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sábado, 1 de julio de 2017

¿Hospedajes o refugios? Hora de entrar


Muchos saludos. Temo que en el último artículo quedaron puertas apenas entreabiertas y la consigna de ahora es abrirlas por completo e invitarles a entrar a los hospedajes tradicionales japoneses.

Hay dos términos que se utilizan con frecuencia: minshuku y ryokan. La diferencia es que el primero es más sencillo que el segundo, en la decoración, el protocolo, los costos. Pero los dos conservan la misma tradición.

Entrada a un minshuki, en Magome
Hay un principio del budismo zen que dice “El camino es la meta”. En el caso que nos atañe, los protocolos que se siguen para hospedarse en un ryokan son clave, no se las debe tomar como una secuencia de acciones o como instrucciones de funcionamiento, sino que hacerlo permite proyectar la sensación del refugio, la idea de un amparo espiritual.
Sea aclarado que se habla aquí del hospedaje que usan los japoneses en sus viajes normales y que disfrutan algunos extranjeros. Esto es lo común.
Dejada atrás la carretera hay como un lugar de amortiguamiento para separar con cierta sutileza la vida del exterior de la experiencia del refugio. En muchos casos es solamente un descanso, en otros un recibidor interior, pero en los más es un jardín, el jardín exterior, que ha de guardar los principios del diseño japonés de los jardines.

Las zapatillas están listas para los húspedes
El ruido de afuera se va aplacando y el sonido que marcará la entrada al albergue será el de una puerta corrediza, las ruedas rozando las rieles al abrirse y al cerrarse, y al final un suave chasquido de maderas que se encuentran sin hacerse daño.
El recibidor es una zona de transición: es necesario quitarse los zapatos y dejarlos ahí, acción que significa dejar el polvo, el cansancio, las preocupaciones, la rudeza, lo mundano y lo terrestre. Y calzarse zapatillas; limpias, silenciosas, cómodas.
Los minshuku son más una casa de huéspedes y los ryokan ya son establecimientos. En los dos casos es posible que no se encuentre, a la entrada, una recepción. En los alojamientos tradicionales, la matrona se acercará y le saludará con una venia de tres dedos, que significa ponerse de rodillas, apoyar tres dedos de cada mano y tocar la frente contra el piso. No, de ninguna manera tiene el significado occidental de humillarse, ese es un saludo con extrema cordialidad que se expresa a una persona que merece la mayor consideración por parte de quien le ofrece el albergue. Se informa de los horarios generales y se le pregunta la hora a la que prefiere cenar.
En establecimientos más antiguos se asigna un empleado que conduce al huésped a sus habitaciones. Antes de entrar dejará las zapatillas fuera del aposento. En el cuarto se está con los pies desnudos o con medias. Luego, la persona del servicio hablará con parsimonia y precisión para dar una rápida explicación con respecto a las instalaciones y preparará té verde. Dicho esto desaparecerá… como si se disolviera. De pronto se hará un silencio que se sentirá dentro, será posible escuchar cómo el vapor de la taza con té se eleva por el ambiente.
La habitación es un cuarto de buen tamaño que tiene tatami, piso de estera tejidas con paja. Tiene, normalmente, una puerta corrediza de papel de arroz que divide la habitación de una sala de estar con vista al jardín interior del ryokan.
Mientras no sea hora de dormir, esta habitación tendrá como muebles una mesa baja y almohadones en los que sentarse o estar de rodillas (esta se conoce como la posición seiza, que se puede traducir como “correcto sentar”). Sobre la mesa habrá lo que se necesita para preparar té.

Suele haber dos armarios. En el uno se encontrará ropa cómoda con la que se puede estar en la habitación o en cualquier otra instalación del establecimiento. Son las yukata, batas largas que son una versión mucho más sencilla que un kimono.
Habitación de un albergue tradicional
En otro armario está guardada lo que los occidentales pueden considerar la cama. En la noche, la persona del servicio asignada entrará en la habitación para mover la mesa y los almohadones a una lado de la habitación. Extenderá el futón, que es una especie de colchoneta; pondrá encima un cobertor y colocará una almohada.
Si bien los cultores de los albergues tradicionales han debido resignarse a la modernidad y colocar televisores, una habitación tendrá como adornos solamente lo que se encuentra en el conjunto conocido como tokonoma: una pintura o un pergamino con algo escrito, algún adorno y un arreglo de ikebana o un bonsai. Este es el rincón en el que el wabi sabi explota con todo su poder.
Todo lo que ha sucedido hasta este momento es una especie de prólogo extendido, una intento por bajar la intensidad de los músculos, los decibelios, la velocidad del pensamiento; se ha creado un ambiente austero con la intención de que las “virtudes” humanas se desinflen y se fundan con la nada.

Al fin y al cabo, y sin decirlo, el refugio cumple el papel de proteger a las personas, sobre todo de sus nimiedades.

Muy pronto habrá más sobre los refugios japoneses. Vuelvo enseguida.

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