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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Año 27, año de la cabra

Hola, qué gusto saludarles en este año de la cabra. ¡Felicidades para todos!

Como se ha dicho ya, en el calendario japonés hay dos fiestas máximas, celebraciones nacionales, totales, en las que los japoneses se sienten ahítos de sí mismos: el cumpleaños del Emperador y el año nuevo.
Lo primero, para efectos de todo acto oficial, el calendario se determina por el tiempo que ha permanecido el Emperador en el solio. Este que comienza es el año 27 que ha sido Emperador Akihito. En el futuro, cuando muera, para los fines del conteo de tiempo oficial cambiará su nombre y entonces se nombrará con la nueva nominación la era en la que regentó. Es decir, para entenderlo mejor, el anterior emperador fue Hiroito, al morir se le dio el nombre póstumo de Showa. Para uso oficial, los nacidos en el año de 1978 para el Japón son del año 53 de la era Showa.
Luego, en el segundo asunto, una de las características que comparten chinos, coreanos, japoneses y hasta rusos es aquello de dar el nombre de un animal a cada año, un nombre diferente del zodiaco mensual occidental. Al mismo tiempo, se le confiere particularidades que describen la naturaleza de las personas nacidas en tal época.
La cabra es el animal regente de 2015, el elemento es la madera y la tendencia general es que será el momento de recoger el trofeo de las batallas del año anterior anterior, que fue de ruptura: es hora de la tranquilidad, de quietud. Es hora de aprovechar de la paz, la tranquilidad, la armonía, la buena convivencia para curar las heridas.
Es recomendable ser amables con el resto y con uno mismo, alimentar la dulzura, la ternura, la armonía con todos y con uno mismo, ayudar para que se consolide este clima de relajada creación que provocará transformaciones.
La cabra puede llegar hasta lugares en los que no hay otros animales, puede estar tranquila en esos hitos desconocidos y aislados en los que se puede escuchar como se mueve el universo.
Dicen que este estado será propicio para la creación (es el animal regente del arte en Japón), pero la cabra deberá reconocer que una actitud de humildad le ha de facilitar una buena realización de la, ahora, urgente tarea de la tranquilidad.

Es sabido que el japonés es un horóscopo tomado del chino y que ha sufrido variaciones durante los siglos. Quizás el más visible es que el año chino comienza con la segunda luna nueva después del solsticio de invierno, mientras que el nipón se ajusta al calendario gregoriano, es decir que parte desde el primer día del mes de enero.
Para los japoneses, la cabra será, durante estas importantes fiestas, el motivo central de sus actividades. Una principalísima es la llamada 年 賀 状 (nengajo), que consiste en enviar una tarjeta con buenos deseos. Es una costumbre arraigada entre los amigos y los familiares, que luego migró para ser parte de las estrategias empresariales. La empresa nacional de correos, Japan Post, se prepara durante todo el año para este evento, solicita a los clientes que depositen las tarjetas en los buzones hasta una fecha determinada, unos 10 días antes de fin de año. Y se compromete a entregar todos los saludos el mismo primer día de enero. Lo logra: se calcula que en un solo día JPPost distribuyen tres mil millones de tarjetas de felicitaciones con la frase 謹賀新年 (¡Mis más sinceras felicitaciones por el año nuevo!).

La cabra, o el animal al que le toque el calendario, será la estrella durante las festividades de año nuevo, pero luego tendrá una utilidad más bien práctica. En el a veces rígido protocolo japonés es de mal gusto preguntar la edad a una persona, sobre todo a las mujeres; pero el calendario japonés y su zodiaco son un atajo llano: no se pregunta la edad sino el signo, que se repite cada doce años. Si la respuesta es “soy del año de la cabra”, habrá nacido en 1931, 1943, 1955, 1967, 1979, 1991, 2003, será menos riesgoso calcular que tiene 12, 24, 36, 48, 60 o 72 años de edad.
Más o menos jóvenes, los albures y características adivinatorias impactan menos en la sociedad japonesa que en la occidental. Es decir, saben que el zodiaco determina cierto estado del universo, pero no condicionan tales características al amor, la salud, los viajes o, como se ha vuelto tan común, cuánto dinero se va a obtener en el año nuevo.
Las creencias son diferentes y de alguna manera se expresan en las tradiciones típicas de estas fiestas.
Una primera tradición es la limpieza general del hogar (osoji), dejarlo presentable para que sea digno de la visita del Dios del Año Próximo y que, al mismo tiempo, sea una acción concreta de purificación de uno de los espacios más importantes para la vida de una persona. Limpiar el hogar, quitar los obstáculos para que las cosas buenas del año nuevo fluyan en silencio.
Luego, hay un adorno que se coloca en la entrada de las casas y las oficinas, el kadomatsu, un arreglo que debe contener necesariamente tres varas de bambú, que representan al cielo, la tierra y la humanidad, funciona como un imán para atraer a los dioses. Debe tener también una rama de pino, que será el espacio físico en el que habiten los dioses que están de visita. El arreglo debe entregarse el séptimo día del año nuevo a los monjes del templo para que liberen los espíritus.
Luego, en la víspera se debe comer toshikoshi soba. Soba es el nombre japonés para el alforfón (o trigo sarraceno), se considera que este plato típicamente asiático aleja los malos espíritus.
En la misma víspera es una tradición que quienes tienen 22 años o menos reciban dinero de sus padres. La costumbre manda que se dé ¥ 1.000 (menos de diez dólares) a los niños menores de seis años. Hasta los 17 años reciben entre ¥ 3.000 y ¥ 5.000 (de 25 a 40 dólares) y los de más edad ¥ 10.000 (algo más de 80 dólares).
Se acostumbra a visitar amigos y familiares antes de año nuevo y se suele llevar de regalo dulces. En general, la cocina se convierte en el centro de operaciones frenéticas. El motivo principal es que en estas fechas se reune la familia ampliada; lo más común es que deban movilizarse desde otras ciudades o diferentes prefecturas, de manera que pasarán en casa de sus padres unos días. En la mayoría de los casos es el único momento en el año en que la los familiares íntimos se encuentran.
El factor que genera el disturbio de utensilios es que no se puede prender la cocina en los siguiente siete días después del año nuevo. Se cree que se debe dejar descansar ese período al dios del fuego y no hacerlo será atraer desastres naturales.
De manera que se cocina alimentos que se mantengan por siete días. Las mujeres tienen largos de preparación de comida y se activa un comercio enorme de cajas con comida que no se daña, que tiene productos e ingredientes diversos, inclusive cobran valor las preparadas por restaurantes prestigiosos o chef de renombre. Se ha visto que una caja de carnes frías, que puede servir de almuerzo,para cuatro personas, puede costar sobre los  800 dólares.
No prender la cocina tiene otro motivo, obligar a las mujeres, que son quienes normalmente cocinan, que dediquen tiempo para estar con la familia y para ordenar las cosas de manera de estar preparados cerca de la media noche.
Se debe llegar a tiempo a los templos y santuarios para escuchar el sonido de las 108 campanadas que se tañan antes de que llegue el primer día del nuevo año. Con cada sonido de las enormes campanas, según la tradición budista, se van los malos deseos. Luego, el mundo se inunda de las buenas intenciones que llegan con la única campanada que suena enseguida de que ha llegado el nuevo año.
El budismo y el sintoísmo son bastante laxos con respecto a los ritos pero uno de los pocos que no se puede dejar de cumplir es la visita a los templos y santuarios el primer día de enero. No importa cómo, pero hay que ir. Hay jóvenes que se escapan un rato de la discoteca, a la madrugada, para ir al templo, cumplir con el rito y volver a la fiesta.
Pero la mayoría de japoneses van durante el día y los templos se llenan, literalmente. Al principal del sintoísmo, Meiji-jingu, se calcula que peregrinan dos millones de personas solamente el primero de enero. En esta visita mística es recomendable describir círculos sobre la cabeza con un incienso encendido y muchos compran una flecha, que es un símbolo muy fuerte del sintoísmo, que les protegerá durante todo el año. También se compran muchos, muchos amuletos.
Finalmente, una tradición pagana que es usual en los comercios es vender los fukuburuko: los clientes compran una bolsa sellada y pagan un valor; el contenido es una sorpresa pero, en general, el valor de los productos es el doble del precio pagado.
En el espíritu de los japoneses está muy anclada la sensación de que esta fecha es una convención atada al concepto del tiempo, de su tiempo, saben que es efímero, que los finales y los inicios se suceden con mucha frecuencia y con pocos traumas: esa es la manera como fluye el universo.


明けましておめでとうございます! ¡Que tengan un feliz año nuevo!

viernes, 26 de diciembre de 2014

Cien años, cien historias para la estación de Tokyo

Últimos días de este año y últimos momentos para reunirnos, darnos un abrazo y seguir conversando. Este relato tiene bemoles, como todas las buenas historias.

En junio de 2013 unos 90.000 pasajeros tuvieron inconvenientes en la Estación de Tokio. A pesar de que se habían publicado anuncios de alerta, es inevitable pasar por ahí, o andar cerca de este ícono del Japón.
Un equipo de las Fuerzas de Autodefensa iba a realizar la explosión controlada de una bomba que había sido lanzada en la II Guerra Mundial contra el edificio y que no había estallado. A las once de la mañana se detuvieron la mayor parte de servicios, se invitó a la gente a salir y la bomba estalló dentro de un sistema de contención que impidió que destruya nada.
A las cuatro de la tarde ni siquiera quedaba alguna mota de polvo jugando a flotar sobre los rayos de sol que se colaban por la cúpula de la estación, que fue inaugurada el 20 de diciembre de 1914, cien años atrás, un siglo con todos sus veranos e inviernos.
En el ya lejano 1945 fue el objetivo de unos de los bombardeos de Estados Unidos contra Tokio y otras ciudades de Japón. El ataque provocó bastantes más daños que el Gran Terremoto de Kanto de 1923 (más de cien mil muertos y dos millones de damnificados o refugiados).

  
 
En este seísmo quedó demostrado que este edificio, que de alguna manera demostraba que Japón ya era un país instalado definitiva y sólidamente en la modernidad, había usado el diseño y la ingeniería adecuados.
Hacer una gran estación estuvo en mente de quienes impulsaron la apertura del país al mundo y que querían que pudieran compararse -y que ganara en la contienda- con cualquier nación de occidente. Un comité edilicio presentó la idea de tender una línea ferroviaria que conecte la terminal de Shimbashi, hasta la que arribaban los trenes que viajaban de la sureña Kansai (Kioto, Osaka, Nara, Kobe), con la terminal para trenes del norte, en Ueno; en el medio de esta línea debía haber una estación.
Pero, además, se pensó que ese sería el eje de la movilización de la nación por lo que se dispuso que se construyera a no más de un kilómetro de distancia de las murallas del Palacio Imperial. El desafío fue entregado al arquitecto Kingo Tatsuno.
Hijo de un samurái del clan Karatsu, se había graduado de ingeniero en la Universidad de Tokio y estudio arquitectura en la Royal Academy of Arts de Londres. En el diseño tuvieron buena acogida las recomendaciones del ingeniero alemán Franz Baltzer y siguieron algunos principios usados en la estación central de Amsterdam.
El diseño de Kingo Tatsuno, considerado como el padre de la arquitectura moderna japonesa, estuvo listo poco después, pero los trabajos solo pudieron comenzar cuando dejaron de interferir las guerras contra China y Rusia.
En Japón se había visto muy pocas construcciones con ladrillos rojos vistos, que eran algunas de las características del estilo europeo del Renacimiento. Tampoco eran fáciles de ver las cúpulas (las del norte y sur iguales, diferente la central) ni las ventanas seriadas de los tres pisos. Las tejas de pizarra sí eran tradicionales del Japón y el decorado interior. Para los ciudadanos no era una construcción que representaba sus tradiciones, no les hacía perder la cabeza, pero era claro que el país vivía un momento histórico que estaba bien descrito por el edificio.El bombardeo en la II Guerra Mundial destruyó buena parte de la cubierta y el decorado interior, aunque la estructura soportó bien. La reconstrucción se recuerda como uno de los proceso más largos de la historia de la ciudad: terminó en 2012 y tomó unos 60 años.
Era difícil intervenir sin interrumpir el funcionamiento de la infraestructura de transporte. Se podía trabajar abiertamente de 01:00 a 04:00, cuando el servicio se detiene, y con restricciones el resto del día. Además, fue extenuante encontrar la fórmula de fabricación de los ladrillos, hallar al fabricante y lograr que los hicieran exactamente iguales a los originales, hubo muchos esfuerzos para que la estética fuera igual a la del día de la inauguración.
Se aprovechó para hacer un trabajo integral para reforzar el edificio y reconstruir íntegramente los cimientos utilizando un sistema de aislamiento sísmico para los dos nuevos subsuelos.
En la página web de la estación consta la declaración de Makoto Kawada, de relaciones públicas de la Compañía de Ferrocarriles del Este de Japón: "Para el tejado que se construyó hace cien años se empleó pizarra natural de Ogatsu, en Ishinomaki, prefectura de Miyagi. Nosotros obtuvimos el material de la misma fuente original y estábamos a punto de enviarlo a Tokio cuando se produjo el gran terremoto en el noreste del país y se lo llevó el tsunami. Sin embargo, casi de forma milagrosa, se encontraron 15.000 tejas de pizarra que estaban enterradas en el lodo”.
A pesar de que la Estación de Tokio nunca dejó de operar, los trabajos se demoraron un poco por las dudas de cómo realizar la reconstrucción y otra también por la intención de algunos ciudadanos de derrocarla e ir definitivamente por un edificio moderno.
La estación está en el barrio de Marunochi (de hecho, se le conoce también como la estación de Marunochi) un sector exclusivo donde tienes sus oficinas centrales muchas corporaciones. Es posible que el metro cuadrado de construcción más costoso de Tokio, que es una de las ciudades más caras del mundo, se venda en este barrio.
Queda dicho que tiene como vecino al palacio de Chiyoda (Palacio Imperial) y también a los barrios comerciales de Nihonbashi y Ginza. Vista desde afuera, la estación de Tokio parece una niña bien arreglada y vestida con ropas de hace un siglo que es protegida por unos colosos de ventanales relucientes.
La celebración de un siglo de vida de la estación ha causado conmoción. Una más. En 2012, cuando se inauguraron los trabajos de reconstrucción, se presentó un juego de luces que debió ser suspendido porque ni los organizadores ni las autoridades podían controlar la muchedumbre que querían asistir al evento.
Un suceso parecido se repitió en estos días: la empresa Japan Railways (JR) decidió emitir una tarjeta  de pago para uso en el sistema de transporte en una edición limitada y con un diseño conmemorativo (se llama Suica). Nuevamente, debió suspender la venta porque no pudieron organizar a tanta gente que la quiso comprar.
La tarjeta tuvo un costo de dos mil yenes (algo menos de dos dólares). Uno de los afortunados que pudo adquirirla, la subastó en línea y consiguió que le pagaran cien veces más el precio (cerca de dos mil dólares).
Tener esa tarjeta para un japonés es como poseer parte de la historia de su país. Y de un ícono de la movilidad: la estación es usada por 10 líneas ferroviarias, 3.000 trenes entran o salen cada día y medio millón de pasajeros usan a diario sus instalaciones (es la tercera estación más transitada de Japón y una de las más movidas del mundo). Llegan y salen trenes cada 2 o 3 minutos con rigurosa exactitud y puntualidad.


 
Evidentemente, existe una ciudad debajo de esta instalación: comida que se sirve rápidamente, ventas de periódicos y revistas, copias de llaves, tiendas de conveniencia, almacenes de ropa: nada más parecido a un nido de hormigas, uno enorme, es posible usar quince minutos de caminata para ir del un lado al otro de la estación por los pasillos subterráneos, debidamente escoltado por decenas de pasajeros, siempre hay mucha, mucha gente. Además, en el edificio principal está uno de los más bonitos hoteles de la ciudad, que fue inaugurado unos meses después que la estación.
Esta instalación es considerada la puerta de entrada a la ciudad, es un símbolo de una megalópolis que, al mismo tiempo, muestra bien a un país moderno.
La Estación de Tokio encargó la producción de un cortometraje que se refiere a la celebración de un siglo de vida, obviamente en anime, se lo puede mirar aquí
).

Si no les veo antes, les deseo unas felices fiestas de año nuevo, con muchos abrazos e inmensos buenos deseos.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Kintsugi, el arte de reparar con belleza

Es un gusto enorme sentarnos a conversar, como siempre. ¿Se toman un café conmigo?

Les quiero contar algo que surgió de mirar una publicación en una de las redes sociales. De pasada leí la palabra kintsugi y muy rápidamente me entraron por los ojos palabras que me generaron la idea de corazones rotos y corazones reparados.
Pero he escarbado un poco aquí y otro tanto allá y he visto que el de ahora no es, al menos en origen y en el pensamiento de los autores, nada parecido a eso.
El kintsugi es el arte de reparar cerámica rota utilizando un barniz de laca mezclado con metales preciosos, con el objetivo que la cerámica arreglada sea más hermosa que la pieza original.
En occidente se ha escrito que el arte del kintsugi también se puede usar para reparar almas rotas con el dorado hilo del amor; el objetivo es lograr que las personas sean mejores.
Los maestros japoneses no tienen eso en mente. Su intención es completamente diferente y está lejos de ser un asunto de moralejas. Esos maestros se rigen por la estética japonesa, que se basa en los principios del wabi-sabi; es budista, de la secta zen.
Uno de sus dogmas de fe plantea que un cuenco no es bello por sí, no es bella su apariencia sino su esencia. La importancia que se da a las cosas está en quién las mira no en las cosas en sí mismas.
También hay quien cree que está el kintsugi está atado a la resiliencia. Pero no hay evidencias de que los artistas japoneses estén preocupados por el contexto sicológico de la palabra, en cuanto "Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas" ni las características mecánicas: "Capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación" (ambas definiciones de la Real Academia Española de la Lengua).
El arte mencionado tiene un origen antiguo, se remonta al siglo XV: el sogún Ashikaga Yoshimasa envió a China la taza que más le gustaba para beber té, había caído y se había roto. De China volvió con las piezas juntadas con un  gancho de metal que mantenía las partes unidas y que le había robado todo rastro de belleza.
Yoshimasa convenció a los alfareros japoneses que intenten unir las piezas rotas de manera que el cuenco quedará tan hermoso como el original. Y les desafió a que mejoren la pieza original.
Lo hicieron y el arte que se desarrolló desde entonces provocó que, incluso, algunos coleccionistas rompan deliberadamente valiosas piezas de cerámica solamente para que fueran reparadas con la técnica del kintsugi.
El kintsugi lleva a un nuevo nivel a la ya compleja estética de los cuencos reparados. Una pieza de cerámica china elaborada con la maestría de los alfareros es una muestra maravillosa de simetría. Cuando se quiebra se destruye la simetría con los zigzag de la violencia del golpe; los trazos circulares que centran el poder de la vasija en sí misma se desvanece.
Los artistas del kintsugi no tienen la posibilidad -y tampoco la intención- de restablecer el espíritu único de una pieza maestra, no es parte de su ánimo, ni de su habilidad, no saben una manera de volver a crearla exacta.
Lo que sí saben hace es devolverle la geometría original, si es del caso; no esconden las heridas de la rotura y unen las piezas de manera que crean un cuenco nuevo, un nuevo espíritu.
Es más que añadir metales preciosos a una pieza de cerámica, hay escrito en un cuenco reparado con la técnica de kintsugi una versión de una obra de arte con una intención diferente, meter la mano en una danza ajena para lograr que cambien los pasos de la coreografía. Romper deliberadamente, empujar para que la pieza reparada sea mejor que la original.
El hecho de no intentar esconder la fractura se explica porque los artesanos se niegan a borrar esa parte de la historia del objeto. Que una pieza se haya roto es natural, hacer notar ese momento de ruptura a través de la belleza es uno de los aspectos que inspira a los maestros del kintsugi
Es sorprendente que suceda esta especie de flujo creativo entre anónimos. Quien creó la pieza de cerámica es, normalmente, completamente diferente del quien la reparó cuando se quebró. Sin saberlo, el uno creó una obra de arte y el otro la re-creó de manera que un cuenco perfecto que se ha roto y ha sido reparado utilizando la técnica japonesa tiene más valor que uno intacto.
Este arte es una expresión más del wabi-sabi, palabras que distingue a la estética japonesa (cuya descripción más amplia se puede leer aquí). Según los principios estéticos, nada es perfecto, nada es eterno, se debe eliminar lo superfluo y nada está terminado. 
Es eso, la imperfección como camino a la iluminación.

Gracias por la compañía. Nos veremos pronto.