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viernes, 13 de mayo de 2016

Las delicias de las diferencias culturales

Abrazos cordiales, les saludo con el mayor afecto. Hoy he preparado empanadas, mientras salen del horno podemos conversar un poco.

He visto un par de veces un chasco que me divierte y que es la caricatura de un choque de culturas. No provoca contusos ni daños a terceros pero puede ser una de las muestras más amigables de lo diferentes que pueden ser las culturas, sus ambiciones y las chapucerías que brotan de la novelería.
Un japonés intentará saludar con la mano a un occidental para provocar que se sienta como si estuviera en su país, en su casa. Un occidental hará un venia para actuar como los anfitriones. Darse la mano y hacer una venia al mismo tiempo provoca con frecuencia un choque de cabezas y unas sonrisas avergonzadas. Las culturas han colisionado.
Para los apurados, más abajo están los casos prácticos. Para los más, vale decir que los occidentales tenemos más o menos la misma manera de actuar en el mundo, nos parecemos bastante y si algo no lo sabemos con exactitud lo intuimos, hay pocas sorpresas.
En el Japón, por su historia (este extracto puede ser útil) y por el camino que escogieron en la historia las formas, los protocolos, los símbolos y la expresión cultural crean diferencias importantes.
Es importante decir que en general, por ese principio de que solo se puede creer en lo que es demostrable mediante un proceso lógico, los occidentales no entendemos por qué los nipones son así (a ellos debe sucederles lo mismo). Japón es un país antiguo, ha moldeado un sociedad compleja y eventualmente un japonés no podría explicar ciertas partes de su identidad que ha sido heredada y matizada por el tráfago de los siglos.

Estos pensamientos previos tratan de explicar por qué dos seres humanos, un occidental y un japonés, dotados del mismo equipamiento físico y espiritual pueden desconocerse tanto y por qué, en último término, se escriben estas palabras.
Con más furza en el último cuarto de siglo, se ha disparado la necesidad de conocer, la curiosidad ha dejado de satisfacerse en los libros. Es llamativo un estilo de hacer turismo: llevar con una severidad despiadada el decir popular de “a donde fueres, haz lo que vieres”. Hay los que llegan y harán todo lo que hayan leído, les hayan contado o miren por sí mismos para parecerse a sus anfitriones, para reflejar en sí mismos una naturaleza que les es ajena; el resultado suele ser grotesco, esa es una colisión, esta especie de asalto a la cultura ajena es una falta de respeto; la cultura no se absorbe solo con vestir un traje típico, aprender tres palabras básicas y demostrar cierta destreza para comer con palitos. Hace falta humildad, la conciencia de saber que en un tiempo corto se podrá tener una cantidad limitada de experiencias.
El Japón, los japoneses muestran con orgullo una característica que es muy suya: los protocolos. Tienen muchos y para todo, ritos de tonos nimios que, en la práctica, son marcas para diferenciarse de quienes no nacieron en el archipiélago o, visto del lado opuesto, son señales sutiles con las que se identifican con los suyos. Queaceres cotidianos que tienen origen humano y divino.
Algunas de estas notas originales suceden, en muchos casos a los recién llegados les toma un tiempo reconocer que son expresiones de identidad y que están ahí porque es el lugar y el tiempo en el que tienen que estar.
• Hay pocos países en el mundo en los que se destila tanta amabilidad. Como buenos occidentales, podemos llegar a pensar que hay una intensión malsana detrás de ese excesivo “ser buena gente”. Pero no, son cordiales, amables, esencialmente afables. Todo aquel que ha viajado a Japón tienen una historia acerca de esto: apenas con señas se da a entender a un mujer que necesita llegar a una dirección y ella es capaz de tomarle del brazo y llevarle hasta el mismo sitio. Es como una necesidad de proteger al otro, ayudarle inclusive en contra de las necesidades propias. La cortesía es general, si alguien ha de estar un tiempo reducido, déjese mimar; si su estadía se prolonga puede aprender, no hace daño.

• Así lo intente con mucha disciplina, cuando camina por las calles no le mirarán a los ojos. A lo mejor en algunos lugares de esta esfera azul y verde que habitamos no mirar de frente sea un señal negativa pero en el país del sol naciente no tiene ese significado. Hay dos razones: son tímidos, por un lado; y, luego, desean que se respete su espacio individual, mirar a los ojos puede ser tomado como un mensaje de que su interlocutor está permitido de entrar a esa zona íntima.

• Por esa misma razón, pero por otras más también, no tienen contacto físico. La costumbre tan latina de estrechar las manos, abrazarse, darse algún golpe de confianza en el brazo, saludar con beso son extrañas en Japón y no conviene practicarlas. Nuevamente, es una invasión de un espacio ajeno. Si entre ellos no se topan, que un desconocido lo haga es tanto peor. Hay que tomar buena nota de que es posible que durante un momento distendido entre tragos se abracen, pero que no se crea que ese antecedente marca un comportamiento diferente para el resto del tiempo.

• Son respetuosos. Y, por eso, son ordenados. En pocos lugares como en este país las personas sienten que todo el resto las respeta. Y porque son respetuosos son educados, harán fila para subir al subterráneo o al bus, cederán el paso, no hablarán por teléfono en el transporte público, no arrojarán basura, no harán nada que pueda indisponer a otras personas que están haciendo lo mismo. En el último mundial de fútbol los hinchas de los “samurái azul”, como llaman a su selección, sorprendieron a todos cuando limpiaron las gradas en las que habían estado durante el partido.

• Una de las reglas principales es la confianza. Las personas harán las cosas bien, esa es su naturaleza, a veces piensan (y muchas se equivocan) que todo el mundo es como ellos, que la vida se sustenta sobre gestos permanentes de confianza.


• En la naturaleza del japonés está evitar cualquier conflicto. Por eso no reclamarán cuando algo les parezca incorrecto. Si usted mira una fila de usuarios que esperan el metro y alguien se cola puede apostar a que el inculto no es japonés y que los que sí son japoneses no le reclamarán; pero tampoco seguirán ese ejemplo negativo.

• Son muy tímidos, mucho, de verdad. Es posible que haya un lugar desocupado en el transporte público y que nadie se anime a sentarse al lado de un extranjero. No es que piensen que tiene una enfermedad contagiosa, sino que temen, por ejemplo, que el extranjero quiera preguntarles algo o intenten iniciar una conversación sobre un tema para el cual no están preparados para hablar, eso es demasiado para ellos. Esta timidez se sentirá menos en las grandes ciudades y más en los pequeños poblados.

• Hay una frase en el Japón que va más o menos así: “Si llegas diez minutos antes de tu cita estás a tiempo. Si llegas a la hora de la cita estás tarde. Si vas a llegar diez minutos después mejor no ir”. La puntualidad es una marca nacional, en todo y para todo. A lo mejor debería entrar en el título del respeto, pero es tanto el énfasis que le dan a la puntualidad que merece estar aparte. Los medios de transporte, los horarios de los museos, las citas, todo se cumple exactamente cuando está planificado, de manera que todo se puede planificar, es como que les gusta ser eficientes con el uso del tiempo.

• Con frecuencia llama la atención que no se ven cestos para basura en las calles. En las mayoría de ciudades no hay, a pesar de lo cual las calles y las aceras están perfectamente limpias. Está muy arraigado el sentido de cuidado personal y de limpieza de las áreas comunes. Sin necesidad de que nadie lo pida, el ciudadano mantendrá limpia su acera (pero no con la técnica de dejar el polvo en la acera del vecino). Esta es una muestra de cultura pero también una acción de beneficio social. La cantidad de basura que genera diariamente el país es inmensa, los ciudadanos han tomado una parte de la responsabilidad y por eso llevan la basura a su casa donde la clasifican; ayudan a limpiar en vez ensuciar los espacios públicos.

• Son honestos. Bueno, lo anterior es una manera de decir que es un país muy seguro, con un muy bajo nivel de delincuencia. Significa también que si encuentran algo en la calle se asegurarán de que llegue a manos de las autoridades para que inicien el proceso de devolución. El principio es que nadie tiene derecho de tomar algo que es ajeno.

• Cuando se pisa suelo japonés hay que olvidarse por completo de las propinas. ¿Pero en el resto del mundo son casi obligatorias? Pues sí, pero no en el archipiélago nipón. El mesero, el taxista, el botones, todos son trabajos por los cuales reciben un salario. Harán todo lo posible por cumplir sus obligaciones con la mayor calidad posible a cambio de ese salario, la propina no es un dinero que les pertenezca. Se ha visto a propietarios de restaurantes perseguir por cuadras a turistas para devolverles una propina que dejaron en la mesa y por nada del mundo se quedarán con ella.

Lo dicho, con respeto se puede lograr que ese choque cultural se nada más que una caricia de la cual se beneficien todos. Hay pocas cosas más reconfortantes que descubrir culturas ajenas y respetarlas tanto como nos gusta que lo hagan con las nuestras.

Nos vemos pronto, vengan por aquí cuando quieran.