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miércoles, 24 de julio de 2013

Amanecer parcialmente cubierto en el Fuji

Mis estimados:

Es que no sabía cómo iniciar el relato. No tengo una palabra concluyente, no tengo una idea final de lo que pasó entre el Fuji y nosotros, pero ahí van los hechos, sepan ustedes darle el justo valor.
Habíamos contratado este tour con un grupo que se llama Tokyo Snow Club, básicamente porque podíamos subir con guías que hablaban inglés y el precio no estaba mal. Del grupo de guías no hablaré más porque no se les vio por ninguna parte.

Estación No. 5: de aquí en adelante la única opción es caminar

Como estaba planificado, el 20 de julio viajamos de Tokio a la estación 5, que es la parada hasta donde llegan buses y autos, el tope de la vía para vehículos motorizados. Es un gran centro comercial donde se venden todos las chucheerías de rigor: un palo con un cascabel y la bandera del Japón para apoyarse, pequeños tanques de oxígeno (se venden hasta pastillas de oxígeno), agua, camisetas, chompas, recuerdos para cuando se regrese y todo lo que podría hacer falta. 16:45, 2.300 msnm.
De la estación 5 salimos a las 18:30, todos alegres, nos tomamos las respectivas fotos en las que exponemos la sonrisa de típica de "miren las botas nuevas que me compré". Al mismo tiempo que nosotros comenzábamos nuestra aventura, llegaban de regreso quienes habían subido en la mañana, traían el polvo calado en bandolera, los ojos saltados y la adrenalina a millones.
Comenzamos la caminata los 45 gaijins (así llaman los japoneses a los extranjeros) que formábamos este grupo y al principio era eso, un paseo de sábado por la tarde, la temperatura estaba sobre los 20 grados y el Fuji, con la arrogancia que le da saberse el más alto de su orbe y probablemente uno de los más perfectos conos del mundo, se solazaba con una nube lenticular que por unos momentos se formó en la cumbre.
Llegamos, entonces, a la primera parada: un pequeño refugio (el No. 6) con baños. Estaba anocheciendo y tenía una vista interesante de las linternas de cabeza de los escaladores que había subido antes, como una serpiente de luz en movimiento. Mi Señora no aguantó el olor de los baños, que se regaba generoso a varios metros a la redonda, y se adelantó, mientras yo aguanté lo mío para hacer dos fotos movidas y ponerme el primer saco del recorrido. 19:20, 2.400 msnm.


Laz luces alumbra el ascenso de los grupos

Sin mayor novedad llegamos a los refugios 7 y primer 8, que está prácticamente a la altura de Quito pero por debajo de La Paz. Nuestro argumento, el de los andinos, había sido que el paseo sería tal porque no nos faltaría el oxígeno, ascenderíamos unos cientos de altitud más allá de nuestro lugar habitual de residencia; y suponíamos que la misma ciudad Tokio se había encargado de tonificar los músculos por los kilómetros que hay que caminar todos los días para unir destinos alejados; además, hubo algo de entrenamiento. Hicimos mejores tiempos que los que marcaban los mapas, de manera que en cada refugio parábamos, nos deteníamos a tomar nuestros descansos pero también porque había que calcular la velocidad para llegar lo más cerca posible del amanecer, no mucho antes y, efectivamente, no después. El problema es que hace mucho frío en la cumbre y llegar con anticipación no es recomendable, a menos que se tenga las prendas térmicas de rigor. Pero nosotros no teníamos las prendas ni la intención de ir a la cumbre a morirnos del frío, así es que seguimos con la estrategia de tomarnos nuestro tiempo: quedarnos un rato en los refugios, acompañados de decenas de ascensionistas y del olor a baño que, a esas alturas y luego de la repetición insistente de dicho olor, era ya parte de los souvenirs que nos llevamos del Fuji.
A pesar de que nadie lo dice, a esas alturas se descubre que los refugios son unos negocios privados y se los trata como tal. El baño (y su generoso perfume) cuesta USD 2, una botella de agua de otros US$ 2 (en la ciudad se paga US$ 1), hay rámen a montones (una sopa de origen chino de fideos sobre un caldo de carnes) a unos USD 7; los precios suben al mismo reitmo que la altitud. Solo se puede entrar a los refugios si se paga para dormir, no hay el concepto de entrar un ratito para descansar. La tarifa mínima cubre 3 horas, consta del espacio en una litera que no tiene colchón y el costo oscila, según la altitud del refugio, de 65 a 95 dólares. Pero tienen un tiempo máxima, no hay como quedarse más de 8 horas. Entonces no, no hay ningún servicio que sea público.
En el refugio 8 alto (hay como cuatro con ese número) se unen dos de las cuatro rutas de acceso. Para entonces la temperatura ya había bajado, tuvimos que vestir cuatro capas. La mochila iba perdiendo peso gracias a las dosificaciones de líquido, barras energizantes y dulces. En este refugio no había un lugar, ni dentro ni afuera, donde sentarse, asentarse, posarse, arrodillarse, ni siquiera dejarse estar, mucha gente, mucha gente. Comenzaba a estorbar. 01:00, 3.200 msnm.
De ahí para adelante había que colarse en una fila que se movía lento. Nos quedaban los últimos 500 metros y los mapas decían que nos demoraríamos algo más de dos horas. Pero enseguida entendimos que ese tiempo depende del ritmo de la gente. Puesto en perspectiva horizontal, es una sola fila de cinco cuadras, todos pegaditos, sin espacio entre el de adelante y el de atrás, sin aire entre nariz y espalda. La abultada masa humana de una procesión religiosa, la salida del estadio de fútbol, la entrada a un concierto. Todo eso se parece. Pero en la historia que hoy nos ocupa esto sucedía en una pendiente muy respetable, una camino en el que hay que ascender por escalones naturales de roca y que las más de las veces había que sostener el peso del cuerpo cansado y de la mochila en un pie que se posaba con un precario equilibrio sobre una saliente de la roca. Dábamos un paso y la fila se detenía. Treinta segundos después se volvía a mover, dos pasos más y se detenía de nuevo. Un paso dado con enorme esfuerzo y uno se encontraba de frente con la espalda baja del anónimo compañero montañista de adelante. Generalmente eran líneas de tres personas, todos pugnando por ir por la línea más rápida, se me parecía a los trancones de tráfico de las ciudades grandes, al principio veíamos con mucho asombro la habilidad que tenían los japoneses para colarse en espacios minúsculos, luego desarrollamos nuestra propia habilidad para hacerlo. A estas alturas no hacía falta tener ni buen físico ni estar aclimatado, era un ejercicio agudo y hasta malsano de paciencia (un meteorito asomó en la noche, se prendió fuego en la atmósfera y se consumió: juego pirotécnico estelar asombroso). Miles de pequeñas lucecitas que formaban una enorme y perezosa serpiente se movía con sorna. En la última parte del trayecto había que ir en fila de a uno, entonces ya se podía andar sin detenerse: 10 minutos y llegamos a la cumbre. 4:00, 3776 msnm. El  fondo negro se tinturaba de morado y poco a poco de azul. Mirábamos al este. Mi corazón sabía que si seguía ruta al sudeste, como lo hacía mi mirada, llegaría a casa. Encontramos apenas donde posar las asentaderas, nos había tomado, en total, 9:35 horas el ascenso; en la parte alta debía haber unas 10.000 personas que hicieron lo mismo que nosotros: los lugares desde donde se podía tener una buena vista del amanecer estaban copados: nos hubiera tocado ir de puntillas o dar saltos si queríamos solazarnos con un espectáculo que no se dio, el día estaba nublado, no se vio a la diosa mayor del sintoísmo, Amaterasu, la diosa del sol, descender desde el altiplano del cielo para honrar el nombre del Japón: el país del sol naciente.


Miles de personas atentos con el amanecer en la cumbre del Fuji
Los acensionistas buscan donde descansar o qué comer
Este es el grupo de los atrasados. El "tráfico" ya estaba relajado a esas horas
Se hizo de día. La cola para el baño nos quitó unos 30 minutos, otros 2 dólares por persona y la constancia de que los baños huelen igual de mal a cualquier altitud. Encontramos refugio para nuestro cansancio y frío, nos sentamos a tomar algo caliente y a estar en paz el tiempo justo para que los músculos no se enfríen por completo. A las 6:00, cuando estuvimos saciados del paisaje y hartos de los codazos, empujones y de esa sensación de encierro que provoca el exceso de gente, decidimos tirarnos montaña abajo. La ruta de bajada es un zigzag descomunal de cascajo volcánico. Unos 20 minutos después de que la iniciáramos Mi Señora se lastimó la rodilla. De ahí para adelante fue la prueba final y fundamental de paciencia y fortaleza: hacer la ruta de descenso caminando muy lento y de lado. Luego, un japonés que tenía una mirada de demencia absoluta y que resultaba incontrolable para sus dos nietos, le sugirió que bajara de espaldas. La mayoría de las cinco horas siguientes Mi Señora bajaba de espaldas y yo le sostenía de las manos. No encontramos un baño ni un refugio ni un lugar donde tomar una gota de agua durante cuatro horas seguidas. La bajada ya no es buen negocio y no hay servicio público.
Llegamos a la estación 5, fuimos a un casillero que habíamos alquilado donde dejamos los zapatos más cómodos y ropa ligera, nos cambiamos y regresamos a Tokio. Llevábamos el polvo calado en bandolera, los ojos saltados por la adrenalina y la poca que nos quedaba haciendo esfuerzos descomunales por sostenernos despiertos.
El gran desengaño: cierto que en términos de altitud es poquito lo que hay que subir, pero el ascenso es muy difícil. Yo creo que sin gente nos hubiera tomado de todas maneras unas 6 horas. Pero así es la cosa. Las ascensiones al Fuji solo pueden hacerse libremente durante la temporada de julio a septiembre. Se calcula que ascienden 300.000 personas en una temporada, un promedio de 4.000 por día. No, no existe la versión poética, que en los Andes es una realidad inigualable, de estar en la cima de una montaña y sentirse el único amo y soberano de los cielos y la tierra, solo acompañado por los bemoles del viento que se apersona con ráfagas retozantes y de la nieve que, entonces, se tiende como una alfombra; igual que las nubes.
La gran verdad: dicen que quien llega a la cumbre del Fuji se vuelve japonés. A nosotros nos quedó la sensación de que el Fuji nos recordó que somos extranjeros.


Nos vemos pronto.