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lunes, 17 de noviembre de 2014

Las negaciones que fundan la estética japonesa

Abrazos cálidos para todos, gracias por venir a conversar. Lo que les voy a contar nació de una pregunta.
 

A un grupo de turistas que caminan por la calle Takeshita, en el barrio de Harajuku, le llamará la atención la subcultura de mujeres jóvenes que se visten como si fueran muñecas. Se preguntarán a sí mismos si las jóvenes les parecen bonitas y un japonés meterá el cuerpo para decir que son kawai: cute en inglés; lindas en español; милый en ruso; mignon en francés.
La siguiente pregunta seguro será cuáles son las características físicas que definen a una mujer guapa en Japón. Existe demasiado riesgo por convertir esa descripción en una lista de insultos sexistas. Pero hay un camino: sugerir unas formas estéticas sin decirlas de manera evidente.
Esta vía puede ser interesante porque el hecho de esconder la manera de ser de una persona, solamente permitirse exteriorizar sutilezas que, convenientemente juntadas, conformen la realidad de la belleza, es una de las características clave de la estética japonesa.
A partir de que Japón cedió los muros de su aislamiento sucedió algo curioso: sí, el pueblo nipón de pronto estuvo ahíto de la cultura de la “civilización” de occidente: se cambió el quimono por el frac y el palanquín por la carroza, las geta por zapatos y las katana por fusiles.
Pero el efecto en la dirección contraria fue muy intenso: el reconocimiento del que gozó la estética japonesa fue tan fuerte que, por ejemplo, provocó el nacimiento del impresionismo (Camille Pissarro, Edgar Degas, Pierre-Auguste Renoir, Paul Cezanne, Alfred Sisley y Berthe Morisot. Una muestra ejemplar la puede encontrar aquí).
Europa se impresionó mucho, entre otras cosas, porque la estética en Japón llevaba muchos siglos de formación.
En el génesis hubo una fuerte influencia de China, que le proveyó de la escritura; el sintoísmo, la religión local, le proporcionó el sustento divino que necesitaba pero, además, instaló un sistema de comunicación y de interdependencia entre los habitantes del archipiélago y la naturaleza, que hasta hoy está bien sostenido. Luego llegó la doctrina de Sidarta Gautama y se diseminó con fuerza el budismo zen, que proveyó de buena parte de lo que hoy está dentro del marco de la estética del Japón.
El vínculo vital con la naturaleza es fundamental. David Escat escribió “La estética de las manifestaciones culturales zen en Japón”, como trabajo final de maestría de Universidad Nacional de Educación a Distancia de España. En ese estudio afirma que “En el Este, la naturaleza siempre ha sido un fuerza indómita e inconquistable para el hombre, de ahí que en su tratamiento artístico no fuera el simple objeto de la obra, sino el medio que guía la búsqueda de algo ilimitado y profundo, y que a su vez sirve para reflexionar introspectivamente, y en su caso expresar la propia experiencia de la iluminación” .

Ceremonia en el santuario de Meiji-jingu, Tokio.
De manera que es una forma de vida, además de una forma de expresión, maneras que responden a unos conceptos, que son populares en occidente, se agrupan dentro del término wabi-sabi que, literalmente, puede traducirse como “simpleza rústica”, aunque hay en sus letras mayor profundidad y más peso. Este es, al mismo tiempo, un trío de principios de la existencia, según el budismo.
El wabi-sabi cultiva todo lo que es auténtico y reconoce tres realidades que son, en definitiva, tres negaciones: nada dura, nada está completado y nada es perfecto. Es probable que, para completar el ámbito de influencia del wabi-sabi, sea necesario añadir que nada es evidente.

Sustentar la estética en negaciones tan amplias y extenuantes se contrapone por completo a los cimientos positivos de la estética occidental, sin embargo que las japonesas pueden ser dichas también de manera afirmativa.
Para iniciar por el último, aquello de “nada es perfecto” es posible expresarlo a través de todo es asimétrico. El mundo no está formado por cuadrículas, la realidad, la naturaleza, se dibujan con trazos antojadizos, aparentemente desequilibrados. El ikebana es una expresión artística que retrata con fidelidad la estética de la asimetría, así como muchas construcciones religiosas y aún civiles. De igual manera, los jardines, cuyas irregularidades encierran tesoros que sorprenden al espíritu. Los japoneses tienen la capacidad de asombrarse de detalles mínimos y de sorprenderse con paisajes que han visto antes, porque cada vez que lo miran es un redescubrimiento, la primera vez repetida una y cien veces.


Jardín del santuario de Rioanji, Kioto.
Luego, la caducidad: si en su mundo filosófico no existe el concepto de la inmortalidad, menos aún va a existir en la vida cotidiana. Todos los años las estaciones significan morir y vivir, un recambio, esa es la razón por la que no tienen interés en poseer objetos (lo que occidente llama minimalismo), cosas que no podrán llevarse en la transmutación de su alma. En la arquitectura monumental es igual, en vez de tener cimientos de piedra, los grandes templos son de madera que se pudre, se reemplazan piezas derruidas por nuevas y enteras, incluso templos enteros se mudan a otro lugar. La vida es efímera, los samurái decían que nacieron para morir. En la entrada de los templos budistas siempre existen dos enormes figuras con caras de rabia; la una tiene la boca abierta, gesto con el que se menciona la palabra de nacimiento, origen. A su lado está una figura con la boca cerrada, la manera como se pronuncia la palabra de muerte, fin: el alfa y el omega. Pero quizás el mayor de todos los espectáculos en el que se rinde homenaje a lo efímero es el hanami: los japoneses festejan el florecimiento de los sakura, árboles que se volverán magníficos por unos días, solamente por unos días (como se cuenta en este artículo).
Luego, lo de nada está completado es la clave de la formación, la transmisión de esta estética depende de tener conciencia que nada ha sido terminado y, por tanto, no existen las verdades absolutas. Cada persona circula por su propia ruta y todos los caminos son diferentes, no existe destino, hay el camino. Un japonés se pasará toda la vida esforzándose en lograr la perfección, a pesar de que sabe que no la va a alcanzar y de que la iluminación le será revelada gracias a lo bien que haga el camino. Las artes marciales son un ejemplo valioso: por ejemplo, en el kyudo (arquería japonesa) el arquero disparará mil veces una flecha hasta no fallar nunca, será un experto. Entonces se dará cuenta que tiene que comenzar a aprender de nuevo para acertar al blanco disparando desde diez metros más atrás y seguirá disparando con la intención de perfeccionar el movimiento pero sin el afán de darlo por terminado, por concluido, por hecho.

Jardin zen en una casa de familia, Miajima
La última de las características básicas es la capacidad de sugerir o de insinuar. Lo importante no es decir las cosas mirando a los ojos, con adornos y aspavientos. Lo bello se insinúa, no se expone, lo directo es desvergonzado, hay que dar las pistas para encontrar la clave que está velada entre sutilezas. En la pintura, para citar un ejemplo, hay grandes manchas de blanco -que no se permitirían las artes plásticas occidentales, donde se esconde la sutileza. En todas las expresiones de la estética japonesa hay espacio para el vacío, el silencio, la quietud, el ascetismo, se ha llegado a afirmar que las buenas muestras de estética nipona provocan una sensación de serena melancolía y anhelo espiritual.
David Escat afirma que “En principio ello podría subvertir nuestros criterios de belleza estética y armonía asociadas al placer de unas determinadas formas. Sin embargo, para el Zen, la belleza se halla en todas las cosas, y su fuerza radica precisamente en su capacidad para asociar de forma armónica una calavera, en principio repulsiva, con unas flores de montaña o un arroyo en primavera, lo que refleja la atención a las cosas como son, sin disquisiciones doctrinales especulativas ni juicios de valor, y la íntima relación con la naturaleza y su tratamiento sin límites”.
Otro concepto que están asociados a la estética del Japón es iki. Según advierte Héctor García, en su blog Kirai, “La palabra se comenzó a extender y comenzó a tomar el sentido de elegante, distinguido pero sin ser arrogante o exuberante, los japoneses siempre valoran mucho la sobriedad. Digamos que una persona o cosa sería iki si es original, calmada, indiferente, refinada y sofisticada pero sin ser perfecta o complicada. La literatura en inglés suele traducir iki como chic.
En este sentido, es clave saber que todo excedente debe ser eliminado para considerar a algo bello, lindo. Es una aproximación al concepto de “menos es más”, los silencios en una canción muestran el vacío esencial.
Es seductora esta otra manera de ver el mundo. Pero, sobre todo, es importante saberlo, muchas cosas de las que suceden en el Japón estarán claras para quien entienda que la estética es un asunto de cotidianidad.


 Estaré con ustedes muy pronto, hasta tanto.