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miércoles, 18 de enero de 2017

Repensar Tokio (y no perderse en el intento)


Bienvenidos, siéntense por ahí que enseguida comenzamos. Este artículo fue publicado, originalmente, en Revista MundoDiners, en el año 2012. Y dice así:

 
Shintaro Ishihara. Difícil ponerse en los zapatos del que entonces era el Gobernador de la prefectura de Tokyo. Administrar la ciudad con la mayor densidad de población del mundo y cuyos vecinos son el mar y los terremotos es una tarea de valientes.
Uno de los problemas de Ishihara es que no queda un centímetro cuadrado libre en la ciudad para poder satisfacer las necesidades crecientes de los ciudadanos. ¡Uf!, problemas gordos, aunque tiene la ventaja de administrar un espacio ocupado por ciudadanos responsables. Los necesita para que este monstruo no colapse.
La Torre Mori, reflejada en la fachada de una tienda de alto rango
Juunko Kojima sale todos los días de su apartamento de 38 metros cuadrados para aparearse con la maldita rutina; camina los mismos 7 minutos hasta la estación de metro, viaja iguales 23 minutos, asciende a la ciudad por la misma puerta 4B, camina otros tantos 8 minutos y llega a su oficina.
Lo hacen así los 15 millones de habitantes del Tokyo metropolitano. La apariencia brillante de las ciudades cosmopolitas tiende una mortaja sobre los individuos: mientras más habitantes más soledad.
Gran paradoja porque es la ciudad con mayor densidad poblacional del mundo (equivale a todos los ecuatorianos metidos en la mitad del territorio de la provincia de Imbabura).
Minoru Mori, diestro empresario de la línea inmobiliaria, notó que la ciudad propendía a formar ciudadanos ejemplarmente responsables y profundamente solitarios. Además de buscar un buen negocio, Mori trataba de devolver a los tokiotas el placer de la vida de comunidad. Crear los espacios para que se comuniquen con seres humanos iguales a ellos.
Soluciones: desarrollar un complejo para que las personas gasten menos tiempo en ir de aquí para allá y lo usen más para verse con sus conciudadanos en situaciones distendidas.
Mori creyó firmemente que podía darle un mejor estilo de vida a personas como Kojima si ponía todo junto: vivienda, manutención, trabajo y diversión. "Mi visión es crear una ciudad dentro de la ciudad con todo lo necesario para la vida diaria", dijo Minoru Mori.
El lugar que halló como adecuado se conocía como Roppongi (六本木), “seis árboles”. Literalmente. Había seis árboles que eran la marca distintiva de seis zonas propiedad de un número igual de sogunes, jefes militares.
Con el tiempo las tierras se parcelaron y Minoru Mori, para comenzar su proyecto, tuvo que comprar 400 lotes de terreno y alcanzar la superficie que necesitaba para la edificación del proyecto Roppongi Hills, 109.000 metros cuadrados.
Roppongi no es solamente el proyecto de Mori. Se puede decir que es una zona que va desde Roppongi Hills hasta la Torre de Tokio, pasando por Tokio Midtown. Evidentemente buena parte de la vida de esta zona está en la avenida Roppongi Dori.
Vamos por partes. El complejo Roppongi Hills debía tener todo –y lo tiene. Con una inversión de USD 4.000 millones fue inaugurada en 2003 esta micro ciudad futurista.
El eje del complejo es la Torre Mori: un mirador de la ciudad desde donde se palpa la magnitud de Tokyo. Una gran galería de arte, un centro de desarrollo del conocimiento, cinco salas de cine, un hotel y una centena de almacenes y restaurantes.
Fuera de la gran torre existe un jardín hermoso, un escenario al aire libre para actos culturales, un canal de televisión, cinco edificios de apartamentos y dos más para oficinas.
En total, 800 apartamentos. Las oficinas son ocupadas por huéspedes como Yahoo Japan, Credit Suisse, Ferrari, Google y Goldman Sachs. En las enormes torres, diseñadas por corporaciones de arquitectos japoneses, un departamento de 60 metros cuadrados puede costar USD 10.000 dólares de renta al mes. Es el lugar más caro de la ciudad.
Desde Roppongi Hills se mira, al fondo, la Torre de Tokio. La torre, en realidad, se ve desde todas partes. El diseño se inspiró en la Eiffel parisina pero tuvieron el cuidado de hacerle 8,6 metros más alta.
Tokio, visto desde el mirador de la Torre Mori
De acuerdo a las especificaciones del tráfico aéreo, está pintada de rojo y blanco, pesa 4.000 toneladas y sirve como base de las antenas de transmisión de radio, televisión y señales digitales.
En el medio está Tokyo Midtown. Este edificio, la torre de transmisiones y la Torre Mori son las tres edificaciones más altas de la ciudad. Cada una con una cara completamente diferente.
Es evidente que el estilo de Tokyo Midtown difiere mucho de Roppongi Hills pero la finalidad es la misma. En Midtown hay un intento (exitoso) de rescatar el corazón del Japón, pero el uso que se da al espacio es el mismo.
Se destaca, sobre todo, el enorme y hermoso parque de la parte trasera, que durante las festividades de navidad se ilumina con cientos de miles de luces. Pero es más que bombillos de colores, son 250.000 luces LED armonizadas por computadoras, que son capaces de crear una sensación de viaje interestelar.
Menos tradición y más confort
Una bomba atómica puede hacer muchas cosas. Puede destruir un país, puede cumplir la devastadora metáfora bíblica de no dejar piedra sobre piedra. Ni dejar un alma entera.
Pero una cosa es hacer gala de poseer el arma más destructiva construida por el ser humano y otra es soltar una estratégica política que devaste hasta la identidad de una nación.
Hace 70 años que Estados Unidos lo hizo: botó bombas atómicas sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki e inició un proceso de devastación de la nación japonesa. Querían asiáticos aliados y para ello no hay nada mejor que volverlos a la cultura estadounidense: que coman MacDonals y no obento (colación típica japonesa,lonchera).
Mucho de la invasión cultural al Japón se nota en Roppongi. La mayoría de los negocios están hechos para satisfacer los gustos de los extranjeros más que para servir de imán hacia las tradiciones japonesas.
Tener clientes contentos –que gasten bastante- también deja un espacio a lo japonés puro. Es decir, la mayoría prefiere perder lo menos que sea posible el confort de su metro cuadrado, comerá fideos a la japonesa, que no es una aventura extrema, pero probablemente no un delicioso okonomiyaki.
La variedad está ahí, en Roppongi Dori, en la gran avenida. La lección principal es mirar hacia arriba. Al contrario de las avenidas tradicionales en las que movimiento está a la altura de la planta baja, la densidad poblacional les obligó a la conquista del concepto de lo vertical.
En la planta baja de cualquier edificio de medio pelo puede estar una farmacia, en el siguiente piso un restaurante de comida mexicana, luego un bar especializado en vinos californianos y jazz, un bailadero de música electrónica, un restaurante de comida italiana y en la planta más alta un bar de sake.
Para abajo, también. Las estaciones de metro son microciudades subterráneas. En los interminables pasillos hay supermercados y restaurantes. A Roppongi se llega usando las líneas Hibiya y Oedo, esta última es una de las más nuevas y, por tanto, de las más profundas. Las escaleras eléctricas para llegar al andén son interminables, da la sensación de estar demasiado cerca de ardiente centro de la tierra.
En las estaciones y en los edificios hay que mirar la información, que puede estar sobre las cabezas o bajo los pies. O en la voz medio gangosa de decenas de jóvenes que reparten propaganda con esfero, propaganda con kleenex, propaganda con cupón de descuento, folletos, catálogos.
Puede ser eventualmente agobiante la cantidad de información. A Anthony Bourdein, quien tiene uno de los mejores programas de televisión sobre las comidas del mundo, le llamó la atención esta particularidad, la de la cantidad de noticias, datos, aclaraciones y alarmas que hay por todas partes y una buena parte de ellas son alarmas sonoras.
A propósito de catálogos: una cadena de establecimientos de diversión para adultos del género masculino reparte impresos de varias páginas en los que constan las fotos de las niñas que serán motivo de la diversión, sus medidas y el tipo de sangre. Claro, la tarifa. La propaganda se reparte en las calles y la tolerante cultura nipona lo acepta sin reparos.
Información. Roppongi está recargado; los letreros luminosos, los repartidores de propaganda, pregoneros de las bondades de los locales, voces sensuales salidas de parlantes bien ocultos. El griterío puede parecerse a la feria de un pequeño pueblo de los andes ecuatorianos.
La hora y el uso
Hay tres momentos diferentes en Roppongi. En el día, miles de japoneses con trajes negros, camisa blancas y corbatas negras corren de un lado a otro para cumplir con sus oficios. Las mujeres, o bien visten traje formal o usan pantalones cortos, medias sobre la rodilla, una chaqueta y zapatos con tacones de diferente envergadura. Solo los extranjeros van diferente. Al mediodía se repletan los restaurantes
Tokio Midtown
Cuando terminan las horas de oficina se encienden los bares, es muy típico para un japonés tomar un trago antes de ir a casa. Van muchos y con frecuencia a los restaurantes del mediodía que luego se transforman en bares.
Más tarde se prende la fiesta, que puede comenzar a las diez de la noche y alargarse hasta las seis de la mañana, cuando los metros reanudan sus locas carreras uterinas.
Por mucho tiempo, la vida nocturna de Roppongi estuvo regentada por los yakuza (mafias locales) y luego por nigerianos, pero aumentaron mucho los controles de venta de droga y se diversificó la propiedad de los antros.
En Roppongi Dori, una de las vías principales de la tercera economía más grande del mundo, el movimiento es superrevolucionado. No es raro que cualquier turista recién llegado note, en minutos, que ha caído en ese rito. Pero que, además, trate de bajarlo.
Pero pasa un Maserati, cuyo motor suena como los ronquidos del mismo Godzila y cuando termina la fascinación de ese monstruo de fierros se habrá dado cuenta que ha vuelto a caminar a ritmo forzado.
Asalariados caminan presurosos por Roppongi Dori
Tiene la posibilidad de doblar por una callejuela donde alcanza al milímetro un vehículo, caminar 20 metros y encontrar edificios de dos plantas adornados con macetas o un pequeño templo; una anciana que empuja su carro de compras, con la espalda encorvada y la dignidad de un guerrero; un pequeño furgón que ha abierto las puertas y vende verduras o una caminoneta que tiene instalado en el balde un horno de leña en donde se asan papas.
El turista habrá entrado a los espacios donde Tokyo es una ciudad profundamente tradicional y silenciosa. En esa otra urbe también tiene que pensar Shintaro Ishihara. ¡Qué difícil estar en sus zapatos!
Roppongi se repiensa todos los días. Muta de identidad pausadamente, mientras los seis árboles cambian con las estaciones. Su dimensión le impide un minuto de quietud porque puede morir asfixiada por su propio peso.

Eso es lo que quería contarles. Pero les contaré más, solamente dejen que aclare las ideas. Hasta entonces.