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sábado, 26 de noviembre de 2016

La estética de lo efímero


Esta es su casa, pasen por favor, siéntense, estoy con ustede en seguida.

El seguiente es el texto de artículo de mi autoría, publicado en la revista MundoDiners de Ecuador, en el mes de mayo.
Desde hace milenios los japoneses le perdieron el miedo al vacío. Han llegado más lejos, su concepto de la nada es tan complejo que para defender su identidad no les falta nada más que enseñar las manos yermas. Ni menos que guardarse en el silencio.
El vacío más explícito se lo puede admirar en un lugar en el que la entrada está vedada. Lo han contado, es el salón donde el Emperador Akihito recibe de los diplomáticos las cartas credenciales. Es un salón muy grande, pero es falto de todo adorno. Lo que llena el nave son la solemnidad, el respeto, la historia, la amistad; nada tangible, es un vacío que se llena con las sensaciones individuales.
El último Emperador del Mundo no tiene un palacio que se destaque por la opulencia y, además, representa a un pueblo que devalúa los objetos porque son efímeros. Ellos mismos saben que tanto vienen cuanto van. Es decir, la estética no es un cubo con lados definidos y esquinas numeradas sino la suma pequeñas explosiones que desvelaron la verdadera belleza pero que se apagaron, a la misma velocidad del ciclo vital de las efímeras.
El disparador de este par de ideas fue la pregunta de un visitante en Tokio: ¿cuáles son las características de las mujeres bellas en Japón? La respuesta fue un silencio que ha durado hasta que estas letras han puesto el ruido que pretende ocupar el espacio de una respuesta.
No hay manera de explicar la belleza femenina sin acudir a los principios de la estética del país. Este el desafío inicial: la estética de un país. ¿Es posible hacer una descripción, en mil palabras, de los principios estéticos de Moldavia, Singapur, Marruecos o Australia? Y si se cierra la mano, ¿hay señas particulares de la estética de Pretoria, Brujas, Quito o Hanoi?
El portal para llegar a las respuestas es entender la naturaleza de los pueblos isleños. Bien se hable de una isla o sea en este momento de un archipiélago sobre el que se ha construido un país desde hace más de 2.600 años. Japón ha tenido al mar como instrumento binario: un inmenso cerco o una ruta de doble vía, las fronteras marcadas con agua imponen un ánimo especial a todo y sí, ha habido veces en que las rutas han estado fluidas y han quedado desoladas en otras. Las islas, los archipiélagos, Japón solo ha dependido de sí mismo y de su capacidad para convivir con el vacío.
De manera que su visión estética o, dicho de otra manera, su percepción de la belleza se puede explicar utilizando categorías que suelen resultar extrañas, sino inexplicables, para occidente. Si son inexplicables para quienes aprovechan el tiempo teorizando, sucede en general que los críticos dan el salto al escaño de al lado, ese en el cual es posible poner este puñado de principios estéticos en el morral de lo excéntrico o, más comúnmente, en el rango de lo exótico. Así se evita la incomodidad de que sus argumentos científicos tengan que ceder espacio y aceptar como válidas categorías como la vacuidad, la melancolía o la imperfección.
El desarrollo disciplinado de la creación y la técnica está razonado como la ruta para alcanzar niveles cada vez más altos de perfección; la perfección se asocia con la belleza, así está diseñado occidente.
La estética nipona, por otro lado, no se apresura para mejorar la creación y la técnica, no prevé allanar el camino a la perfección. Más bien, busca vaciar el ambiente de conceptos para que se produzca la belleza, la belleza única e irrepetible que explota en el encuentro entre el que percibe y lo que es percibido. Los maestros no quieren ser artistas, quieren ser el arte.
En este archipiélago es harto complicado desenredar la cultura y la identidad, de las religiones. El sintoísmo, sus dioses y deidades les ha dado la razón para hacer la cotidianidad con cierto apego místico. El budismo (con un toque transversal de taoísmo) ha puesto los conceptos.
Allá, en el país del sol naciente, se practica sobre todo el budismo zen. Esta secta tiene siete principios estéticos explícitos: asimetría, simpleza, austeridad, naturaleza, profundidad, desapego y calma. Pero se contradice a sí mismo porque teorizar sobre las mil formas de belleza es un seppuku (breve digresión: harakiri significa destriparse, pero seppuku está mejor asociado al suicidio ritual).
Pero bien, los conceptos son estos y las palabras que se han dicho y las que se escriban después han de lograr abarcar los apéndices pero no la verdad sobre la estética.

La ruta del wabi sabi


Su estética, para los japoneses, se llama wabi sabi, dos términos cuya traducción puede ser la belleza de la imperfección aunque, otra vez, el concepto peca de limitado porque no se puede conceptualizar la manera cómo entienden la belleza. La sigueinte es una muestra.
Marcel Theroux, un periodista de BBC, produjo un documental… Es angustiante su desesperación por conseguir una definición de wabi sabi de boca de un japónes. Pregunta y pregunta, en la calle, en el metro, a expertos, a tenderas, a la recepcionista del hotel. Llega luego al jardín de un templo que tiene fama de ser una pieza maestra de wabi sabi, diseñado para evocar las estaciones y el paso del tiempo. Encuentra a un monje que dedica cuatro horas al día para mantenerlo inmaculado. Theroux había experimentado horas antes la profundidad de la ceremonia del té y le inquiere al hombre santo.
El monje responde: “Cuando barro el jardín no pienso en nada más. En ambos, en (la ceremonia del) té y en el zen los objetivos son los mismos. Tú buscas una apreciación de qué es realmente importante en la vida. Lo logras eliminando todo lo que no es esencial. Así es como el té y el zen se vincularon y el término wabi sabi fue creado”. Marcel, el periodista, le reta: “¿Puede definir usted el wabi sabi?”. El monje responde: “¿La definición?” (entre dientes dice «la definición de wabi sabi») “Para ponerlo de manera simple, no hay una definición para wabi sabi. Si se pudiera definir, no sería wabi sabi. Es una idea difícil”.
Dicen quienes mucho han estudiado que el wabi sabi se rige por tres leyes: Nada es permanente, nada está completo, nada es perfecto. Y dicen también que transmite pureza, serenidad y melancolía.
También alcanza con justeza lo que dijo Alessandro Baricco en un escrito de presentación de su novela Seda: “Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos”.

Fotografía de Álvaro Samanigo

Y así sucede en este país de simas, las lecciones de estética las dan los expertos en la ceremonia del té. El maestro de la ceremonia se opone al aprendizaje con libros y se asegura de que todos los movimientos sean aprendidos con el cuerpo y no con el cerebro. Las artes tradicionales –la ceremonia del té, la caligrafía, el arreglo floral y las artes marciales– fueron todas enseñadas originalmente sin libros de texto ni manuales. El objetivo no es el entendimiento intelectual, sino lograr la presencia de ánimo.
Es probable que una de las mejores maneras de acercarse a la sensación wabi sabi sea “El libro del té”, escrito a principios del siglo XX por Okakura Kakuzō: solo en el vacío está lo verdaderamente esencial. “La realidad de una habitación, por ejemplo, se encontraba en el espacio libre encerrado entre el techo y las paredes, no en el techo y las paredes propiamente dichos. La utilidad de una jarra de agua está precisamente en la vacuidad donde puede ponerse el agua, no en la forma de la jarra o en el material de que está hecha. El Vacío es todo potencia porque lo contiene todo. Sólo en el Vacío es posible el movimiento”.
Okakura Kakuzō fue un pensador que predicaba con indignación la debilidad de los japoneses que aceptaban la cultura occidental sin tamices y dejaban en rezago la japonesa. Como director e la Escuela de Bellas Artes de Tokio escribió que “Para un japonés, acostumbrado a la sencillez en la ornamentación y el cambio frecuente de método decorativo, un interior occidental permanentemente lleno con un vasto despliegue de cuadros, estatuas y baratijas da la impresión de un mero y vulgar alarde de abundancia. Se necesita una enorme riqueza de apreciación para disfrutar de la constante visión incluso de una sola obra maestra, y realmente ilimitada debe ser la capacidad de sentimiento artístico de aquellos que pueden vivir día tras día en medio de tal confusión de color y forma como se ve con frecuencia en los hogares de Europa y América”.
Belleza imperfecta, impermanente e incompleta. Una ceremonia de té, cuya programa consta de una comida frugal y la preparación de dos variedades de té elaborado gracias a media docena de utensilios y un fogón, puede tomar cuatro horas. Todos esos minutos son usados en hacer lo preciso para que los pocos asistentes tengan un encuentro con la belleza.
La estética japonesa, el wabi sabi, ni es una experiencia para iniciados ni está reservado para expresiones como la ceremonia del té, el honkyoku (música tradicional de los monjes de la secta zen), ikebana (arreglos florales), los jardines y los bonsái, el haiku o el kintsugi (el arte de reparar cerámica).
La sala en la que el Emperador Akihito recibe la cartas credenciales de los diplomáticos recién llegados es una muestra magnífica, así como el templo de Meiji, el mayor del sintoísmo.
Muchos edificios modernos, restaurantes, modas, pintores y músicos; diseños de vajilla, decoración de interiores, estilos de caligrafía, sombrillas, zapatos, letreros, altares y cuadernos. Están ahí las muestras de una identidad de la que viven los japoneses en silencio.
La conclusión es…, ninguna; si acaso la sugerencia de ir e intentarlo con humildad, desapego y cierta nostalgia. Y la convicción de que la estética, la belleza, es un instante íntimo que ya no está más.