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miércoles, 30 de diciembre de 2015

2016, año de contradicciones

Al borde de final de esta vuelta al sol me encuentro de nuevo con ustedes, qué alegría de verles.

El problema del mono, en el horóscopo chino o asiático, es que sus actitudes, por estridentes, pueden interpretarse en más de un sentido: ahora es genial, ahora un fanfarrón. Con esa contradicción habrá que convivir el siguiente año.
Como es sabido, el chino es el horóscopo más antiguo del mundo (data de 3.000 años antes de la era cristiana). En el Asia son creyentes y seguidores de las predicciones y  tienen fe en los amuletos y los ritos, sobre todo entre los budistas y particularmente entre los shintoístas del Japón.
El país del sol naciente asumió hace más de 100 años el calendario solar gregoriano, es decir, el año comienza el 1 de enero, en contraposición del cálculo lunar chino, cuyo inicio del año es variable (el 8 de febrero de 2016 inicia, para ellos, el año 4714).
Si bien en términos generales los nipones utilizarán el conteo cristiano de los años (es decir, inicia, efectivamente, el año 2016), para fines oficiales la medición es diferente. Se cuenta los años de cada era y cada una de las eras corresponde a un emperador.
En todos los documentos oficiales aparecerá, a partir del 1 de enero, el año 28 de la era Heisei, que pertenece al actual Emperador Akihito, es decir que han pasado 28 años desde que Akihito fue entronizado.

El mono sagrado, del templo de Hie
Como es común, el primer día del año los japoneses acudirán a los templos y renovarán sus amuletos, muchos de los cuales tienen relación con el horóscopo. La historia del zodiaco en Japón no es tan antigua como en China, de donde proviene.
Según la página Japanses Buddhist Statuary, cuando el budismo llegó a Japón en la segunda mitad del siglo VI d.C., los japoneses abrasaron con empeño las enseñanzas budistas y el calendario del zodiaco. De hecho, fue adoptado oficialmente pocos años después. La popularidad del zodiaco en Japón alcanzó su punto máximo durante la era Edo (entre 1600 y 1868 d.C.); en ese entonces, cada uno de los 12 animales fueron relacionados con uno de las ocho deidades protectoras, que son patrona budistas: son cuatro custodios de los puntos cardinales principales y cuatro custodios de las direcciones intermedias (NE, NO, SE y SO); estas subdirecciones están relacionadas cada una con dos animales para completar los 12 animales.
Pero, bien, es la hora del mono y su característica japonesa de tener la dirección sur-oeste; pero, además, su relación con el elemento fuego. Las predicciones dicen que se viene un año estable pero con un flujo que no se detendrá, todo el tiempo se está fraguando algo o algo se está consumando. Las estridencias del mono generarán reacciones que provocarán una polarización de las opiniones: versátil, inteligente, curioso y creativo, por un lado, calculador, embustero y desconfiado, por el otro. 
El mono hará lo que esté a su alcance para divertirse, los momentos vacíos de goce, de acción, le agobian especialmente, pero ese empeño por montar la diversión y gozar en su lomo puede ser vista como una actitud molesta, ofensiva y maleducada. De hecho, el mono se molestará con quien no quiera seguirle el ritmo o cualquiera que pretenda contradecirle. 
Es hora de ir más rápido, ese es el ritmo que le gusta al mono, porque la velocidad trae consigo exuberancia, más posibilidades de diversión, de algazara. Por eso mismo, es preferible buscar un lugar silencioso para mirar el mundo fuera de la “hiperquinesis” del mono para tomar las decisiones correctas.
Pero, la realidad no es un cuento de hadas y la diversión del mono no es una sucesión de travesuras inocentes y asépticas, hay tantos problemas como personas que conocen y usan las artimañas para resolverlos.
Contradicciones, esa será la marca y las posibilidades solo dos: subirse al bullicios de la diversión del mono o ubicarse lejos para conseguir la quietud, esa donde se encuentra el equilibrio.


Nos vemos en 2016, será bueno para todos, sin duda.

martes, 15 de diciembre de 2015

Las caldas japonesas, dejarse acariciar por los dioses

Han llegado ya. Bien, vengan por aquí, acomódense.
Es mejor considerarlo como una de las pruebas cumbre para calificar cuán permeable es una persona con una cultura ajena. La comida suele ser el examen más común en el que una persona muestra su predisposición a integrarse, o a no hacerlo, a un país que visita y a una cultura que desconoce.
Pero en Japón la prueba de fuego no es comer pescado crudo ni desencantarse porque no existe el California roll, el reto es ir a un onsen, a los baños públicos termales que, a pesar de todo lo buenos que son, someten a las personas a la, para algunos, catastrófica necesidad de compartir una actividad social en desnudez absoluta.

El baño que está fuera de la construcción se conoce como rotenburo
Eso sucede en los onsen, baños termales que tienen unas características exclusivos del Japón. De inicio, el onsen es visto como un rito cotidiano para sostener el equilibrio del cuerpo y del alma, y también se puede ver como una muestra muy gráfica de los protocolos y las etiquetas a través de los que los japoneses se comunican.
Bien. El sitio Japonismo publicó una guía para comportarse adecuadamente en los baños y en ese artículo menciona que “El baño es muy importante para los japoneses. Si para el budismo el baño nos depura de los siete males y nos concede las siete bendiciones, para el sintoísmo es un rito de purificación y está claro que ambas religiones han influido en cómo los japoneses piensan respecto al baño”.
Por este hálito religioso y por la manera cómo se ha compuesto en el tiepo no debe ni puede considerarse un acto de higiene aislado, por un lado, ni solamente un encuentro de socialización, por el otro. Es un ritual de purificación, significa confiar en un factor externo que actúa para devolverle el equilibrio al cuerpo y, al tiempo, aprovecha las virtudes para bien del espíritu.

Personas que interactúan con respeto a la tranquilidad que buscan otros
Las estadísticas pueden ser útiles para entender la dimensión de esta práctica tradicional. El lugar Nippon publicó un artículo del médico Matsuda Tadanori, quien toma estadísticas oficiales que informan que en todo el territorio existen unas 27.000 fuentes de aguas termales. Estas fuentes expelen unos dos millones y medio de litros de agua por minuto, más o menos la cantidad de agua que caben en tres piscinas semi olímpicas cada 60 segundos. La misma publicación informa que “un 47 % de las aguas tienen tiene una temperatura superior a los 42 °”, calentura ideal para una buena calda.
Todas las fuentes son utilizadas para los onsen, pero hay otros tantos baños públicos que no tienen origen volcánico (se denominan sento) pero logran conseguir un efecto similar en base del uso de los mismos minerales.
El doctor Tadanori agrega que “Además, Japón cuenta con una gran cantidad de recursos hídricos procedentes de las precipitaciones que caen durante la temporada de lluvias y el paso de tifones, así como de las nevadas, lo que garantiza la abundancia de agua para las termas. Esto explica que desde tiempos antiguos, el pueblo japonés haya desarrollado una cultura particular de tratamientos termales, baños y caldas".
Es una tradición antiquísima. En este mismo blog se publicó un artículo (ver aquí) en el que se da cuenta de que, “Cuando comenzó a recibir clientes el hotel Nisiyama Onsen Keiunka, en el año 718, de tiempo en tiempo se escuchaban los cascos de los caballos y el golpeteo de las sandalias de madera de los caminantes que iban de Kioto a Edo (ciudad que después se llamó Tokio). Se les brindaba un lecho cómodo; un plato de arroz y sopa de miso; y, sobre todo, un baño de aguas termales, una de las más arraigadas tradiciones de Japón, que se conocen como onsen”. Nisiyama Onsen Keiunka es la empresa familiar más antigua del mundo, ha estado en las mismas manos desde hace casi 1.300 años.
En todo ese tiempo, las comprobaciones empíricas, primero, y las evidencias científicas después, confirmaron que el onsen tiene virtudes de higiene, de cosmética pero, sobre todo, de bienestar del sistema corporal. Para el médico Tadanori la clave está en los efectos contra la oxidación de las células.
“Las aguas termales, antes de salir a la superficie de la tierra, tienen propiedades reductoras, y puede decirse que sus sustancias químicas y valores están presentes en el proceso de desoxidación. El proceso de reducción consiste en reducir y reactivar las células del cuerpo humano susceptibles de sufrir graves enfermedades si se permite que la oxidación generada por las especies reactivas del oxígeno siga su curso. Prevenir la oxidación tiene también efectos antioxidantes”, afirma Tadanori-sensei en Nippon.
Por eso los baños son tan populares y por esa misma razón quien quiera tener una visión más cercana del niponismo deberá vencer los prejuicios y disfrutar de una experiencia en la que todos los seres humanos se ponen en el mismo nivel para dejarse acariciar por los dioses.
“…es además el lugar en el cual desaparecen casi por completo los rangos, la posición económica, los laureles intelectuales o las medallas de la farándula. Todos son hueso y pellejo”, se escribió hace varios años en este mismo blog, en el  artículo Cima y sima del pudor de un llamingo.

La zona de duchas: lavarse bien antes de entrar y después de salir
 Todos desnudos. Una de las reglas es que a la entrada hay una separación por género, motivado porque, pasada la puerta, todos van en pelota. Literalmente, es una relación social al desnudo.
Por otro lado, hay una serie de protocolos y etiquetas que no se pueden obviar. Probablemente todo gira alrededor del agua: es el espacio comunal donde todos comparten esta terapia integral, de manera que el agua debe estar perfectamente limpia.
Es necesario lavarse a conciencia antes de entrar en las piscinas. A todos los usuarios se les entrega una toalla de manos, que servirá para secarse el sudor del rostro. Obviamente, el sudor es sucio y a nadie se le ocurre enjuagar la toalla en las piscinas: esa agua es de uso comunal, es una mínima expresión de respeto por los demás, elimine el sudor en otro lado.
Los onsen normalmente tienen baños bajo techo y otros al aire libre. Es famosa la imagen de simios que, en invierno, no se aguantan las ganas de entrar en las aguas termales para recuperar un poco de temperatura corporal.
Las instalaciones complementarias son masajes, venta de comidas (y licor), y cuartos de relajación. Los más fanáticos recomiendan ir a un onsen antes y después. Antes y después de lo que sea, de todo.
Al parecer, el número de establecimientos está bajando, principalmente porque se ha desarrollado tecnologías para reproducir el placer del onsen en casa. Existen tinas con un sistema computarizado: se programa al mecanismo inteligente, el cual llena la tina tal cual como si fuera la piscina de un onsen tradicional famoso. Al final, una voz de mujer le dirá que su baño está listo: その温泉は準備ができています。
El doctor Matsuda Tadanori recuerda, en el artículo de Nippon, un escrito antiguo de su país: “En las crónicas Izumo no kuni fudoki (Topografía de la provincia de Izumo), cuyo origen se remontaría al año 733, se menciona Tamatsukuri Onsen, una zona de aguas termales situada en la actual prefectura de Shimane: “En esta aldea, manan aguas termales a la orilla del río. En el lugar donde brotan, coinciden hermosos paisajes del mar y la tierra. Hombres y mujeres, y ancianos y jóvenes van y vienen por la calle o caminan por la playa; se produce el mismo alboroto que en un mercado donde la gente se reune a diario, y todos disfrutan bañándose juntos y comiendo y bebiendo. Además, en estas aguas, si uno se baña una vez, su aspecto embellece; si se lava varias veces, sanará todo tipo de enfermedades. Desde tiempos antiguos, estos efectos se producen sin excepción alguna. Los hombres dicen que estas son aguas de los dioses.”
Si logra dejar los prejuicios junto con la ropa en los casilleros, es muy posible sentir las caricias de los dioses. Hay pocas cosas en el mundo tan reconfortantes.


 Unos días más y volveré a llamar su atención, hasta pronto.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Japón demuestra que es posible un país ordenado

Reciban un cordial saludo, es enriquecedor compartir con ustedes estas conversaciones.

Hay una regla no escrita en el Japón que se respeta con bastante frecuencia: quien se subió primero a un ascensor debe bajarse primero para, de alguna manera, hacer el intento de equilibrar el tiempo que están todos en el ascensor, que nadie sea perjudicado. Otra norma no escrita es que quien se sube primero se queda al mando de los botones para abrir la puerta cuando nota que alguien llega apresurado o para permitir que una persona que se colocó en la parte más profunda salga sin morir en el intento.
Una costumbre interesante es que el gesto para pedir paso se hace alzando hasta la altura del pecho la mano abierta del brazo izquierdo. Esa es la señal aceptada en el Japón de que una persona está solicitando educadamente que le permitan pasar.
A un japonés no se le ocurriría intentar entrar a un ascensor si hay alguien que está saliendo. Peor aún ir antes que quienes están en la fila. Tampoco se le ocurriría completar la operación de entrar, moverse y salir sin al menos agradecer una vez o hacer por lo menos una venia básica.
Una de las palabras más usadas es  すみません, disculpe, permiso. No es una sociedad que piense que decir cosas sea malo por sí, por lo que no tienen problema en pedir permiso y agradecer en voz alta, una práctica que resulta mucho más social que la de entrarle a codazos a todo el mundo para pasar a la brava.
Vista panorámica desde el edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio
¿A qué vienen estos que por momentos parecen consejos de un mal libro de autoayuda? A que una ciudad de 38 millones de habitantes -según récord de la ONU- necesita, para sobrevivir, ciudadanos organizados. Y más, Japón logró formar personas que tienen bien metido en su corazón el respeto por lo otros.
Es posible que para un latino los códigos de orden y de respeto japoneses sean exagerados (es seguro que son un estorbo para los turistas chinos, que hacen todo lo contrario de lo que manda el sentido común). Sin embargo, es evidente que gracias a esa manera de ser, en una ciudad como Tokio, que tiene 14.000 habitantes por kilómetro cuadrado (el doble que Nueva York) se pueden encontrar sitios que guardan un aire rural, a pesar de estar en las entrañas de la megalópolis. O reserven un ambiente de recogimiento.
El templo de Hie en el corazón de Tokio
El templo de Hie ocupa la cima de un promontorio, que está rodeado por las avenidas supertransitadas del barrio de Akasaka, por edificios gigantes de oficinas y por algunas dependencias gubernamentales. Bien sea utilizando las escaleras eléctricas o haciendo el esfuerzo de subir las gradas de piedra flanqueadas de torii, el templo es una contradicción; es decir, cómo puede haber un lugar en el que se puede lograr un estado de contemplación en un paisaje en el que, más allá de las vigas coloradas de la construcción centenaria, hay una ciudad hirviendo; la capital de la tercera economía más grande del mundo no puede ser un hecho inmóvil, estático, gélido.
Esa misma realidad, la de una economía tan grande, que ha permitido construir una enorme clase media con alta capacidad de compra, sin embargo no ha redundado en aspectos negativos para la convivencia diaria.
Otra de las claves es la información, abundante y precisa
Es decir, si el ingreso familiar mensual es de unos USD 6.000, se supondría que una familia tiene suficiente dinero para tener uno o dos vehículos. Es difícil de imaginar a 30 o 60 millones de automóviles en las calles de Tokio.
No los hay. La autoridad, con la complacencia de la ciudadanía, tomó dos decisiones muy importantes. La primera es dificultar, en todo cuanto sea posible, la compra de un vehículo. Los precios de los autos son altos (tienen alta calidad); los departamentos no tienen garaje o estacionamientos, que no sean pagados (pueden costar USD 400 dólares al mes), la gasolina es tan cara como los peajes. De manera que tener vehículo es difícil, a pesar de los altos ingresos.
La segunda gran decisión fue tener el mejor transporte público del mundo. Tan bueno que no es necesario tener carro propio. En las vías urbanas no suelen existir embotellamientos (porque además son conductores respetuosos de los demás), pero sí se dan largas y lentas filas en las vías rápidas, las que unen al Tokio metropolitano con las ciudades satélite.
Los autos van, los pasos cebra son sagrados, se usan luces direccionales, los conductores de taxi cometen pericias increíbles como parece ser parte de su naturaleza, los buses son cómodos y el metro es de una puntualidad insoportable.
Yamanote es la línea de tren que circunvala la ciudad y es la que soporta más la carga de pasajeros. Los trenes pasan cada tres minutos y tienen 12 vagones. En las horas pico puede ser que se metan, a presión, a mucha presión, unas 200 personas por vagón. Muchos llegan a la estación de Shinjuku, que recibe al día más de tres millones de pasajeros. Pero no corren, no empujan, no se molestan, son correntadas de personas que caminan muy rápido y que harán fila para cambiar de tren o para subirse al bus o para tomar un taxi. 
En esas horas en las que millones de personas se movilizan hacia o desde resulta visible y verificable el efecto de haber trabajado sobre conceptos de respeto en la sociedad. En medio de una tensión suprema por cumplir con unos horarios se mantiene, sobre todo, la actitud de que el tiempo grupal es más importante que los atrasos personales.
Hace no mucho tiempo, el responsable de la oficina de prevención de desastres naturales de Minato, una de las administraciones de la ciudad de Tokio, comentaba que tienen dos planes claramente definidos: el de la mañana, en el que deben mitigar los efectos para unos 6 millones de personas, y el plan de la noche, para el que hay programas para unos dos millones y medio. La diferencia entre la una cifra y la otra es la cantidad de gente que se moviliza a trabajar en Minato. Es decir, todos los días entran y salen tantas personas como habitantes tiene Quito, por ejemplo.
A pesar de lo que se pueda pensar, los japoneses no nacen de un molde diferente. Es un país en el que es posible llegar a acuerdos de largo plazo y tienen la sabiduría de sostenerlos, a lo mejor la clave es que pueden mirar el largo plazo como un futuro realizable. El tiempo transcurre con una densidad diferente. 
Feligreses a la entrada del templo de Senso-ji
Desde hace décadas a los estudiantes se les enseña el valor del orden, de la organización, del respeto por los demás. Tampoco se les ocurrió un día que esa sería una buena idea. De alguna manera, es una reacción a la que ha sido empujados por un factor que es determinante en el país: los desastres naturales. 
Japón se bambolea encima de donde chocan cuatro capas tectónicas, ha sufrido las fieras patadas de muchos tsunami, tiene una centena de volcanes activos y cada año es golpeado por una veintena de tifones. Por eso, el país tiene que reaccionar de manera de aprovechar la fuerza de la unión de las personas como sistema central para mitigar los daños. 
Luego de un evento desastroso, a ninguno se le ocurriría comprar más agua de la que necesita, jamás se arrasa con los alimentos de las tiendas. Cada persona comprará una comida completa y probablemente la ceda si es que hay alguien que ha comido menos que él.
En el Japón, como es evidente, se ha demostrado que el orden tiene utilidad. Y mucha. Sirve para sobrevivir. Pero, implícitamente, sirve para ratificar el respeto que tienen por otras personas y por todos los seres vivos, una posición muy budista. 
El argumento final: las personas que habitan islas tienen una predisposición especial para ser solidarios, tienden a cuidarse porque no pueden huir, están sitiados por la inmensidad del mar. Eso les pone a todos en una posición similar, una igualdad sobre la que se fundamentan la solidaridad. 
Para muchos occidentales es exagerado el orden de Japón, suponen que no es necesario ser tan estrictos. Probablemente la única manera de entender este concepto de orden sea convertirse en japonés. Y eso es casi imposible. 

Me voy unos días, volveré pronto. Me encanta conversar con ustedes.