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miércoles, 5 de julio de 2017

Atrapado en el ciclo del refugio

Todo final es al mismo tiempo un comienzo, esa dualidad sucede también en Llamingosan, toda despedida es una bienvenida. ¿Recuerdan lo que pasó en los dos capítulos anteriores?

Al inicio, se pintó el telón de fondo de los albergues tradicionales japoneses: minshuku y ryokan. Y luego de unos días sucedió la revelación que dentro de estos albergues operan una serie de códigos a través de los cuales es posible capturar la quietud.
Y sucede que a pesar de lo dicho antes no se ha agotado esta rápida descripción de los ryokan. Aún queda saber una cuantas precisiones adicionales. Como la perplejidad que se
experimenta gracias al ambiente creado.Se ha dicho ya que es un escenario en el que no hay abundancia de elementos. Son pocos pero tienen la capacidad de provocar una especie de exclamación dicha hacia adentro. Es notoria la manera como se transmite la certeza de que entrar en contacto con las tradiciones, la cultura, el clima y las costumbres un país es en sí una experiencia preciosa.
Lo es también la amabilidad japonesa, que ya es un mito. Eventualmente un occidental podría sentir que las atenciones son de tan sutil encanto que dejó de ser amabilidad y se convirtió en conmiseración; y esto sucederá por un encontronazo de estilos de vida: la rudeza salvaje del mundo del oeste no está moldeado para ser permeable a actos reales de amabilidad. Eso sucede, para mencionar algo, cuando la persona encargada del hotel abre la puerta de la habitación de rodillas. Y entra luego con la bandeja de la comida. Antes de salir como si se disolviera con el aire, da una explicación de esa paleta de sabores.
Lo que se tiene frente a sí es una serie de platos, todos diferentes, que contienen alimentos bien preparados y primorosamente adornados. La siega de las especies marinas, la pesca de vegetales; el daikon (rábano blanco), la nori (alga marina), miso (soya y sal marina fermentadas); sashimi (pescado crudo), unagi (anguila), kani (cangrejo); tori (pollo), niku (carne), butaniku (cerdo). Y, con una nominación especial, gohan (arroz), que es tanto más que uno de los principales elementos de la identidad japonesa.
Si a la vista es como una explosión incontrolada y sucesiva de la naturaleza comprimida en presentaciones de gran arte, la sensación de los sabores es como un leve aleteo del viento, el agua que golpea contra una piedra, una hoja que cae, una ola pequeña y violenta. El ejercicio de decirlo es cruel cuando la experiencia de saborearlo es divina.
Pero la calidad del alimento, la misma que ha tenido desde hace siglos atrás, es proverbial; está encargada a los mejores. Estos maestros de la cocina son aprendices durante años, luego de lo cual deben enfrentar una prueba oficial para obtener la licencia de cocineros especializados en gastronomía japonesa, La “galería” en la que exponen su arte son los ryokan.
Ahora, vale decir que a la cena se llega luego de haberse abandonado en los baños de aguas termales, que son, en realidad, las caricias de los dioses.
Esto sucede en piscinas; el protocolo manda que antes de entrar al agua hay que bañarse. En principio, las piscinas de aguas termales son comunales y no se puede ensuciar el agua que usan o utilizarán otras personas; es decir, a la piscina hay que entrar pulcro.
Poco a poco se va completando la idea que son unos baños que, como todos los otros elementos descritos, no están hechos solamente para asearse. Es decir, si solo quiere tirar los músculos molidos sobre un lecho mullido mejor que vaya a un business hotel, no desperdicie su tiempo y el de los demás. No sea necio, no insulte a una tradición centenaria siendo un bárbaro en japón. Si solamente quiere ingerir los nutrientes necesarios para seguir el camino, tampoco gaste su dinero en un ryokan. Y si desea sacarse la suciedad del encima evite asistir a la caldas de los ryokan.
Hay un sentido muy acentuado de mimar al cuerpo, de darle el cariño que le hace falta, ese es un paso muy importante para recuperar la armonía, el equilibrio. Por eso, sumergirse en una piscina con agua que generalmente viene del corazón de la tierra, a cuarenta grados centígrados hacen que los músculos se suelten; el cuerpo relajado es una puerta abierta para que se vayan los pensamientos, dejarse estar en esa especie de limbo terreno, el perfecto estado de estar sin ser.
Los elementos ya mostrados son, en realidad, varias páginas de un libro que describe la identidad japonesa y, al tiempo, la cultura de ese país. Existe un respeto por la tradición porque tienen por hecho que la historia es un ente dinámico. El ryokan más antiguo tiene 1.300 años de vida; el tiempo es una herramienta versátil para perfeccionar, pero siempre teniendo en cuenta que el secreto no está en buscar el corazón de lo más complejo. La manera cómo se sirve el té es perfecta, de la misma manera como se abre la puerta, como se recoge la habitación, como se cobra, cada movimiento tiene años de experiencia que no persigue necesariamente la eficiencia, sino que es una búsqueda de la esencia.

Es importante tener en cuenta, de principio, esas dos acciones básicas con las que se opta por un ryokan: hay que saber llegar y también hay que saber detenerse. Esto vale para quienes entienden que la vida no es una carrera cuyo trofeo es la muerte, sino un poema que lleva escondido la quietud. Es la única garantía de la permanencia del ciclo.

Les veo pronto, saludos.

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