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lunes, 26 de enero de 2015

La revolución industrial que comenzaron los gusanos de seda

Hola, vengan, siéntense en mi mesa, aquí hay espacio. ¿Quieren un café? Pidamos para todos. Yo sé que el título de lo que quisiera contarles hoy suena raro pero la historia dice que las cosas van por ahí.

Cuando terminó de construirse la que hoy se conoce como Tomioka Silk Mill era la fábrica para producir seda más grande del mundo. Mientras en la planta baja trabajaban trescientos operarios en un igual número de máquinas, en el piso de arriba 32 toneladas de gusanos tejían el hilo del más fino textil del mundo (cada gusano tiene el tamaño de un pulgar). Ningún otro país tenía una infraestructura de semejante envergadura.
Era un complejo industrial que tenía, además, habitaciones para los operarios, centro de atención de salud, aulas para capacitación y estaba cerca de otras tantas instalaciones de apoyo para la producción de buena seda. Pero, además, estaba en un sitio en donde había abundantes moreras (cuyas hojas son el alimento único de los gusanos de seda), agua pura que bajaba de los Alpes japoneses, un clima que permitía administrar las eclosiones, mano de obra que había trabajado al menos en una forma rudimentaria de hilado.
Todo esto sucedió mientras el país vivía un estado de convulsión. Con la llegada de la Restauración Meiji (cuyos detalles se pueden leer aquí) el país abrió todas las puertas a las relaciones con otros países, sobre todo las económicas. Pero, luego de vivir en hermetismo absoluto por 250 años no tenía nada con qué competir en un mercado mundial desarrollado.
La decisión del emperador Meiji y de la naciente monarquía parlamentaria era conseguir un desarrollo económico que hiciera del Japón un país con herramientas suficientes para entrar al flujo del comercio mundial y no morir en el intento.
En las cuentas, el país necesitaba industrializarse porque sus recursos naturales solo alcanzaban a satisfacer los requerimientos del país. Si quería industrializarse y modernizarse tenía que importar materia prima para después transformarla. Pero para lograrlo necesitaba generar exportaciones que le dieran las divisas necesarias. Miraron a las montañas, a los campos, al mar, al cielo y lo que tenían para negociar era seda y té. En realidad había té; la seda era un textil de gran potencial porque en China, el primer productor del mundo, las guerras internas habían asolado buena parte de la las hilanderías.
El emperador Meiji contrató al experto francés Paul Brunat para que diseñe, construya y administre la primera hilandería del Japón. En buenas cuentas, era la primera gran industria que producía para exportación, con lo cual se podía financiar buena parte de la modernización del Japón.
A la fábrica de Tomioka le siguieron media docena más. Eran (aún lo son) edificaciones muy llamativas porque se utilizaron ladrillos, un material de construcción que no se usaba en el país. Brunat tuvo la lucidez de utilizar los mejores aspectos de las edificaciones locales y mezclarlas con lo que sabía que había funcionado en Europa. Esta actitud también la adoptó en la fabricación de la seda. Si bien, durante mucho tiempo se usaron máquinas francesas, poco a poco se fue adaptando ideas innovadoras locales.
Tomioka fue fundamental para el desarrollo industrial, pero no andaba sola por el mundo de la modernización y de la aplicación de técnicas ancestrales.
Por ejemplo, muy cerca de la hilandería está Takayama-sha, en donde funcionaba una escuela de sericultura y los más sorprendente es un criadero que ha logrado utilizar lo que hay en la naturaleza para ser eficiente.
La producción de la seda depende del proceso de eclosión de los gusanos. Es decir, los gusanos de seda comen hojas de morera hasta tener el tamaño y la maduración suficientes. Cuando están listos, comienzan a tejer un hilo muy delgado con el que se cubren a sí mismos y forman un capullo. El capullo servirá para provocar el siguiente paso de la evolución, de la crisálida aparecerá una mariposa.
La maduración de los gusanos depende, en buena medida, de la temperatura. De manera que si se necesitaba tener una producción constante había que someter a los gusanos a más o menos calor, de acuerdo a los planes de las hilanderías. Eso se logró gracias a que descubrieron un lugar en las montañas influenciados por el agua que baja de las zonas altas y a una presencia predominante de vientos fríos. Inclusive en el verano, cuando en cualquier parte de esas montañas la temperatura está en veinte grados centígrados en Arafune no suele ser más que cero grados.
La Unesco declaró a Tomioka como Patrimonio de la Humanidad. Tomioka Silk Mill comenzó a producir seda en 1872 y solo se detuvo en 1987. Los edificios se mantuvieron iguales, solamente cambiaron las máquinas. Desde cuando se inició la modernización una de las líneas de actuación más importantes del país fue copiar y mejorar. Con el paso del tiempo los técnicos japoneses lograron fabricar maquinarias con una muy elevada productividad.
Damien Robuchon es un francés que apoyó fuertemente en la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad, sucedida en 2014. Para que le conozcan, es el protagonista de un documental que preparó la televisión estatal NHK. Siga este enlace (en inglés).
Para cerrar el círculo: fue así, la seda fue uno de los factores fundamentales para la modernización del Japón. Si bien la superfamosa Ruta de la Seda no llegó hasta Japón, la seda nipona fue siempre protagonista de la historia comercial del Asia.

Gracias por el café. La próxima vez tomamos vino, ¿les parece?

domingo, 11 de enero de 2015

El delito de la sospecha

Me gusta mucho, mucho, sentarme con ustedes a contar historias. La de hoy es una pasada epidérmica por un tema que está muy documentado en ciertos países pero que en general no se recuerda en voz alta. La historia es esta:

Este es un caso común, que sucedió en mucho lugares: hombres armados les sacaron de sus casas, les pusieron en un avión que voló varias horas hasta aterrizar en un lugar que luego supieron que era Estados Unidos. Fueron confinados en campos de concentración, acusados del delito de ser japoneses. Había 10 de campos de concentración, que tenían el nombre políticamente correcto de “campos de reubicación”; sobrevivieron unos 60.000 japoneses.
Esta fue una medida de estrategia militar durante la II Guerra Mundial, pues Estados Unidos había entrado en una espiral de paranoia social acentuada: aunque todos los informes militares decían que no iba a suceder, muchos vivieron, como un cuchillo afilado en el cuello, con la amenaza de una invasión japonesa al territorio continental estadounidense.
Al día siguiente del bombardeo nipón a la base de Pearl Harbor, en Hawai, los japoneses que habían emigrado de su país se convirtieron en delincuentes, autores del crimen de la sospecha. Si bien ese era el delito más grave del que eran tachados, tras él se escondían bastante xenofobia, desprecio étnico y mucho envidia. Pero, para ponerlo en la misma saca, todos eran sospechosos de colaborar con el ejército imperial nipón que era el enemigo declarado de esta parte del mundo.
Vale decir que la suerte es relativa, siempre lo es, en cada país la realidad fue diferente y los japoneses que emigraron a América tuvieron un progreso diverso. Salieron todos iguales. Es decir, las autoridades de su país organizaron, planificaron, resolvieron los problemas logísticos, establecieron convenios, activaron la diplomacia y hasta financiaron programas de migración para resolver la sobrepoblación.
El antecedente directo es que a partir que comenzó la Restauración Meiji (1868) y el país se metiera en un tobogán de transformaciones, la población llana recibió por debajo de la puerta la factura del cambio. El país estaba muy empobrecido y viajar al otro lado del océano Pacífico era una opción atractiva, nadie creía que en el lejano continente de América o en ningún paralelo del mundo hubiera tanta pobreza como la que soportaban ellos.
Para el gobierno, bajar el número de habitantes era indispensable en sus esfuerzos para resucitar la economía. Pero, también, podía beneficiarse de muchas maneras con el establecimiento de sociedades comerciales con otros país. Además, como hervía el sentido imperialista y las ganas de conquistar territorios continentales, las migraciones podía ayudar a mejorar la percepción del mundo respecto de su política exterior.
Este cuadro del MOFA (las siglas en inglés de Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón) es notorio. Entre 1899, cuando se iniciaron las emigraciones organizadas, y 1979, los países de Latinoamérica recibieron el siguiente número de japoneses:
Brasil        241 835
Perú        33 075
México    14 496
Argentina    7 892
Paraguay    7 560
Bolivia        2 064.

Los que llegaron fueron, en general, de clase baja, de aquellos a quienes no les da miedo el trabajo de verdad. Fueron encontrando actividades económicas más o menos exitosas, siempre estaban organizados y eso permitía obtener cierto apoyo del gobierno japonés para proyectos específicos.
El bombardeo contra Pearl Harbor fue el punto de inflexión. Estados Unidos solicitó a los países del continente que sean consecuentes con los convenios de defensa hemisférica y Japón se convirtió en enemigo. Dentro del concepto de “Japón” estaban los japoneses que vivían en Japón, los japoneses que vivían en América, las parejas no japonesas de los japoneses, sus hijos e incluso, en ciertos casos, los nietos. Luego, también estaban en ese saco los japoneses que tenían nacionalidad japonesa y los que ya habían cambiado de nacionalidad y era, estadounidenses, canadienses, peruanos, brasileños o mexicanos.
La solicitud de Estados Unidos fue leída de diferente manera. Paraguay ni tan solo rompió relaciones diplomáticas con Japón ni hizo nada en contra de los pocos inmigrantes nipones, porque no eran una amenaza real.
En el otro extremo del continente, a pesar de que las autoridades militares canadienses desecharon la posibilidad de ataque directo del ejército imperial, los políticos presionaron para que sean declarados una amenaza para la seguridad nacional, porque podían ser espías y saboteadores. El eje de esta acción fue la Columbia británica, que desde años atrás habían dado muestras de odio racista: sacaron de allí a unos 21.000 canadienses de origen japonés. Además, decomisaron 1.200 barcos de pesca, se cerraron las escuelas y periódicos japoneses.
En el caso del Canadá, los campos de concentración fueron llamados “zonas de protección”, eran ciudades abandonadas en las montañas Rocosas o en plantaciones de remolacha azucarera. Se les privó de los derechos ciudadanos y de propiedad, perdieron todo lo que se ganaron en décadas de trabajo.
Las familias se amontonaban en casas sin servicios, había promiscuidad, enfermedades, indigencia. Muchos fueron deportados y otros enviados a trabajar al campo o a minas sin salario ni beneficio alguno, como los esclavos. Buena parte de estas políticas segregacionistas se mantuvieron hasta años después de terminada la guerra.
La historia es diferente para los que emigraron a México. Cuando estallaron los fuegos bélicos los japoneses no fueron tratados con desconfianza, resentimiento o racismo. Se calcula que en ese momento había unos 6.000 y la mayoría estaban diseminados en los estados del norte (sin contar con la comunidad japonesa en Chiapas, la más antigua de América).
Si bien las relaciones con su socio transpacífico eran apropiadas, México debió sopesar la carga geopolítica: era cierto que le interesaba mantener relaciones fluidas con los del vecindario, pero tampoco es que hubieran sido atacados ni nada parecido.
Por eso, las medidas fueron más laxas. Si bien se movilizó a muchos japoneses para ponerlos lejos de las cosas pacíficas y de la frontera con Estados Unidos, en general su condición de vida no se afectó tan gravemente como en otros casos.
Como el del Perú. Se calcula que 1.800 fueron enviados a los campos de concentración de Estados Unidos acusados de espionaje y actividades subversivas. Pero su verdadero delito era que lograban prosperar más rápido que los peruanos y había acusaciones regulares de que les estaban quitando el trabajo.
En la década de 1940 fueron destruidos 600 negocios, viviendas y escuelas propiedad de ciudadanos de origen japonés, debido a saqueos bien organizados. Los choques militares de la II Guerra Mundial dieron a los peruanos una excusa para hacerlo sin inquietudes morales. En ese entonces se supo también que Estados Unidos necesitaba tener japoneses para usarlos para intercambios de prisioneros.
El vecino del norte de Perú, Ecuador, tiene una historia que es sobre todo vistosa. El gobierno nacional cedió Baltra, una de las islas del archipiélago de Galápagos, para que se construya una base militar estadounidense, para curarse del temor de que hubiera un ataque al canal de Panamá.
Salvo esas vacaciones pagadas de las que gozaron unos 6.000 militares, no hubo nada más que reportar en esta parte del océano Pacífico. Nada ni remotamente parecido a lo que se vivía, por ejemplo, en Los Ángeles.
Se le bautizó como la Batalla de los Ángeles y sucedió así: un submarino japonés había disparado contra un almacén de combustibles, se incendiaron algunos pero no hubo víctimas. Al día siguiente, henchidos de histeria bélica, se dispararon armas antiaéreas contra el cielo. El ruido llamó la atención de otras unidades que también dispararon, fue una reacción en cada que detonó 1.430 municiones contra ningún objetivo.
Pero en Brasil el conflicto sí era real, la rabia contra los japoneses era similar a la desatada en Perú. Se decía por todas partes que "Lo que una familia brasileña tarda 5 años los japoneses lo logran solo en 1 año”. Ese sentimiento fue el que generó acusaciones previas de competencia desleal y acciones posteriores más radicales.
Segregación, arrestos, expropiación de bienes, elaboración de listas negras, cierre de escuelas y periódicos, prisión en centros de detención y colonias, todo lo que se pudiera hacer para sacar provechos de las víctimas del delito de sospecha.
En Estados Unidos se calcula que se detuvieron a unos 120 000 extranjeros sospechosos de colaborar con el Eje, la mayoría japoneses. La estrategia era sacarlos de su residencia habitual, separar las familias y controlarles en instalaciones de alta seguridad. Las instalaciones estaban en parajes insólitos.
Fueron años aciagos para una gran cantidad de emigrantes que buscaban prosperidad, que estaban dispuestos a integrarse a los países que les acogían y ser actores de su desarrollo.
En las guerras no hay bueno ni malos, todo apesta. Y los que pagan la pestilencia son los que hacen que el mundo, de tiempo en tiempo, camine hacia el futuro.

Saludos, ¿nos vemos pronto?

martes, 6 de enero de 2015

De los autos de hidrógeno y el síndrome de Galápagos

Hola, siéntense conmigo, les cuento algo de futuro y otro poco de historia.

Unos meses atrás, la fabricante Toyota anunció que había encontrado el nombre para el automóvil que usa como combustible el hidrógeno y que ya se está vendiendo desde el primer día de enero de 2015.
A días de que se inicien las ventas, uno de los medios influyentes, Japan Today, se preguntaba si este inminente y evidente salto histórico podrá contagiarse del Síndrome de Galápagos. Pero, ¿es que tiene algún relación el archipiélago ecuatoriano con el desarrollo de vehículos libres de contaminación?
Hay varias respuestas pero, de plano, la más clara es un “japonismo”: un comentario que se entiende solamente en Japón y solamente si se conocen los antecedentes, que están a continuación.
Mirai, traducida al español esta palabra japonesa significa “futuro” y es el nombre con el que se ha bautizado al primer vehículo que es fabricado en serie, que está de venta abierta y que utiliza como combustible el hidrógeno.
La casa Toyota volvió a sorprender al mundo. En 1997 comenzó a producir en serie el primer vehículo que combina el combustible fósil (gasolina o diesel) y la electricidad. Los japoneses lograron convertir el frenado de un automóvil en electricidad que se almacena en baterías. Depende del nivel de exigencia, el motor puede funcionar solo con electricidad o solo con gasolina.
Estos vehículos híbridos, sin embargo, ejercían un impacto tímido sobre la reducción de las emisiones de contaminación. Uno de los problemas graves es que no lograron tener un precio atractivo para reemplazar a los coches de combustibles fósiles. De hecho, en muchas marcas, los híbridos están en la parte más alta del rango de precios.
Por las vías del mundo caminan un billón de vehículos, el 95% tienen motores térmicos. Por sus escapes se emiten millones de toneladas anuales de contaminantes y no hay a la vista ninguna otra solución que no sea volver viable la locomoción que utiliza hidrógeno.
Lo que sucede en el motor del Toyota Mirai es que se mezcla el hidrógeno con el oxígeno y eso produce electricidad que es la que mueve el motor pero, sobre todo, la mayor ventaja es que la generación de movimiento solamente produce vapor de agua, en vez de los gases de efecto invernadero.
El fabricante japonés espera vender 700 de estos automóviles hasta finales de 2015 (400 en Japón) e irá evaluando como modifica la producción. Su competidor Honda ha anunciado que pondrá en el mercado su FCV Concept en 2016.
Por ahora, el Mirai puede recorrer 650 kilómetros con un depósito de hidrógeno que tarda en recargarse por completo unos 3 minutos. El precio recomendado de venta está apenas por encima de los USD 60.000 pero se espera una ayuda gubernamental por la no emisión de contaminantes, por lo que el costo final que se paga es USD 43.000.
El hidrógeno (H2) está en el planeta Tierra en cantidades ilimitadas, pero no como un elemento independiente. Por tanto, todavía no se resuelve convenientemente cómo lograr bajar el costo de producción del hidrógeno (es una electrolisis básica) que por ahora no es suficientemente convincente y, sobre todo, la producción del combustible sí contamina. No en grandes cantidades, pero lo hace.
Ya está cerca el momento de encontrar la relación de estos vehículos y las islas Galápagos. Japan Today (el artículo completo se puede leer aquí) deja en claro las siguientes preocupaciones:
En cuanto a eficiencia, el Prius consigue 35 kilómetros por litro y el Mirai 140 kilómetros por la cantidad equivalente de combustible. Otro factor es el costo: por cada yen de combustible, el auto más eficiente en uso de combustibles, el Prius, camina 0,25 kilómetros; el Mirai 0,14 kilómetros y, para completar la comparación, el Honda Civic 0,9 kilómetros por cada yen de combustible.
Es determinante el precio del vehículo: algo más de USD 21.000 el Prius, los USD 43.000 que se ha dicho del Mirai y un poco más allá de los USD 30.000 el Honda. El tema final es el de las estaciones de servicio. En Japón no existen más de 10 “hidrogeneras” y Honda anuncia que venderá sistemas caseros de carga.
Ahora bien, aparecen en escena las islas encantadas: En Japón se nombra Síndrome de Galápagos al desarrollo asilado de un producto en Japón pero que puede ser importante para todo el mundo.
Sobra decir que el científico alemán Charles Darwin elaboró la teoría de la evolución de las especies en base de la observación de la naturaleza de las islas Galápagos, un archipiélago aislado en donde sucede la evolución.
Japón es otro archipiélago y es aislado en cuanto a la producción de tecnología que significa una gran evolución pero que no tiene un impacto popular. El ejemplo más claro sucedió cuando desarrolló teléfonos celulares de tercera generación, que eran mucho mejores que los anteriores, muy populares en el Japón pero poco prácticos fuera del archipiélago.Para abundar: "Los celulares japoneses son como las especies endémicas que Darwin encontró en las islas Galápagos, increíblemente evolucionadas y completamente diferentes de sus primos continentales”, explicó el profesor de la Universidad de Tokio, Takeshi Natsuno, en una entrevista al New York Times. Agregó que "los teléfonos japoneses sufren del síndrome de Galápagos, son muy complejos para ser usados en otras partes".
En las redes sociales locales se teme que este automóvil sea un salto radical en evolución pero que, al final del día, solo sea una novedad en el archipiélago nipón.

Espero comentar con ustedes en el futuro sobre los resultados. Hasta tanto.

P.D.: (El video oficial del automóvil se puede mirar aquí, en inglés)