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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Año 27, año de la cabra

Hola, qué gusto saludarles en este año de la cabra. ¡Felicidades para todos!

Como se ha dicho ya, en el calendario japonés hay dos fiestas máximas, celebraciones nacionales, totales, en las que los japoneses se sienten ahítos de sí mismos: el cumpleaños del Emperador y el año nuevo.
Lo primero, para efectos de todo acto oficial, el calendario se determina por el tiempo que ha permanecido el Emperador en el solio. Este que comienza es el año 27 que ha sido Emperador Akihito. En el futuro, cuando muera, para los fines del conteo de tiempo oficial cambiará su nombre y entonces se nombrará con la nueva nominación la era en la que regentó. Es decir, para entenderlo mejor, el anterior emperador fue Hiroito, al morir se le dio el nombre póstumo de Showa. Para uso oficial, los nacidos en el año de 1978 para el Japón son del año 53 de la era Showa.
Luego, en el segundo asunto, una de las características que comparten chinos, coreanos, japoneses y hasta rusos es aquello de dar el nombre de un animal a cada año, un nombre diferente del zodiaco mensual occidental. Al mismo tiempo, se le confiere particularidades que describen la naturaleza de las personas nacidas en tal época.
La cabra es el animal regente de 2015, el elemento es la madera y la tendencia general es que será el momento de recoger el trofeo de las batallas del año anterior anterior, que fue de ruptura: es hora de la tranquilidad, de quietud. Es hora de aprovechar de la paz, la tranquilidad, la armonía, la buena convivencia para curar las heridas.
Es recomendable ser amables con el resto y con uno mismo, alimentar la dulzura, la ternura, la armonía con todos y con uno mismo, ayudar para que se consolide este clima de relajada creación que provocará transformaciones.
La cabra puede llegar hasta lugares en los que no hay otros animales, puede estar tranquila en esos hitos desconocidos y aislados en los que se puede escuchar como se mueve el universo.
Dicen que este estado será propicio para la creación (es el animal regente del arte en Japón), pero la cabra deberá reconocer que una actitud de humildad le ha de facilitar una buena realización de la, ahora, urgente tarea de la tranquilidad.

Es sabido que el japonés es un horóscopo tomado del chino y que ha sufrido variaciones durante los siglos. Quizás el más visible es que el año chino comienza con la segunda luna nueva después del solsticio de invierno, mientras que el nipón se ajusta al calendario gregoriano, es decir que parte desde el primer día del mes de enero.
Para los japoneses, la cabra será, durante estas importantes fiestas, el motivo central de sus actividades. Una principalísima es la llamada 年 賀 状 (nengajo), que consiste en enviar una tarjeta con buenos deseos. Es una costumbre arraigada entre los amigos y los familiares, que luego migró para ser parte de las estrategias empresariales. La empresa nacional de correos, Japan Post, se prepara durante todo el año para este evento, solicita a los clientes que depositen las tarjetas en los buzones hasta una fecha determinada, unos 10 días antes de fin de año. Y se compromete a entregar todos los saludos el mismo primer día de enero. Lo logra: se calcula que en un solo día JPPost distribuyen tres mil millones de tarjetas de felicitaciones con la frase 謹賀新年 (¡Mis más sinceras felicitaciones por el año nuevo!).

La cabra, o el animal al que le toque el calendario, será la estrella durante las festividades de año nuevo, pero luego tendrá una utilidad más bien práctica. En el a veces rígido protocolo japonés es de mal gusto preguntar la edad a una persona, sobre todo a las mujeres; pero el calendario japonés y su zodiaco son un atajo llano: no se pregunta la edad sino el signo, que se repite cada doce años. Si la respuesta es “soy del año de la cabra”, habrá nacido en 1931, 1943, 1955, 1967, 1979, 1991, 2003, será menos riesgoso calcular que tiene 12, 24, 36, 48, 60 o 72 años de edad.
Más o menos jóvenes, los albures y características adivinatorias impactan menos en la sociedad japonesa que en la occidental. Es decir, saben que el zodiaco determina cierto estado del universo, pero no condicionan tales características al amor, la salud, los viajes o, como se ha vuelto tan común, cuánto dinero se va a obtener en el año nuevo.
Las creencias son diferentes y de alguna manera se expresan en las tradiciones típicas de estas fiestas.
Una primera tradición es la limpieza general del hogar (osoji), dejarlo presentable para que sea digno de la visita del Dios del Año Próximo y que, al mismo tiempo, sea una acción concreta de purificación de uno de los espacios más importantes para la vida de una persona. Limpiar el hogar, quitar los obstáculos para que las cosas buenas del año nuevo fluyan en silencio.
Luego, hay un adorno que se coloca en la entrada de las casas y las oficinas, el kadomatsu, un arreglo que debe contener necesariamente tres varas de bambú, que representan al cielo, la tierra y la humanidad, funciona como un imán para atraer a los dioses. Debe tener también una rama de pino, que será el espacio físico en el que habiten los dioses que están de visita. El arreglo debe entregarse el séptimo día del año nuevo a los monjes del templo para que liberen los espíritus.
Luego, en la víspera se debe comer toshikoshi soba. Soba es el nombre japonés para el alforfón (o trigo sarraceno), se considera que este plato típicamente asiático aleja los malos espíritus.
En la misma víspera es una tradición que quienes tienen 22 años o menos reciban dinero de sus padres. La costumbre manda que se dé ¥ 1.000 (menos de diez dólares) a los niños menores de seis años. Hasta los 17 años reciben entre ¥ 3.000 y ¥ 5.000 (de 25 a 40 dólares) y los de más edad ¥ 10.000 (algo más de 80 dólares).
Se acostumbra a visitar amigos y familiares antes de año nuevo y se suele llevar de regalo dulces. En general, la cocina se convierte en el centro de operaciones frenéticas. El motivo principal es que en estas fechas se reune la familia ampliada; lo más común es que deban movilizarse desde otras ciudades o diferentes prefecturas, de manera que pasarán en casa de sus padres unos días. En la mayoría de los casos es el único momento en el año en que la los familiares íntimos se encuentran.
El factor que genera el disturbio de utensilios es que no se puede prender la cocina en los siguiente siete días después del año nuevo. Se cree que se debe dejar descansar ese período al dios del fuego y no hacerlo será atraer desastres naturales.
De manera que se cocina alimentos que se mantengan por siete días. Las mujeres tienen largos de preparación de comida y se activa un comercio enorme de cajas con comida que no se daña, que tiene productos e ingredientes diversos, inclusive cobran valor las preparadas por restaurantes prestigiosos o chef de renombre. Se ha visto que una caja de carnes frías, que puede servir de almuerzo,para cuatro personas, puede costar sobre los  800 dólares.
No prender la cocina tiene otro motivo, obligar a las mujeres, que son quienes normalmente cocinan, que dediquen tiempo para estar con la familia y para ordenar las cosas de manera de estar preparados cerca de la media noche.
Se debe llegar a tiempo a los templos y santuarios para escuchar el sonido de las 108 campanadas que se tañan antes de que llegue el primer día del nuevo año. Con cada sonido de las enormes campanas, según la tradición budista, se van los malos deseos. Luego, el mundo se inunda de las buenas intenciones que llegan con la única campanada que suena enseguida de que ha llegado el nuevo año.
El budismo y el sintoísmo son bastante laxos con respecto a los ritos pero uno de los pocos que no se puede dejar de cumplir es la visita a los templos y santuarios el primer día de enero. No importa cómo, pero hay que ir. Hay jóvenes que se escapan un rato de la discoteca, a la madrugada, para ir al templo, cumplir con el rito y volver a la fiesta.
Pero la mayoría de japoneses van durante el día y los templos se llenan, literalmente. Al principal del sintoísmo, Meiji-jingu, se calcula que peregrinan dos millones de personas solamente el primero de enero. En esta visita mística es recomendable describir círculos sobre la cabeza con un incienso encendido y muchos compran una flecha, que es un símbolo muy fuerte del sintoísmo, que les protegerá durante todo el año. También se compran muchos, muchos amuletos.
Finalmente, una tradición pagana que es usual en los comercios es vender los fukuburuko: los clientes compran una bolsa sellada y pagan un valor; el contenido es una sorpresa pero, en general, el valor de los productos es el doble del precio pagado.
En el espíritu de los japoneses está muy anclada la sensación de que esta fecha es una convención atada al concepto del tiempo, de su tiempo, saben que es efímero, que los finales y los inicios se suceden con mucha frecuencia y con pocos traumas: esa es la manera como fluye el universo.


明けましておめでとうございます! ¡Que tengan un feliz año nuevo!

viernes, 26 de diciembre de 2014

Cien años, cien historias para la estación de Tokyo

Últimos días de este año y últimos momentos para reunirnos, darnos un abrazo y seguir conversando. Este relato tiene bemoles, como todas las buenas historias.

En junio de 2013 unos 90.000 pasajeros tuvieron inconvenientes en la Estación de Tokio. A pesar de que se habían publicado anuncios de alerta, es inevitable pasar por ahí, o andar cerca de este ícono del Japón.
Un equipo de las Fuerzas de Autodefensa iba a realizar la explosión controlada de una bomba que había sido lanzada en la II Guerra Mundial contra el edificio y que no había estallado. A las once de la mañana se detuvieron la mayor parte de servicios, se invitó a la gente a salir y la bomba estalló dentro de un sistema de contención que impidió que destruya nada.
A las cuatro de la tarde ni siquiera quedaba alguna mota de polvo jugando a flotar sobre los rayos de sol que se colaban por la cúpula de la estación, que fue inaugurada el 20 de diciembre de 1914, cien años atrás, un siglo con todos sus veranos e inviernos.
En el ya lejano 1945 fue el objetivo de unos de los bombardeos de Estados Unidos contra Tokio y otras ciudades de Japón. El ataque provocó bastantes más daños que el Gran Terremoto de Kanto de 1923 (más de cien mil muertos y dos millones de damnificados o refugiados).

  
 
En este seísmo quedó demostrado que este edificio, que de alguna manera demostraba que Japón ya era un país instalado definitiva y sólidamente en la modernidad, había usado el diseño y la ingeniería adecuados.
Hacer una gran estación estuvo en mente de quienes impulsaron la apertura del país al mundo y que querían que pudieran compararse -y que ganara en la contienda- con cualquier nación de occidente. Un comité edilicio presentó la idea de tender una línea ferroviaria que conecte la terminal de Shimbashi, hasta la que arribaban los trenes que viajaban de la sureña Kansai (Kioto, Osaka, Nara, Kobe), con la terminal para trenes del norte, en Ueno; en el medio de esta línea debía haber una estación.
Pero, además, se pensó que ese sería el eje de la movilización de la nación por lo que se dispuso que se construyera a no más de un kilómetro de distancia de las murallas del Palacio Imperial. El desafío fue entregado al arquitecto Kingo Tatsuno.
Hijo de un samurái del clan Karatsu, se había graduado de ingeniero en la Universidad de Tokio y estudio arquitectura en la Royal Academy of Arts de Londres. En el diseño tuvieron buena acogida las recomendaciones del ingeniero alemán Franz Baltzer y siguieron algunos principios usados en la estación central de Amsterdam.
El diseño de Kingo Tatsuno, considerado como el padre de la arquitectura moderna japonesa, estuvo listo poco después, pero los trabajos solo pudieron comenzar cuando dejaron de interferir las guerras contra China y Rusia.
En Japón se había visto muy pocas construcciones con ladrillos rojos vistos, que eran algunas de las características del estilo europeo del Renacimiento. Tampoco eran fáciles de ver las cúpulas (las del norte y sur iguales, diferente la central) ni las ventanas seriadas de los tres pisos. Las tejas de pizarra sí eran tradicionales del Japón y el decorado interior. Para los ciudadanos no era una construcción que representaba sus tradiciones, no les hacía perder la cabeza, pero era claro que el país vivía un momento histórico que estaba bien descrito por el edificio.El bombardeo en la II Guerra Mundial destruyó buena parte de la cubierta y el decorado interior, aunque la estructura soportó bien. La reconstrucción se recuerda como uno de los proceso más largos de la historia de la ciudad: terminó en 2012 y tomó unos 60 años.
Era difícil intervenir sin interrumpir el funcionamiento de la infraestructura de transporte. Se podía trabajar abiertamente de 01:00 a 04:00, cuando el servicio se detiene, y con restricciones el resto del día. Además, fue extenuante encontrar la fórmula de fabricación de los ladrillos, hallar al fabricante y lograr que los hicieran exactamente iguales a los originales, hubo muchos esfuerzos para que la estética fuera igual a la del día de la inauguración.
Se aprovechó para hacer un trabajo integral para reforzar el edificio y reconstruir íntegramente los cimientos utilizando un sistema de aislamiento sísmico para los dos nuevos subsuelos.
En la página web de la estación consta la declaración de Makoto Kawada, de relaciones públicas de la Compañía de Ferrocarriles del Este de Japón: "Para el tejado que se construyó hace cien años se empleó pizarra natural de Ogatsu, en Ishinomaki, prefectura de Miyagi. Nosotros obtuvimos el material de la misma fuente original y estábamos a punto de enviarlo a Tokio cuando se produjo el gran terremoto en el noreste del país y se lo llevó el tsunami. Sin embargo, casi de forma milagrosa, se encontraron 15.000 tejas de pizarra que estaban enterradas en el lodo”.
A pesar de que la Estación de Tokio nunca dejó de operar, los trabajos se demoraron un poco por las dudas de cómo realizar la reconstrucción y otra también por la intención de algunos ciudadanos de derrocarla e ir definitivamente por un edificio moderno.
La estación está en el barrio de Marunochi (de hecho, se le conoce también como la estación de Marunochi) un sector exclusivo donde tienes sus oficinas centrales muchas corporaciones. Es posible que el metro cuadrado de construcción más costoso de Tokio, que es una de las ciudades más caras del mundo, se venda en este barrio.
Queda dicho que tiene como vecino al palacio de Chiyoda (Palacio Imperial) y también a los barrios comerciales de Nihonbashi y Ginza. Vista desde afuera, la estación de Tokio parece una niña bien arreglada y vestida con ropas de hace un siglo que es protegida por unos colosos de ventanales relucientes.
La celebración de un siglo de vida de la estación ha causado conmoción. Una más. En 2012, cuando se inauguraron los trabajos de reconstrucción, se presentó un juego de luces que debió ser suspendido porque ni los organizadores ni las autoridades podían controlar la muchedumbre que querían asistir al evento.
Un suceso parecido se repitió en estos días: la empresa Japan Railways (JR) decidió emitir una tarjeta  de pago para uso en el sistema de transporte en una edición limitada y con un diseño conmemorativo (se llama Suica). Nuevamente, debió suspender la venta porque no pudieron organizar a tanta gente que la quiso comprar.
La tarjeta tuvo un costo de dos mil yenes (algo menos de dos dólares). Uno de los afortunados que pudo adquirirla, la subastó en línea y consiguió que le pagaran cien veces más el precio (cerca de dos mil dólares).
Tener esa tarjeta para un japonés es como poseer parte de la historia de su país. Y de un ícono de la movilidad: la estación es usada por 10 líneas ferroviarias, 3.000 trenes entran o salen cada día y medio millón de pasajeros usan a diario sus instalaciones (es la tercera estación más transitada de Japón y una de las más movidas del mundo). Llegan y salen trenes cada 2 o 3 minutos con rigurosa exactitud y puntualidad.


 
Evidentemente, existe una ciudad debajo de esta instalación: comida que se sirve rápidamente, ventas de periódicos y revistas, copias de llaves, tiendas de conveniencia, almacenes de ropa: nada más parecido a un nido de hormigas, uno enorme, es posible usar quince minutos de caminata para ir del un lado al otro de la estación por los pasillos subterráneos, debidamente escoltado por decenas de pasajeros, siempre hay mucha, mucha gente. Además, en el edificio principal está uno de los más bonitos hoteles de la ciudad, que fue inaugurado unos meses después que la estación.
Esta instalación es considerada la puerta de entrada a la ciudad, es un símbolo de una megalópolis que, al mismo tiempo, muestra bien a un país moderno.
La Estación de Tokio encargó la producción de un cortometraje que se refiere a la celebración de un siglo de vida, obviamente en anime, se lo puede mirar aquí
).

Si no les veo antes, les deseo unas felices fiestas de año nuevo, con muchos abrazos e inmensos buenos deseos.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Kintsugi, el arte de reparar con belleza

Es un gusto enorme sentarnos a conversar, como siempre. ¿Se toman un café conmigo?

Les quiero contar algo que surgió de mirar una publicación en una de las redes sociales. De pasada leí la palabra kintsugi y muy rápidamente me entraron por los ojos palabras que me generaron la idea de corazones rotos y corazones reparados.
Pero he escarbado un poco aquí y otro tanto allá y he visto que el de ahora no es, al menos en origen y en el pensamiento de los autores, nada parecido a eso.
El kintsugi es el arte de reparar cerámica rota utilizando un barniz de laca mezclado con metales preciosos, con el objetivo que la cerámica arreglada sea más hermosa que la pieza original.
En occidente se ha escrito que el arte del kintsugi también se puede usar para reparar almas rotas con el dorado hilo del amor; el objetivo es lograr que las personas sean mejores.
Los maestros japoneses no tienen eso en mente. Su intención es completamente diferente y está lejos de ser un asunto de moralejas. Esos maestros se rigen por la estética japonesa, que se basa en los principios del wabi-sabi; es budista, de la secta zen.
Uno de sus dogmas de fe plantea que un cuenco no es bello por sí, no es bella su apariencia sino su esencia. La importancia que se da a las cosas está en quién las mira no en las cosas en sí mismas.
También hay quien cree que está el kintsugi está atado a la resiliencia. Pero no hay evidencias de que los artistas japoneses estén preocupados por el contexto sicológico de la palabra, en cuanto "Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas" ni las características mecánicas: "Capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación" (ambas definiciones de la Real Academia Española de la Lengua).
El arte mencionado tiene un origen antiguo, se remonta al siglo XV: el sogún Ashikaga Yoshimasa envió a China la taza que más le gustaba para beber té, había caído y se había roto. De China volvió con las piezas juntadas con un  gancho de metal que mantenía las partes unidas y que le había robado todo rastro de belleza.
Yoshimasa convenció a los alfareros japoneses que intenten unir las piezas rotas de manera que el cuenco quedará tan hermoso como el original. Y les desafió a que mejoren la pieza original.
Lo hicieron y el arte que se desarrolló desde entonces provocó que, incluso, algunos coleccionistas rompan deliberadamente valiosas piezas de cerámica solamente para que fueran reparadas con la técnica del kintsugi.
El kintsugi lleva a un nuevo nivel a la ya compleja estética de los cuencos reparados. Una pieza de cerámica china elaborada con la maestría de los alfareros es una muestra maravillosa de simetría. Cuando se quiebra se destruye la simetría con los zigzag de la violencia del golpe; los trazos circulares que centran el poder de la vasija en sí misma se desvanece.
Los artistas del kintsugi no tienen la posibilidad -y tampoco la intención- de restablecer el espíritu único de una pieza maestra, no es parte de su ánimo, ni de su habilidad, no saben una manera de volver a crearla exacta.
Lo que sí saben hace es devolverle la geometría original, si es del caso; no esconden las heridas de la rotura y unen las piezas de manera que crean un cuenco nuevo, un nuevo espíritu.
Es más que añadir metales preciosos a una pieza de cerámica, hay escrito en un cuenco reparado con la técnica de kintsugi una versión de una obra de arte con una intención diferente, meter la mano en una danza ajena para lograr que cambien los pasos de la coreografía. Romper deliberadamente, empujar para que la pieza reparada sea mejor que la original.
El hecho de no intentar esconder la fractura se explica porque los artesanos se niegan a borrar esa parte de la historia del objeto. Que una pieza se haya roto es natural, hacer notar ese momento de ruptura a través de la belleza es uno de los aspectos que inspira a los maestros del kintsugi
Es sorprendente que suceda esta especie de flujo creativo entre anónimos. Quien creó la pieza de cerámica es, normalmente, completamente diferente del quien la reparó cuando se quebró. Sin saberlo, el uno creó una obra de arte y el otro la re-creó de manera que un cuenco perfecto que se ha roto y ha sido reparado utilizando la técnica japonesa tiene más valor que uno intacto.
Este arte es una expresión más del wabi-sabi, palabras que distingue a la estética japonesa (cuya descripción más amplia se puede leer aquí). Según los principios estéticos, nada es perfecto, nada es eterno, se debe eliminar lo superfluo y nada está terminado. 
Es eso, la imperfección como camino a la iluminación.

Gracias por la compañía. Nos veremos pronto.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Las negaciones que fundan la estética japonesa

Abrazos cálidos para todos, gracias por venir a conversar. Lo que les voy a contar nació de una pregunta.
 

A un grupo de turistas que caminan por la calle Takeshita, en el barrio de Harajuku, le llamará la atención la subcultura de mujeres jóvenes que se visten como si fueran muñecas. Se preguntarán a sí mismos si las jóvenes les parecen bonitas y un japonés meterá el cuerpo para decir que son kawai: cute en inglés; lindas en español; милый en ruso; mignon en francés.
La siguiente pregunta seguro será cuáles son las características físicas que definen a una mujer guapa en Japón. Existe demasiado riesgo por convertir esa descripción en una lista de insultos sexistas. Pero hay un camino: sugerir unas formas estéticas sin decirlas de manera evidente.
Esta vía puede ser interesante porque el hecho de esconder la manera de ser de una persona, solamente permitirse exteriorizar sutilezas que, convenientemente juntadas, conformen la realidad de la belleza, es una de las características clave de la estética japonesa.
A partir de que Japón cedió los muros de su aislamiento sucedió algo curioso: sí, el pueblo nipón de pronto estuvo ahíto de la cultura de la “civilización” de occidente: se cambió el quimono por el frac y el palanquín por la carroza, las geta por zapatos y las katana por fusiles.
Pero el efecto en la dirección contraria fue muy intenso: el reconocimiento del que gozó la estética japonesa fue tan fuerte que, por ejemplo, provocó el nacimiento del impresionismo (Camille Pissarro, Edgar Degas, Pierre-Auguste Renoir, Paul Cezanne, Alfred Sisley y Berthe Morisot. Una muestra ejemplar la puede encontrar aquí).
Europa se impresionó mucho, entre otras cosas, porque la estética en Japón llevaba muchos siglos de formación.
En el génesis hubo una fuerte influencia de China, que le proveyó de la escritura; el sintoísmo, la religión local, le proporcionó el sustento divino que necesitaba pero, además, instaló un sistema de comunicación y de interdependencia entre los habitantes del archipiélago y la naturaleza, que hasta hoy está bien sostenido. Luego llegó la doctrina de Sidarta Gautama y se diseminó con fuerza el budismo zen, que proveyó de buena parte de lo que hoy está dentro del marco de la estética del Japón.
El vínculo vital con la naturaleza es fundamental. David Escat escribió “La estética de las manifestaciones culturales zen en Japón”, como trabajo final de maestría de Universidad Nacional de Educación a Distancia de España. En ese estudio afirma que “En el Este, la naturaleza siempre ha sido un fuerza indómita e inconquistable para el hombre, de ahí que en su tratamiento artístico no fuera el simple objeto de la obra, sino el medio que guía la búsqueda de algo ilimitado y profundo, y que a su vez sirve para reflexionar introspectivamente, y en su caso expresar la propia experiencia de la iluminación” .

Ceremonia en el santuario de Meiji-jingu, Tokio.
De manera que es una forma de vida, además de una forma de expresión, maneras que responden a unos conceptos, que son populares en occidente, se agrupan dentro del término wabi-sabi que, literalmente, puede traducirse como “simpleza rústica”, aunque hay en sus letras mayor profundidad y más peso. Este es, al mismo tiempo, un trío de principios de la existencia, según el budismo.
El wabi-sabi cultiva todo lo que es auténtico y reconoce tres realidades que son, en definitiva, tres negaciones: nada dura, nada está completado y nada es perfecto. Es probable que, para completar el ámbito de influencia del wabi-sabi, sea necesario añadir que nada es evidente.

Sustentar la estética en negaciones tan amplias y extenuantes se contrapone por completo a los cimientos positivos de la estética occidental, sin embargo que las japonesas pueden ser dichas también de manera afirmativa.
Para iniciar por el último, aquello de “nada es perfecto” es posible expresarlo a través de todo es asimétrico. El mundo no está formado por cuadrículas, la realidad, la naturaleza, se dibujan con trazos antojadizos, aparentemente desequilibrados. El ikebana es una expresión artística que retrata con fidelidad la estética de la asimetría, así como muchas construcciones religiosas y aún civiles. De igual manera, los jardines, cuyas irregularidades encierran tesoros que sorprenden al espíritu. Los japoneses tienen la capacidad de asombrarse de detalles mínimos y de sorprenderse con paisajes que han visto antes, porque cada vez que lo miran es un redescubrimiento, la primera vez repetida una y cien veces.


Jardín del santuario de Rioanji, Kioto.
Luego, la caducidad: si en su mundo filosófico no existe el concepto de la inmortalidad, menos aún va a existir en la vida cotidiana. Todos los años las estaciones significan morir y vivir, un recambio, esa es la razón por la que no tienen interés en poseer objetos (lo que occidente llama minimalismo), cosas que no podrán llevarse en la transmutación de su alma. En la arquitectura monumental es igual, en vez de tener cimientos de piedra, los grandes templos son de madera que se pudre, se reemplazan piezas derruidas por nuevas y enteras, incluso templos enteros se mudan a otro lugar. La vida es efímera, los samurái decían que nacieron para morir. En la entrada de los templos budistas siempre existen dos enormes figuras con caras de rabia; la una tiene la boca abierta, gesto con el que se menciona la palabra de nacimiento, origen. A su lado está una figura con la boca cerrada, la manera como se pronuncia la palabra de muerte, fin: el alfa y el omega. Pero quizás el mayor de todos los espectáculos en el que se rinde homenaje a lo efímero es el hanami: los japoneses festejan el florecimiento de los sakura, árboles que se volverán magníficos por unos días, solamente por unos días (como se cuenta en este artículo).
Luego, lo de nada está completado es la clave de la formación, la transmisión de esta estética depende de tener conciencia que nada ha sido terminado y, por tanto, no existen las verdades absolutas. Cada persona circula por su propia ruta y todos los caminos son diferentes, no existe destino, hay el camino. Un japonés se pasará toda la vida esforzándose en lograr la perfección, a pesar de que sabe que no la va a alcanzar y de que la iluminación le será revelada gracias a lo bien que haga el camino. Las artes marciales son un ejemplo valioso: por ejemplo, en el kyudo (arquería japonesa) el arquero disparará mil veces una flecha hasta no fallar nunca, será un experto. Entonces se dará cuenta que tiene que comenzar a aprender de nuevo para acertar al blanco disparando desde diez metros más atrás y seguirá disparando con la intención de perfeccionar el movimiento pero sin el afán de darlo por terminado, por concluido, por hecho.

Jardin zen en una casa de familia, Miajima
La última de las características básicas es la capacidad de sugerir o de insinuar. Lo importante no es decir las cosas mirando a los ojos, con adornos y aspavientos. Lo bello se insinúa, no se expone, lo directo es desvergonzado, hay que dar las pistas para encontrar la clave que está velada entre sutilezas. En la pintura, para citar un ejemplo, hay grandes manchas de blanco -que no se permitirían las artes plásticas occidentales, donde se esconde la sutileza. En todas las expresiones de la estética japonesa hay espacio para el vacío, el silencio, la quietud, el ascetismo, se ha llegado a afirmar que las buenas muestras de estética nipona provocan una sensación de serena melancolía y anhelo espiritual.
David Escat afirma que “En principio ello podría subvertir nuestros criterios de belleza estética y armonía asociadas al placer de unas determinadas formas. Sin embargo, para el Zen, la belleza se halla en todas las cosas, y su fuerza radica precisamente en su capacidad para asociar de forma armónica una calavera, en principio repulsiva, con unas flores de montaña o un arroyo en primavera, lo que refleja la atención a las cosas como son, sin disquisiciones doctrinales especulativas ni juicios de valor, y la íntima relación con la naturaleza y su tratamiento sin límites”.
Otro concepto que están asociados a la estética del Japón es iki. Según advierte Héctor García, en su blog Kirai, “La palabra se comenzó a extender y comenzó a tomar el sentido de elegante, distinguido pero sin ser arrogante o exuberante, los japoneses siempre valoran mucho la sobriedad. Digamos que una persona o cosa sería iki si es original, calmada, indiferente, refinada y sofisticada pero sin ser perfecta o complicada. La literatura en inglés suele traducir iki como chic.
En este sentido, es clave saber que todo excedente debe ser eliminado para considerar a algo bello, lindo. Es una aproximación al concepto de “menos es más”, los silencios en una canción muestran el vacío esencial.
Es seductora esta otra manera de ver el mundo. Pero, sobre todo, es importante saberlo, muchas cosas de las que suceden en el Japón estarán claras para quien entienda que la estética es un asunto de cotidianidad.


 Estaré con ustedes muy pronto, hasta tanto.

lunes, 27 de octubre de 2014

La naturaleza indómita de Japón



Me da mucho gusto saludarles y volver a estar con ustedes.

Hay un doble sentido en el título. Puede entenderse como la imposibilidad de domar la naturaleza de los japoneses, quienes se aferran una identidad que tiene muchos vértices incomprensibles para los occidentales.
Pero este no es el tema de hoy. La naturaleza tal cual, aquella a la que rinden respeto, veneración y a la que ofrendan y rezan a través de los ritos shintoístas, la naturaleza compuesta por la poesía pura del monte Fuji al fondo de un paisaje de sakura en flor, la satisfacción plena de una persona flotando en el agua proveniente de una vertiente termal, el mar que abraza las islas con cariño maternal.
¡O que las estrangula! El archipiélago de Japón está ubicada en la zona más caliente del Cinturón de Fuego del Pacífico, aquella que provoca áreas de tremenda inestabilidad por el choque de las descomunales placas que están en el subsuelo. Normalmente el cinturón provoca un choque de la placa marina con la continental.
Pero en Japón se unen las placas que vienen literalmente de los cuatro puntos cardinales, son Euroasiática, placa Pacifica, la pequeña placa de Filipinas y también pequeña placa de Ojotks. Las cuatro se juntan exactamente en el centro de la isla principal.
Bajo la tierra de esta cultura milenaria hay un relajo de proporciones que se expresa, básicamente, en fenómenos naturales que en este país se amplifican: volcanes en actividad constante, terremotos y los tsunami, que son un efecto de los anteriores.
Eso no es suficiente, al menos cuatro meses al año acoge los vientos y las lluvias abundantes de los tifones, que cada vez son más grandes.

Foto tomada por el astronauta Alexander Gerst (ESA)
Para comenzar por el final, hay algunas referencias relativamente confiables que predicen que el calentamiento global provocará, entre una gama indeseablemente amplia de efectos, el desarrollo de tifones mucho más fuertes de los que ya suceden ahora.
Según creo entender, las tormentas tropicales nacen en el sur del Pacífico y se mueven hacia el norte, para encontrarse con Asia. Normalmente, mientras más viaja hacia el norte se encuentra con aguas más frías, que los debilitan. Ahora, últimamente, el agua está más caliente, de manera que los fortalece.
Katada Toshitaka es profesor de la Escuela de Posgrado de Ciencias e Ingeniería de la Universidad de Gunma y director del Centro de Investigación para la Prevención de Desastres en la Zona Metropolitana de Tokio.
En un artículo publicado por nippon.com (que lo puede leer aquí http://www.nippon.com/es/in-depth/a03502/) afirma que le preocupan mucho la mayor frecuencia de los tifones, la inusitada intensidad y la poca preparación de la población para enfrentarlos.
“Las elevadas temperaturas de los mares -dice el profesor Toshitaka- evitan que los tifones se debiliten, por lo que es cada vez más habitual que los tifones sigan en proceso de expansión al llegar a Japón. Si esta situación se mantiene, hay muchas probabilidades de que Japón se vea afectado por tifones gigantes en un futuro cercano”, escribió.
Agregó que “El tifón número 8 que afectó Okinawa en julio de este mismo año, por ejemplo, era de dimensiones titánicas. Ante la previsión de que siguiese expandiéndose, se emitió una alarma especial, pero afortunadamente el tifón se estancó (el 7 de julio alcanzó una presión central de 930 hPa). Los posteriores tifones 11 y 12 también trajeron intensas lluvias”.

Volcanes activos en Japón, mapa de la JMA
En estos días fue desoladora la noticia de las muertes a causa por una explosión freática en el volcán Ontake, que sorprendió a todos (explosión provocada por el contacto del magma con agua de la superficie). En términos generales, se conoce que se puede prever un comportamiento anómalo de un volcán porque hay cambios tanto en la sismicidad como en la forma de la montaña. Pero esta explosión emboscó a unos 2.000 ascensionistas que había subido al volcán, atraídos por esta muy popular ruta deportiva y religiosa y 57 no pudieron salir vivos de la lluvia de ceniza y de los gases tóxicos.
Hay otro dato, alejado en dramatismo y distancia, que es una evidencia visible de la intensa actividad de los volcanes japoneses: en noviembre de 2013 apareció en el aguas nacionales japonesas un pequeño punto, un volcán enano en actividad frenética. Cuando fue descubierto era un botón en el mar de unos 200 metros de diámetro. Un año después tiene ya un área de 673 metros cuadros y ya ha sido incorporado al mapa nacional japonés.
Vamos por más: hay una clasificación, más o menos aceptada en el mundo, que es el Índice de Explosividad Volcánica (VEI por sus siglas en inglés). El índice califica con 0 a erupciones fuleras y con 8 a las mega explosiones de los supervolcanes. En el tope de la lista, los que tienen VEI-8 son solo cuatro y la encabeza la erupción de la montaña Toba, en Sumatra, que provocó la Edad del Hielo.
Luego, en el punto más alto de las erupciones VEI-7 está el monte Aso. Es un supervolcán que tiene una caldera de unos 350 kilómetros cuadrados y que está en calma, por ahora.
Pero, lo sucedido con el volcán Ontake disparó alarmas, unas sensatas que se preocupan de las explosiones “de guerrilla” (se refiere a esta actividad que parece una emboscada) y otras que van más allá de lo razonable. “No es una exageración decir que una erupción volcánica colosal dejaría Japón extinto como país”, dijo el profesor de Ciencias de la Tierra la Universidad de Kobe, Yoshiyuki Tatsumi, y profesor asociado Keiko Suzuki, citado por muchos medios de comunicación.
La lógica de estos catedráticos es sui géneris. Consideran que cuando se produjo el terremoto de Kobe (1995, 7,3° en la escala de Ritcher) había un 1 % de probabilidades de que suceda.
Igual porcentaje de probabilidades hay de que se produzca una erupción catastrófica. Esta información apareció pocos días después de que la prensa afirmara que existe la posibilidad de que hagan erupción otros de los más de 100 volcanes activos que existen en el archipiélago.


Monte Fuji visto desde el lago Ashi
Verdad de Perogrullo, todo volcán activo puede hacer erupción, pero en el monitoreo que realiza la Agencia Japonesa de Meteorología (JMA por sus siglas en inglés), ninguno muestra un comportamiento anormal. El Ontake tampoco mostró nada antes. Ni el Fuji, el volcán más alto del Japón, patrimonio de la humanidad y montaña sagrada del Japón.
Ahora, la reflexión final del profesor Toshitaka es que los nipones están bastante bien preparados para enfrentar terremotos y tsunami (como quedó demostrado durante los eventos de marzo de 2011), pero poco para tifones cada vez más fuertes y volcanes cada vez menos previsibles.
Son tantos y tan frecuentes los fenómenos naturales de este archipiélago que les queda poco tiempo para pensar en “dominar” la naturaleza, en el sentido más capitalista de la idea. Intentan convivir con ella y estar todo lo bien preparados que se pueda para lo que venga. Que puede ser mucho.
Lo que vence en Japón es la solidaridad. Contra eso no hay fuerza natural que prevalezca.


Ya mismo esto con ustedes para contarles otras historias.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Cuando el licor no es un problema moral

Vuelvo a saludarles e insisto en agradecerles por estar aquí.

La imagen es épica: el jefe de una oficina gubernamental se ha quedado en camiseta interior, su camisa blanca salió disparada a cualquier esquina. La corbata negra es una banda que medio sostiene los caballos cortos y en parte plateados. ¡乾杯! (¡Salud!).
Sobre la mesa hay vasos de diversa capacidad, botellas de variado color, ceniceros repletos de filtros diferentes y los restos de abundantes frituras. Esas son las evidencias de que se está cometiendo “nomunicación”.
Esta palabra es una combinación de japonés y español. A pesar de que se utilizó originalmente la unión de japonés e inglés, el efecto es el mismo: ata el japonés nomu que significa bebida y el español comunicación (o el inglés communication). A ver si hasta el final se consigue una definición acertada en base de las siguientes pistas.
Un artículo publicado en este espacio (active este vínculo para leerlo) abordó la inasible ambigüedad japonesa, famosa, indefinible, fundamental en la identidad de los nipones, “la ambigüedad, entendida como falta de precisión, una veladura que provoca incertidumbre, dudas, confusión. Unas palabras dichas por un japonés, en general, no deben leerse con ojos literales”.
Ese probablemente es el antecedente más profundo, una actitud doble que tienen la mayoría, que es socialmente aprobada y practicada, se actúa a sabiendas de que hay dos japoneses en uno, es un individuo el que habita en la intimidad y otro el que tiene las herramientas para integrarse a la sociedad.
En el idioma japonés hay una palabra para definir los sentimientos internos y otra la conducta social. Solo ese hecho, el de haber creado términos específicos, ya implica aceptar la complejidad y la rigidez de los protocolos que determinan la ambigüedad.
En ese sentido, honne es el término que se refiere a los sentimientos y pensamientos de una persona como ser individual, son parte de la esencia íntima, un territorio casi absolutamente inexpugnable. Mientras tanto, tatemae es la palabra que designa a la conducta social, la manera cómo se espera que una persona actúe o se comunique. 
Ha llegado el final de la jornada de trabajo. Cada departamento de un enorme conglomerado corporativo es una célula; el jefe ha dicho que sería bueno compartir unos momentos de relajamiento. Todos los jefes han dicho lo mismo. En el término de minutos se llenan todos los locales de Tokio y de las grandes ciudades, los izakaya (bares en los cuales el cliente puede comer y beber todo lo que le quepa durante dos horas a cambio una pago cómodo). Las mesas se decoran enseguida de tragos y comida, hay mucho humo de cigarrillo.
Unos minutos antes todos eran unos fieles servidores, unos salarymen que han recibido y sostendrán una larga tradición de fervor por su trabajo, al que se dedican con disciplina, responsabilidad y un respeto casi religioso por las jerarquías. El estrecho lugar de trabajo es una fortaleza en donde pervive su identidad de honne, el encogimiento del espíritu, el blindaje para cerrar el espacio en el que se sienten cómodos.
El jefe alza la copa, recita un conjuro tan simple como “Bueno muchachos, el trago está servido, buen provecho.” y comienza a obrarse la mutación hacia el tatemae, el japonés social, el que habla sin entrelíneas, que es capaz de ponerse la corbata en la cabeza.
El licor es un lubricante que permite que eso suceda. Pero, también, el trago -o el uso del trago o el trago como camino hacia allá o el trago en sí mismo, como se le quiera poner- es uno de tantos protocolos que son exclusivos de la cultura nipona. Para muchos, es una parte de sus responsabilidades para la vida social. Los ocultos mecanismos de la “nomunicación” han comenzado a actuar.
Hay un acuerdo implícito en el sentido de que la “nomunicación” refuerza la mentalidad corporativa de los empleados. En muchos sitios en internet se lee esto: “'La cultura empresarial y política del país ha dependido durante mucho tiempo de alcohol para suavizar las diferencias entre jefes y subordinados o entre las partes en una negociación', según palabras del señor Noriaki Nozaki, director general de Alcohólicos Anónimos de Japón"; la entrevista sucedió en 2009.
El New York Times publicó un reportaje en el que se lee:  “'Beber es parte del trabajo’, dijo Satoshi Miyazaki, un empleado de una agencia de publicidad de Tokio quien dice que acompaña a su jefe de sección a un bar la mayoría de noches de la semana. ‘Si el jefe invita, no te sientes cómodo negándote’… ‘Usted dice cosas que no podría decir en la oficina’, dijo Miyazaki, de 32 años. ‘Por la mañana, nadie está en su contra’”.
Es decir, parte de la cultura también es saber ser tolerante con las opiniones libres y sin prejuicio de los subalternos de la oficina durante la “nomunicación”, en contraposición con la relación vertical, hasta de severidad paternal, durante las horas de oficina.
Muchos de estos principios se aplican también a hacer negocios. La “nomunicación” es una muestra de la madurez a la que ha llegado una relación empresarial. Como es conocido, llegar a un acuerdo de intercambio de bienes o servicios tiene un ritmo peculiar en Japón. En última instancia, más importante es establecer lazos de confianza duraderos con un cliente que los mayores o menores beneficios económicos inmediatos que se consigan. En ese sentido, llegar a beber con los candidatos a asociados es una muestra de que se tienen confianza y el negocio puede hacerse.
Pero hay algo más, una realidad que se dimensiona poco: un japonés necesita ser parte de un grupo. La mayoría son tímidos, reservados, prefieren su propia compañía. Sin embargo, su lado social les impele a ser parte activa de un grupo. En la mayoría de los casos, la oficina, sus compañeros, su jefe reemplazan inclusive a la familia en la que, por tradición, son escasas las muestras de cariño.
Ser parte del grupo es jugar en un equipo
que valora sus aportes para ganar un partido. Esa necesidad es la que ha causado, en parte, que sea un pueblo profundamente solidario, responsable y respetuoso, provocó al menos dos milagros económicos que el resto del mundo trata de emular, con poca suerte y ha salido de cuanto desastre natural le ha caído encima.
Entonces, la etiqueta del ser grupal manda que se practique la “nomunicación” y lo hacen con el mismo afán que cumplen con su trabajo diario, con la misma decisión con la que aportan al desarrollo de su país.
Pero bien, tarde o temprano había que llegar aquí: la “nomunicación” es una expresión cultural y no un problema de salud pública, como lo han calificado medios de comunicación occidentales
Es necesaria leer esta declaración: "Incluso después de todas las cirugías y los accidentes de coche, nunca se me ocurrió que (mi papá) era alcohólico, los médicos no utilizan la palabra”. Estas son las expresiones de la hija de un hombre que estrelló su automóvil contra un poste, que lo había hecho antes y que ha debido recurrir a los servicios de salud. Esta opinión publicó la corporación de comunicación Bloomberg, que analizó el impacto del alcohol en la economía del Japón.
Según sus datos, alrededor del 4 por ciento son considerados  alcohólicos (7,4 % en Estados Unidos). Además, cita un estudio realizado en 1993 por investigadores de la Universidad de Tokio que concluye que el costo anual del tratamientos médicos y la pérdida de productividad debido al abuso de alcohol llega a USD 68.000 millones.
A pesar de estas estadísticas, con las que tanta dicha se cosecha en occidente, la “nomunicación” para los japoneses no es un asunto que deba formar parte de la discusión de los problemas nacionales y, por supuesto, tampoco de la cotidianidad familiar o grupal.
Tras un reciente estudio se llegó a la conclusión de que el 66 % de japoneses considera que beber alcohol es moralmente aceptable; el 6 % piensa que es moralmente inaceptable y el 25 % opina que no es una cuestión moral. No hay tema de discusión.
Tanta tela que se ha cortado que cada vez es más difícil hacer una definición exacta, pero estas son las señas particulares.
Se ha terminado la sesión, que normalmente no se extiende mucho. Algunos se acomodarán la corbata antes de salir, irán formales por los pasillos largos de las estaciones del subterráneo aunque caminando en zigzag. Y al día siguiente, muy temprano, harán deporte. Y seguirán siendo integralmente japoneses, para desazón de los incrédulos.

Estaré gustoso de encontrarme con ustedes en un futuro cercano.

viernes, 10 de octubre de 2014

El sake y la confusión universal sobre el licor japonés

Vamos a ver, ya estoy de vuelta:

Sucede mucho en occidente que por un afán de maquillar la realidad para aparecer como el gran experto de culturas "exóticas" se termina por arruinar la historia, la realidad, el idioma y hasta a las personas.
El tema de hoy no es tan grave, pero es un buen ejemplo. ¿Cuántas veces escuchó decir que el sake es un vino de arroz? Yo hasta me embriagué pensándolo y busqué en el vademécum inmediatamente para saber qué aplicar para aplacar la resaca de un bendito vino de arroz.
Esta es una cadena de errores. En occidente se cuenta con mucha arrogancia que en la noche fue a comer sushi y se embriagó son sake. La verdad es, con casi absoluta seguridad, que comió rollos de arroz inventados en California y lo que tomó fue nihonshu. Es que en japonés sake significa licor, trago. La propia Real Academia Española de la Lengua cae en este error común y define al sake como "bebida alcohólica obtenida por fermentación del arroz". Comete una falta por acoger la costumbre occidental de nombrar las cosas como a bien tengan y desechar la etimología y la realidad de otros países.
Siendo que sake significa licor, los sake más comunes son el nihonshu y el shochu, dos bebidas diferentes que en occidente se denominan con el genérico erróneo de sake. Por ahora, trataremos de hablar básicamente del nihonshu.
Las referencias históricas más antiguas datan de hace 2.000 años en vestigios editoriales guardados en China. Una evidencia que se puede considerar como fundamental es la mención que se hace de esta bebida en el Kojiki. Este libro cuenta le origen mítico del Japón y tuvo, según analistas, una intención política: demostrar el origen divino del emperador y confirmar a los sogunes como los legítimos tenedores del poder.
En uno de los pasajes fundamentales del Kojiki sucede lo siguiente: el dios Susano-no-mikoto es el hermano de Amaterasu, la diosa del sol, la que creó el archipiélago japonés. Susano se encuentra con una pareja de ancianos que sollozan. Le cuentan que tendrán que entregar a la última de ocho hijas al dragón de ocho cabezas, que la reclama como sacrificio. Siete habían sido ya devoradas al dragón; Susano acordó con los ancianos que si lograba salvar a la hija la convertiría en su esposa. En el lugar del sacrificio, colocó un enorme barril de nihonshu en cada una de las ocho puertas por las que el dragón introducía cada una de las cabezas. Llegó la bestia, se bebió todo, enseguida se desplomó como el más miserables de los dragones ebrios y Susano cortó, cercenó, partió y abrió todo lo que quiso. Sin embargo, la espada se rompió cuando trató de introducirla en la mitad del cuerpo del dragón. Dentro de la bestia encontró, entonces, la gran espada, que dio como regalo a su hermana Amaterasu, una espada que es parte de los tres tesoros nacionales del Japón: la espada, el espejo y la joya.
No hay mucho más que decir sobre la historia del nihonshu, salvó que tuvo una vida similar a la de los licores del mundo y sus relaciones con el poder: estancos, aranceles, aduanas, contrabando. Pero, además, hubo un constante perfeccionamiento, un trabajo cotidiano por mejorar, muestra de una de las actitudes más notables de los japoneses.
La producción de nihonshu es mucho más parecida a la de la cerveza. Vale la pena decir que la mayor parte del arroz que se cosecha en Japón es para comer (unos 50 millones de toneladas al día) y un porcentaje menor para fermentar el licor.
No compiten entre las dos gramíneas, porque son variedades diferentes, pero sí compiten por el uso del siempre escaso espacio físico para sembrarlo.
El sakamai, arroz para nihonshu, crece en determinadas zonas y su producción demanda de la aplicación de técnicas de cultivo especiales. En 2010 se registraron 95 tipos diferentes de arroz para preparar nihonshu, el arroz es la única materia prima para elaborarlo.
Por otro lado, más del 80 por ciento del país es montañoso, llueve mucho y los ríos y riachuelos se colman de un agua pura que se nutre en su descenso hacia el mar. En general se busca la que se conoce como agua semi-dura, aquella que tiene bajo nivel de hierro y manganeso. Afortunadamente, el líquido con esta composición es abundante en el territorio japonés.
La elaboración del nihonshu comienza cuando termina la cosecha de arroz de otoño. Es más, muchos de los labradores que no tendrán nada que hacer hasta la siguiente época de siembra van a trabajar a las fábricas de licor.
El arroz primero se pila, luego se lava el afrecho, enseguida se deja reposar hasta que absorba una proporción de agua equivalente a la tercera parte de su peso y entonces se lo cuece. Entonces viene lo complicado: una parte será invadido por los koji. Se trata de unas enzimas microscópicas que convierten el almidón en una sustancia semejante al azúcar y que se mezcla con levadura para que se fermente.
Entonces queda claro por qué se parece más a la cerveza y de ninguna manera a los licores destilados, aunque se una líquido de una transparencia tan seductora como la del vodka.
En 1898, cuando el emperador liberó la posibilidad de instalar fábricas de sake, se registraron unas 30.000, una explosión febril que poco a poco fue tamizando a favor de las más persistentes. Se los conoce como kuramoto y actualmente funcionan unos 1.300; el kuramoto más antiguo ha producido nihonshu de calidad desde hace 850 años.
Hay quienes dicen que los kuramoto cumplen una función de defensa del medioambiente, pues alientan la producción de arroz y son los principales protectores de las fuentes de agua.
En los kuramoto tienen un trabajo especial los toji, quienes son los encargados de garantizar la calidad de la producción de nihonshu.
El primo hermano del nihonshu es el shochu. Es un sake destilado y no fermentado; tiene más grado alcohólico; se basa en varios productos, no solo en el arroz (papa dulce, cebada, alforfón, caña de azúcar); se afecta menos con los cambios de temperatura y casi no varía con diferentes sistemas de almacén.
Barriles de nihonshu a la entrada del templo de Meiji-jingu.
El nihonshu, en cambio, mientras más fino es más frágil a los cambios de temperatura y a la luz solar. La mayoría de botellas en las que se envasa son de cristal café o verde para evitar el paso de los rayos ultravioleta que pueden degenerar el sabor. Y, los más finos especifican en la etiqueta la temperatura a la que debe ser bebido para encontrar su verdadero espíritu.
La mayoría de las variedades de nihonshu son transparentes debido al uso de filtros de carbón activo. Si es una variedad cuya virtud es haber sido añejado, adquirirá un tono entre dorado y ámbar. La temperatura ideal para almacenarlo es 15 °C.
El nihonshu debe beberse mientras se come. Funciona como un potenciador de sabores y, en caso de que se coma pescado, eliminar el olor y modera el sabor salado.
La próxima vez, mire bien la etiqueta: los siguientes kanji 日本酒 significan nihonshi. Si el que tiene al frente es 酒 vaya prevenido que puede ser cualquier licor. De manera que, ¡a fijarse bien!

Salud, que disfruten de su nihonshu.

sábado, 4 de octubre de 2014

La lazona adultez del Shinkansen

¡Estamos de cumpleaños, bienvenidos al festejo!

El cumpleañero es el Shinkansen, cuyo apodo es "tren bala", un ícono del Japón como país que está a la vanguardia de la tecnología, del servicio, de la disciplina y del desarrollo.
El primer tren de alta velocidad cumplió cincuenta años y es uno de los referentes más importantes del servicio de transporte terrestre del mundo. Y puede competir con el aéreo. Veamos.
En 1964 corrió a toda velocidad por primera vez el Shinkansen en la ruta que une las ciudades de Tokio y Osaka, utilizó las rieles de uno de los más antiguos trayectos del sistema ferroviario japonés. Y esas rieles se colocaron sobre una de las más antiguas vías que unían las dos ciudades más importantes del Japón: la Ruta del Mar Oriental (Tokaido).
En 1889, cuando todo el país corría para alcanzar  el desarrollo, se unió por primera vez las dos ciudades con rieles de tren. Había una frecuencia diaria y la locomotora transportaba a los pasajeros en 20 horas: era una experiencia vertiginosa, porque lo contrario significaba viajar a caballo, con suerte ser llevado en palanquín y en el peor de los casos caminar los 500 kilómetros que separan a las dos ciudades.
Japón estuvo listo y comenzó la construcción de las vías para el primer tren bala antes de la II Guerra Mundial. Cuatro años después de la rendición se reiniciaron los trabajos que fueron terminados unos días antes de los Juegos Olímpicos de Tokio.
El gobierno le puso todo el empeño a la construcción, a pesar de una oposición que exponía dos argumentos, aparentemente incontrastables: el desarrollo de la industrias aeronáutica y el declive del sistema ferroviario de Estados Unidos.
Estados Unidos nunca logró tener un sistema de trenes de pasajeros moderno y Japón tiene uno que puede superar a la aviación. Cuando hay que viajar, por ejemplo, a visitar la preciosa Kioto, cualquier usuario toma en cuenta algunos factores.
El costo del Shinkansen es más alto que el de las líneas aéreas de bajo costo, pero se enorgullece de algunas ventajas. Para tomar un avión se debe viajar por lo menos media hora hasta el aeropuerto. Los trámites de verificación del pasaje, los filtros de seguridad y la anticipación que exigen las líneas aéreas puede sumar, en el mejor de los casos, una hora. El vuelo se demora aproximadamente una hora y aterriza en el Aeropuerto de Kansai. Entre salir del avión, salir del aeropuerto y llegar a Kioto pueden pasar una hora más. Son, en total, tres horas y media.
Para viajar en Shinkansen hay que llegar al anden de la estación, que está en medio de la ciudad, un minuto antes, el viaje se demora dos horas y media, y la estación de destino está en el centro de la ciudad.
Luego, el tren es más cómodo, más amplio, tiene áreas para fumadores, varios baños, una simpática mujer vende una gran variedad de comidas en un carrito que se parece al de un avión. Además, estar sobre la tierra y viajar a 300 kilómetros por hora es encantador.
Entonces, el Shinkansen se hizo popular. Tanto que desde que se inauguró la ruta Tokaido hace 50 años ha transportado a 5.600 millones de pasajeros, el equivalente a casi toda la población del mundo.
En todo ese tiempo no ha tenido colisiones ni descarrilamientos. Este es el primer dato del que sienten envidia las otras empresas de trenes de alta velocidad en el mundo. Una vez la locomotora de uno se salió de las rieles por culpa de un terremoto. Eso es todo.
El segundo motivo es la puntualidad. Una de las razones para que no se retrasen es que el Shinkansen viaja por una línea exclusiva, no tiene que sortear el tráfico de las vías. Se reportó en 2011 que durante todo el año los retrasos acumulados llegaban a 36 segundos. Maldita sea, eso es perfección. 
Luego, la comodidad. Los asientos son tan buenos como los de los aviones, cada fila puede girar 180° de manera que un grupo de cuatro pasajeros pueden mirarse a los ojos o si se cansan volverlas al lugar original. Es prohibido hablar por teléfono móvil, para eso hay lugares específicos. En contra de la tradición europea de tener un vagón-cafetería, por el pasillo del Shinkansen se pasea una mujer con comidas tradicionales, café caliente y toda la amabilidad posible.
Estos trenes tiene un mecanismo especial para evitar las vibraciones, un revolucionario
sistema de seguridad que detiene automáticamente a estas balas en pocos segundos cuando existe una alerta de terremoto. Y, aunque esto último no depende de la empresa, los japoneses son silenciosos y respetuosos de los demás.
Por último, la limpieza. Cuando el tren se detiene en la estación final una cuadrilla de trabajadores está sobre el anden, hace una venia prolongada. Luego se colocan junto a las puertas de los vagones, tienen en sus manos grandes bolsas de plástico para recibir la basura que produjeron los pasajeros durante el viaje (un japonés jamás dejará la basura fuera del lugar que corresponde).
Cuando todos los viajeros se han ido se inicia lo que los más fanáticos e impresionables llaman show, teatro y hasta ópera: la limpieza interna del tren antes que inicie el siguiente viaje. En menos de 8 minutos todo está limpio y ordenado. Es, posiblemente, la tarea coordinada de limpieza más llamativa que se puede encontrar.

Es una mezcla eficiente de habilidad humana y precisión de los materiales. Tienen un cepillo que calza perfecto en la hendija que debe limpiar, incluso han desarrollado una escobilla que tiene unos sensores en la punta de los pelos para detectar cuando los asientos están húmedos. Ocho minutos después de iniciada la limpieza, el tren bala comienza de nuevo su trayecto de torpedo.
El mayor problema que ha tenido es el sonido fuerte que produce la alta velocidad. Hace 20 años los habitantes de las riberas de las rieles pidieron a las cortes que ordenen a la empresa que hagan algo con la bulla y la vibración. JNR, que fue trasladado de propiedad del Estado a la de seis empresas regionales, colocó barreras para contener la contaminación acústica y sistemas para evitar las vibraciones en los más de 2.000 kilómetros de línea férrea, que han dejado tranquilos a los ciudadanos.
El Shinkansen no tiene ahora la más alta velocidad del mundo, pero, en conjunto, el sistema ferroviario de Japón es el más rápido. Se quedará corto en algo más de una década.
Se terminaron las pruebas del tren magnético de levitación que alcanzó una velocidad de 550 kilómetros por hora. Inmediatamente se inició el diseño y construcción de la vía exclusiva que utilizará en 2027. Cuando inaugure sus operaciones, igualará el tiempo de viaje de un avión en la famosa ruta Tokaido.
Por otro lado, y esto con tono anecdótico, inversionistas privados han anunciado que reinaugurarán las rutas nocturnas. El sistema de transporte público (buses, trenes, metro, aviones y barcos de pasajeros) de Japón funciona 18 horas al días. Entre las cero y las seis horas se realizan tareas de mantenimiento, de manera que el Shinkansen y todos los sistemas tienen una larga vida.
Se pretende ofrecer a los turistas trenes con vagones de lujo, que parecen las suites de un hotel para millonarios, con techos panorámicos, baños con tinas y lo que se pueda inventar en nombre de la comodidad.
Pero mientras todo eso suceda, desde las estaciones saldrán cada diez minutos balas sobre rieles que transportarán a miles de pasajeros que viajarán felices en el Shinkansen.

Actualización del 22 de abril de 2015: La compañia Japan Railway hizo nuevas pruebas y logró el récord de velocidad para un tren: 603 kilómetros por hora. El viaje entre Tokio y Kioto, que ahora toma dos horas y cuarenta minutos, se demorará solamente una hora con esta maravilla de la tecnología. Este enlace les llevará al video oficial.

Cada vez que digo su nombre me recuerda una sensación que es única. Deberían probarlo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Los ainu, corromper hasta exterminar

 Muchos saludos a todos ustedes

No sé si les pasa a ustedes, pero a mí me da pena cuando sé de una cultura que se pierde. Y más aún si se extingue porque hubo otras culturas que se superpusieron hasta anularla.
Algo de eso sucedió con mi nativo Ecuador y América con la violenta conquista de los españoles católicos y, más recientemente, con la también violenta intromisión del capitalismo estadounidense disfrazado de cultura para facilitar su imposición.
Debo ir al norte de Japón, ¿me acompañan? Nos vamos a la isla de Hokkaido, la segunda  más grande del archipiélago nipón, donde habitan los ainu, indígenas que recién ahora están en condiciones de defender lo poco que queda de sí mismos antes de la extinción.
Está bien, no es que las personas van a desaparecer, pero los rastros de una cultura especial se van perdiendo en la historia; o, lo que es peor, ya solo son piezas inventariadas de museos.
Foto tomada de conservapedia.com
Vamos a ver: son una raza y por ahí comienza su autenticidad. Caucásicos, son como un lunar en un paisaje de asiáticos y mongoles. Blancos, con mucho pelo, cabello largo y ensortijado, luengas barbas, una notable longitud del tronco en relación a las piernas, nariz prominente, ojos castaños y sin pliegue epicanto (piel del párpado superior), diferencia que puede ser la más notable para un occidental.
No se parecen a los vecinos, llegaron en la última glaciación unos 18.000 mil años antes de la era común, hay estudiosos que defienden que estuvieron en estas tierras antes que los japoneses y los mongoles, y hasta apuntan la posibilidad de que hayan cruzado el estrecho de Bering durante la Era del Hielo. Es decir, pueden ser algunos de los primeros habitantes de América. Puede ser mi abuelo.
Por motivos que no están claros, decidieron instalarse en esta zona comprendida entre la isla de Hokkaido, las islas Kuriles y la isla de Sajalín, a lo mejor algo de la península de Kamchatka y el mar de Ojotsk. Zona muy norteña, de inviernos tenaces.
Es un pueblo animista, creen que sus dioses son la naturaleza: la abuela tierra, todo lo que la habita, el mar y todos los nadadores de sus profundidades. Pero han tenido siempre al oso como el portador del espíritu principal, le han casado, le han sacrificado y le han hecho funerales con honores superiores a los de cualquier otro ser vivo
Han sido cazadores, pescadores y recolectores. Pero, les llegó la hora, inevitable, de enfrentarse a los japoneses que buscaban supremacía territorial. Ainu pacíficos, perdieron todas las batallas a las que les tocó acudir porque, entre otras causas, no sabían trabajar el metal y compraban espadas a mercaderes que les vendían cualquier calidad, cuando en el sur se fabricaban katanas que eran consideradas las mejores armas del mundo.
También estuvieron en una posición asimétrica con respecto a aislados navegantes que les cambiaban chucherías por sus símbolos culturales, los cuales terminaron colgados en museos europeos para mayor gloria del apetito insaciable de occidente.
Luego, llegaron los estadounidenses a "civilizar" al Japón y sus alrededores, con el argumento que les es tan típico: una flota de guerra. Lograron modificar el gobierno imperial, lo que significó una serie de imposiciones para el pueblo ainu, en nombre de la integración definitiva de ese territorio (y ese pueblo) al imperio japonés.
Los estadounidenses establecieron allí una base, confiscaron las tierras y dictaminaron que a quienes habían habitado esas tierras por milenios les estaba prohibido sacrificar osos; y, se les prohibió la caza y la pesca, que de lo que vivían.
Foto tomada de Tribes & Things
Por su parte, el emperador Meiji, quien administró, padeció y murió en la dicotomía, decidió japonizar a un pueblo que no era ni japonés ni asiático ni mongol, pero que estaba dentro de las fronteras nacionales.

Obviamente, para sobrevivir los ainu debían declarar que no lo eran y de esa manera, poco a poco, año tras año, los símbolos de su cultura se iban enterrando en la corrupción, con los mismos métodos que se usaron para exterminar a los pueblos nativos de norteamérica.
Solamente en 1973 tuvieron las garantías y las agallas para reunirse en una asamblea que vindicó sus derechos dentro de la nación japonesa. Solamente en 1998 el parlamento japonés los reconoció como "un pueblo indígena con su propia lengua, religión y cultura" y aprobó ayudas para mejorar las condiciones de vida de la población más pobre del país. Y solamente una década después se votó a favor de que los ainu tengan una representación parlamentaria permanente.
Para expresiones de su cultura como el idioma podría ser muy tarde. No se conoce a alguien que sepa hablar ainu y los expertos rebuscan en las bibliotecas que las piezas completas para armar de nuevo el rompecabezas.
La Unesco llegó con las justas para declarar como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad las danzas ainu. Considera que "Para los ainu, la danza no sólo representa un medio de fortalecer su relación con la naturaleza y su universo religioso, sino que también constituye un vínculo con otras culturas árticas de Rusia y América del Norte" (pueden mirar algo de danza en este vínculo y en este otro).
Para los que llegamos tarde al florecimiento de esta cultura, lo que llama la atención es que aún algunos viven en grandes chozas circulares que tienen una puerta, una ventana y un fogón en el centro.
Cuando llegan a la adolescencia, los hombres dejan de afeitarse y se cortan el cabello solamente alrededor de las orejas, de manera que los ancianos tienen una cabelleras muy respetables. Mientras tanto, las mujeres se tatúan la boca, los brazos y los genitales cuando están en estado de merecer y a los 17 o 18 años se tatúan alrededor de la boca unas líneas que dan la sensación de una sonrisa de penumbra o un bigote.
Aunque con muy poca influencia sobre las decisiones de Estado de Japón, han estado siempre en la cultura popular: en la película Mononoke Hime, del director japonés Hayao Miyazaki, el protagonista, Ashitaka, es un príncipe ainu. En el videojuego "Samurai Showdown" aparecen varios personajes que pertenecen la tribu. En el ánime Shaman King uno de los protagonistas pertenece a esta etnia.
Foto tomada de Asia Society
Se calcula que hay 50.000 personas hijas de padre o madre ainu y aunque la pureza racial no asegura la conservación cultural, se ha notado últimamente un mayor compromiso para sostener una forma de ver el mundo que tiene miles de años de antigüedad.
En Shiraoi, Hokkaido, está el Museo Ainu de Poroto-kan, para quienes están con ganas de darse una vuelta y conocer parte de la cultura ainu. Este museo se lo hizo porque los pobladores de esta etnia se molestan de tantos turistas que les tratan de cazar con sus cámaras de fotos.
Corromper es alterar la forma de algo y eso es lo que sucedió durante siglos con un pueblo que no tenía la intención de pelear para defenderse. Corromper hasta exterminar, hasta extinguir la llama ainu que alguna vez iluminó el norte con fulgores divinos.

Ojalá en nuestro próximo encuentro no se haya extinguido ninguna otra cultura. Hasta entonces.

Nota final: Miguel Vázquez ha comentado que "Aunque exista aún cierto debate y algunos piensan que solo se trata del cambio de palabras para hacerlas políticamente correctas, lo cierto es que desde el concepto de la biología no existen razas humanas, entre otras (razones) porque la diferencia genética no es suficiente para considerarlas así. Como es sabido, existe más variabilidad entre el ADN de poblaciones africanas que entre algunas de estas y los europeos. El término más usado ahora es el de "etnias", para diferencias grupos humanos distinguibles por sus características fenotípicas.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La Misión Hasekura y los Japón de España

Les saludo y les agradezco siempre por darse una vuelta por esta bitácora.

Les invito a viajar al año 1613. Japón vive los años iniciales del período Edo, el país ha cerrado las fronteras, los accesos, ha levado los puentes, nadie entra y nadie sale. Sin saberlo, el sogún Tokugawa, a quien se le ha entregado el poder absoluto y quien decidió aislar el país, provocará una introspección profunda dentro de la cual se fundirá una identidad nacional que pervive hasta ahora.
En el sogunato de Sendai, al norte de la isla grande (Honshu), Masamune Date habla un idioma diferente que el del centro del poder. Influenciado por el sacerdote franciscano fray Luis Sotelo, decide enviar una comisión para que se reúna con el rey de los españoles y con el pontífice de la religión católica, manda mensajes a las autorides civiles y religiosas de quienes los evangelizan.
San Juan Bautista es el nombre de la nao que parte del puerto de Tsukinoura. Es nombrado embajador el jefe de los samurái del sogunato, Tsunenaga Hasekura. Ciento y ochenta más forman la tripulación que rápidamente pone velas rumbo al naciente, a la conquista del puerto de Acapulco, el más grande fondeadero de los españoles en el océano Pacífico (el cual navegaban de punta a punta para evangelizar, para "descubrir" otras tierras que conquistar y para pillar otras onzas de oro, como sucedió luego con Filipinas).
En los más de 60 días que les toma cruzar la mar más grande del planeta repasan los objetivos: establecer una línea fluida de comercio con Nueva España (México) y España, gestionar el envío de más misioneros para propagar el cristianismo y aprender la tecnología para la extracción de plata.
Mientras viajan, la oposición del gobernante del Japón se vuelve implacable contra los sacerdotes católicos, a quienes se les da muerte de maneras atroces. Antes de que los miembros de la misión Hasekura vieran siquiera la costa del primer país donde España mandaba ya habían fracasado en el objetivo de obtener la delegación de más curas misioneros.

Tsunenaga Hasekura, retrato europeizado
Hasekura, de quien no se despega nunca fray Sotelo, es recibido con rango superior en la ciudad de México y departe banquetes, comparsas, venias y saludos con el mismo virrey y el obispo. Después de bautizar a algunos japoneses unos veinte miembros de la misión cruzan México de occidente a oriente hasta un puerto en el estado de Veracruz, donde se embarcan con destino a Sevilla (los otros se quedan en México y regresarán por su cuenta).
Ese trayecto ya es conocido por los españoles, de manera que es recorrido sin sobresaltos. Hasekura, unos 20 japoneses y el inseparable fray Sotelo son recibidos con honores en España: en Sevilla, primero, y luego acompañados a la capital a varios encuentros con la realeza en 1615.
Hacen escala en Barcelona para embarcarse a Roma, donde se entrevistan con el papa Paulo V. Hasta ahí, han recorrido dos terceras partes de la circunferencia del planeta y han entregado una rogativa al pontífice para que refuerce la operación evangelizadora en el archipiélago nipón. La respuesta les será enviada a España, anuncia el camarlengo; regresan a la corte de los reyes católicos de España tras medio cumplir esta misión que les toma un año.

La misión japonesa entrea un presente al rey de España
Se había iniciado el viaje de regreso, les sorprende el año de 1617 en México y se embarcan, gracias a las buenas gestiones de fray Sotelo, a Filipinas, donde planean esperar las respuestas del papa y del rey de España. Ninguna de las dos llega, Hasekura y los que quedaban con él entran discretamente a su país, pero el franciscano decide hacerlo por su cuenta. Dos años después llega, es prendido de inmediato y muerto a poco.
Hasta ahí la historia, ahora viene la anécdota. Unos diez japoneses deciden sembrar raíces en un pueblo cercano a Sevilla, llamado Coria del Río. Cuando les veían pasar, los corienses musitaban “Miren, ahí pasa un caballero Japón”, en franca alusión a su origen geográfico, así como le decían al caballero de la Villa de Gómez. Al final, el primero se convirtió en Villagómez y los segundos en Japón.
Cuatrocientos años después, luego de trece generaciones, Tsunetaka Hasekura fue a Coria del Río a conocer la tierra en la que se quedaron los compañeros de su antepasado y conocer a Juan Francisco Japón Carvajal, descendiente en el mismo número de generaciones de uno de los que se volvieron españoles.
La misión Hasekura de 1613 duró siete años. Pero la memoria de los descendientes crean la sensación de que sigue escuchándose el sonido de la getas que golpena contra las piedras de las calles menudas de Coria del Río.


Si van por allá, pregunten por los señores Japón, son muy amables.