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sábado, 29 de marzo de 2014

El honor y la lealtad resumidas en 47 espadas

Estimados todos, especialmente importante este encuentro:

Es la era Edo. Japón está bajo el amparo de la familia Tokugawa. Ese shogunato gobierna por donde nace el sol y por donde se entierra. Desde hace siglo los Tokugawa están en el poder y han logrado, cuando el 1700 nace, pacificar el país, tras cientos de días en los que cientos de miles de japoneses murieron. El señor sogún ha pedido a dos daimios que se encarguen de recibir a los emisarios del emperador Higashiyama. Aparece en escena Kira Kotsuké. Un personaje tan nefasto que Jorge Luis Borges ha escrito esta historia con el título de "El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké". Incivil porque tiene la desvergüenza de escribir el prólogo de una historia de infamia que en el futuro será la relación de cómo se formó un ícono de la tradición japonesa.
Pero bien, los dos daimios corresponsables de un protocolo de semejante complejidad son Kamei Korechika y Asano Naganori, todos le conocen como el señor de la Torre de Ako. Le conocen tanto con este otro nombre que en el futuro se sabrá que fue "El incidente de Ako" para los historiadores o "Los 47 rōnin" para la memoria popular.
Japón está cerrado a cal y canto. Depende de sí mismo, de sus recursos, de sus hombres, de las espadas. Del honor y de la lealtad. El poder adminsitrativo está en manos de una familia, de un sogún, que domina varios feudos, llamados daimios. Cada daimio tiene su ejército formado por samuráis, al que se juntan campesinos, artesanos y comerciantes reclutados en el feudo cuando hace falta. Levitando sobre estas nimiedades terrestres está el Emperador, quien ejerce el poder religioso y moral del archipiélago. Es descendiente directo de los dioses fundadores del país. Nadie se atreve a mirarle a los ojos.
Kamei Korechika y el señor de la Torre de Ako han cubierto al maestro de ceremonias Kira Kotsuké no Suke de regalos para agradecer el favor de ser entrenados en el protocolo, pero el incivil Kira ha considerado que es muy poco para su vasta aristocracia y se está vengando. Siempre que puede les calumnia, les envilece por cada error que cometen. La instrucción es una colección de cuentas estridentes y, ante todo, injustas. Kamei Korechika decide terminar con la vida del incivil Kira Kostuke no Suke, pero un consejero hace una colecta y entrega las donaciones al insaciable Kira Kotsuké no Suke, quien se siente, al fin, honrado. El frenesí de Kamei Korechika se desinfla frente a la redundante pleitesía con la que actúa el instructor luego del pago.
El señor de la Torre de Ako es un samurái muy bien entrenado y hace gala de una paciencia que no se doblega. Es agraviado, denigrado, insultado, se atenta contra su honor con indirectas afiladas. Ese día de 1701 el incivil Kira Kostuké no Suke le pide de mala manera que le ate la cinta del calcetín que se ha desamarrado. Y luego se carcajea como lo haría frente a un zafio que procede con tanta chapucería en una tarea tan simple, según declama con una teatralidad injuriante. El señor de la Torre de Ako hace un movimiento veloz, saca la espada y provoca un corte en la frente del incivil Kira Kostuke no Suke; el siguiente golpe clava la espada sobre un pilar de madera, son segundos suficientes para que el insulso huya y su guardia prenda al señor de la Torre de Ako.
Tan rápido como fue posible se reúne el Consejo. El simple acto de desenvainar un arma en el palacio de un sogún es penado con la muerte. Se le condena a cometer sepukku (suicidio ritual, conocido como harakiri). Se confiscan su castillo y sus propiedad y se condena a sus samuráis a convertirse en rōnin, guerreros sin amo.
El mejor de sus samurái, Ōishi Yoshio, es nombrado padrino. En el patio central del castillo de la Torre de Ako se levanta una tarima, se cubre con fieltro rojo. Como cabe a las tradiciones, de la cuales no piensa desviarse el señor de la Torre de Ako -con la humildad que le sobra y que le falta al incivil Kira Kotsuke no Suke-, recibe un puñal de oro y piedras preciosas, declara públicamente haber cometido un delito, se desnuda lenta y ceremoniosamente hasta la cintura, se arrodilla, clava el puñal a la izquierda del vientre y corta con lentitud -y sin gesto ni puchero- hacia la derecha, donde lo hace girar. El fieltro rojo no deja ver la sangre, el rostro del samurái, lleno de honor y lealtad, pierde color lentamente pero no deja ir ni un suspiro de indignidad. Ōishi Yoshio corta finalmente la cabeza. El sepukku se ha completado.
En una montaña muy cerca de allí, los 47 rōnin no han asistido a honrar a su amo porque tienen un deber irrenunciable: venganza. El incivil Kira Kotsuke no Suke la olfatea y pide a su suegro protección. La casa es una fortaleza, alrededor de su palanquín zumba una colmena de espadachines y arqueros. Espías y agentes, de los más sabidos y avezados, le han alertado que Ōishi Yoshio es peligroso y hay que vigilar a sus amigos. El plan de los 47 rōnin es difícil, franquear las defensas del incivil Kira Kotsuke no Suke es un empresa cuyo resultado será 47 espadas caídas sin sentido. Si su amo fue paciente ellos lo serán más. El arma que derribará las defensas es el tiempo.
Se dispersan. Hay unos jóvenes de 16 y otros ancianos de 77 años, se esconden como artesanos, comerciantes, agricultores, deben demostrar con una cotidianidad aburrida que han bajado la espada y no habrá venganza. Ōishi Yoshio se convierte en asiduo de mancebías, cantinas y figones. Su vida relajada en exceso, su tapadera, le empuja al límite de divorciarse y enviar a su esposa y dos hijos menores de vuelta con sus padres. El mayor no quiere despegarse de Ōishi Yoshio. Vida disoluta. Es una jornada de desmadre absoluto, Ōishi Yoshio no tiene la fuerza para llegar a casa, el licor le vence en la mitad de la calle, donde se queda dormido. Pasa por allí
Satsuma, samurái de otro clan: «¿Es, acaso, este el consejero del señor de la Torre de Ako?», le reclama su proceder con fiereza «En vez de estar borracho, ¿no debería vengar a su amo…», le pisa la cara contra el lodo y le escupe «has deshonrado a los samurái».
Los espías y agentes del indigno Kira Kotsuke no Suke corren con la noticia donde su amo.

Antigua pintura que relata el final del "Incidente de Ako"
Lo que no ven es que otro samurái se casa con la hija del constructor de la residencia de Kira para obtener los planos y todos, con una u otra artimaña, consigue un dato más, una información pequeña y certera, que la envían en secreto a Ōishi Yoshio y vuelven rápidamente a su rutina de ciudadanos indefensos. El indeseable Kira Kotsuke no Suke se relaja, la memoria del señor de la Torre de Ako no le tocará ya, devuelve la mitad de la protección a su suegro. Los 47 rōnin ya no son ni la sombra de lo que fue su amo, las preocupaciones han terminado. Ha transcurrido un año y medio desde la muerte del señor de la Torre de Ako, sobre Edo (Tokyo) se precipita una inusualmente feroz tormenta de nieve. En un terreno baldío, alrededor de Ōishi Yoshio forman un círculo 46 rōnin armados, portan el estandarte del castillo de la Torre de Ako.
Mensajeros son enviados a las casas vecinas para informarles que el bullicio que vendrá no será provocado por un asalto sino por una operación militar de plena justicia, que se queden en casa, que no habrá incendios, que estarán seguros. Unos minutos más y el ataque es perfecto, han roto todas las defensas exteriores sin que ninguno de los 47 rōnin salga herido.

Estatua de Oishi a la entrada del templo de Sengakuji
Ōishi Yoshio descubre que tras una pintura hay un hoyo que le conduce a un cobertizo negro de oscuridad, donde tantea y da con el bulto del incivil Kira Kotsuke no Suke, a quien reconoce por la herida con la que su amo le marcó la indignidad. Se arrodillan todos a los pies del culpable de tanta deshonra y le conminan a cumplir con el rito de honor, el sepukku, el suicidio ritual. El incivil Kira Kotsuke no Suke se niega, se niega, vuelve a negarse hasta que no puede hacerlo más porque la misma hoja que usó el señor de la Torre de Ako para hacerse el sepukku le degüella; el indigno es tratado como un animal en los macelos. La cabeza se coloca en una cubeta. Los estandartes preceden la procesión de los 47 rōnin desde la casa del incivil y decapitado Kira Kotsuke no Suke hacia el templo donde está enterrado el señor de la Torre de Ako. El  daimio Matsudaira Suketoshi despliega sus fuerzas militares para proteger a la caravana, se ha formado una calle de honor, se hacen venias de admiración, de respeto. Pasan frente a la casa del señor de Sendai, Date Tsunamura, quien les pide que descansen y se alimenten. Luego, los 47 rōnin llegan al templo de Sengakuji, donde está enterrado su amo. Depositan la cabeza al pie de la tumba. Se ha cobrado venganza, se ha pagado tributo al honor y a la lealtad. Los 47 rōnin se entregan, los magistrados no logran deliberar y solamente un consejo de sabios del confucionismo encuentra el camino final. Los 47 rōnin cumplen la sentencia con el mismo coraje con el que se posaron frente al incivil Kira Kotsuke no Suke. En Sengakuji cometen el sepukku y se juntan al señor de la Torre de Ako, con honor y lealtad.
Parte de la tumba de los 47 rōnin en el templo de Sengakuji
Desde hace 300 años hay alguien que visita el templo y hace ofrenda a las 49 tumbas: a contar, la del señor de la Torre de Ako, los 47 rōnin y el samurai Satsuma, quien piso la cara y escupió a Ōishi Yoshio, el principal samurái del señor de la Torre de Ako. «Entendí mal tu estrategia, que fue la mejor de todas», reconoció, frente a la tumba de Ōishi Yoshio. «Hiciste lo que solamente un guerrero leal, con honor y sabiduría hubiera hecho», se desnudó hasta la cintura. «Hiciste lo que hace un samurái y vengo a expresarte mis respetos» y se hizo el sepukku. El prior del templo creyó justo enterrarlo junto a los 47 rōnin.

Posdata: En 2013 se estrenó una película con el mismo nombre de la leyenda, protagonizada por Keanu Reeves. Es un robo impertinente a la historia japonesa. Hollywood con frecuencia es un Rey Midas invertido, todo lo que toca lo vuelve mierda.

Les veo muy pronto.

jueves, 20 de marzo de 2014

Yakuza, las paradojas de la mayor corporación criminal

Saludos a todos, es bueno volver a encontrarnos.

Qué el jefe de una organización criminal, que tiene censados a cerca de 40.000 miembros, declare públicamente que sus intenciones son humanitarias revela esa condición endémica de los yakuza.
Cierto que, como toda mafia, aparecen como sanguinarios que venderían a su madre y sacrificarían a su hermano por defender un negocio ilícito, ni decir de los pocos escrúpulos con los que atendería a sus enemigos.
Lo que sucede en Japón es diferente de esa película. Según la policía nipona, el número de yakuza decreció en 2013 a 58.600 miembros, aunque en ese año las relaciones de la organización con la sociedad fueron bastante relajadas.
Cuando sucedió la Restauración Meiji (aquí está la historia) muchos samurái se quedaron sin empleo; se sumaron a apostadores y comerciantes callejeros que iban formando una incipiente estructura dedicada a tareas contrarias a la ley.
Dicen que el nombre de la organización se deriva de un juego de cartas llamado Hanafuda. La peor desgracia que le puede suceder a un jugador es recibir cartas de los números 8 (ya), 9 (ku) y 3 (za).
Héctor García, quien mantiene desde hace una década el blog Kirai, dice que “Para poder ganar la partida cuando tenías YAKUZA tenías que ser realmente hábil ya que no dependías de la suerte sino de ti mismo. A saber cómo, YAKUZA terminó siendo el nombre de los criminales japoneses”.
Heredaron el código de conducta de los samurái (llamado Bushido). De hecho, es de las pocas sociedades delictivas que lo tienen y que, además, han estipulado las sanciones por inclumplirlo.
Esto quiere decir que los yakuza tienen una disciplina corporativa, tienen unas normas de conducta centenarias, son leales, puntuales, fieles, simpáticos y generosos. Y son delincuentes.


Delincuentes que llevan una vida pública. Es decir, tienen oficinas, tarjetas de presentación, muchos comparten los actos ilegales con un trabajo formal. Pero también son ultranacionalistas, como todo japonés respetan los rangos y tienen un sistema de enseñanza (o adoctrinamiento). Aún ahora se puede reconocer a los yakuza disidentes, pues el castigo es amputar la mitad del dedo meñique, una sanción que se aplica para faltas graves. (¿Por qué el meñique? Porque es un dedo muy importante para la fuerza con la que se usa la katana -espada samurái- y quitarle fuerza al espadachín era un castigo muy cruel).
Las marcas con la que se les reconoce son los tatuajes, hay lugares donde se les prohibe entrar y hay otros que son exclusivos para ellos pero, en general, se mezclan bastante bien con la población no sindicalizada.
En el código de honor yakuza se puede leer: “No robar, no asaltar, no involucrarse en asaltos sexuales ni atacar a civiles”. Se declaran a sí mismos como miembros de una organización humanitaria.
Se calcula que el botín por un año de acción de la organización puede ascender a 20.000 millones de dólares. Son innovadores en diversificar sus negocios: extorsión corporativa, juegos de azar, robo, usura, lavado de dinero, narcóticos, bienes raíces, deportes, entretenimiento, manipulación de acciones, estafas turísticas, tours sexuales, prostitución, tráfico de personas, tráfico de armas y pornografía no censurada (en Japón la pornografía debe censurar los genitales). Pero todo esto lo realizan sin afectar la vida normal de la mayoría de los ciudadanos.
Tradicionalmente, el acuerdo social implícito ha sido que los yakuza actúan en las sombras y la sociedad soporta esta especie de mafia controlada. Pero este acuerdo se rompió cuando en 2009 algunos de los jefes se pasearon como queriendo decir “aquí estoy” alrededor del dohyo (ring) donde se disputaba el campeonato nacional de sumo, el deporte nacional japonés. El evento era transmitido en vivo por la televisión estatal NHK y varias decenas de millones de japoneses los vieron exponerse sin recato.
Los nipones han comentado siempre en voz baja, lo hicieron con un tono un poquito más alto luego del desafuero y luego se volvió a susurrar respecto de los yakuza y de su lazos cada vez más fuertes con este deporte.
Masahiro Matsumura es profesor de Política Internacional de la universidad Momoyama Gakuin Daigaku, con sede en Osaka. Escribió un artículo titulado “The Sumo and the Yakuza” en el cual tiene dos párrafos interesantes:
“El sumo, como un espectáculo tradicional, no puede sobrevivir sin clientes respetables. Pero las personas más ricas de Japón, tales como empresarios, médicos y abogados, están menos dispuestos o financieramente con menor capacidad de continuar patrocinando el deporte, sobre todo desde el colapso de la burbuja de activos de Japón en la década de 1990”. El sumo se financia básicamente con la venta de publicidad y de entradas, pero el mayor atractivo son los premios en efectivo donados por empresas o por personas y que cobran directamente los ganadores.
Una noticia emitida por la española agencia EFE, en julio de 2010, informó que “Un escándalo de apuestas ilegales que se ha extendido en el mundo del sumo ha provocado la expulsión del ozeki (campeón) Kotomitsuki-san, una de las más importantes figuras de este deporte de lucha en Japón…”. Además, la relación con los yakuza fue motivo para la deshonrosa destitución del ex-ministro de Finanzas, Koriki Jojima, un escándalo largo y sonado.
Luego, el segundo párrafo del profesor Matsumura dice que “la participación del Yakuza en el círculo de Sumo es importante, porque su modo de vida tradicional se está desgastando. En la década de 1950, los ministros y los industriales japoneses a veces dependían de elementos nacionalistas de los grupos de yakuza para aplastar a los sindicatos y a los socialistas”.
Por momentos parece que el verdadero acuerdo nacional es “correr el tupido velo”, como diría José Donoso, para que sigan existiendo sin extistir, y utilizarles en ciertos trabajos excesivos para los escrúpulos de la sociedad (algo semejante al papel que cumplieron los ninja en el pasado, hacer el trabajo sucio).

Logotipo del periódico que publican los yakuza de Kobe
Y constantemente se miden los niveles de tolerancia. El Yamaguchi-gumi, el grupo más fuerte, tiene como área de acción las ciudades de Osaka y Kobe. Allí se publica un diario (Yamaguchi-Shimpo) que no se vende, pero distribuye varias decenas de miles de ejemplares entre los yakuza de Japón y de otras partes del mundo.
El medio de comunicación cumple algunas funciones: transmitir noticias que son importantes para los negocios corporativos, ser un vehículo de educación de los miembros jóvenes, atraer a nuevos militantes, reafirmar el código de honor. Detener la caída del número de miembros, que ahora es una tercera parte de lo que fue hace cien años.
La tremenda paradoja es que Japón, uno de los países más seguros del mundo, es el área principal de operaciones de la corporación criminal más grande del mundo. La tremenda paradoja.

Hasta muy pronto.

martes, 11 de marzo de 2014

Meiji: una restauración con sabor a revolución

Buenas, saludos a todos.

¡Vamos con algo de historia! No, no es necesariamente aburrida. Gabriel García Márquez decía que no hay historias buenos o historias malas, que hay historias bien contadas e historias mal contadas. De manera que a sostenerse porque la montaña rusa del tiempo comienza a rodar y este llamingo hará su mejor esfuerzo para que esta historia sea bien contada.
Da la sensación que se abrieron unas compuertas y que todo, sin distinción, se precipitó de una manera muy difícil de contener. El Japón vivió casi tres siglos de ascetismo, en un claustro cuyo muros estaban -están- edificados con agua, el país estuvo cerrado, nadie entraba y nadie salía, lo que había afuera de su archipiélago era el mundo y no les interesaba lo suficiente.
Una buena descripción del pasado está escrita por José Luis Gómez Serrano, en su bitácora “Mundo ancho y ajeno”:

La sociedad japonesa estaba organizada a la manera feudal. El Shogunado tenía el poder militar más fuerte, pero Japón estaba dividido en muchas regiones en donde jefes locales tenían su propio ejército de samuráis, e imponían su ley dentro de su propia región, con sus propias costumbres y en algunas ocasiones, hasta con emisión de moneda. Debajo de los señores de cada región (llamados daimios) y de sus samuráis, estaba el grueso de la población, más de 90%, que eran la capa productiva de la nación, que vivían sometidos a sus señores, y que estaban divididos en clases: campesinos, artesanos y comerciantes. Y todavía debajo de ellos estaban los parias, los que hacían los oficios más bajos, separados del resto de la gente porque el contacto con ellos era considerado deshonroso hasta para los campesinos. El poder militar, entonces, tenía un jefe fuerte, el jefe Tokugawa, pero en la práctica su poder se diluía entre los daimios, que hacían mucho o poco caso al sogún, dependiendo del poder que tenían dentro de su propio feudo.
Las flotas pesqueras de países de occidente tenían problemas para pescar ballenas en el Pacífico occidental porque estaba prohibido que atraquen en el archipiélago para reabastecerse. Lo que sucedió después es una cruzada de occidente para que este país no fuera un obstáculo en sus negocios.

El Emperador Meiji
Estados Unidos desplegó una fuerza militar importante frente a la bahía de Tokio y otros países europeos también se sumaron al asedio diplomático contra Japón para que saliera de la clausura.
Sendos acuerdos comerciales fueron abriendo poco a poco todas las puertas del archipiélago. Aceptar cada uno de ellos significaba permitir el ingreso lento pero consistente y sin cedazo, y hubo que sacrificar una parte de las tradiciones. O dejarlas en un estado de hibernación mientras se resolvía la manera cómo procesar lo que se vino.
Y lo que llegó primero en los barcos fue el comercio: artículos a los que no estaban acostumbrados y de los que no sentían necesidad. Luego, hubo que crear la necesidad gracias a la alienación cultural que también llegó en las naos, las que también estaban muy cargadas de armas.
Alemania, Rusia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Portugal y Holanda fueron poniendo lo suyo para que el archipiélago saliera del aislamiento, dejara de ser una nación crucificada en el pasado.
Desmontar el sistema que tanto había durado no dependía ni de un decreto ni de un barco artillado ni de un mercader boceando su género. Se suscitaron convulsiones por aquí y por allá, mientras el poder político perdía fuerzas frente a los gaijin (un “acuerdo” comercial con Estados Unidos especificaba tácitamente que esa era “la nación más favorecida” y debía tener ventajas en todas las transacciones, además de la extraterritorialidad de todos los nacionales de Estados Unidos).
Los aportes más visibles de los ingleses son el volante del conductor a la derecha del vehículo y el tránsito por la izquierda de la calzada. De los franceses la vestimenta, colgaron en el armario los kimonos. De los estadounidenses las armas, enterraron las katanas. Y de todo ellos los objetos que, útiles o inservibles, estaban de moda en occidente.
Para los gaijin (una palabra japonesa que podría traducirse como “forastero”), esta era una misión de buena voluntad para sacar a un país de las garras del pasado y jodieron para que se instaure la democracia, la libre empresa, el fluido comercio, el control privado sobre los medios de producción, un estado que moderno del cual ellos pudieran obtener beneficios.
El Japón, entonces, mostró que era capaz de hacer milagros: el primero sucedió durante la Restauración Meiji, que es el suceso histórico que se cuenta aquí (el segundo fue convertirse en 40 años de una nación devastada por dos bombas atómicas a la segunda economía más grande del mundo).
Es 1868 cuando el emperador Meiji, quien recién había dejado de ser adolescente, logró que se firmara un acuerdo entre los grupos de poder para poner en marcha un programa de varios puntos: los temas de interés nacional lo resolvería una asamblea, sus resoluciones serían públicas, todos los japoneses serían iguales -mismos derechos y mismos deberes- en la construcción del nuevo país, se eliminaría algunas que se consideraban tradiciones “bárbaras” -los pobres vendían a sus hijos para que fueran carne de prostíbulos-, se miraría las estructuras institucionales de Estados Unidos y Europa, y se enviaría misiones para absorber todo el conocimiento del mundo que les pudiera ser de utilidad.A lo mejor el ingrediente mágico del milagro que provocó la Restauración Meiji fue que todos los japoneses hicieron un voto de confianza a favor del emperador y le cedieron todos los poderes en menoscabo del sistema de control militar de los sogunes y de la preeminencia en la economía de los daimios.
Confianza. Qué palabra tan interesante. José Luis Gómez Serrano lo pone así: “…los japoneses habían aprendido una lección de los siglos pasados, y es que la autoridad es necesaria. Cuando es buena, no es un mal necesario, es inclusive deseable; decidieron como nación hacer un voto de confianza en el Emperador, y el país sobrevivió”.
Lo siguiente fue tratar de ordenar el Estado a través de una constitución. El Emperador pidió 10 años para elaborarla, su materia prima era lo que se había aprendido en las exploraciones a otros países. Los japoneses hicieron otro voto de confianza y en el plazo determinado estuvo lista la que sería una revolución sobre la revolución.
Los países que habían logrado acuerdos comerciales y de extraterritorialidad sostenían esas ventajas con el argumento de la falta de normas internas. La Constitución creó la normativa necesaria y simultáneamente eliminó los beneficios extraordinarios de los occidentales (es lo que en mi barrio llaman “el tiro por la culata”).


Ceremonia oficial por el aniversario de la muerte del Emperador Meiji
Meiji (1852-1912) fue el emperador 122 del Japón. Miembro de la casa Yamato, debió enfrentar uno de los momentos más difíciles de la historia del archipiélago y lo hizo bien. De hecho, el principal santuario, a que la casa real nipona acude, es Meiji-jingu, ubicado en uno de las zonas más importantes del Japón.
La Restauración Meiji es un hito en la historia del Japón. El país cambió por completo y más de 100 años después se mantienen discusiones acerca de qué hizo bien y qué hizo mal Meiji. Pero lo hizo.


Gracias por la atención, nos vemos pronto.