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jueves, 25 de septiembre de 2014

Los ainu, corromper hasta exterminar

 Muchos saludos a todos ustedes

No sé si les pasa a ustedes, pero a mí me da pena cuando sé de una cultura que se pierde. Y más aún si se extingue porque hubo otras culturas que se superpusieron hasta anularla.
Algo de eso sucedió con mi nativo Ecuador y América con la violenta conquista de los españoles católicos y, más recientemente, con la también violenta intromisión del capitalismo estadounidense disfrazado de cultura para facilitar su imposición.
Debo ir al norte de Japón, ¿me acompañan? Nos vamos a la isla de Hokkaido, la segunda  más grande del archipiélago nipón, donde habitan los ainu, indígenas que recién ahora están en condiciones de defender lo poco que queda de sí mismos antes de la extinción.
Está bien, no es que las personas van a desaparecer, pero los rastros de una cultura especial se van perdiendo en la historia; o, lo que es peor, ya solo son piezas inventariadas de museos.
Foto tomada de conservapedia.com
Vamos a ver: son una raza y por ahí comienza su autenticidad. Caucásicos, son como un lunar en un paisaje de asiáticos y mongoles. Blancos, con mucho pelo, cabello largo y ensortijado, luengas barbas, una notable longitud del tronco en relación a las piernas, nariz prominente, ojos castaños y sin pliegue epicanto (piel del párpado superior), diferencia que puede ser la más notable para un occidental.
No se parecen a los vecinos, llegaron en la última glaciación unos 18.000 mil años antes de la era común, hay estudiosos que defienden que estuvieron en estas tierras antes que los japoneses y los mongoles, y hasta apuntan la posibilidad de que hayan cruzado el estrecho de Bering durante la Era del Hielo. Es decir, pueden ser algunos de los primeros habitantes de América. Puede ser mi abuelo.
Por motivos que no están claros, decidieron instalarse en esta zona comprendida entre la isla de Hokkaido, las islas Kuriles y la isla de Sajalín, a lo mejor algo de la península de Kamchatka y el mar de Ojotsk. Zona muy norteña, de inviernos tenaces.
Es un pueblo animista, creen que sus dioses son la naturaleza: la abuela tierra, todo lo que la habita, el mar y todos los nadadores de sus profundidades. Pero han tenido siempre al oso como el portador del espíritu principal, le han casado, le han sacrificado y le han hecho funerales con honores superiores a los de cualquier otro ser vivo
Han sido cazadores, pescadores y recolectores. Pero, les llegó la hora, inevitable, de enfrentarse a los japoneses que buscaban supremacía territorial. Ainu pacíficos, perdieron todas las batallas a las que les tocó acudir porque, entre otras causas, no sabían trabajar el metal y compraban espadas a mercaderes que les vendían cualquier calidad, cuando en el sur se fabricaban katanas que eran consideradas las mejores armas del mundo.
También estuvieron en una posición asimétrica con respecto a aislados navegantes que les cambiaban chucherías por sus símbolos culturales, los cuales terminaron colgados en museos europeos para mayor gloria del apetito insaciable de occidente.
Luego, llegaron los estadounidenses a "civilizar" al Japón y sus alrededores, con el argumento que les es tan típico: una flota de guerra. Lograron modificar el gobierno imperial, lo que significó una serie de imposiciones para el pueblo ainu, en nombre de la integración definitiva de ese territorio (y ese pueblo) al imperio japonés.
Los estadounidenses establecieron allí una base, confiscaron las tierras y dictaminaron que a quienes habían habitado esas tierras por milenios les estaba prohibido sacrificar osos; y, se les prohibió la caza y la pesca, que de lo que vivían.
Foto tomada de Tribes & Things
Por su parte, el emperador Meiji, quien administró, padeció y murió en la dicotomía, decidió japonizar a un pueblo que no era ni japonés ni asiático ni mongol, pero que estaba dentro de las fronteras nacionales.

Obviamente, para sobrevivir los ainu debían declarar que no lo eran y de esa manera, poco a poco, año tras año, los símbolos de su cultura se iban enterrando en la corrupción, con los mismos métodos que se usaron para exterminar a los pueblos nativos de norteamérica.
Solamente en 1973 tuvieron las garantías y las agallas para reunirse en una asamblea que vindicó sus derechos dentro de la nación japonesa. Solamente en 1998 el parlamento japonés los reconoció como "un pueblo indígena con su propia lengua, religión y cultura" y aprobó ayudas para mejorar las condiciones de vida de la población más pobre del país. Y solamente una década después se votó a favor de que los ainu tengan una representación parlamentaria permanente.
Para expresiones de su cultura como el idioma podría ser muy tarde. No se conoce a alguien que sepa hablar ainu y los expertos rebuscan en las bibliotecas que las piezas completas para armar de nuevo el rompecabezas.
La Unesco llegó con las justas para declarar como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad las danzas ainu. Considera que "Para los ainu, la danza no sólo representa un medio de fortalecer su relación con la naturaleza y su universo religioso, sino que también constituye un vínculo con otras culturas árticas de Rusia y América del Norte" (pueden mirar algo de danza en este vínculo y en este otro).
Para los que llegamos tarde al florecimiento de esta cultura, lo que llama la atención es que aún algunos viven en grandes chozas circulares que tienen una puerta, una ventana y un fogón en el centro.
Cuando llegan a la adolescencia, los hombres dejan de afeitarse y se cortan el cabello solamente alrededor de las orejas, de manera que los ancianos tienen una cabelleras muy respetables. Mientras tanto, las mujeres se tatúan la boca, los brazos y los genitales cuando están en estado de merecer y a los 17 o 18 años se tatúan alrededor de la boca unas líneas que dan la sensación de una sonrisa de penumbra o un bigote.
Aunque con muy poca influencia sobre las decisiones de Estado de Japón, han estado siempre en la cultura popular: en la película Mononoke Hime, del director japonés Hayao Miyazaki, el protagonista, Ashitaka, es un príncipe ainu. En el videojuego "Samurai Showdown" aparecen varios personajes que pertenecen la tribu. En el ánime Shaman King uno de los protagonistas pertenece a esta etnia.
Foto tomada de Asia Society
Se calcula que hay 50.000 personas hijas de padre o madre ainu y aunque la pureza racial no asegura la conservación cultural, se ha notado últimamente un mayor compromiso para sostener una forma de ver el mundo que tiene miles de años de antigüedad.
En Shiraoi, Hokkaido, está el Museo Ainu de Poroto-kan, para quienes están con ganas de darse una vuelta y conocer parte de la cultura ainu. Este museo se lo hizo porque los pobladores de esta etnia se molestan de tantos turistas que les tratan de cazar con sus cámaras de fotos.
Corromper es alterar la forma de algo y eso es lo que sucedió durante siglos con un pueblo que no tenía la intención de pelear para defenderse. Corromper hasta exterminar, hasta extinguir la llama ainu que alguna vez iluminó el norte con fulgores divinos.

Ojalá en nuestro próximo encuentro no se haya extinguido ninguna otra cultura. Hasta entonces.

Nota final: Miguel Vázquez ha comentado que "Aunque exista aún cierto debate y algunos piensan que solo se trata del cambio de palabras para hacerlas políticamente correctas, lo cierto es que desde el concepto de la biología no existen razas humanas, entre otras (razones) porque la diferencia genética no es suficiente para considerarlas así. Como es sabido, existe más variabilidad entre el ADN de poblaciones africanas que entre algunas de estas y los europeos. El término más usado ahora es el de "etnias", para diferencias grupos humanos distinguibles por sus características fenotípicas.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La Misión Hasekura y los Japón de España

Les saludo y les agradezco siempre por darse una vuelta por esta bitácora.

Les invito a viajar al año 1613. Japón vive los años iniciales del período Edo, el país ha cerrado las fronteras, los accesos, ha levado los puentes, nadie entra y nadie sale. Sin saberlo, el sogún Tokugawa, a quien se le ha entregado el poder absoluto y quien decidió aislar el país, provocará una introspección profunda dentro de la cual se fundirá una identidad nacional que pervive hasta ahora.
En el sogunato de Sendai, al norte de la isla grande (Honshu), Masamune Date habla un idioma diferente que el del centro del poder. Influenciado por el sacerdote franciscano fray Luis Sotelo, decide enviar una comisión para que se reúna con el rey de los españoles y con el pontífice de la religión católica, manda mensajes a las autorides civiles y religiosas de quienes los evangelizan.
San Juan Bautista es el nombre de la nao que parte del puerto de Tsukinoura. Es nombrado embajador el jefe de los samurái del sogunato, Tsunenaga Hasekura. Ciento y ochenta más forman la tripulación que rápidamente pone velas rumbo al naciente, a la conquista del puerto de Acapulco, el más grande fondeadero de los españoles en el océano Pacífico (el cual navegaban de punta a punta para evangelizar, para "descubrir" otras tierras que conquistar y para pillar otras onzas de oro, como sucedió luego con Filipinas).
En los más de 60 días que les toma cruzar la mar más grande del planeta repasan los objetivos: establecer una línea fluida de comercio con Nueva España (México) y España, gestionar el envío de más misioneros para propagar el cristianismo y aprender la tecnología para la extracción de plata.
Mientras viajan, la oposición del gobernante del Japón se vuelve implacable contra los sacerdotes católicos, a quienes se les da muerte de maneras atroces. Antes de que los miembros de la misión Hasekura vieran siquiera la costa del primer país donde España mandaba ya habían fracasado en el objetivo de obtener la delegación de más curas misioneros.

Tsunenaga Hasekura, retrato europeizado
Hasekura, de quien no se despega nunca fray Sotelo, es recibido con rango superior en la ciudad de México y departe banquetes, comparsas, venias y saludos con el mismo virrey y el obispo. Después de bautizar a algunos japoneses unos veinte miembros de la misión cruzan México de occidente a oriente hasta un puerto en el estado de Veracruz, donde se embarcan con destino a Sevilla (los otros se quedan en México y regresarán por su cuenta).
Ese trayecto ya es conocido por los españoles, de manera que es recorrido sin sobresaltos. Hasekura, unos 20 japoneses y el inseparable fray Sotelo son recibidos con honores en España: en Sevilla, primero, y luego acompañados a la capital a varios encuentros con la realeza en 1615.
Hacen escala en Barcelona para embarcarse a Roma, donde se entrevistan con el papa Paulo V. Hasta ahí, han recorrido dos terceras partes de la circunferencia del planeta y han entregado una rogativa al pontífice para que refuerce la operación evangelizadora en el archipiélago nipón. La respuesta les será enviada a España, anuncia el camarlengo; regresan a la corte de los reyes católicos de España tras medio cumplir esta misión que les toma un año.

La misión japonesa entrea un presente al rey de España
Se había iniciado el viaje de regreso, les sorprende el año de 1617 en México y se embarcan, gracias a las buenas gestiones de fray Sotelo, a Filipinas, donde planean esperar las respuestas del papa y del rey de España. Ninguna de las dos llega, Hasekura y los que quedaban con él entran discretamente a su país, pero el franciscano decide hacerlo por su cuenta. Dos años después llega, es prendido de inmediato y muerto a poco.
Hasta ahí la historia, ahora viene la anécdota. Unos diez japoneses deciden sembrar raíces en un pueblo cercano a Sevilla, llamado Coria del Río. Cuando les veían pasar, los corienses musitaban “Miren, ahí pasa un caballero Japón”, en franca alusión a su origen geográfico, así como le decían al caballero de la Villa de Gómez. Al final, el primero se convirtió en Villagómez y los segundos en Japón.
Cuatrocientos años después, luego de trece generaciones, Tsunetaka Hasekura fue a Coria del Río a conocer la tierra en la que se quedaron los compañeros de su antepasado y conocer a Juan Francisco Japón Carvajal, descendiente en el mismo número de generaciones de uno de los que se volvieron españoles.
La misión Hasekura de 1613 duró siete años. Pero la memoria de los descendientes crean la sensación de que sigue escuchándose el sonido de la getas que golpena contra las piedras de las calles menudas de Coria del Río.


Si van por allá, pregunten por los señores Japón, son muy amables.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Los palacios y las capitales japonesas

Tanto tiempo si encontrarnos. Estoy de vuelta con algo más que contar:

De los países que conozco, que son pocos, está bastante claro en su historia el concepto de “capital”, el reconocimiento de un espacio geográfico sobre el que se edifica el Estado, la sede del gobierno, el centro administrativo de una unidad nacional, ese lugar privilegiado de intelectualidad, arrogancia, despotismo y patriotismo.
La naturaleza de Japón, diferente del promedio de países del mundo, su historia, han determinado que aquel concepto sea más bien secundario. El poder se ha ejercido sin tener una sede que sea un ícono.
La primera consideración es que a través de la historia el poder ha estado en manos del emperador. En otras épocas lo ha ejercido un sogún. Eventualmente, el control de la nación ha sido compartido; se ubicó, ciertamente, en un lugar físico, que no fue permanente: cada etapa daba lugar al establecimiento de una nueva capital o probablemente sea mejor llamarlo de una nueva sede.

La de ahora es Tokio, la traducción literal es “capital del este”, en contraposición a la anterior ciudad sede que fue Kioto, cuya traducción es “ciudad capital”. En esta megápolis están todas las instituciones que componen el Estado japonés moderno: el Palacio Imperial, la Dieta (parlamento) y el poder ejecutivo que ejerce el primer ministro.
El más importante es el complejo donde se encuentra la residencia y parte de las oficinas administrativas de la Casa Imperial. Ocupan un espacio de 341 hectáreas dentro del parque de Chiyoda y fue destruido durante los bombardeos estadounidenses de la II Guerra Mundial. Es un montón de espacio en la ciudad con mayor densidad de población del mundo.

Palacio Imperial
Este complejo rodeaba al castillo Edo y en este punto es necesario pasar algunas páginas hacia atrás en la historia del país.
Antes de 1868, Japón estaba gobernado por los sogunes (cuya esencia se puede comparar, en parte, con los señores feudales). La familia Tokugawa y los dignatarios vivían en el castillo Edo, a pesar de que la capital del país era Kioto.
El emperador Meiji tuvo que terminar con el aislamiento al que había sido sometido el país durante 250 años por la familia Tokugawa, recuperó el poder para la casa imperial y trasladó su residencia al castillo de Edo. Cuando se instaló en la fortaleza sucedieron dos cosas: este castillo se convirtió en el Palacio Imperial y esta ciudad, Tokio, se transformó en la capital.
Solo hay dos días en el año en el que se abren las puertas del Palacio al público: el día del cumpleaños del emperador Akihito (23 de diciembre) y el 2 de enero, en el que la familia imperial saluda con su pueblo por el año nuevo. A menos que exista una invitación directa para un acto oficial, como la presentación de las cartas credenciales de un nuevo embajador (aquí está una reseña sobre este suceso) es imposible husmear el interior del complejo (los turistas tienen que pedir cita con anticipación para realizar una visita guiada).
Hay algunos lugares que se destacan y que pueden ser vistos: una esquina de la casa imperial, que se levanta sobre un muro de grandes piedras que está rodeado de árboles. Es una construcción blanca, cuyos techos oscuros parece que la quisieran empujar para que esté más cerca de la tierra.
Luego, una de las antiguas puertas, construida sobre una base de piedras enormes que intimida, un mensaje claro de que este acceso es apenas tan fuerte como el poder que guarda.
Desde un parque público es posible mirar el “puente de los lentes”, una estructura de dos arcos que, con el reflejo en el agua de la fosa que rodea todo el complejo, forma unos anteojos, quizás con más precisión un antifaz.
Por último, los Jardines del Este, abiertos al público, muestran un poco de la fascinación de los japoneses por los diseños perfectos de áreas verdes que, al mismo tiempo, es una rito permanente de agradecimiento a las deidades de la naturaleza de la religión sintoísta (una explicación de los parque y jardines está aquí). 

El "puente de los lentes" en el Palacio Imperial de Tokio
Para los japoneses este es un lugar casi sagrado, pues se sigue considerando al emperador como un descendiente directo de los dioses del altiplano del cielo sintoísta. No posee, al menos en lo que es visible, el oropel y el boato de la Ciudad Prohibida de China, si bien son sedes que han albergado o albergaron a gobernantes de rangos similares cada una tiene una marca diferente de identidad, se parecen poco.
La identidad del Japón se construyó desde esfuerzos como el realizado durante el período Nara para consolidar un archipiélago de casi siete mil islas en un solo Estado (Japón fue fundado el 11 de febrero de 660 a.C.).
Alberto Silva, investigador, en su blog Traducir Japón, escribe: “Japón tiene una historia interesante. Por un lado, gozó de unificación territorial mucho antes que los países europeos: desde el siglo VI tuvo instituciones significativas para toda la población (religión, habla y escritura), así como un esquema de Constitución política común, en 18 artículos, bajo el Emperador Shotoku (trece siglos antes que Italia o Alemania, por ejemplo). Sin embargo, el centro territorial, físico, de la por otra parte incambiada unidad japonesa se fue moviendo en repetidas ocasiones, al albur de sus grupos predominantes (no pasó lo mismo con Francia, que siempre consideró a París como su capital; ni con un Reino Unido centrado sin interrupción en Londres; y no olvidemos a Roma, tal vez la más antigua capital estatal de la historia europea). Hasta finales del siglo VIII, la unidad japonesa de Yamato tuvo sede en la actual ciudad de Nara.

Lago en los Jardines del Este del Palacio Imperial de Tokio
Luego se aposentó en Kioto, hasta finales del siglo XII. Pasó a continuación a Kamakura, durante cuatrocientos años. Desde el XVII y hasta la actualidad, la nación japonesa se asienta en Edo, que ahora conocemos como Tokio”.
La ciudad de Nara fue capital entre los años 710 y 784 y se destacó la dominación que ejecutaba la familia Fujiwara. El complejo imperial no existe más porque tan pronto como la capital mudó a Kioto, al final del período, todo fue convertido en arrozales.
Estudios arqueológicos han permitido volver a construir la Sala de Audiencias que ahora se puede visitar, pero queda grabado en la historia que tanto la sede imperial como el vecindario utilizaron la geomancia para el diseño urbano. Este es un método de adivinación que interpreta las marcas del suelo o cualquier patrón lógico que se forme de lanzar un puñado de arena, de tierra o de piedras al viento.
Los investigadores han logrado comprobar que era un enorme tablero de ajedrez de 120 hectáreas en donde se ubicaban las construcciones para uso de la familia imperial y para los asuntos administrativos. En ese época vivían en Nara un millón de habitantes.
Los que sí quedan, sin embargo, son los templos que se construyeron para proteger al palacio imperial de los malos espíritus. Hay muchos que son ejemplo de algo pero vale mencionar a Todai-ji, una construcción que ahora tiene dos terceras partes del tamaño original y que, sin embargo, sigue siendo la estructura de madera más grande del mundo. Sirve para proteger a un colosal Buda de bronce de catorce metros de alto.
Pero bien, como queda dicho, la capital se trasladó de Nara a Kioto, la ciudad que por más tiempo ha sido capital del Japón. La muestra de su importancia es que una sola ciudad alberga cuatro complejos imperiales.
Vale decir que Kioto es la ciudad que tiene más bienes patrimonios de la humanidad (17), cerca de 2.000 templos, palacios y jardines que la han convertido en la zona que mejor ha conservado tesoros históricos de Japón.

Sala de Audiencias, Palacio Imperial de Kioto
Durante 500 años fue la residencia de los emperadores. Por eso perviven todavía los palacios imperiales de Kioto y Sento, y las villas imperiales de Katsura y Shugankun.
El Palacio Imperial se parece muy poco al Tokio. Fue destruido por incendios o terremotos ocho veces y vuelto a construir con mucho respeto del diseño original.
Llama mucho la atención el Palacio de Audiencias. Es más que el tamaño, es el techo que, otra vez, parece que empuja el mundo hacia abajo y abajo hay un enorme patio de guijarros blancos rastrillados con primor que provocan tanta claridad que crea una sensación de que la construcción duerme sobre una nube. Sí, es una contradicción.
Además, la cubierta de los edificios, construida con decenas de cortezas de pinos puestas una encima de la otra que, además de proteger el interior de la lluvia, es uno de los elementos básicos para el control de la temperatura.
Es imprescindible mencionar a la Villa Imperial de Katsura, que es considerada como “la quintaesencia de la estética japonesa”. Lo más importantes arquitectos del mundo han admirado uno de los más bellos y mejor conservados jardines del Japón. El conjunto es, probablemente, lo más destacado de la arquitectura nipona.
De la capital que falta hablar es de Kamakura de la que, sin embargo, no existen vestigios en cuanto a una edificación representativa, como sí lo tienen otras ciudades.

Jardín en el Palacio Imperial de Kioto
Volvemos a Alberto Silva: “Las cuatro ciudades capitales mencionadas buscaron identificarse mediante rasgos que ellas mismas hicieron visibles (por creación propia o adaptando creaciones ajenas), a fin de mostrarse en cada caso como nuevo ícono del poder de la nación. Nara fue sin concesiones la ciudad del Budismo aristocrático antiguo (alberga la estatua del gran Buda, el Daibutsu). La imperial Kioto se desarrolló siguiendo la cuadrícula de un urbanismo de estilo tan chino que ni Pekín pudo nunca igualar. A su vez, Kamakura fue pensada como ciudad para la ostentación militar, sede del poder de los shogunes, réplica castrense de las civilizadas Nara y Kioto. Edo, finalmente, fue ciudad de comerciantes y cuna (junto con Osaka) del capitalismo comercial japonés ascendente.
“Es interesante el juego de parecidos y diferencias entre estas cuatro ciudades (de tamaño muy diverso en la actualidad). El parecido les viene de la estética y en particular de la arquitectura: todas desarrollan cánones constructivos de antiguo origen chino, plasmados de manera ejemplar en grandes templos budistas, desde la época Nara. Las diferencias les vienen de la idea que el poder se hizo en cada caso de sí mismo. Así, el palacio imperial y las villas ajardinadas de Shugakuin y Katsura difícilmente hubieran podido nacer en una situación distinta que la de Heian, una corte imperial 'abocada' a concursos de baile y poesía. Tampoco hubiera podido aparecer en otro sitio que en Kamakura la matriz de monasterios Zen rinzai (ayer visité Kencho-ji y guardo una imagen fresca de lo que estoy diciendo) donde lo religioso y lo militar por un tiempo parecieron unirse de forma indisoluble. Ni hubiera surgido en otro sitio que en la Asakusa de la época Edo un 'barrio reservado' como Yoshiwara, dedicado al ocio nocturno de los diurnos y despiertos comerciantes del este de Japón”.
Lo dicho, la capital de hoy puede no ser la de mañana. Porque la unión de una nación que tiene más de dos mil años de vida no depende de una geografía sino de su identidad.

Estoy con ustedes muy pronto.