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viernes, 25 de abril de 2014

El envés del espejo: 100 artículos sobre Japón

Qué día especial este, les cuento por qué.

En el fondo y en la forma, es una zoquetada intelectual decir que este artículo describe lo que hay al otro lado del mundo. A los seres humanos nos han entregado como residencia una pelota azul verdosa; pelota redonda; redonda, sin lados.
Se parece al cerebro humano, tiene hemisferios integrados. Es como el alma, fluye como una pompa de jabón que no distingue direcciones, que se ríe de la gravedad y que no se permite esquinas: todo es igual y diferente.
Si no hay lados, ¿cómo señalar geográficamente este archipiélago que está a una docena de miles de kilómetros de distancia de Sudamérica, al nor-oeste, a través del océano Pacífico?

El autor de Llamingo-san junto a  Gendō Ikari, uno de los personajes de Evangelion

Prefiero decir que es el envés. Estar de pies sobre una montaña con la vista fija hacia el horizonte para descubrir una perspectiva desconocida; esta óptica nueva muestra la vida de otra manera aunque es la misma vida, un paisaje que aunque parezca diferente es el mismo pero mirado con el envés de la razón; una energía igual, invertida.
Este país, ubicado en el meridiano oriental 140°y en el paralelo norte 50° no está en otra parte que no sea el mismo lado de la vereda del mundo. Pero es invisible desde América Latina, dada la curvatura de la tierra y, por eso, provoca la sensación de que es un espejo, que el Japón es la misma imagen pero invertida.
En datos puros y duros, es un archipiélago formado por más de seis mil islas. Si se las juntaran tendrían una superficie de 374.744 kilómetros cuadrados; está al este de Asia continental, en el océano Pacífico.
 Muchos han ocupado su tiempo en responder la pregunta de cuál de las imágenes es la real y cuál un reflejo, pero ese ejercicio es igual de vano que hablar del otro lado del mundo. Las dos imágenes son reales, la repetición exacta de cada uno de los detalles me provoca imaginar que a ninguna de las dos se le pude acusar de ser un reflejo de la otra y, de hecho, en el espejo hay un mundo completo, conciso y coherente.
A mi entender, el espejo es la forma; para citar a Juan Valdano, son los nimios rituales cotidianos los que abren un abismo entre quienes están en la realidad del reflejo o en el reflejo de la realidad, son los protocolos, las normas y los usos los que abren un abismo que nos parece insalvable. Debido a que los modos son diferentes nos solazamos ante nuestros conocidos con la manida frase de "estoy en el otro lado del mundo". Y no nos alcanza la humildad para aceptar que estamos en el mundo, en el mismo: más allá o más acá.
Mientras caminábamos por las afueras del Palacio Imperial y mirábamos los muros y los árboles -ver más allá es imposible-, caímos en cuenta que hay una sensación de inseguridad y esa incapacidad de tener el control puede provocar algún nivel de pánico.
Es esto: la vida en la ciudad propia, donde se ha nacido y vivido es, sobre todo, predecible, las sorpresas se enumeran con pereza y las historias que hay para contar se refieren a detalles insignificantes: hay la seguridad de la hora del ocaso, del tono de voz con el que se llama a la señora de la tienda; se puede saber con mucha certeza quién ganará las próximas elecciones y acercase mucho a la tasa de crecimiento de la economía. Hay, en definitiva, la sensación de haber dominado a la ciudad, ser el dueño de sus primaveras y sus neurosis.
Pero, en el momento en que se se abandona esa pradera predecible, donde se interactúa fluidamente, cuando se deja la esquina de confort, hay la sensación de seres miserables, veletas mangoneadas por fuerzas inentendibles e incontrolables.
Se pierde la sensación de dominio del medio, el miedo se apodera del cuerpo como si fuera la ropa interior, a pesar de que frente a sí existen seres humanos iguales, calles, ritos en los templos, puestos de venta de comida, impuestos, noches y cuervos cuyo graznido puede nublar el sonido ronco del motor de un Lotus de sueño.
Y sí, vivir en el envés del mundo, en este archipiélago cariñoso y extraño, es lo mismo que habitar el revés del espejo, es mirar una puesta de sol que en realidad es un amanecer.

País de izquierda

Japón es una país con un capitalismo pleno pero que ha logrado un estándar socialista de igualdad. Es decir, no hay pobres (salvo un porcentaje mínimo de indigentes “voluntarios”, gente que no quiere acogerse a los programas de protección), el nivel de vida promedio es alto y no hay personas escandalosamente ricas. Todos tienen acceso a todo. Eso se logró con el capitalismo que, en el caso de este país, conquistó los tan deseados preceptos del socialismo, el capitalismo que puso al ser humano en el escalón superior al libre mercado. Pero no solamente son zurdos en los resultados de su política económica. Hay pocos países en el mundo en los que el volante está a la derecha del vehículo y se conduce por el carril de la izquierda.
Es un acuerdo social para que, por ejemplo, sea posible vivir en una megaciudad futurista como Tokio, así se ha organizado esta sociedad y así funciona. Para que los trece millones de habitantes del distrito metropolitano (llegan a treinta millones si se calcula a la gran Tokio) vivir en orden es un sinónimo de supervivencia, se necesita de muchas reglas claras pero el éxito depende sobre todo de ciudadanos dispuestos a cumplirlas. Muchos personas en buena onda.
El Ecuador es el país con más densidad de población de Sudamérica, (56,5 habitantes por kilómetro cuadrado). Japón tiene 336 personas en cada kilómetro cuadrado y Tokyo... Es una cifra que provoca miedo pero no hay alternativa: 6.016 habitantes por cada uno de sus más de dos mil kilómetros cuadrados. Un 50 % más que en Bogotá, más del doble que Lima, aproximadamente un 45 % más que Caracas.
No es conveniente dejarse asustar por estas cifras, la realidad es todavía más complicada. El que se ha mencionado es el número de residentes registrados en la ciudad, pero muchos más llegan todos los días para trabajar. Las cinco estaciones de metro más concurridas reciben al día dos millones y medio de personas. ¿Que cómo se organiza a tanta gente? Facilito, caminan por la izquierda.
Pero, además, quienes la habitan saben que la responsabilidad es compartida entre las instituciones y los ciudadanos. En Japón existe un gran respeto por las personas. Y muchísima cordialidad. Debe ser el país el mundo que emite más agradecimiento por persona por hora en el mundo pero también de los planetas que estén habitados de las galaxias cercanas.
Tienen la encantadora venia, un símbolo muy activo de la identidad, es un lenguaje que se traduce de diferentes formas, dependiendo las circunstancias pero venias se miran por todas partes y siempre. El saludo más común es konnichiha, luego de decirlo se hace una venia. Es una señal de humildad. Existe un blog que se llama "Una japonesa en el Japón". En él, Nora, la autora, dice que "No es solo un acto de cortesía, es algo más profundo, y a pesar de inclinarse al saludar, no significa humillación ni sumisión. Inclinar la cabeza delante de una persona significa literalmente ‘entregar la cabeza’ (頭を差し出す – atama wo sashidasu). Es decir, ofrecer la parte más débil del cuerpo humano significa que le confía su vida a (...) esa persona, es un acto de respeto y confianza".
Los japoneses son muy protocolarios y no se permiten el desafuero de hacer la venia mientras caminan. Se deben detener, los hombres colocan las manos sobre el músculo vasto lateral de los muslos, en la famosa línea del pantalón; y, las mujeres las juntan debajo del vientre, en el punto que se conoce en japonés como hara, donde se acumulan la energía vital y el equilibrio.
La inclinación es diferente para cada caso: unos grados para saludar a alguien conocido, otro poco para saludar a alguien desconocido, algo más cuando se hace una presentación pública y un poco más todavía en actos oficiales y religiosos. Es difícil imaginar hasta dónde deberá ir la venia de quien está al frente Emperador, seguramente la frente deberá tocar piso y eso es lo que hicieron los principales ejecutivos de Tepco, pero por un motivo diferente. Es posible que las dos únicas razones para hacer una venia tan profunda sea la presencia del Emperador o pedir disculpas. Tepco es la empresa dueña de la planta de Fukushima, que tuvo un accidente nuclear luego del doble desastre natural de marzo de 2011. Frente a los medios de comunicación se arrodillaron y tocaron la cabeza con la frente para pedir disculpas al pueblo del Japón.

La mudanza del pasaporte

En el aprendizaje de las venias y los protocolos se va el tiempo. Es posible decir que las primeras semanas se vive despreocupadamente con una sensación de ser un turista con el privilegio de pasar mucho tiempo sin la tiranía de un guía.
La posibilidad de perderse por ahí sin más responsabilidad que tener en cuenta un par de puntos de referencia, el dinero suficiente para regresar y la dirección escrita en un papel. Así puede pasar mucho tiempo.
Pero llega el punto de transición: dejar de ser turista y comenzar a ser residente; "...amargura sin nombre de dejar de ser niño y empezar a ser hombre" según palabras del poeta ecuatoriano Medardo Ángel Silva. ¿Es amargo? De alguna manera sí, la presencia temporal, la turística, es adolescente, libertina: todo está permitido, total en un rato más hay que salir de aquí.
Esa es la rutina del ser perplejo, del alma asustadiza, de la pasión irrefrenable. Es la del hombre que hace concesiones nimias mientras está de vuelta a su metro cuadrado de seguridad y de confort donde no concede nada. El explorador audaz, el extranjero que salva sus nalgas de una cornada en Pamplona, una esponja que absorbe sin filtro las fachadas y las miradas condescendientes y remilgosas de los locales, la actitud de un mozalbete despreocupado, la reflexión epidérmica sobre la otredad de un ser humano que se deja seducir por baratijas. Con una facilidad pasmosa la mujer se enamora perdidamente por tres días del botones del hotel y el hombre desata fuegos pasionales por la mesera del restaurante. La actitud del turista siempre es la de un amateur que baila sobre una cuerda floja. ¿Hasta dónde transgredo para aprehenderlo todo en tiempo récord?, esa es la consigna.
El tiempo se acaba de dos maneras: o es hora de regresar o es tiempo de dejar de ser un turista y cambiar a la orilla del frente, allá donde se debe aprehender todo lo necesario para no transgredir.
Ser acogido por un país, entre otras cosas, significa, como canon mínimo, respetarlo; la actitud debe ser permeable en un juego tramposo para volverse un ciudadano de aquí, sin perder la identidad de allá. Una tómbola de derechos y deberes que se construyeron en base a una cultura diferente.
Ese es el limbo, uno diferente al de la imagen cristiana de una sala de espera difusa en la cual se aguarda el veredicto, este es como un momento detenido en un lugar inexistente en el cual se fragua la nueva realidad. Este limbo de la realidad provoca amargura y felicidad, complacencia y ansiedad, las expectativas son alentadoras y catastróficas, quizás sea la más macabra acción de alternar simultáneamente los contrarios. ¡Maldita sea la dialéctica!
El japonés Yukio Mishima, uno de los más destacados escritores del mundo, en el libro El Templo del Alba tiene unas referencias soberbias sobre el atardecer, el no momento, el instante donde se desatan las fuerzas que no se ven o no nos atrevemos a mirar, los minutos de la transición del día y a la noche, la escapada del sol y el arribo de la luna, el suspiro que media entre la vida y la muerte.
Ese es el limbo en el que se sobrevive. En este estado, la actitud menos apropiada es esperar un veredicto con los dedos cruzados; pero, hay una peor todavía: nos ser permeable.
A lo mejor el orden del ser humano mande que después de la sorpresa debe venir la reflexión. Dígase con precisión, una segunda reflexión pues la sorpresa misma ya es un proceso reflexivo. Y se puede suponer que ese proceso puede provocar dos reacciones que, de por sí, empañan el proceso de apropiarse del envés del mundo. Una de ellas es sentarse, relajarse y disfrutar. La otra, valorar y sobrevalorar lo dejado en el pasado y atarse a evocaciones.
Puede hallarse una tercera vía que será la más difícil, una que impele a caminarla con libertad, con amor y con pasión, esa es la combinación adecuada para aprender lo que es importante (y dejar lo periférico) sin estrellarse contra la sociedad como un meteorito.
Hay muchos aspectos dispersos que se han mencionado hasta aquí. Pero se los puede juntar en el que llamo “el síndrome de la dubitación”. Puede resultar más claro si se usa el ejemplo de un francotirador que tiene a su blanco en el punto de la mira, ha calibrado el instrumento a la distancia correcta, las condiciones meteorológicas son ideales, pero decide mirar con el otro ojo para comprobar que efectivamente el blanco está a tiro. Cuando lo hace el objetivo ya no está.
Japón es un país complejo, cuesta ver el final del pozo, hay que rascar despacio y seguido para descubrir lo que hay dentro de la piel. ¿Es solamente un asunto de las formas? No, es un asunto de normas. ¿De las leyes? De antiquísimas leyes de evolución que mutan todos los días, que fueron creadas por fuerzas distintas a las del Japón actual y que por ende ahora no se pueden modifica; ni entender.
Evidentemente se puede aprender la mayoría de esas formas pero es muy difícil asimilar la lógica que está detrás de los protocolos
La verdadera tortura del "síndrome de la dubitación" es, para seguir con el ejemplo, que el francotirador, por honestidad, deberá disparar, deberá hacerlo de todas maneras. Será enseguida o mucho después, pero no puede dejar de hacerlo.
Entrar en el espíritu japonés es inevitable, es además un ejercicio responsable de convivencia y esa es la tercera vía: entrar con libertad, con amor y con pasión.
El “síndrome de la dubitación” obstaculiza esa posibilidad porque contrapone a la libertad la duda, el prejuicio; opone al amor el interés por usufructurar; y, a la pasión se le contrapone el cálculo intelectual y el marco lógico. Si vence el “síndrome de la dubitación” la vida del residente se vuelve como una resbaladera, a través de la cual se desciende con vértigo para llegar a la quizás más perniciosa de todas las actitudes: evitar por todos los medios ser permeable a la cultura local.

El ejercicio de convivencia responsable con libertad, amor y pasión, ¡Vamos por él!


Este es el artículo que completa la centena de reportes presentados sobre Japón en este blog: Llamingo-san. Concidencialmente, en estos días se ha cumplido un hito adicional: han llegado a 10.000 las visitas que han dispensado a este espacio de comunicación.
Les dejo con esto: "El Japón ha dejado de ser una curiosidad artística y cultural: es (¿fue?) otra visión del mundo, distinta a la nuestra pero no mejor ni peor; no un espejo sino una ventana que nos muestra otra imagen del hombre, otra posibilidad de ser". Octavio Paz (Citado en una artículo de Donald Keene, publicado en la revista Letras Libres).

Gracias, de verdad muchas gracias (palabras dichas mientras hago una venia de 45 grados).

Nos vemos pronto.

miércoles, 2 de abril de 2014

El hanami y la veneración de lo breve

Saludos, contento de desearles un feliz inicio de la primavera

Ese es el tema que nos convoca hoy y que en el Japón se expresa como una de las mayores celebraciones del calendario anual: la primavera que se presenta como el final del oscuro invierno y el renacer de la vida, el sol, los colores: la eclosión de los sakura.
En el Japón, el nombre de los cerezos es, precisamente, sakura, y festejar abrazados por las ramas repletas de las pequeñas flores se denomina hanami.
Esta fiesta es tan importante que los ciudadanos esperan con ansias los días en los que se producirá la eclosión y que oficialmente solo está autorizado a anunciar la Agencia Meteorológica de Japón.
Como explica el portal nippon.com, «Cada año este “frente del sakura” se anuncia a diario a partir de marzo en la televisión y los periódicos, y presenta con unas líneas en un mapa, como si fueran frentes meteorológicos». Hay quienes siguen la floración en peregrinaciones de sur a norte. 
Foto de Paulina Jiménez
La verdad es que están pendientes del florecimiento de los sakura desde hace más de mil años. En el siglo VII las familias nobles tenían la costumbre de organizar convites. La excusa era este fenómeno del mundo vegetal pero, en realidad, el sentimiento estaba más dirigido a principios religiosos. El sintoísmo, como es conocido, venera, sobre todo, a la naturaleza que, según sus principios, son deidades y son obra de los dioses mayores que habitan en el altiplano del cielo. Luego, esta explosión pirotécnica de vida es motivo de algarabía mística.
Hay otros vestigios que indican que en el pasado esta fiesta ponían el marco de celebración, grave y festiva, para para dar la bienvenida a los dioses del campo, se realizaba una ceremonia religiosa que era también un rito de adivinatorio para tratar de predecir las cosechas.
Para el budismo, por otro lado, es un momento especialmente propicio para profundizar en lo efímero. La flor del sakura tiene un ciclo vital muy reducido y repleto de belleza. Es un ciclo que se repite y se repite incesantemente, tal como la vida, breve, eterna, bella.
Era, también, de suma importancia para los samurái. Los guerreros veían reflejadas sus vidas en el ciclo de los sakura pues generalmente morían jóvenes, pero luego de haber tenido una vida bella, entregada al camino de la perfección.
Parque de Shinjuku, 2013
Es probable que quienes ahora festejan el hanami no recuerden que la fiesta comenzó con estas consideraciones, pero tampoco pueden evitar sentir algo de lo que les inspiró en el pasado a gozar con este tan simple espectáculo natural. Los japoneses tratan de conservar las tradiciones y este es un ejemplo.
Con el tiempo, la costumbre de comer y beber debajo de los árboles sakura recién florecidos se amplió a los samurái y al resto de la sociedad nipona. Y mil años después tiene pocas variaciones y ciento treinta millones de adeptos, por lo menos.
La costumbre sigue siendo reunirse con la familia, los amigos o los compañeros de oficina para comer y beber a la sombre de un árbol de sakura
Para una ciudad como Tokio, y para las principales urbes del Japón, los grupos de celebrantes deben hacer esfuerzos por conseguir un buen lugar. El distrito metropolitano tiene quince millones de habitantes y todos quieren un par de metros cuadrados para hacer su hanami, pero no hay tantos sakura en la ciudad. Es costumbre que se delegue al colega más joven de la oficina para que haga lo que deba para reservar el mejor de todos los lugares para sus compañeros, sin importar que eso signifique pasar la noche solo y con una manta térmica en un parque silencioso. Al día siguiente, los compañeros llegarán con suficiente viandas y bebida. Hay lugares en los que no quedan diez centímetros cuadrados libres.
Foto captada en Chidorigafuchi, Chiyoda, Tokio.
El florecimiento de los sakura llega enseguida del Día del Equinoccio de Primavera, como se llama oficialmente a ese feriado y a ese 21 de marzo universalmente importante. Sucede también en medio del cierre del año fiscal (que se produce al terminar marzo), en esta época muchos graduados de las universidades comienzan a trabajar y coincide con el inicio de un nuevo año escolar.
Es como si en 365 días la Tierra hubiera hecho una gira alrededor del universo y volviera al inicio. Un nuevo comienzo, la renovación, la brevedad.
Si bien el sakura es un árbol de origen asiático, la veneración de la que es objeto en Japón ha llevado a desarrollar más de 300 variedades, de las que nacen flores generalmente de tres colores: blanco, rosado y púrpura.
Parque de Shinjuko, 2013
En general, las más admiradas son las flores blancas, cuyos sépalos tienen un tono púrpura. La relación de las tradiciones del Japón cuenta que cuando los samurái iban a la guerra, las viudas, amordazadas por un dolor insoportable, practicaban el rito del sepukku al pie de estos árboles; los sakura absorvían la sangre y las flores brotaban con es color particular, que es en realidad el color de la sangre de una mujer triste.
Esa brevedad y la condición efímera de este espectáculo natural evidentemente ha inspirado a poetas y ha sido el motivo para obras de arte desde hace más de mil años. Con el paso del tiempo, además, permite niveles extraordinario de innovación en productos que se comercian en estos días, como licor de pétalos encurtidos, tapices, pinturas, infusiones, dulces, telas de quimono, ropa casual, papeles de origami, chocolates, cremas, perfumes.
En este, que de alguna manera podría compararse con el día de campo o el pique-nique francés o el picnic anglosajón solamente en lo formal, en ese banquete se toma cerveza, nihonshu y shōchū (sake), entre otras bebidas, junto al típico edamame (sojas verdes), karaage (pollo frito), sushi, onigiri (bola de arroz) y otros tentenpiés, aunque también hay casos en los que se cocina carne en la barbacoa.
Quizás la comida más tradicional sea el dango (un dulce preparado con harina de arroz) de tres colores, rosa pálido, blanco y verde, ensartado en un palillo. El rosa es el color del sakura que simboliza la primavera que, en este caso, es el punto intermedio entre el blanco nieve del invierno y el verde artemisa del verano.
Hamarikyu
Es tan japonesa esta tradición, que el gobierno ha regalado árboles como una muestra de respeto a países amigos. En Washington, por ejemplo, hay varias centenas de sakuras donados por el gobierno nipón, pero también hay en Santiago de Chile, para mencionar dos ejemplos. La pasión por el hanami es secuencial, un efecto que es llamativo, porque los sakura florecen de acuerdo a cómo se va calentando el clima. El primero sitio en eclosionar es Okinawa, la isla más meridional, y el final es en la isla de Hokkaido, al extremo septentrional del archipiélago. Hasta aquí, todo lo relatado es festivo, un carnaval, el destape de los colores de la naturaleza y del alma humana. Pero muy pocos días después, no más de diez, las flores caen mecidas por el viento y se abrazan de las gotas abundantes del famoso "abril, aguas mil". Entonces los árboles se quedan tan desnudos como en el invierno. Y llega un sentimiento de nostalgia, provocan cierta sensación de impudicia. A lo mejor, la certeza de que esas hermosas flores van a morir tan pronto es lo que genera esa mezcla de sensaciones: evocación, asombro, nostalgia, felicidad. Lo efímero es así, la revelación de lo finito en medio de la constatación de la belleza del renacimiento.

Me voy, como se irán pronto las flores del sakura. Gracias a ustedes, siempre.

Noticia: este artículo fue enriquecido en marzo de 2015.