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lunes, 26 de diciembre de 2016

2017: año del Gallo de fuego

Muchos saludos a todos, bienvenidos a este espacio suyo.

El próximo 1 de enero de 2017, en Japón se iniciará el año nuevo, signado por el Gallo rojo o Gallo de fuego (en China, que se rige por un calendario lunar, el año dará inicio el 28 de enero).
Luego del desorden que orquestó el mono en 2016, ahora hay nuevas reglas, dictadas por un gallo, cuyo elemento es el fuego, que tiene forma de yin y que es femenino. En rigor, debería ser Gallina de Fuego Yin.
El nombre común con el que se le conocerá en el mundo a 2017 es el año del Gallo Rojo. Esta unión de fuerzas resulta perjudicial para las medias tintas, las cosas estarán bien o estarán mal. Las buenas será recompensadas y las malas serán castigadas, sin dilaciones, sin la posibilidad de rebatir o defender.
En China, el año nuevo será el número 4715 y la estación en la que le el Gallo Rojo estará en su plenitud es el otoño.
Queda advertido que para las personas que se dejen llevar por estados de descontrol –comunes con el mono-, será un año marrullero y se llenará de obstáculos difíciles de sobrepasar.
El Gallo Rojo de Fuego Yin es un animal elegante, majestuoso pero a la vez demuestra calidez en sus formas más íntimas así como gran protector. Por ello, será una etapa donde se unificarán lucha y amor en ámbitos generales.
Este signo del horóscopo chino expresa la calidez e invita a mirar hacia adentro, a encontrar el flujo vital que se alimentará del orden, la justicia, la rectitud de procedimientos; las personas, las sociedades o las naciones se agruparán alrededor de principios positivos como la paz.
Pero quienes tuvieran acciones contrarias reproducirán estados de caos, de desquilibrio, en contraposición de quienes privilegien la visión interior, así como la dulzura de las relaciones íntimas y familiares. Pensamientos olvidados surgirán repentinamente, en medio de un ambiente desconcertante, un tanto rígido y muy abigarrado.
Los estudiosos advierten que el gallo es un ser altruista y samaritano. Sabe escuchar y aportar soluciones eficaces. En cada ser humano brotará una semilla de conciencia ante tanta injusticia, y germinará lenta pero segura. Se afianzarán alianzas nuevas entre países y se disolverán otras que parecían eternas. El mundo buscará equilibrar la pasión y la razón.

Año 28 del emperador Akihito

Como se conoce, en el Japón se cuenta el número de años de manera diferente. Esta nación que tiene 2.600 años de fundación estableció que la medición del tiempo estará atada a su Emperador.
De esta manera, desde el día que uno nuevo asume funciones, el calendario se pone en cero. En este sentido, el 2017 del anuario occidental coincide con el año 28 de la era Heisei, como la llama el propio Emperador Akihito. este año aparecerá en todos los documentos oficiales de Japón.
Para este país insular, 2017 podría marcarse con mayúsculas en la historia, toda vez que el Emperador ha expresado su deseo de abdicar al trono, en consideración de que siente que ya no tiene las fuerzas ni la predisposición de ánimo para reinar sobre un país que es la tercer economía más grande del mundo.
En términos legales no existe la figura de la abdicación, de manera que los grandes sabios del país están analizando la mejor manera de complacer a Akihito sin romper una tradición muy antigua.
La dinastía japonesa es la monarquía hereditaria continuada más antigua del mundo, es conocida como la dinastía Yamato. La Casa Imperial japonesa reconoce la legitimidad de los ciento veinticinco monarcas que se han sucedido desde el ascenso del emperador Jimmu.
Esa muy probable que el fin de la acción imperial de Akihito esté marcada por el Gallo de fuego. Es posible.

Espero verles pronto.


sábado, 26 de noviembre de 2016

La estética de lo efímero


Esta es su casa, pasen por favor, siéntense, estoy con ustede en seguida.

El seguiente es el texto de artículo de mi autoría, publicado en la revista MundoDiners de Ecuador, en el mes de mayo.
Desde hace milenios los japoneses le perdieron el miedo al vacío. Han llegado más lejos, su concepto de la nada es tan complejo que para defender su identidad no les falta nada más que enseñar las manos yermas. Ni menos que guardarse en el silencio.
El vacío más explícito se lo puede admirar en un lugar en el que la entrada está vedada. Lo han contado, es el salón donde el Emperador Akihito recibe de los diplomáticos las cartas credenciales. Es un salón muy grande, pero es falto de todo adorno. Lo que llena el nave son la solemnidad, el respeto, la historia, la amistad; nada tangible, es un vacío que se llena con las sensaciones individuales.
El último Emperador del Mundo no tiene un palacio que se destaque por la opulencia y, además, representa a un pueblo que devalúa los objetos porque son efímeros. Ellos mismos saben que tanto vienen cuanto van. Es decir, la estética no es un cubo con lados definidos y esquinas numeradas sino la suma pequeñas explosiones que desvelaron la verdadera belleza pero que se apagaron, a la misma velocidad del ciclo vital de las efímeras.
El disparador de este par de ideas fue la pregunta de un visitante en Tokio: ¿cuáles son las características de las mujeres bellas en Japón? La respuesta fue un silencio que ha durado hasta que estas letras han puesto el ruido que pretende ocupar el espacio de una respuesta.
No hay manera de explicar la belleza femenina sin acudir a los principios de la estética del país. Este el desafío inicial: la estética de un país. ¿Es posible hacer una descripción, en mil palabras, de los principios estéticos de Moldavia, Singapur, Marruecos o Australia? Y si se cierra la mano, ¿hay señas particulares de la estética de Pretoria, Brujas, Quito o Hanoi?
El portal para llegar a las respuestas es entender la naturaleza de los pueblos isleños. Bien se hable de una isla o sea en este momento de un archipiélago sobre el que se ha construido un país desde hace más de 2.600 años. Japón ha tenido al mar como instrumento binario: un inmenso cerco o una ruta de doble vía, las fronteras marcadas con agua imponen un ánimo especial a todo y sí, ha habido veces en que las rutas han estado fluidas y han quedado desoladas en otras. Las islas, los archipiélagos, Japón solo ha dependido de sí mismo y de su capacidad para convivir con el vacío.
De manera que su visión estética o, dicho de otra manera, su percepción de la belleza se puede explicar utilizando categorías que suelen resultar extrañas, sino inexplicables, para occidente. Si son inexplicables para quienes aprovechan el tiempo teorizando, sucede en general que los críticos dan el salto al escaño de al lado, ese en el cual es posible poner este puñado de principios estéticos en el morral de lo excéntrico o, más comúnmente, en el rango de lo exótico. Así se evita la incomodidad de que sus argumentos científicos tengan que ceder espacio y aceptar como válidas categorías como la vacuidad, la melancolía o la imperfección.
El desarrollo disciplinado de la creación y la técnica está razonado como la ruta para alcanzar niveles cada vez más altos de perfección; la perfección se asocia con la belleza, así está diseñado occidente.
La estética nipona, por otro lado, no se apresura para mejorar la creación y la técnica, no prevé allanar el camino a la perfección. Más bien, busca vaciar el ambiente de conceptos para que se produzca la belleza, la belleza única e irrepetible que explota en el encuentro entre el que percibe y lo que es percibido. Los maestros no quieren ser artistas, quieren ser el arte.
En este archipiélago es harto complicado desenredar la cultura y la identidad, de las religiones. El sintoísmo, sus dioses y deidades les ha dado la razón para hacer la cotidianidad con cierto apego místico. El budismo (con un toque transversal de taoísmo) ha puesto los conceptos.
Allá, en el país del sol naciente, se practica sobre todo el budismo zen. Esta secta tiene siete principios estéticos explícitos: asimetría, simpleza, austeridad, naturaleza, profundidad, desapego y calma. Pero se contradice a sí mismo porque teorizar sobre las mil formas de belleza es un seppuku (breve digresión: harakiri significa destriparse, pero seppuku está mejor asociado al suicidio ritual).
Pero bien, los conceptos son estos y las palabras que se han dicho y las que se escriban después han de lograr abarcar los apéndices pero no la verdad sobre la estética.

La ruta del wabi sabi


Su estética, para los japoneses, se llama wabi sabi, dos términos cuya traducción puede ser la belleza de la imperfección aunque, otra vez, el concepto peca de limitado porque no se puede conceptualizar la manera cómo entienden la belleza. La sigueinte es una muestra.
Marcel Theroux, un periodista de BBC, produjo un documental… Es angustiante su desesperación por conseguir una definición de wabi sabi de boca de un japónes. Pregunta y pregunta, en la calle, en el metro, a expertos, a tenderas, a la recepcionista del hotel. Llega luego al jardín de un templo que tiene fama de ser una pieza maestra de wabi sabi, diseñado para evocar las estaciones y el paso del tiempo. Encuentra a un monje que dedica cuatro horas al día para mantenerlo inmaculado. Theroux había experimentado horas antes la profundidad de la ceremonia del té y le inquiere al hombre santo.
El monje responde: “Cuando barro el jardín no pienso en nada más. En ambos, en (la ceremonia del) té y en el zen los objetivos son los mismos. Tú buscas una apreciación de qué es realmente importante en la vida. Lo logras eliminando todo lo que no es esencial. Así es como el té y el zen se vincularon y el término wabi sabi fue creado”. Marcel, el periodista, le reta: “¿Puede definir usted el wabi sabi?”. El monje responde: “¿La definición?” (entre dientes dice «la definición de wabi sabi») “Para ponerlo de manera simple, no hay una definición para wabi sabi. Si se pudiera definir, no sería wabi sabi. Es una idea difícil”.
Dicen quienes mucho han estudiado que el wabi sabi se rige por tres leyes: Nada es permanente, nada está completo, nada es perfecto. Y dicen también que transmite pureza, serenidad y melancolía.
También alcanza con justeza lo que dijo Alessandro Baricco en un escrito de presentación de su novela Seda: “Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos”.

Fotografía de Álvaro Samanigo

Y así sucede en este país de simas, las lecciones de estética las dan los expertos en la ceremonia del té. El maestro de la ceremonia se opone al aprendizaje con libros y se asegura de que todos los movimientos sean aprendidos con el cuerpo y no con el cerebro. Las artes tradicionales –la ceremonia del té, la caligrafía, el arreglo floral y las artes marciales– fueron todas enseñadas originalmente sin libros de texto ni manuales. El objetivo no es el entendimiento intelectual, sino lograr la presencia de ánimo.
Es probable que una de las mejores maneras de acercarse a la sensación wabi sabi sea “El libro del té”, escrito a principios del siglo XX por Okakura Kakuzō: solo en el vacío está lo verdaderamente esencial. “La realidad de una habitación, por ejemplo, se encontraba en el espacio libre encerrado entre el techo y las paredes, no en el techo y las paredes propiamente dichos. La utilidad de una jarra de agua está precisamente en la vacuidad donde puede ponerse el agua, no en la forma de la jarra o en el material de que está hecha. El Vacío es todo potencia porque lo contiene todo. Sólo en el Vacío es posible el movimiento”.
Okakura Kakuzō fue un pensador que predicaba con indignación la debilidad de los japoneses que aceptaban la cultura occidental sin tamices y dejaban en rezago la japonesa. Como director e la Escuela de Bellas Artes de Tokio escribió que “Para un japonés, acostumbrado a la sencillez en la ornamentación y el cambio frecuente de método decorativo, un interior occidental permanentemente lleno con un vasto despliegue de cuadros, estatuas y baratijas da la impresión de un mero y vulgar alarde de abundancia. Se necesita una enorme riqueza de apreciación para disfrutar de la constante visión incluso de una sola obra maestra, y realmente ilimitada debe ser la capacidad de sentimiento artístico de aquellos que pueden vivir día tras día en medio de tal confusión de color y forma como se ve con frecuencia en los hogares de Europa y América”.
Belleza imperfecta, impermanente e incompleta. Una ceremonia de té, cuya programa consta de una comida frugal y la preparación de dos variedades de té elaborado gracias a media docena de utensilios y un fogón, puede tomar cuatro horas. Todos esos minutos son usados en hacer lo preciso para que los pocos asistentes tengan un encuentro con la belleza.
La estética japonesa, el wabi sabi, ni es una experiencia para iniciados ni está reservado para expresiones como la ceremonia del té, el honkyoku (música tradicional de los monjes de la secta zen), ikebana (arreglos florales), los jardines y los bonsái, el haiku o el kintsugi (el arte de reparar cerámica).
La sala en la que el Emperador Akihito recibe la cartas credenciales de los diplomáticos recién llegados es una muestra magnífica, así como el templo de Meiji, el mayor del sintoísmo.
Muchos edificios modernos, restaurantes, modas, pintores y músicos; diseños de vajilla, decoración de interiores, estilos de caligrafía, sombrillas, zapatos, letreros, altares y cuadernos. Están ahí las muestras de una identidad de la que viven los japoneses en silencio.
La conclusión es…, ninguna; si acaso la sugerencia de ir e intentarlo con humildad, desapego y cierta nostalgia. Y la convicción de que la estética, la belleza, es un instante íntimo que ya no está más.

lunes, 25 de julio de 2016

Que no se acabe el Japón

Hola, en la mesa hay viandas, en el aparador bebidas, sean bienvenidos a este convite.

Que no se acabe Japón puede tener dos acepciones y depende si la óptica es desde el país o desde quien lo dice. En el primer caso no, el país no se va a acabar, eso se debe afirmar, no se va a acabar a menos que un cataclismo termine con el planeta; si hasta ahora la abundancia de fenómenos naturales y la saña de detractores no lo ha logrado, es harto complicado pensar que se le va a acabar la resiliencia ahora mismo.
El segundo caso es el que aterra: es la posibilidad de que se acaben los días en que se disfruta de estar en Japón o de visitarlo con la nostalgia, la maldición del olvido.
Siempre es necesario tener claro que mi relación con Japón, y creo que la de cualquier persona en un país que le acoge, se forma de escalones.
Espero no cansarles con este corto apartado biográfico: antes de llegar a Japón conocía tanto de este país como de Francia, Moldavia o Nigeria, y cuando supe que iría con un equipaje grande tampoco hice el intento de estudiarlo, no tenía razón para aparentar que sabía a dónde iba.
El siguiente escalón es el que suele acompañar a un turista: novelería, despreocupación, perplejidad. Pero el turista absorbe lo justo porque sabe que el tiempo se le acaba rápido, que en unos días ha de estar sobreponiendo otras sorpresas o se dejará estar en su rutina.
La próxima, la que siguió, fue una ruta escabrosa, difícil, dejar de se turista y comenzar a ser ciudadano. Es decir, aprender los pequeños protocolos cotidianos para volverse parte de la sociedad que acoge. Abandonar el fastidioso “Es que en mi ciudad la cosa se hace así” e integrarse a las formalidades de la convivencia diaria (Japón es fascinante en este punto, una sociedad ahíta de formas auténticas, únicas y vastas). En este trance, además, se comienza a husmear en pestillos y cerraduras con la intención de trasponer la fachada, con mucha emoción y algo de aprehensión, arriesgarse a tantear el alma de una nación, donde están guardados siglos de avatares.
Luego, un escalón más arriba, ya se produce una integración orgánica. Es entonces inevitable preguntarse si habría compatibilidades suficientes para abrazar al Japón e instalar residencia por que tiempo que queda (o que falta). Ese es el punto de quiebre cuando queda bien impreso en el alma un país (que no es el país, desde un punto de vista personal son la cultura, la identidad y la sociedad).


 
“¿Y por qué me seduce tanto este lugar lejano y distante (lejano en distancia y distante en cultura?). Las guías de turismo hacen listas de las cosas inolvidables de Japón, pero no necesariamente coinciden con mis argumentos.
Apreciar. Esa es la primera palabra que tengo en el corazón, hay la posibilidad de aprender a apreciar pero, además, hay las condiciones para practicarlo. Por principio, siempre respetan el espacio ajeno y ese no inmiscuirse da la libertad individual para quedarse de pie en la mitad de la acera mirando cómo los pétalos de las flores de sakura se dejan estar en el viento y descienden acariciando la nada.
Luego, no mostrarse alegre y sonreído no es sinónimo de un estado negativo. La nostalgia no está asociada a la infelicidad, dejar de sonreír no se interpreta como un síntoma de enfermedad, pesadumbre o estado dañoso. A pesar de que en pocos lugares del mundo se sonríe tanto y hay tanta predisposición para hacerlo, es excepcionalmente común acariciar la nostalgia con una ternura tibia y es recomendable aprender a hacerlo.
Las artes, en uno de sus ángulos, reproducen la realidad. Evangelion, el anime de culto, juega con personajes que son una extrapolación que mantiene fidelidad en el contenido, aunque distorsiona el continente. El silencioso estar, el vacío de la mirada de Ayanami Rei, la sonrisa sin gesto, el valor sin límites, la nostalgia contenida, la sincera manera de ocultarse. Este personaje es capaz de mostrar el fascinante espacio que ocupa el interior de personas que suelen sentirse más a gusto consigo mismas.
Que no se acabe nunca el Japón del sonido de la katana, el murmullo áspero de la hoja que llena con paciencia la vaina, ese como graznido que es más parecido a un pincel patinando sobre el papel de arroz que a la fricción de metales; cautiva la suave brisa del metal que se aduerme en su castillo de bambú.
Los cascabeles de los templos, el tintinar cuando un feligrés toma la larga cuerda y la sacude para llamar a los dioses y entregarles las ofrendas. Los cascabeles están colgado frente al altar de oración, el pío se detiene bajo ellos, hace una reverencia profunda, mueve con fuerza una cuerda atada a los cascabeles que cantan un sonido sin eco, opaco; el pío aplaude dos veces y ora. El ritual sin pompas, el techo del templo que quiere aplastarlo todo contra la tierra para regresarlo al origen, el barullo del mundo, el susurro de la oración, el sandalias de madera que teclean andares pausados, la tersura de los quimonos multicolores. Los latidos de los corazón se relajan indefectiblemente.
Que no se acabe el Japón de la quietud. La parafernalia de la modernidad en las calles de urbes futuristas cuya naturaleza multicolor se suspende en un estado de quietud al cambiar una avenida bullente por una callejuela contenida o por una jardín con una armonía desordenada.
El paisaje de las montañas enhiestas que se suceden sin orden y que en cada capa pierden un poco de verde, ganan un tanto de gris y se tiñen, las más lejanas, de un negro que parece la boca de una caverna que conduce al cielo. Todo este concierto se asienta en las olas sucesivas del mar que juegan a contagiar sus grises con los del cielo.
Que no se acabe el Japón que desnuda los límites del idioma, que es capaz de colocar a un persona en medio del vacío para dejarle mustia de palabras, para enseñarle que no todo hay que verbalizar, que lo que se puede contar es poco frente a lo que se debe callar.
Por más que he mirado no he encontrado el final de la escalera y cada grada se muestra misteriosa y cabal. Por ahora, no quiero encontrar el final y, de verdad, espero que no se acabe nunca Japón, en la presencia y en la nostalgia.

Volveré con ustedes y otras tantas historias

sábado, 25 de junio de 2016

Ōe & Ōe


Vengan, siéntense por aquí, esta historia me ha conmovido siempre.

En 1994, en Estocolmo, un japonés de lentes redondos desistió, por un momento, de hablar de la literatura, el arte sobre cuyas alas llegó a la cima.
En el discurso de orden leído frente a los invitados especiales a la entrega de los Premio Nobel, el escritor Kenzaburo Ōe dijo lo siguiente:
“Cincuenta años atrás, cuando vivía en lo profundo del bosque, leí The Adventures of Nils y me sentí entre dos profecías: una era que algún día iba a lograr entender el idioma de los pájaros; la otra era que un día iba a volar lejos con mis queridos gansos salvajes, preferentemente a Escandinavia.
“Después de casarme, nuestro primer hijo nació con una discapacidad mental. Lo llamamos Hikari, que significa ‘Luz’ en japonés. De bebé, él solo respondía al canto de los pájaros salvajes y nunca a las voces humanas. Un verano, cuando él tenía seis años, estuvimos en una cabaña en el campo. Él escuchó a un par de rascones (Rallus aquaticus) cantando desde el lago debajo de un naranjal, y dijo con voz de comentarista de documental sobre aves: “Esos son los rascones europeos”. Esta fue la primera vez que mi hijo pronunció palabras humanas. Esa fue la forma con la que mi esposa y yo comenzamos a comunicarnos con nuestro hijo de ahí en adelante.
“Hikari actualmente trabaja en un centro de entrenamiento vocacional para discapacitados, una institución basada en ideas que aprendimos en Suecia. Al mismo tiempo, ha estado componiendo piezas musicales. Los pájaros fueron los generadores y mediadores en la composición de su música humana. En nombre mío, Hikari debe cumplir la profecía y algún día entenderá el lenguaje de los pájaros. Debo decir que mi vida hubiera resultado imposible sin mi esposa y su abundante fuerza y sabiduría femeninas. Ella fue la verdadera encarnación de Akka, la líder de los gansos salvajes de Nils. Junto a ella hemos recorrido Estocolmo y la segunda profecía también, para mí máximo deleite, ha sido cumplida”.

 Hikari Ōe nació con discapacidades que los doctores vaticinaron que no superaría, el panorama era sombrío al extremo de que les sugirieron a los padres que era mejor dejarlo morir.
Prefirieron el camino de una cirugía que le salvó la vida pero le provocó discapacidad visual, retraso en el desarrollo, epilepsia y una pobre coordinación de movimientos. También tenía una capacidad limitada para hablar.
Kenzaburo se propuso convertirse en la voz de su hijo. Fue la voz de Hikari en toda la literatura que escribió con la consigna de dejar de hacerlo el momento que su hijo desarrolle la capacidad de expresarse por sí mismo.
En 1995, un año después, se editaron dos discos compactos con composiciones de Hikari: Music of Hikari
Ōe, volúmenes 1 y 2.
A este respecto, su padre escribió:
“Me siento horrorizado cuando me detengo a pensar en lo que podría haber sucedido si mi hijo Hikari nunca hubiera escuchado música: lo que se ha convertido en la parte más esencial de su vida diaria no habría tomado forma en su interior.
“Por otra parte, bien podría haber sido imposible para nosotros, su familia, superar las muchas dificultades que hemos enfrentado. Siento esto con inmediatez convincente cuando miro hacia las últimas tres décadas con Hikari, que ha debido vivir estos años con una discapacidad mental.
“Hikari nació con un desarrollo anormal que pronto fue removido quirúrgicamente de su cabeza en una operación difícil. Sin embargo, aunque el retraso mental de Hikari quedó de manifiesto a partir de entonces, su cuerpo siguió creciendo en su cuna, como cualquier otro niño sano. Su joven madre escuchó con frecuencia música de Mozart y Chopin, principalmente para protegerse de la ansiedad que le provocaba el niño. Mirando hacia el pasado desde una perspectiva de presente, parece que el bebé debe haber escuchado con atención esta música.
“Hikari finalmente tuvo la suerte de encontrarse con un profesor de piano que le dio la oportunidad de descubrir la alegría que existe desde la creación de la armonía y la melodía. Un día nos mostró su primera composición, escrita con notas de cola larga se asemejaban a los brotes de soya, y pudimos maravillarnos ante este desarrollo sorprendente.
“Fue después de varias presentaciones de su música interpretada por amigos talentosos que comenzamos a entender exactamente lo que la composición musical significaba para Hikari. De no haber compuesto, seguramente nunca habría sido capaz, en ningún momento de su vida, de transmitir de manera rica, profunda, cristalina y radiante el mensaje contenido en esta música. Por nuestra parte, si Hikari no hubiera compuesto nunca nos habríamos dado cuenta ni habríamos podido siquiera imaginar la sensibilidad que poseía. Ni habríamos entendido el alcance de lo que podríamos haber obtenido de este mundo y entendido de que se habría reducido de manera significativa. Siento que habríamos perdido la percepción de algunos de los más importantes y humildes aspectos del significado de la vida humana.
“Hikari continúa viajando todos los días al Instituto de Bienestar y pasa la mayor parte del tiempo restante escuchando música. He pensado a veces que no ha habido acumulación de tiempo histórico en su vida, porque nunca he oído expresar con palabras sus recuerdos del pasado. Pero es evidente que a partir de las composiciones de Hikari la historia vive en su interior: una sola pieza expresa sus sentimientos al médico a quien más ha amado y respetado, otra pieza alude a separarse de un amigo discapacitado. Sin embargo, otras piezas aluden a la luz del sol con la que él, su hermano y su hermana se bañaban en una cabaña de montaña en el verano, y también de la nieve que cae.
“El ámbito de la expresión de Hikari ahora se extiende más allá de nuestra casa. Se está moviendo hacia lugares inesperados y distintivos, y está encontrando su resonancia en un área cada vez más amplia. Estamos experimentando una vez más la alegría de un profundo misterio”.
 
Kenzaburo consideró que su hijo había desarrollado la capacidad de expresarse por sí mismo y anunció que dejaba la literatura. Pero los lectores no se lo permitimos. El mundo necesita que Kenzaburo escriba y Hikari componga, Ōe & Ōe.

(Puede escuchar música de Hikari si activa este vínculo).

Nos encontremos pronto, ¿les parece?

viernes, 13 de mayo de 2016

Las delicias de las diferencias culturales

Abrazos cordiales, les saludo con el mayor afecto. Hoy he preparado empanadas, mientras salen del horno podemos conversar un poco.

He visto un par de veces un chasco que me divierte y que es la caricatura de un choque de culturas. No provoca contusos ni daños a terceros pero puede ser una de las muestras más amigables de lo diferentes que pueden ser las culturas, sus ambiciones y las chapucerías que brotan de la novelería.
Un japonés intentará saludar con la mano a un occidental para provocar que se sienta como si estuviera en su país, en su casa. Un occidental hará un venia para actuar como los anfitriones. Darse la mano y hacer una venia al mismo tiempo provoca con frecuencia un choque de cabezas y unas sonrisas avergonzadas. Las culturas han colisionado.
Para los apurados, más abajo están los casos prácticos. Para los más, vale decir que los occidentales tenemos más o menos la misma manera de actuar en el mundo, nos parecemos bastante y si algo no lo sabemos con exactitud lo intuimos, hay pocas sorpresas.
En el Japón, por su historia (este extracto puede ser útil) y por el camino que escogieron en la historia las formas, los protocolos, los símbolos y la expresión cultural crean diferencias importantes.
Es importante decir que en general, por ese principio de que solo se puede creer en lo que es demostrable mediante un proceso lógico, los occidentales no entendemos por qué los nipones son así (a ellos debe sucederles lo mismo). Japón es un país antiguo, ha moldeado un sociedad compleja y eventualmente un japonés no podría explicar ciertas partes de su identidad que ha sido heredada y matizada por el tráfago de los siglos.

Estos pensamientos previos tratan de explicar por qué dos seres humanos, un occidental y un japonés, dotados del mismo equipamiento físico y espiritual pueden desconocerse tanto y por qué, en último término, se escriben estas palabras.
Con más furza en el último cuarto de siglo, se ha disparado la necesidad de conocer, la curiosidad ha dejado de satisfacerse en los libros. Es llamativo un estilo de hacer turismo: llevar con una severidad despiadada el decir popular de “a donde fueres, haz lo que vieres”. Hay los que llegan y harán todo lo que hayan leído, les hayan contado o miren por sí mismos para parecerse a sus anfitriones, para reflejar en sí mismos una naturaleza que les es ajena; el resultado suele ser grotesco, esa es una colisión, esta especie de asalto a la cultura ajena es una falta de respeto; la cultura no se absorbe solo con vestir un traje típico, aprender tres palabras básicas y demostrar cierta destreza para comer con palitos. Hace falta humildad, la conciencia de saber que en un tiempo corto se podrá tener una cantidad limitada de experiencias.
El Japón, los japoneses muestran con orgullo una característica que es muy suya: los protocolos. Tienen muchos y para todo, ritos de tonos nimios que, en la práctica, son marcas para diferenciarse de quienes no nacieron en el archipiélago o, visto del lado opuesto, son señales sutiles con las que se identifican con los suyos. Queaceres cotidianos que tienen origen humano y divino.
Algunas de estas notas originales suceden, en muchos casos a los recién llegados les toma un tiempo reconocer que son expresiones de identidad y que están ahí porque es el lugar y el tiempo en el que tienen que estar.
• Hay pocos países en el mundo en los que se destila tanta amabilidad. Como buenos occidentales, podemos llegar a pensar que hay una intensión malsana detrás de ese excesivo “ser buena gente”. Pero no, son cordiales, amables, esencialmente afables. Todo aquel que ha viajado a Japón tienen una historia acerca de esto: apenas con señas se da a entender a un mujer que necesita llegar a una dirección y ella es capaz de tomarle del brazo y llevarle hasta el mismo sitio. Es como una necesidad de proteger al otro, ayudarle inclusive en contra de las necesidades propias. La cortesía es general, si alguien ha de estar un tiempo reducido, déjese mimar; si su estadía se prolonga puede aprender, no hace daño.

• Así lo intente con mucha disciplina, cuando camina por las calles no le mirarán a los ojos. A lo mejor en algunos lugares de esta esfera azul y verde que habitamos no mirar de frente sea un señal negativa pero en el país del sol naciente no tiene ese significado. Hay dos razones: son tímidos, por un lado; y, luego, desean que se respete su espacio individual, mirar a los ojos puede ser tomado como un mensaje de que su interlocutor está permitido de entrar a esa zona íntima.

• Por esa misma razón, pero por otras más también, no tienen contacto físico. La costumbre tan latina de estrechar las manos, abrazarse, darse algún golpe de confianza en el brazo, saludar con beso son extrañas en Japón y no conviene practicarlas. Nuevamente, es una invasión de un espacio ajeno. Si entre ellos no se topan, que un desconocido lo haga es tanto peor. Hay que tomar buena nota de que es posible que durante un momento distendido entre tragos se abracen, pero que no se crea que ese antecedente marca un comportamiento diferente para el resto del tiempo.

• Son respetuosos. Y, por eso, son ordenados. En pocos lugares como en este país las personas sienten que todo el resto las respeta. Y porque son respetuosos son educados, harán fila para subir al subterráneo o al bus, cederán el paso, no hablarán por teléfono en el transporte público, no arrojarán basura, no harán nada que pueda indisponer a otras personas que están haciendo lo mismo. En el último mundial de fútbol los hinchas de los “samurái azul”, como llaman a su selección, sorprendieron a todos cuando limpiaron las gradas en las que habían estado durante el partido.

• Una de las reglas principales es la confianza. Las personas harán las cosas bien, esa es su naturaleza, a veces piensan (y muchas se equivocan) que todo el mundo es como ellos, que la vida se sustenta sobre gestos permanentes de confianza.


• En la naturaleza del japonés está evitar cualquier conflicto. Por eso no reclamarán cuando algo les parezca incorrecto. Si usted mira una fila de usuarios que esperan el metro y alguien se cola puede apostar a que el inculto no es japonés y que los que sí son japoneses no le reclamarán; pero tampoco seguirán ese ejemplo negativo.

• Son muy tímidos, mucho, de verdad. Es posible que haya un lugar desocupado en el transporte público y que nadie se anime a sentarse al lado de un extranjero. No es que piensen que tiene una enfermedad contagiosa, sino que temen, por ejemplo, que el extranjero quiera preguntarles algo o intenten iniciar una conversación sobre un tema para el cual no están preparados para hablar, eso es demasiado para ellos. Esta timidez se sentirá menos en las grandes ciudades y más en los pequeños poblados.

• Hay una frase en el Japón que va más o menos así: “Si llegas diez minutos antes de tu cita estás a tiempo. Si llegas a la hora de la cita estás tarde. Si vas a llegar diez minutos después mejor no ir”. La puntualidad es una marca nacional, en todo y para todo. A lo mejor debería entrar en el título del respeto, pero es tanto el énfasis que le dan a la puntualidad que merece estar aparte. Los medios de transporte, los horarios de los museos, las citas, todo se cumple exactamente cuando está planificado, de manera que todo se puede planificar, es como que les gusta ser eficientes con el uso del tiempo.

• Con frecuencia llama la atención que no se ven cestos para basura en las calles. En las mayoría de ciudades no hay, a pesar de lo cual las calles y las aceras están perfectamente limpias. Está muy arraigado el sentido de cuidado personal y de limpieza de las áreas comunes. Sin necesidad de que nadie lo pida, el ciudadano mantendrá limpia su acera (pero no con la técnica de dejar el polvo en la acera del vecino). Esta es una muestra de cultura pero también una acción de beneficio social. La cantidad de basura que genera diariamente el país es inmensa, los ciudadanos han tomado una parte de la responsabilidad y por eso llevan la basura a su casa donde la clasifican; ayudan a limpiar en vez ensuciar los espacios públicos.

• Son honestos. Bueno, lo anterior es una manera de decir que es un país muy seguro, con un muy bajo nivel de delincuencia. Significa también que si encuentran algo en la calle se asegurarán de que llegue a manos de las autoridades para que inicien el proceso de devolución. El principio es que nadie tiene derecho de tomar algo que es ajeno.

• Cuando se pisa suelo japonés hay que olvidarse por completo de las propinas. ¿Pero en el resto del mundo son casi obligatorias? Pues sí, pero no en el archipiélago nipón. El mesero, el taxista, el botones, todos son trabajos por los cuales reciben un salario. Harán todo lo posible por cumplir sus obligaciones con la mayor calidad posible a cambio de ese salario, la propina no es un dinero que les pertenezca. Se ha visto a propietarios de restaurantes perseguir por cuadras a turistas para devolverles una propina que dejaron en la mesa y por nada del mundo se quedarán con ella.

Lo dicho, con respeto se puede lograr que ese choque cultural se nada más que una caricia de la cual se beneficien todos. Hay pocas cosas más reconfortantes que descubrir culturas ajenas y respetarlas tanto como nos gusta que lo hagan con las nuestras.

Nos vemos pronto, vengan por aquí cuando quieran.

martes, 29 de marzo de 2016

Las flores de fuego rasgan la noche

Estoy feliz de volverles a ver. Les traigo cuentos de fuego, esperanza y colores. ¿Comenzamos?


El verano y el fuego del cielo son inseparables en Japón. No se puede entender la estación calurosa desprendida de las flores de fuego. Hanabi, ese es el nombre japonés de los fuegos artificiales; otra vez, el inmenso valor de lo efímero.
Como suele suceder en este país que respeta tanto las tradiciones del pasado como las perspectivas del futuro, nada sucede en pequeña escala, menos aún la diversión y cierto recogimiento que provoca esta fiesta.

Foto cortesía de Ayumi Miyamura
Según la Oficina de Turismo de Japón, en el país se realizan unos 7.000 hanabi al año. De manera que no es exagerado decir que en verano el país revienta en estrellas. Una muestra de la asociación del estío con los hanabi es que en Año Nuevo, que es considerada la fiesta más importante del país, no se usan los fuegos de artificio.
Cada uno de los miles de festivales son populares, en cada pedazo de cielo donde revienta esa especie de polvo de estrellas habrá cientos de japoneses que festejen con lágrimas la maravilla de las pinceladas efímeras con las que se dibuja el cielo de la noche.
Hay, sin embargo, dos que son más notorios: el primero sucede en las orillas del río Sumida, que atraviesa Tokio. Unas 800.000 personas se agolpan alrededor del eje del festejo, no queda en el barrio de Asakusa un lugar que no se use como una butaca para mirar las cerca de dos horas de espectáculo. Sucede como hace siglos.
La historia es extraña. Los fuegos pirotécnicos se inventaron en China, viajaron por la Ruta de la Seda y llegaron a Inglaterra. Los japoneses, vecinos de los chinos, los vieron por primera vez gracias a que se los mostraron unos ingleses. Eso sucedió en 1613 y desde ese entonces se los usa con fervor.
Al rededor de 1730 Japón sufrió debido a una hambruna terrible, se calcula que perdieron la vida cerca de un millón de personas. En ese entonces, el sogún Yoshimune organizó un hanabi a orillas del río Sumida para expresar sus respeto por quienes murieron y para alejar espíritus diabólicos, fue una oración fúnebre que, sin embargo, no tuvo, no tiene aún, un sentido de lamentación.

Foto cortesía de Miki Enomoto
Ayumi Miyamura, una voluntaria que ha trabajado por años en Ecuador, afirma que “Debido a estas catástrofes se presentó el primer hanabi, como una esperanza de vida. Gradualmente adquirió el significado de sentir la muerte de las víctimas provocadas por nuestras guerras y desastres que hemos vivido”. Pero desde la perspectiva de un canto por la paz y por la esperanza.
En los alrededores hay dos batallas que se libran con tenacidad y con mucha alegría. La primera es la de los fabricantes de los hanabi. A pesar de que históricamente la supremacía de los mejores la disputaron dos familias, ahora hay muchos que durante décadas han experimentado, innovado y mejorado para producir los que son, por ahora, los más espectaculares del mundo.
En la noche de verano en la que se lanzan al cielo las luces alrededor de Asakusa, según versiones oficiales, en las aproximadamente dos horas que dura el festival, explotan más de 20.000 cascarones con pólvora, color, oraciones y esperanzas.
La imagen muestras las varias capas de las que están formados los cascarones, de manera que puedan realizarse explosiones sucesivas controladas. La mayoría de estos cascarones con un poco más pequeños que una pelota de fútbol pero se ha llegado a lanzar esferas de 1,2 metros de diámetro.
Sin embargo, el festival del río Sumida debe enfrentarse a las limitaciones que imponen el crecimiento urbano. Por eso, en Tokio comienza a ser muy popular el hanabi de la bahía de Tokio: mucho más espacio para muchas más personas.
Una segunda batalla que se libra cuando existen las presentaciones de flores de fuego es la del mejor lugar para ver (y fotografiar). La atracción secundaria es la atmósfera de relajamiento que envuelve a la fiesta: siempre hay un equipo de avanzada que se toma una parcela; se toman, metro a metro, todos los lugares disponibles en calles y parques, colocan una lona y los alrededores de la zona de disparo se llena de retazos. La gente llega con sus yukata (quimono de verano), con abanicos, llevan comidas, bebidas y juegos suficientes para aguantar las cinco o seis horas que deberán esperar, abrazados por el sopor del estío tokiota.
Como tiene que ser en cualquier festival, alrededor se amontonan también los puestos de comida que ofrecen yakisoba (tallarines salteados), yakitori (brochetas de pollo) o takoyaki (bolas de pulpo a la plancha), artesanías, chucherías, recuerdos, ventiladores de mano, sombrillas, Y claro, las jidohanbaiki, las máquinas de bebidas que expenden desde agua sin gas, café frío, té verde en cantidades importantes e, inclusive, cerveza y nihonshu.
Este encuentro en muy importante en términos de convivencia, mucha gente pacta en ese momento con sus amigos asistir juntos al hanabi del año siguiente. Se gasta el tiempo de diferentes maneras hasta que se hace la noche y se hace el hanabi.
Ayumi Miyamura cuenta que “Para mí hanabi es una experiencia conmovedora. Cada año admiro una obra de arte más emocionante de lo que podría imaginar. Nosotros sentimos gran alegría cuando vemos algo desconocido, el hanabi siempre me da este tipo de alegría y esta alegría me lleva a esforzarme cada día más”.
(Ayumi Miyaura impulsa un proyecto para presentar un hanabi en Quito, Ecuador, a propósito de la celebración del centenario de relaciones diplomáticas entre Japón y Ecuador. Los detalles se pueden encontrar si se pulsa aquí).

Foto cortesía de Miki Enomoto
Al principio de este artículo se mencionó dos festivales especialmente notorios y se ha relatado ya los detalles del que se realiza alrededor del río Sumida en Tokio. Vale decir que en el segundo, los protocolos se parecen: la gente, las yukata, la comida, la fascinación.
Es la Competencia Nacional de Fuegos Artificiales (que en japonés se llama Tsuchiura Hanabi Taikai), que se realiza en la prefectura de Ibaraki. Dos horas completas de fuegos artificiales en las que cerca de cien artesanos de todo Japón muestran sus mejores trabajos para obtener premios y reconocimiento.
Es un espectáculo diferente porque en este evento se compite por la creatividad, hay que romper las reglas. En esta competencia se evitar calificar las mejores formas esféricas sino las diversas innovaciones que se puede realizar. Solo en este evento se puede admirar la aparentemente imposible competición de “fuegos artificiales diurnos”.
También se han producido espectáculos que fusionan música con hanabi. Hace poco se llevó a cabo una presentación en un estadio de baseball que fue visto por un millón de personas. También es famosa la pirotecnia en el puerto de Yokohama, cientos de miles de espectadores asisten y gozan las presentaciones de los más connotados fabricantes.

“Para nosotros, hanabi es una flor que brota en el firmamento, es un arte. Nosotros nos divertimos viendo las presentaciones (la nueva obra de este año, la calidad de hanabi y la manera de la presentación, etc.) incluyendo un show”, dice Ayumi Miyamura..
A tal nivel de desempeño han llegado los cascarones, preparados por expertos, que por momentos no queda claro si son millones de lápices de colores que dibujan puntos, crisantemos, peonías, cascadas, cometas, torbellinos en el firmamento o es que la pasión de los japoneses por la belleza logra rasgar el manto de la noche y abrir boquetes a nuevos soles, a nuevos cielos.


P.D.: Pueden dejarse estar durante 45 minutos con el video del festival de Yokohama de 2015. El video fue publicado por Lenny Sharp en agosto del ese año.

No se demoren mucho en volver.

viernes, 26 de febrero de 2016

Hacer mejor, la revolución competitiva de Japón

Ya llegaron, que bueno verles, nos hemos alejando un poco, pero ya es hora de volver a hacer lo que nos gusta.

Imaginen un taller en el que un operario trabaja con unos destornilladores que penden del techo. Cada vez que lo usa, la herramienta se mueve de un lado para el otro; la siguiente vez que deba usarlo, unos segundos después, tiene que, literalmente, cazarlo.
Un trabajador notó que esto le quitaba tiempo y, por ende, era menos eficiente. Entonces, colocó un cordel elásticos de manera que el destornillador se movía sin esfuerzo pero luego de usarlo volvía a su lugar.
Esta sencilla innovación, según los expertos, le permitió a la empresa ahorrar unos 200 minutos al mes. Y si eso parece una nimiedad, vale decir que la empresa que hizo esto mejoró muchas otras cosas, las innovaciones funcionaron y ahora es un negocio lucrativo.
En Japón, donde se inventó y se ha desarrollado este método de mejora competitiva, se le conoce como kaizen, palabra que significa, literalmente, "cambio para mejorar"; occidente encargó su propia traducción: “mejora continua”.
Una actitud profundamente kaizen es, por ejemplo, disponer las herramientas en un orden lógico. Es decir, la que más se usa estará más cerca, pero todas tendrán un lugar específico, no se puede perder el tiempo buscando la herramienta adecuada.
Ahora, imaginen a todos los talleres de Japón haciendo lo mismo y al sistema empresarial del archipiélago comprometido con este sistema que lograr ahorrar tiempo y evitar el desperdicio. Este es uno de los sistemas que convirtieron al Japón de unas islas asoladas por las bombas lanzadas por Estados Unidos a la segunda economía más grande del mundo, en el tiempo récord de cuatro décadas.
Terminada de la II Guerra Mundial, Japón comenzó a rehacer su país con el dinero que le prestó el vencedor. Los problemas industriales eran serios y se creó una junta de científicos e ingenieros que propusieran la manera de tener productos que puedan competir mejor en los mercados internacionales. La reconstrucción demandaba de recursos millonarios.
Para lograrlo, las empresas tenían que escudriñar mucho en los procesos, de manera de lograr que el precio de los productos fuera el menor y la calidad la mayor. La junta mencionada invitó a dos expertos estadounidenses en mejoramiento de procesos.
El kaizen se volvió una revolución a partir de lo que hizo Toyota. Ahora se lo llama “toyotismo” y tiene cinco aristas en las que basa su mayor eficacia, los cinco ceros: cero error, cero avería (rotura de una máquina), cero demora, cero papel (disminución de la burocracia de supervisión y planeamiento) y cero existencias.
Esto último tiene que ver con el que hasta ese momento se creía que era el sistema de gestión más eficaz del mundo, conocido como el “fordismo” (el que se utilizaba en la fabrica de Ford). Toyota decidió fabricar solamente bajo pedido, de manera que no necesitaba una bodega, se elaboraba lo que ya estaba vendido.
Entonces se produce una explosión industrial y los productos “Made in Japan” se tomaron el mundo. Sin embargo, no hubiera sucedido a menos que hubiera mediado un factor adicional.
La fidelidad. Los trabajadores profesan un fidelidad extrema por su empresa, saben que cuando son aceptados en una vivirán para ella hasta que deban jubilarse. Luego, no se puede olvidar que la estructura empresarial prevé empleados multifuncionales, quienes desarrollan las actividades que sean necesarias; el director de una empresa puede limpiar los pisos, si eso es lo que se necesita para que la compañía esté bien.
Y luego, las opiniones de los trabajadores, sus puntos de vista acerca de la menaera de mejorar los procesos productivos es clave. Es decir, si es que se analiza cómo reducir los costos de los neumáticos en la flota de distribución de una empresa, los primeros en estar en el proceso son los conductores, ellos saben qué hacer. La clave de la competitividad está en los trabajadores.
El señor Yoshimasa Fukusawa, de la compañía Fukusawa Denko, declaró al medio digital Web Japan que “Nuestros empleados piensan siempre en maneras de mejorar el flujo de trabajo revisando los procedimientos para dar dos pasos en vez de tres, usar cinco segundos y no diez. Son pequeñas mejoras que suman un gran resultado, esto es kaisen”.
Hay ejemplos que van más allá. La empresa Sunaqua Toto contrata a muchos trabajadores que tienen alguna discapacidad. Sucedió alguna vez que las cosas, tal como estaban, generaron dificultades para su trabjo, por ejemplo la altura las mesas de trabajo para quienes asistían en sillas de ruedas. Colocaron unas gatas para automóvil que permiten regular la altura de las mesas, gracias a una idea de Toshiyuki Masatsugu. Él dijo que “Uno siente que ha logrado algo cuando se le ocurre una nueva técnica como esta. Disfrutamos pensando y colaborando con todos para hacer nuestro trabajo mejor”. Su jefe, el señor Kenichiro Hijikata, agregó “A menudo una idea para facilitar el trabajo con personas con discapacidad lo simplifica para todos”.
A pesar de que se piense que ser competitivo depende de contratar a expertos que hagan estudios superespecializados, la solución en Japón es mucho más simple. Es kaizen, un cambio para mejorar.
Con la mesa regulable los discapacitados se sintieron más cómodos, la comodidad empujó la producción: productos de mejor calidad elaborados con menos desperdicio.
Esta última palabra, desperdicio, es clave para entender el kaizen: desperdicio de tiempo.
Es un asunto cultural: mientras están trabajando, los japoneses hacen una sola cosa: trabajar. Tratan de ser los mejores y se retan permanentemente para que todos sean los mejores. El sentimiento de pertenencia a la empresa en la que trabajan hace que estén permanentemente preocupados de que las cosas cambien para bien. Es como si todos los días frente al altar shintoísta dijeran: “hoy fue un día mejor que ayer pero peor que mañana”.
(La cultura latina es muy diferente. Se ve por todas partes que los trabajadores hacen esfuerzos lícitos y no tanto por trabajar menos. Si algo no está bien, le reclamarán a sus jefes, pero nunca sugerirían como mejorarlo. Por otro lado, los jefes confiarán más en las opiniones de su junta directiva que de los obreros que se pasan el día lidiando con los procesos. Se necesita ser japonés para tener kaizen, es un asunto de identidad).
Esta es una lección de actitud nacional por el desarrollo muy importante. Mejorar continuamente aleja el fantasma de la perfección que, para estos fines, es más un estorbo que una aspiración.
En definitiva, se trata de eliminar todos los elementos innecesarios para alcanzar reducciones de costos y, de esta manera, cumplir con las necesidades de los clientes a los precios más bajos posibles.

Es bueno estar con ustedes. Ojalá se repita mucho y pronto.

viernes, 8 de enero de 2016

La alegría cantada por 10.000 voces

Hola. Beethoven, la I Guerra Mundial, el Himno a la Alegría. ¡Uf! Esto parece una mezcolanza, pero no lo es. Siéntense, me demoro muy poco.

Cuando el re menor retumba ,10.000 cuerpos se levantan de sus sillas. La voz del barítono Eijito Kai se apodera a la fuerza hasta de los espacios llenos del enorme recinto. Ha comenzado.
El coro final de la Sinfonía No. 9 de Beethoven cubre el sol de Osaka, Japón. Sin el menor desparpajo, millones de japoneses muestran la alegría en su rostro; sucedió igual en 1982 cuando se estrenó formalmente por primera vez; pasó en 1940 cuando se celebró el aniversario 2.000 de la fundación de Japón; y, fue muy parecido a la más modesta primera interpretación que origina esta historia, en 1904.
En diciembre, por 28 años consecutivos, se presentó el Daiku. De esta manera cariñosa le llaman los japoneses a la Sinfonía No. 9 de Beethoven. Daiku tiene dos significados: carpintero y noveno. Pero, en estas trampas que colocan los idiomas ideográficos, el trazo de la palabra noveno está muy cerca de “gran mérito” y “orden supremo”.
El Daiku está asociado a eventos que terminan por provocar una sonrisa. En 1904, durante la I Guerra Mundial, el ejército de Japón, debido a una alianza militar con Gran Bretaña, detuvo a soldados alemanes en China. Y los llevo a un campo de prisioneros en una localidad cercana a Osaka.
Los infelices alemanes se encontraron felizmente con un jefe de prisión cuyo padre había sido samurai y entendía muy bien el concepto del trato digno de los prisioneros.
Sucedió que se les permitió organizar una orquesta, les entregaron los instrumentos, los presos y un grupo de lugareños interpretaron, por primera vez, el Daiku en Japón. Fue un suceso, fue mucho más que un grupo de presos cantándole a la alegría. La palabra que se usó entonces fue “conmovedor”.
De hecho, se estableció una relación conmovedora entre Beethoven y el Japón, a tal punto que fue la música principal que se interpretó, luego, para celebrar los 2.600 años de fundación del país (los registros indican que el primer emperador del Japón se instaló en el 660 a.C.).
Luego, “En 1983, MBS pidió a sus empleados aportar ideas interesantes para celebrar la gran apertura de la Sala de Osaka Castle Hall, la sede del evento. A uno de los empleados se le ocurrió la idea de que 10.000 personas se reunan a cantar la Novena de Beethoven”, informa Josuke Arai, productor de MBS.
Mainichi Broadcasting System (MBS) es el principal medio comercial de la región de Kansai (donde se ubica Osaka) y tiene una audiencia de los 22 millones de espectadores. Osaka Castle Hall es un enorme teatro que está junto al Castillo de Osaka, una construcción histórica espléndida.
Ahí se estableció la principal, y más interesante, regla del Daiku: los cantantes debían ser no profesionales. Todos estos cantantes son aficionados.
“Cada año, cerca de 14.000 personas de todas las clases sociales aplican para el evento. Con esas aplicaciones se seleccionan 10.000 cantantes. Las solicitudes llegan de todo Japón, pero principalmente de la región Kansai y Tokio”, advierte Arai.



La pasión por Beethoven

Eijiro Kai canta “Freunde!” (¡Alegría!) y 10.000 voces, en vivo, responden con la misma palabra. La misma intensidad. Con Beethoven que les recorre por los poros.
Es, sin duda, el autor preferido del país. Tanto, que es tradicional, el 31 de diciembre, la llamada “Marathón de Beethoven”: se interpretan las nueve sinfonías en seguidilla, desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche. El auditorio siempre está lleno.
Arai precisa que “No hay duda de que Beethoven es uno de los compositores clásicos más conocido para los japoneses. Sus obras musicales se utilizan con frecuencia televisión, radio, anuncios publicitarios, etc, aunque la asistencia a los conciertos no es tan común, supongo que la mayoría de japoneses cree que la música clásica es difícil de entender”.
La presentación del Daiku de 2011 fue especial. Si hizo una conexión satelital para integrar a 200 cantantes de la región de Sendai, la que recibió los garrotazos del terremoto, el tsunami y la crisis de la contaminación nuclear del año anterior.
En el Osaka Castle Hall se juntan los 10.000 cantantes y queda espacio para unos 7.000 espectadores. La entrada al concierto cuesta algo más de USD 50 y los asistentes pueden cantar con el coro una parte específica de la obra. "Yo no entiendo todas las palabras", dijo una niña de 9 años de edad a un programa de televisión. "Sólo repito los sonidos".
Desde el principio, este evento ha sido patrocinado por Suntory, un imperio industrial dedicado a las bebidas alcohólicas y alimentos, una empresa que factura más de USD 1.000 millones al año y que tiene una activa presencia en muchos eventos culturales.
La orquesta es la suma de varios músicos de diferentes grupos que se reúnen exclusivamente para este evento. Los cantantes tienen prácticas permanentes durante 4 meses antes del concurso.
El Daiku es la única composición musical considerada por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad pero, por todo lo dicho antes, esta versión es conmovedora.
Esa es la palabra que mejor describe al Daiku, al “Beethoven’s 9th. With a cast of 10.000".


¿Listo para conmoverse? Siga esta vínculo.

Nos vemos pronto, hay otros asuntos que tratar para ustedes sobre Japón.

P.D.: Este artículo fue puiblicado originalmente en Revista Mundo Diners.