una de las ancianas, de rodillas, nos preparó té verde. De rodillas hizo una venia apoyando los tres dedos de cada mano, uno de los gestos de respeto y sumisión más profundos de la tradición japonesa. Ese fue una muestra absoluta de que el destino se había sentado junto a nosotros.
Hablamos por algún tiempo con Mi Señora sobre el color que tiene el agua de la laguna. Entonces no tuvimos un acuerdo, pero ahora pienso que las aguas del Ashi al atardecer son blanco-hueso, pero solo por un rato porque la noche se tiende perezosa con su negrura de parpadeo en parpadeo.
Cuando me desperté al día siguiente, muy temprano por la mañana, el cielo pasaba con cierto apuro de púrpura a azul, decidí hacer unas fotos en el malecón. Cuando disparé la primera foto el cielo estaba limpio, el paisaje estrenaba colores.

Dejé rápido las fotos porque debíamos comprobar si era cierto lo de los huevos negros. Para llegar salimos del muelle de Moto-Hakone, donde estaba nuestro hotel, navegamos por el lago hasta Togendai y montarnos en el teleférico para ir montaña arriba.
No me van bien en las alturas, ya lo he dicho (recuérdalo aquí). Esta vez me tocó hacer un nudo en el estómago para aguantar la remontada silenciosa e indolente de una cabina de diez personas, todo por culpa de los benditos huevos negros.
Desembarcamos... Quiero decir, mi cuerpo se bajó de la cabina del teleférico y mi alma llegó unos minutos después a completarme, se había quedado escondida debajo de un asiento, las manos se le habían agarrotado en el tubo del que se sostenía. El destino fue un paradero muy cerca de las fumarolas del monte Hakone.
Ni qué falta hace decirles que la geología del archipiélago nipón es una rumba permanente, todo se mueve todo el tiempo, sube y baja, revienta o se escabulle, pero no se está quieta, de manera que estar parados sobre el cráter de un volcán activo no tiene mayor mérito.
Me imagino que alguna vez, un expedicionario llegó a esta alturas inusuales para el país (algo más de mil metros sobre el nivel del mar) y tuvo hambre. Habiendo tontamente olvidado el infiernillo puso a cocer los huevos que cargaba en el morral en el agua sulfurosa que hierve y después se los comió. El expedicionario no contó con que una reacción química tornaba la cáscara del huevo de un blanco celestiral a un negro infernal.
Seguramente el origen es menos retórico y más práctico, pero la realidad es que miles de curiosos suben para mirar las furmarolas, sentir el agua hirviente, curiosear cómo se cuecen ahí los huevos, comprarse muchos y comérselos inmediatamente mientras matienen el calor magmático.
Hicimos eso, nos dimos cuenta que negra se hacía solamente la cáscara; el interior, la clara, seguía siendo celestial y la yema tan luminosa como el sol; era indiscutible que el huevo se había puesto una capa negra para desafiar las amenazas del-que-no-se-debe-nombrar y que gobierna el averno que es caliente, está debajo de los pies y allí se llega entrando por un volcán, según la mitología católica.
Le pusimos un poquito de sal y nos comimos. Un huevo negro cada uno. El sabor es el de un huevo duro, ni más ni menos. Pero el olor es menos gustoso, huele a huevo prodrido que es el mismo olor del azufre. Y viceversa. Justamente por el olor a azufre, que es el mismo olor del huevo podrido, decidimos bajar rápido del cráter (otra vez en teleférico y con pavor verdadero), a pesar de que el paisaje estaba jalonando la lengua poética de viajantes, fotógrafos, mercaderes, jubilados y desocupados de las artes de las letras.
Es una paradoja compartir con miles de personas la experiencia de comer huevos con cáscaras negras en el único lugar de la tierra donde el olor natural es a huevo podrido. Somos hijos dignos de nuestras contradicciones.

Hasta después de un rato.