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sábado, 14 de junio de 2014

El teatro del noh o la plenitud del vacío

Siento mucho gusto de saludar con ustedes y esto lo digo con una máscara roja y un movimiento lento.

¡Se abre el telón! No, no se abre porque no hay ningún telón. Vamos a hablar de teatro en Japón y en ninguna de las expresiones principales del teatro tradicional hay una tela que oculte lo que sucede dentro del escenario. Todo es abierto.
Y sucedió este primer acercamiento a las artes escénicas locales en un descampado al frente de una enorme tienda de departamentos.
El escenario está dispuesto como mandan las normas: un corredor que simboliza un puente a la izquierda del público. Un escenario de madera de seis metros por cada lado. A pesar  de que la electricidad ha resuelto algunos problemas del relato dramático, se ha prendido fuego en cuatro braseros alrededor del escenario. Primero aparecen los músicos y los cantantes. Emiten sonidos que evidentemente no son el acompañamiento musical de una obra de Broadway sino que son parte de los elementos de este complicado juego de simbolismos con los que se expresa arte. Se ha iniciado el teatro vivo más antiguo del mundo: noh.
Hace juego con otras formas de teatro cuya tradición se comenzó a construir siglos atrás: el kyogen, el kabuki y el bunraku, que es el teatro de marionetas; las cuatro esquinas de una escena tridimensional.
Tienen algo en común, que no todo. El tiempo de nacimiento: los orígenes son relativamente iguales. Cuando finalmente el clan Tokugawa logró pacificar el archipiélago de las guerras entre sogunes se pudo usar la energía diaria y los esfuerzos de otra manera, se vivía la era Edo. Las ciudades crecieron y se llenaron de comerciantes, artesanos y una burguesía que maduraba. Pero, también, los castillos de los sogunes redirigieron parte de la dinámica diaria a la cultura (los samurái, además de guerreros diestros se destacaban en la artes como la actuación).
Uno por uno: el kabuki es la unión de las primeras sílabas de las palabras en japonés de “cantar”, “bailar” y “habilidad”. Era una expresión artística popular, que estaba fuera de los muros de los castillos de los sogunes, era parte de un desate de creación que se vivía entre los comerciantes y ciudadanos.
Kabuki
Es imposible que las expresiones artísticas se desliguen por completo de la realidad y los códigos estéticos de esa época se reflejaban en los magníficos vestuarios y escenarios del kabuki, también en las obras, en las que se recuerda y se magnifica a los héroes de la historia nacional pero también cumple el papel de reconciliador entre los deseos personales y las obligaciones sociales.
En la primera infancia, el kabuki era un teatro actuado solo por mujeres y se había derivado de las danzas y el teatro ligero que se representaba en el santuario de Izumo. Con el tiempo se prohibió la actuación de mujeres y de jóvenes porque se descubrió alguna relación entre el kabuki y la prostitución. Desde entonces los actores son siempre hombres maduros, inclusive para representar personajes femeninos, y se evitan las escenas de sexo.
Se divide generalmente en tres estilos: obras históricas, que relatan hechos en los que se  sobredimensiona de los actos de heroísmo samurái; las obras domésticas, que debieron haber sido para los espectadores como un informativo noticioso porque contaba frecuentemente hechos que alteraban la tranquilidad ciudadana (escándalos, asesinatos, suicidios); y, el tercer tipo de kabuki es la danza.
Cada actor forma parte de una familia de actores que es también una escuela de especialización, y cada familia tiene un estilo y una forma de actuar específicos para cada papel.
La más famosa línea familiar del kabuki es la que dirige Ichikawa Danjuro, es el décimo segundo heredero. Quien forma parte de la familia debe aprender y dominar un estilo particular que les identifica, tanto en la manera de representar a los personajes cuanto en los matices personales.
Uno de los aspectos llamativos es el de hombres representando papeles femeninos. No son imitadores, no son un espejo de las mujeres, buscan expresar simbólicamente la esencia de la feminidad.
También se destacan las canciones líricas que son largas; se interpreta también varios tipos de música narrativa con flautas, shamisen de tres cuerdas y tambores.
La UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad en 2005.
Tan antiguo, con un origen muy semejante e igualmente exclusivo de Japón es el bunraku. Es una estilo de teatro en el que los intérpretes son marionetas, pero no por ello es menos serio ni tampoco puede definirse como teatro infantil.
Bunraku
Probablemente su genética sea mucho más antigua. Ya en el periodo Heian (794–1185), los titiriteros itinerantes actuaban a cambio de donaciones; los actores manipulaban dos marionetas y el escenario era una caja colgada del cuello.
Tanto como el kabuki, las marionetas eran como pregoneros de noticias y sucesos. Un ejemplo de ello es la obra de Kanadehon Chushingura basada en los incidentes del Señor de Ako y los 47 ronin, que se estrenó 47 años después del suceso, en 1748.
Sucedió, pasa todavía, que muchas obras cuyos autores las crearon para ser representadas en bunraku luego eran adaptas para las tablas del kabuki. Y sucedió también lo contrario.
Las marionetas miden de la mitad a dos tercios de una persona. Tienen unas 70 cabezas de marionetas para diferentes personajes. Una marioneta de un guerrero samurái con su traje puede pesar 20 kilogramos.
En la actualidad los grupos de tres titiriteros están con el rostro descubierto sobre el escenario aunque tradicionalmente vestían trajes y capuchas negras para hacerse simbólicamente invisibles.
El bunraku es, así mismo, Patrimonio de la Humanidad.
Noh
Lo que viene a continuación es el noh, la expresión más seria, más abstracta y, en su origen, la más elitista de todas. Desarrolló su estructura básica en el siglo XIV y por eso es el más antiguo del mundo.
En el teatro del noh lo que sucede no es evidente, es fundamentalmente un teatro simbólico y lo importante no es la historia ni la escenografía sino el ritual. Pero, además, la sugerencia de una atmósfera estética rarificada.
Cuando el noh era todavía relativamente nuevo en la vida del Japón, Zeami, el líder de un grupo de actores, recibió el patrocinio permanente del sogún Yoshimitsu y esto le dio la oportunidad y el tiempo para refinar la estética del teatro noh en dos principios: la imitación de las cosas y un ideal estético influenciado por el zen que enfatizaba la sugerencia del misterio y la profundidad. Es un teatro pausado y solemne.
También son características las máscaras y existen tantas cuantos personajes se presentan. Hay una para las mujeres jóvenes, otra para ancianos y unas más para demonios. Pero incluso en cada categoría hay diferentes niveles de dignidad que influyen en el papel que se representa y en la obra en general. A pesar de la rigidez, son máscaras versátiles, pude cambiar una expresión de alegría a otra de tristeza con un ligero cambio de luz, de la forma como las sombras caen sobre los rasgos.
Además de las máscaras, los trajes tienen unos diseños muy atrevidos, pueden ser de cinco capas cubiertas por una prenda exterior de rico brocado y pelucas de colores, que contrastan con un escenario generalmente muy limpio. El abanico es otro de los elementos escénicos simbólicos fundamentales, puede representar todos los objetos, desde una espada hasta un cucharón.
Una obra de noh puede tener cuatro o cinco partes. Al inicio y entre los actos se presenta una forma de teatro que es inseparable pero opuesta: el kyogen. Se tratan de historias cortas cuyo objetivo principal es hacer reír a la gente. Cuenta, también, historias relacionadas con la cotidianidad de las personas y lograr distender el ánimo más denso que genera el noh. No existe la posibilidad de que se representen por separado el noh y el kyogen. Una obra completa puede demorar varias horas.
Octavio Paz, el profundo pensador nacido en México, hace una reflexión sobre la estética japonesa y el zen. Cita a Zeami y sus enseñanzas sobre la profundidad del noh, advierte que “Un maestro del arte no moverá el corazón de su auditorio sino cuando ha eliminado todo: danza, canto, gesticulaciones y las palabras mismas. Entonces, la emoción brota de la quietud. Esto se llama la danza congelada”, porque la esencia del noh está en la quietud. Octavio Paz agrega: “solo la contemplación que nos propone Zeami posee un carácter distinto del éxtasis occidental: la diferencia es capital porque para la estética del noh, el arte no convoca a una presencia sino, más bien, a una ausencia. La cima del instante contemplativo es un estado paradójico: es un no ser en el que, de alguna manera, se da el pleno ser. Plenitud del vacío”.

Con esto me despido hasta muy pronto. Gracias por estar aquí.

miércoles, 4 de junio de 2014

Bendición y tiranía del arroz

Les saludo; con los primeros calores del verano, les saludo a todos.

El arroz es para el Asia lo que el maíz para la América andina y las papas fritas para Europa occidental; un poco menos de la mitad de la población del mundo lo tienen como su alimento principal. Estos días he tratado de mirar lo que hay en el fondo de un cuenco de arroz y he llegado a un campo sobre el que las espigas sostienen un relato claro pero neblinoso en cuanto a la conclusión, es arriesgado afirmar con certeza si un alimento modificó la identidad de un país o la cultura nacional lo convirtió en un elemento de identidad.
Es un dolor de cabeza que se puede evitar sin mucho afán: lo cierto, concreto y absoluto es que el arroz ejerce una influencia silencionsa en la vida diaria, es decir: es una de las mayores razones de la alimentación sana de los japoneses, cada grano es una palabra en la sucesión de pequeñas revoluciones que hacen la historia del país y cada cuenco de este alimento blanco y humeante es un canal de acercamiento a lo sagrado.
A pesar de todas estas que suponen cimientos inconmovibles, desde 2011 los japoneses gastan más en pan que en arroz. Es un fenómeno práctico que, al decir de los analistas, no atenta contra la sólida identidad japonesa. A pesar de esta victoria cuantitativa del pan, que fue traído originalmente por los portugueses, no tiene ninguna relación cultural ni de identidad ni religiosa, vínculo que sí lo mantiene el arroz.
Probablemente la evidencia más contundente se encuentre en el idioma, en las palabras. Arroz cocido se escribe en japonés ご飯 (se pronuncia "gojan"). Pero esta misma palabra sirve para designar a todos los alimentos. Ni la genética ni la forma de la palabra distingue los términos "arroz" y "comida" porque para el ciudadano común la gramínea es tan importante que puede llamarse como todo el resto de alimentos.
Es hora de mirar las evidencias numéricas de esta realidad del idioma: en Japón al día se consumen 23 millones de kilogramos y si se sembrara de arroz todo el terreno cultivable no se lograría abastecer la demanda.
Hay un dicho local que manifiesta que a un buen cocinero se le reconoce por la calidad del arroz que prepara. En el pasado, un invitado podía predecir el buen gusto de un banquete con solo probar el arroz.
Perfeccionar un acto tan cotidiano como preparar el alimento indispensable del día habla mucho de la naturaleza de los nipones. Realizar una acción sencilla y repetible, cocer arroz forzando el camino para llegar a la perfección más allá de lo humanamente imaginable.
El ideograma que describe el arroz crudo es 米, está compuesto por dos números 8 (hachi) y el número 10 (jyu), es decir representa el número 88 (hachi-jyu-hachi). Un dicho popular japonés expresa que el campesino realiza 88 tareas durante el cultivo arroz, desde su siembra hasta la cosecha, y que esto también es una enseñanza en el sentido filosófico budista de gratitud tanto para el campesino (por el esfuerzo realizado en el cultivo) como para el propio arroz, por el beneficio que le reporta como alimento.
Evidencias arqueológicas demuestran que el arroz fue introducido en el Japón 3.500 años a.C. Los primeros campos de cultivo controlado estaban en las planicies de Yamato, al este de Kioto, el mismo sitio en el que la mitología nipona considera que se fundó el país por parte de Amaterasu, la diosa del sol.
La organización social del archipiélago se fue desarrollando y el arroz se fue convirtiendo en un factor de riqueza económica y de poder político. Al inicio, quien poseyera los campos de arroz controlaba las riquezas del país. Luego, el que pudiera cobrar tributos sobre la producción de la gramínea era quien controlaba la política.
El dominio que establecían los sogunes sobre el territorio tenía, al menos, un par de significados: tener posesión sobre las zonas montañosas donde estaban los templos en los que se sustentaba la legitimidad espiritual, y administrar las riquezas provenientes del control de la producción de los alimentos en las planicies escasas.
Un samurái, un guerrero al servicio de un sogún, era recompensado con campos de arroz cuando tenía una actuación destacada.
El cultivo de la gramínea, además, facilitaba el dominio de grandes áreas. Es una tarea que demanda de una atención permanente, de manera que los agricultores estaban en un lugar fijo y el cobro de los impuestos se facilitaba mucho.
Los grandes ejércitos fueron creados, al principio, para proteger el transporte de los tributos que debían llevarse desde los alejados campos de arroz hasta los castillos de los sogunes. Y luego, el funcionamiento de las fuerzas militares se financiaba con estos tributos.
Para los agricultores, quienes estaban en la parte más baja de la pirámide social, el arroz era una bendición y una tiranía, les alimentaba pero también les quitaba el alimento, tenían comida al alcance de la mano y un centímetro más allá estaba el cobrador de impuestos que les quitaba un buen tanto.
En algún momento llegó a utilizarse como moneda y en buena parte de la historia, cuando no era una moneda por sí, el arroz era el patrón monetario; este patrón se llamaba koku. La riqueza se medía en koku y su equivalencia es la cantidad de arroz que se necesita par alimentar una persona durante un año. Para hacer una relación imaginaria con el presente, un euro equivalía a tantos kilos de arroz, una combinación que ahora se hace con el oro.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO, según el nombre en inglés), informa que Japón es el noveno productor del mundo, tiene dos cosechas. "Cerca del 85% de los 2,3 millones de granjas del Japón cultivan arroz cada año. La extensión media de los arrozales de un granjero japonés es pequeña (aproximadamente unas 0,8 hectáreas) y la producción de arroz está altamente mecanizada. Debido a los reducidos tamaños de las granjas, la producción de arroz es considerada por la mayoría de los granjeros como una ocupación con dedicación parcial". La publicación advierte también que la conservación de la producción del arroz es un asunto que, además, tiene que ver con la permanencia del patrimonio cultural y de identidad.
Cada país ha desarrollado una variedad específica y sus métodos de cocción. El japonés es un arroz que tiene mucho almidón y eso provoca que se fermente con rapidez, es imposible guardarlo, hay que cocer arroz todos los días y se lo sirve en todas las comidas.
El desayuno (cuyo nombre se pronuncia "asagojan" y significa comida de la mañana) consta de pescado, sopa de miso y arroz. A media mañana, una bola de arroz, el onigiri. En el almuerzo, cinco platos: uno de ellos es arroz. Y en la cena otro tanto. Además, se ha de tomar sake, que es fabricado en base de la fermentación del arroz.
Evidentemente, tiene una relación religiosa sostenida. La religión local, el sintoísmo, predica una relación íntima entre las deidades y la naturaleza. Hay numerosos dioses y ritos que propician y protegen la gramínea. Las deidades protectoras del arroz reciben ofrendas especiales de los agricultores para obtener las mejores cosechas.
Los ritos agrícolas suelen estar conectados con el ciclo de crecimiento del arroz. Antiguas leyendas explican cómo el dios de la montaña (Yama no kami) descendía a los pueblos durante la primavera en forma del dios de los campos de arroz (Tu no kami) para proteger la cosecha y volvía a la montaña después de la cosecha de otoño.
En la historia más reciente del Japón está registrados los que se conocen como "los Motines del Arroz". En 1918 se produjo la que se considera la movilización espontánea más importante de la historia del Japón, cerca de dos millones de personas se manifestaron indignadas por los magros resultados de las políticas económicas que provocaron, entre otras cosas, el encarecimiento del principal alimento del país.
Se movilizaron 100.000 soldados para detener los avances de los amotinados pero la tranquilidad solo regresó al país cuando se destituyó al ministro que había provocado el encarecimiento del producto. Pero más, la casa imperial donó una gran cantidad de dinero, así como la Dieta y los dos principales bancos (Mitsui y Mitsubishi) para importar arroz de las colonias de Corea y Taiwan. Fue la única manera de lograr calmar a la población.
En el proceso de relacionarse más profundamente con este alimento, que también es un símbolo de identidad, nació y se ha desarrollado el que ha sido llamado "Arte Tambo". Los agricultores dominan por completo los cultivos, las variedades, los tamaños, las fechas de maduración y logran recrear obras de arte en los campos de arroz sin utilizar nada que no sean los tallos de la gramínea. Una buena colección de estos ejemplos se puede encontrar aquí. Hay pueblos cuyas economías han tenido un renacimiento impresionante debido a los turistas que van a observar los campos de arroz, como si fuera un museo. Se calcula en 200.000 visitantes.
Una planta delgada que el viento bate sin esfuerzo, pequeños granos blancos, el rojo ígneo del fogón, el humo que asciende, un cuenco de barro, dos palitos. Es un rito que se ha repetido por siglos, es una nimiedad cotidiana que marca la continuidad de la identidad de una sociedad milenaria.

Hay más temas y ya están en proceso, será un gusto presentárselos.