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lunes, 25 de mayo de 2015

Katana, el arma sagrada de los samurái

Saludos a todos, esta es su casa y en este momento yo seré su cuentero.

Por hoy, hemos de saltarnos la vieja tradición de ponerle fechas a todo y dar el respectivo estado de situación. Esto es especialmente importante con un arma que en realidad es una contadora de historias del Japón.
La Real Academia Española hace un amague cómodo al colocar a la catana junto otros de la misma “Especie de sable, corto y corvo, con filo solamente por un lado, y por los dos en la punta”. Por la naturaleza de esta arma, en adelante se llamará katana, es necesario alejarle del llano “alfanje”, que simplifica un objeto hasta hacerlo un llano utensilio, para entender que es un elemento en el que todo un pueblo se refleja, que guarda la identidad sacada del fuego de la forja de la katana, espada que es una joya inclusive antes de que la primera sangre moje la hoja.
Vale decir que el énfasis con el que una cultura trabaja ciertos objetos, a los que les da virtudes mayores a las de su uso, logra que la presencia, el credo y la leyenda tenga una dimensión superior a la solitaria definición de un término: un diccionario no puede poner palabras a una expresión de cultura vasta.
De manera que la katana no tiene fecha de nacimiento ni término exacto en el vocabulario, pero sí está forjada con capas de relatos de cómo se elaboró para llegar a ser el arma de mano perfecta, la más efectiva que el hombre haya diseñado en toda la historia.
Cuando los hombres de armas de a pie se convirtieron en jinetes las reglas del combate cambiaron por completo y, por tanto, las armas tenían que acoplarse a las demandas de un trabajo nuevo. Entonces perdió importancia perforar los órganos del enemigo y el entendimiento de los armeros se dirigió hacia cortar, cercenar, mutilar. Abrir un canal mortal en el pecho del caballo o traspasar el peto del guerrero al que se confrontaba con fuerza, pero con sutileza.
Hay tres características que las hacen especiales, al mismo tiempo que las diferencian de otras armas: son piezas de un alto valor estético; tienen la solidez necesaria para partir el cuerpo de un hombre por la mitad; y, son tan precisas como para dividir un cabello en dos partes exactamente iguales.
En el sitio web Aceros de Hispania se puede leer: “Los artesanos eran alquimistas que gracias a la experiencia lograron conocer los secretos del metal transmitiéndolos de generación en generación. El herrero rezaba una oración a Buda antes de comenzar a crear la espada, algo que demuestra la espiritualidad que rodeaba a todo el proceso de forja”.
La primera estación de este viaje por la identidad japonesa muestra un ejemplo de paciencia y perseverancia, en una técnica que algo tiene de rito para unir en un solo cuerpo la fuerza humana, los minerales y el fuego. Un armero primero debía calentar el horno durante más o menos un mes para alcanzar la temperatura a la cual se puede fundir el hierro, el carbón y productos vegetales: 900 grados Celsius.
Gracias a las temperaturas altas los materiales cedían al estado líquido y con él se formaba un “ladrillo”, un bloque de metal. Entonces, en el horno se convertía este bloque en un material maleable y con sucesivos golpes de martillo se iba estirando y se formaba un rectángulo el doble de largo del bloque original, luego se cortaba en la mitad. Al final de esta primera tanda, se obtenía un bloque de la misma dimensión pero compuesto por dos capas.
El sensei usaba un martillo más pequeño y,
apoyado sobre la cuclillas, sostenía el bloque; quienes le asistían estaban de pie y pegaban con martillos mucho más grandes; el maestro imponía el ritmo, el sonido del metal contra el metal componía algo similar a música, pero en realidad eran mantras: sobre el filo de la katana hacían equilibrio la vida y la muerte.
Repetían este proceso y lo volvían a hacer: alargaban el bloque hasta que tuviera el doble del largo, cortaban y volvía a tener un bloque pero con una capa más. Dependía de la calidad del arma, las menos finas llegaban a tener 256 dobleces y las katana que vivieron historias épicas podían llegar a tener 5.000 dobleces por cada centímetro de acero.
A través de ese proceso se forjaba la primera mitad de la hoja de la katana, la más sólida, la que debía soportar los golpes que generaba la fuerza bien entrenada de los samurái, era el lado sin filo que, además, era muy eficiente para golpear, tanto como para contener los ataques. La técnica de fabricación de katana había resuelto el problema del pasado, en el que las espadas se rompían en el combate.
En una segunda parte del proceso, se elaboraba la otra mitad de la hoja, con el mismo sistema anterior pero con cuatro o cinco dobleces nada más. Se obtenía un acero extremadamente duro pero más frágil.
Venía, entonces, el proceso para unir las dos partes de la hoja. Cuando se lo hacía, debido a un efecto natural, al mezclar dos hojas con diferente rigidez, se producía la curvatura que es una de las características fundamentales de la katana.
Para unir bien las dos hojas se utilizaba ciertas arcillas. Dependía el tipo de arcilla y el uso que le daba el forjador adquiría un efecto diferente: unas veces parecido al de olas, otras un zigzag; esta unión, o línea de templado (hamon en japonés) es la marca distintiva del maestro forjador.

La última parte del proceso de fabricación de la hoja era pulir, una tarea que no es menor, la hoja pasaba por el afilado de piedras de diferente porosidad, cada vez más finas y siempre con una aplicación y atención extremas, porque todo el proceso anterior, que había sido largo y extenuante, podía arruinarse debido a errores en el pulido.
Estaban completos los cuatro pasos de elaboración de la hoja: fundido, plegado, el templado diferenciado y el pulido. Entonces, venían las otras partes, tan importantes como las anteriores y se les atendía con igual dedicación. La empuñadura está fabricada, casi siempre, de roble, se le recubre con piel de raya. Luego se envuelve con tiras trenzadas de materiales como algodón, cuero o seda, depende de la decisión del armero. Depende de la decisión del armero porque en todo este proceso no ha participado el “cliente”.
Lo siguiente en el proceso era tallar y adherir los amuletos (menuki) que deben estar ubicados de manera que el guerrero los pueda palpar, que su tacto tenga contacto con la forma del amuleto y sienta la energía que representa. Estos amuletos se convertían en tesoros familiares.
Luego, había que fabricar la saya, que normalmente se elaboraba con madera de magnolia y se cubría con una capa de laca (los japoneses usan la laca desde 7.000 años a.C.) y demás elementos decorativos y utilitarios.
En el libro “Breve historia de los samurái”, (Editorial Nowtilus) Carol Gaskin y Vince Hawkins dicen que “La katana, una infalible espada de sesenta centímetros de largo elaborada con técnicas ancestrales solo conocidas por escogidos maestros herreros, los cuales necesitaban tres meses para forjarlas. La tradición exigía que fuera la espada la que eligiera a su compañero, para ello el guerrero se situaba ante un grupo de katanas expuestas por el forjador. La elección solo dependía de las vibraciones comunes emitidas por la espada y el samurái. Una vez juntos no volverían a separarse jamás, entroncándose sus almas hasta el combate final”.
(No hay que olvidar lo que enseñó el maestros Yamamoto Tsunemoto, en su libro “Hagakure”: “La Senda del samurái se halla en la muerte. Cuando le llega a uno o a otro, solo queda la fugaz elección de la muerte. No es particularmente complicada. Hay que estar resuelto de antemano”).
De manera que la relación entre el guerrero y su espada era de por vida, literalmente hasta que la muerte les separe. En los combates de un samurái la katana se convertía en la extensión de su brazo. Estaba construido, el sable y todo lo demás, para que pudiera hacer el primer corte en el movimiento de desenvainar.
Siendo como era la katana la posesión más valiosa y el arma sagrada de un guerrero, también se convirtió en un sello que le distinguía sobre el resto de japoneses. Una orden administrativa dispuso, en 1588, que solamente los samurái podían portar katana. Siempre llevaban su sable, la extensión de su brazo, y una espada más corta (wakizashi), útil para el combate en lugares cerrados; además, llevaban consigo un tanto, un puñal que se utilizaba para el suicidio ritual (seppuku -hara kiri-).
Durante su época de gloria, la katana pudo resolver tres problemas fundamentales para las armas de uso personal: que fuera irrompible, sin embargo que no fuera rígida y, finalmente, que multiplicara la fuerza para cercenar.
Las katana se guardaron cuando llegaron las armas de fuego. Los samurái se retiraron cuando llegaron los soldados. El Japón de sólidas tradiciones tembló cuando occidente se quiso apoderar de su identidad. La historia da y la historia quita.

Vuelvan pronto, hay cosas de las que hablar

martes, 5 de mayo de 2015

Yokohama y la inflexión en la historia de Japón


Tanto tiempo sin encontrarnos, pero es bueno que dejemos que corra brisa entre nuestras conversaciones, a ver que rumores trae el viento. Bien, tomen asiento, les cuento enseguida.

La condición de “segunda” ciudad que ostenta Yokohama es relativa y probablemente no sea una descripción justa de su naturaleza, a lo mejor deba ser tratada en otro cubículo y es lo que se intentará.
Segunda en cuanto ocupa el podio de la medalla de plata en cuanto a población (Tokio tiene cerca de quince millones de habitantes y Yokohama 3’680.000). Pero equilibra siendo el puerto más importante del país.

Es difícil compararla con las ciudades más importante porque Yokohama ha tenido una historia distinta y distante con respecto a las otras: Tokio, Osaka, Nagano, Saporo, Kobe y Kioto cuentan las historias con el aplomo de ciudades que parecen venerables ancianas. Yokohama está bullendo en la plenitud de la juventud.
Minato Mirai 21

Además, si las otras ciudades nacieron con las bendiciones de los dioses en partos naturales, la de Yokohama fue una cesárea violenta practicada con poca asepsia y tanta mala suerte.
Es ahora un centro financiero y comercial, además de un eje logístico que puja por robarle un poco del negocio a Tokio, busca tanta actividad cuanta sea posible pero evita llegar a los límites de la megalópolis devoradora y vertiginosa.
Hora de tomar la posta de la historia. Aunque no había una razón muy fuerte como para hacerlo, la villa de pescadores que se llamaba Yokohama tuvo agua potable y alcantarillado cuando la habitaban 87 familias. Fue el primer lugar en Japón en tenerla. Los tubos que transportaban agua apta para beber y los ductos que se llevaban los restos fueron una predicción.
La abulia de esta pequeña villa se sobresaltó cuando llegaron los barcos negros. Estas naves eran siete y estaban cargadas hasta el mástil de problemas. Apuntaron los cañones contra la población civil e invitaron al Japón a firmar un tratado de “comercio y amistad”, con abundante "caradurismo".Durante 280 años, el Japón estuvo cerrado, la orden de los gobernantes fue que nadie entrara y nadie saliera del archipiélago. La única hendija que se dejó abierta fue un acuerdo con Holanda para que sus barcos viajaran una o dos veces al año a un puerto debidamente aislado en el sur oriente del país.
Pero para las aspiraciones (o las ambiciones) de negocios de los países que dominaban las rutas comerciales, no poder acoderar en este archipiélago suponía un problema tanto para el intercambio de productos cuando para el reabastecimiento.
Terminal Internacional de Pasajeros de Yokohama
Especialmente para Estados Unidos, los barcos balleneros de sus cazadores no podían detenerse por agua y alimentos, y los comerciantes no podían exponer sus productos en este sitio estratégico del Pacífico.Las siete naves, los barcos negros, fueron bautizados así en contraposición de las pequeñas naos de pesca locales, veleros con los que podían alejarse de la costa lo suficiente para una buena faena pero no tanto como para que las autoridades creyeran que se estaban yendo del país. Los buques que llegaron sin anticipación tenían el casco negro, pintados con brea, y lanzaban hipos de humo negro por las chimeneas. Lo más sorprendente era que podían navegar en contra del viento. Los barcos de vapor eran unos armatostes que atemorizaban.
Con semejante amable invitación Japón firmó el tratado, en el cual se acordó que se abrirían algunos puertos, siete en total. Uno de ellos era esta pequeña aldea en la que había agua potable y alcantarillado. Yokohama, se puede traducir como “al lado de la playa”.
Por ese ojal entró occidente a raudales. Es difícil imaginar el frenesí del comercio, sumado a los apuros por construir una ciudad en donde suceda el intercambio de mercaderías y que se accione lo que pasa sin duda y casi inmediatamente: la mezcla social. Yokohama era un pequeño punto en el mapa de archipiélago nipón que marcó, en 1859, una inflexión en la historia del país.
Se había iniciado un proceso de reforma interna que no iba a detenerse, la Restauración Meiji: el Emperador reasumió el control del Estado, se redactó la primera Constitución y Japón entró a jugar las partidas de la dinámica global con un afán renovado. Había, sin embargo, quienes sentían que la identidad del país que habían amado se desangraba inexorablemente.

La autoridad hizo lo posible por crear las condiciones de vida cómodas para los extranjeros que establecían su residencia en el nuevo puerto quienes, al principio, comerciaban básicamente con la seda que exportaba Japón. Luego, eran importadores de materia prima y exportadores de productos elaborados.
Barrio chino
Ana Trujillo Denis, en su trabajo de doctorado para la Universidad Complutense de Madrid, afirma que “De este modo se estableció la presencia, en un área muy reducida del territorio japonés, de Inglaterra, Francia, Rusia y Holanda. Aunque originariamente el Tratado de Kanagawa fijaba a esta localidad, Kanagawa, como uno de los puertos que se abrirían a la presencia extranjera, las autoridades japonesas, unilateralmente, decidieron cambiar la localización de la concesión extranjera a la cercana Yokohama, cuyo puerto fue abierto oficialmente en el año 1859. En un periodo muy breve, Yokohama pasaría de ser una pequeña aldea sin importancia, situada cerca de Edo y del Tôkaidô, la principal vía de comunicación, a convertirse en un importante centro de comercio internacional”.
Ana añade: “Por las calles podían encontrarse ciudadanos de distintas nacionalidades y razas, distintos modos de vestir, nuevos materiales, nuevos aromas y sabores, nuevos modos de comportamiento o nuevos idiomas. Yokohama se convirtió en un escaparate de lo exótico, abierto para todo aquel que tuviera la curiosidad de enfrentarse con lo nuevo”.
Esta joven ciudad, sin embargo, había nacido en un país en el que las cosas no vienen fáciles. Sesenta años después de la fundación de Yokohama fue derribada durante el Gran Terremoto de Kanto de 1923, producto del cual murieron más de 30.000 personas y otras 48.000 sufrieron heridas. En ese año la población de la ciudad se acercaba a los 435.000 habitantes.

Vista desde el mirador del edifico Landmark Tower
Lo que vino después es un capítulo desagradable: los habitantes de Yokohama acusaron a los ciudadanos coreanos de utilizar magia negra para provocar el seísmo y asesinaron a centenares de personas y solamente la ley marcial detuvo la caza de brujas.
A toda velocidad, como suelen hacer los japoneses, reconstruyeron el área y volvieron a días normales y noches sosegadas en poco tiempo. La tranquilidad duró, sin embargo, 20 años.
En 1945 Estados Unidos atacó Japón y uno de los puntos de la geografía con los que se ensañó fue ese nuevo puerto junto a la playa: el 29 de mayo se produjo lo que se conoce como la Gran Expedición Aérea de Yokohama: con su natural civilidad, los bombarderos B-29 lanzaron tantas bombas incendiarias que en una hora y nueve minutos asolaron el 42 % de la ciudad (las bombas atómicas no eran suficientes).
Al Japón solamente le quedó en pié la perseverancia y con ella volvió a poner cada ladrillo en su lugar. Hoy ocupa un área de 473 kilómetros cuadrados y se nota que ha habido un desarrollo bien planificado, para crear los espacios adecuados donde forjar una ciudad futurista que asegure un alto nivel de vida para los habitantes.
En la práctica, los tentáculos de Tokio alcanzaron a sus ciudades vecinas de Chiba, Saitama, Kawasaki y Yokohama, están muy integradas pero no necesariamente son iguales, Yokohama tiene una personalidad más pausada, muy moderna y menos agobiante.
En esa ruta desarrolló el proyecto Mintao Mirai 21, una iniciativa público privada para edificar el espacio que dejaron baldío fábricas que fueron mudadas. Se destaca la Landmark Tower, el segundo edificio más alto de país (tiene 70 pisos porque en una zona con semejante protagonismo sísmico no es buen plan ir más arriba; el último piso de este edificio es un enorme recipiente sellado que tiene agua: es considerado uno de los sistemas antisísmicos más modernos). Este distrito está junto al de Kannai, que es el barrio tradicional, y al de la Estación de Yokohama, en el que se desarrollan las actividades comerciales.
Yokohama pretende volver a ser un punto de inflexión y asume cada vez mayores roles en el desarrollo económico del país. Lo hará, con toda seguridad.



¿Nos vemos pronto? Es un compromiso.